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El porvenir humáquina

El porvenir humáquina
A partir de Boris SV / Getty.

Este artículo es un adelanto de nuestra nueva revista Humanismo Digital 3, ya disponible en nuestra tienda online.

El porvenir humáquina: propuestas para la construcción de una sociedad en la que las personas conviven en equilibrio con la naturaleza a la que pertenecemos y las inteligencias artificiales que hemos creado.

El Homo sapiens está obsoleto. Nos hemos desvinculado de la naturaleza a la que pertenecemos y la destrozamos como si de su preservación no dependiera nuestra propia supervivencia. Ajenos a la emergencia bioclimática, nos vemos superados por ingenios artificiales que devoran nuestra intimidad y superan con creces nuestra capacidad de proceso de información y toma de decisiones. La humanidad ha perdido su empatía con el entorno natural —homo— y delega la toma de decisiones cotidianas en algoritmos y seductores artefactos con los que un número creciente de personas se sienten ya más felices que con sus semejantes —sapiens—. Este nuevo despuntar imparable e incontrolado de las inteligencias artificiales nos coloca ante el reto de la evolución: asumimos la profundidad de la transformación y adecuamos el marco social para vivir en un nuevo equilibrio o quedaremos atrapados en una mezcla de nostalgia analógica y dependencia tecnológica que nos empujan a la irrelevancia. Despertemos, evolucionemos, transformemos las estructuras sociales al compás del progreso tecnocientífico o nos veremos sometidos a la gobernanza algorítmica y al diálogo constante de máquinas que dialogan entre sí y dejan de lado a los humanos —a todos y a todas, salvo a sus señores—.

Durante décadas hemos subrayado que lo digital es una herramienta; hoy es un ecosistema. Ya no solo usamos tecnología, somos en lo digital. Nuestra identidad, nuestras relaciones y hasta nuestra memoria se han desplazado a una esfera donde el cuerpo estorba y el algoritmo ordena. Los datos no solo retratan lo que hacemos: empiezan a anticipar lo que queremos hacer; somos en lo digital con más intensidad que en nuestro espacio físico mientras estamos en lo físico intentando sobrellevarlo.

Asistimos fascinados a un sobresalto evolutivo en el plano tecnológico y en el científico. Se multiplica nuestra capacidad de procesar información, automatizar tareas y crear mundos sintéticos. Sin embargo, las máquinas van por delante de la inmensa mayoría de los humanos: su capacidad de aprendizaje y desarrollo supera con creces a la de sus creadores y fascinan y subyugan con sus procesamientos a la mayoría del planeta.

Nos creemos más libres que nunca, pero nos movemos dentro de un sistema de mediaciones que apenas controlamos. Mientras discutimos si conviene pasar menos tiempo frente a las pantallas, dejamos que sean ellas las que negocian, en tiempo real, nuestro valor como consumidores, votantes o meros generadores de contenido.

Otra realidad es posible, pero exige cambios muy profundos en el orden social e infinitas renuncias a las posiciones de poder consolidadas —aunque en decadencia— durante la era industrial, ya sea en lo económico, lo político, lo cultural e incluso en lo religioso y lo ideológico. Se requieren profundas transformaciones en lo individual y en lo colectivo; en la educación y en el trabajo; en lo ético y en lo estético; en lo administrativo y en lo legislativo…

La hibridación de humanos y máquinas alumbraría nuevas oportunidades de progreso y bienestar sin exclusiones, pero es precisa una enorme corrección en la deriva que ha tomado nuestra civilización. La era de la inteligencia artificial puede ser la era de la ciudadanía empoderada, de la humanidad expandida, del conocimiento amplificado si somos capaces de articular las bases sobre las que cimentar una nueva sociedad humáquina, caracterizada por la hibridación del Homo sapiens con las máquinas inteligentes.

El final de la era industrial —ese modelo basado en combustibles fósiles, crecimiento ilimitado y explotación intensiva de recursos, capital y mano de obra— produce monstruos que se manifiestan en una policrisis de alcance global. No estamos ante una crisis, sino ante la superposición de varias que se alimentan entre sí y desbordan los mecanismos clásicos de respuesta. Su origen se encuentra en las tensiones propias de un periodo de transición en el que lo viejo no termina de desaparecer y lo nuevo no acaba de brotar.

La primera capa de la policrisis es ecológica. Hemos forzado los límites del planeta hasta convertir el clima en una ruleta y la biodiversidad en una lista de especies en peligro. La naturaleza, que debería ser el centro de nuestro ecosistema vital, se ha tratado como un decorado prescindible. Esa ruptura entre lo humano y lo natural obliga a priorizar la emergencia climática en el proceso de construcción humáquina. En el vértice del triángulo humáquina está la humanidad, que aporta —o debe aportar— conciencia, ética, imaginación, capacidad de cuidado; en otro, la máquina: escala, cómputo, automatización, memoria y potencia algorítmica; y en el tercero, la naturaleza: pertenencia, límites físicos y ecológicos, diversidad biológica.

La segunda capa es tecnológica. Mientras el modelo industrial se agota, se acelera una revolución digital e inteligente que nos lanza a una singularidad sin límites, un cambio constante que no ofrece estabilización a medio plazo. «Vivimos menos sensoriales, más líquidos, menos físicos, más mediados», como se describe en los materiales de las Jornadas de Pensamiento Porvenir Humáquina, organizadas por Alejandro Sacristán y Goyo Ucle en San Cristóbal de La Laguna1.

La capacidad de cómputo y automatización crece exponencialmente, pero las leyes, las instituciones y la política cultural avanzan a un ritmo lineal. Ese desajuste genera un malestar difuso: desinformación, precarización, expolio de las industrias creativas y obras culturales, sensación de pérdida de control de parte de los autores.

La tercera capa es social y económica. La concentración de riqueza y poder tecnológico convive con la precariedad laboral, las brechas generacionales, económicas y territoriales, y la frustración de amplias capas de población que sienten que el futuro se ha encogido y no lo ven.

La cuarta capa es política. Las instituciones multilaterales atraviesan una crisis de credibilidad, mientras crecen las pulsiones autoritarias y se debilitan los espacios de cooperación. El choque entre autocracias y democracias, entre multilateralismo y ambiciones imperialistas, es foco de tensiones sucesivas en todo el mundo. La Cumbre para el Futuro y el Pacto Digital Global2 impulsados por Naciones Unidas intentan ordenar este caos con compromisos sobre brecha digital, bienes públicos digitales y gobernanza de la IA, pero, con demasiada frecuencia, se quedan en palabrería ante la magnitud del reto.

Por último, hay una capa cultural que lo impregna todo. Necesitamos abandonar el enfoque egocentrista —el mantra de «no dejaremos a nadie atrás», que repiten mandatarios políticos y empresariales no es más que un eslogan para camuflar el inmovilismo— y construir desde una visión ecocentrista, que permita recuperar la relación con la naturaleza, con nuestros semejantes y con los ingenios artificiales con los que convivimos.

En ese contexto aparece un concepto que pretende describir la mutación sin hacer ciencia ficción: sociedad humáquina. No se trata de un mundo dominado por robots humanoides, sino de una realidad en la que humanos y máquinas cocrean la vida social, económica, cultural, ética y estética.

La tecnología puede amplificar lo humano, pero solo si aceptamos que la naturaleza impone límites y que la ética marca el perímetro. Nos encontramos ya en los albores de ese entorno nuevo, el mundo figital: un espacio en el que lo físico y lo digital se superponen y se complementan. No es un espejo del mundo real, sino una capa que lo reinterpreta y lo potencia. En este entorno, el patrimonio cultural, por ejemplo, deja de ser un «museo de cosas muertas» para convertirse en un tejido vivo gracias a realidades inmersivas, gemelos digitales y procesos de participación ciudadana que reescriben la memoria colectiva.

Pero la misma infraestructura que permite esa ampliación de posibilidades abre la puerta a una deriva inquietante: una humanidad que se acostumbra a delegar sus decisiones en sistemas opacos y que, poco a poco, renuncia a hacerse preguntas que las máquinas responden con apariencia de certeza y altanería.

Si la máquina procesa más rápido, recuerda más y se equivoca menos en tareas concretas, ¿por qué no dejar que decida por nosotros? Ese desplazamiento silencioso —del «yo decido» al «ya decidirá el algoritmo»— se manifiesta en todas partes: desde el GPS que nos guía por la ciudad hasta los sistemas de recomendación que determinan qué vemos, qué escuchamos, con quién ligamos o qué noticia consideramos relevante.

El riesgo no es solo perder autonomía, sino deslizarse hacia un pensamiento plano, homogeneizado, donde la diferencia se percibe como ruido o amenaza. Los modelos generativos producen textos, imágenes y sonidos cada vez más verosímiles, pero también más previsibles: funcionan recombinando probabilidades, no abriendo caminos inesperados. Si dejamos que marquen la pauta cultural, corremos el peligro de instalar una cultura clónica, donde lo distinto se penaliza porque no encaja en los patrones del entrenamiento. Es el riesgo de consolidar una humanidad en piloto automático, en la que el pensamiento único se ha sustituido por un pensamiento plano: el que emana de la inteligencia artificial y es asimilado por los humanos sin discusión.

El segundo riesgo es la pérdida de autenticidad. En el mundo digital siempre podemos ser un poco mejores: filtramos la piel, editamos la voz, retocamos la biografía. Lo físico, en cambio, no miente. Esa asimetría nos empuja a repudiar el cuerpo y a refugiarnos en el avatar, a considerar que nuestra verdadera vida sucede en las redes, no en las calles ni en los vínculos tangibles. Desde ahí, la manipulación técnica —la que explota emociones, miedos y sesgos— tiene terreno abonado.

El tercer riesgo es el expolio cognitivo. Una parte significativa de los sistemas de inteligencia artificial generativa, el hype del momento, se ha entrenado con obras literarias, periodísticas, audiovisuales y científicas sin pedir permiso ni ofrecer compensación. Distintos informes y posicionamientos del sector cultural advierten de un «auténtico expolio de nuestras obras» que no solo empobrece a los creadores, sino que deteriora el patrimonio cognitivo común. La batalla por la autoría no es ya un debate corporativo: es una discusión sobre quién escribe la memoria de esta nueva época y de qué forma se reconoce el valor añadido por la industria creativa, las artes y las humanidades al conjunto de sectores que implementarán los modelos basados en large language models (LLM, por sus siglas en inglés) o modelos de lenguaje de gran tamaño para mejorar su eficiencia y productividad.

En resumen: si la sociedad humáquina se construye únicamente con criterios de eficiencia y de mercado, lo que nos espera no es una humanidad ampliada, sino una humanidad más controlada, más homogénea y prescindible.

¿Qué hacer ante este panorama? La respuesta fácil sería la nostalgia: desconectarse, idealizar el pasado analógico y fiarlo todo a un improbable retorno a la simplicidad. La alternativa sensata pasa por reivindicar lo humano desde dentro de la sociedad humáquina, no contra ella.

Eso implica defender la heterogeneidad, lo raro, lo incómodo. Reivindicar el derecho a no encajar en los patrones del algoritmo, a pensar a contracorriente, a equivocarse sin que un sistema de puntuación social lo penalice al instante. Significa también recordar que el contacto físico, el territorio, el silencio y la lentitud no son anacronismos, sino condiciones básicas para una vida que merezca la pena llamarse humana.

El cambio es, a la vez, personal y político. A nivel individual, exige una alfabetización digital profunda: entender qué hacen los sistemas con nuestros datos, cómo funcionan los modelos, qué sesgos arrastran. A nivel colectivo, obliga a reorganizar poder: quién decide, con qué transparencia, bajo qué controles democráticos.

La sociedad humáquina no puede sostenerse sobre individuos aislados que aceptan términos y condiciones sin leerlos. Necesita comunidades capaces de negociar su relación con la tecnología, de reclamar derechos y asumir responsabilidades.

Cinco condiciones he identificado para que este nuevo ecosistema no derive en distopía, sino en una cultura biodigital al servicio del bien común:

  1. Inteligencia para el bien común. No basta con desarrollar sistemas cada vez más potentes; hay que orientarlos a la resolución de problemas que realmente importan en la agenda global: clima, salud pública, educación, cohesión social. La IA como herramienta de planificación ecológica, de prevención sanitaria, de refuerzo educativo.
  2. Voz joven y central. Las generaciones digitales —a las que se pertenece no solo por la fecha de nacimiento— deben ocupar un lugar preferente en la definición de marcos éticos, normativos y de diseño. No solo porque entiendan mejor la tecnología y su impacto en todos los órdenes de nuestras vidas, sino porque vivirán más tiempo con las decisiones que tomemos hoy.
  3. Educación H–M–N (humano–máquina–naturaleza). La alfabetización ya no puede limitarse a leer, escribir y manejar dispositivos. Necesitamos una educación que explique cómo se relacionan los algoritmos con nuestros cuerpos y con los ecosistemas; que enseñe a programar, pero también a dudar; que conecte ciencias, humanidades y biología.
  4. Legislación abierta a inteligencias múltiples. Los marcos normativos actuales apenas alcanzan a comprender la escala y la velocidad de la IA. Harán falta reglas que contemplen no solo derechos humanos en el entorno digital, sino también responsabilidades hacia otras formas de vida e inteligencia, así como nuevas figuras de autoría y propiedad intelectual. «Será necesario que la sociedad digitalizada integre a todos sus miembros humanos, humanoides y robots», proclama José Joaquín Flechoso, presidente del colectivo Cibercotizantes.
  5. Cultura biodigital. En lugar de separar arte, ciencia y tecnología, conviene mezclarlos. Laboratorios donde artistas, programadores, biólogos, filósofos y activistas trabajen juntos para imaginar usos de la tecnología que amplíen sensibilidades, no que las anestesien. Es la materialización de la «tercera cultura» que reivindicaron C. P. Snow y John Brockman posteriormente.

Por apartado de la realidad que pueda parecer el planteamiento, encontramos espacios como la ciudad patrimonio de la Unesco, San Cristóbal de La Laguna, que se plantean ya como laboratorios de futuro, combinando patrimonio histórico vivo, ecosistema científico y escala humana para experimentar formas de gobernanza y participación ciudadana en clave humáquina.

El concepto de patrimonio digital ilustra bien este potencial: recrear digitalmente edificios, archivos, paisajes u obras de arte no solo para exhibirlos, sino para protegerlos frente al deterioro climático, abrirlos a nuevas narrativas y permitir que la ciudadanía participe en su reinterpretación. Gemelos digitales, realidades inmersivas e inteligencia artificial dejan de ser juguete para convertirse en herramientas de conservación y de construcción de identidad compartida.

Si el patrimonio puede ser un banco de pruebas para esta nueva relación entre humanos, máquinas y naturaleza, ¿por qué no aplicar esa lógica a otras esferas: la salud, la movilidad, la energía, la administración pública?

Nada de esto será posible sin una gobernanza global que vaya más allá de declaraciones bienintencionadas. La distancia entre la palabrería de los documentos oficiales y la realidad cotidiana sigue siendo grande, pero no podemos permitirnos el cinismo. Sin marcos multilaterales, la sociedad humáquina quedará secuestrada por un puñado de corporaciones y Estados capaces de imponer sus reglas de juego al resto del planeta.

La tarea, por tanto, es doble: presionar para que estas agendas se concreten y, al mismo tiempo, impulsar desde lo local —ciudades, comunidades, instituciones culturales, medios de comunicación— prácticas que encarnen otra forma de relación con la tecnología. Afirmar que el Homo sapiens está obsoleto no equivale a firmar su acta de defunción. Significa reconocer que la versión actual de humanidad —depredadora con su entorno, ingenua con la tecnología, cómoda con la desigualdad— ha llegado a un callejón sin salida.

La sociedad humáquina es ya el nuevo escenario. Falta decidir si será un sistema de control y homogeneización o un marco para una humanidad ampliada, capaz de desplegar una superinteligencia distribuida y un superbienestar sin exclusiones.

Ese porvenir no lo escribirán los algoritmos por sí mismos. Dependerá de nuestra capacidad para reconectar con la naturaleza, recuperar la empatía, exigir transparencia y construir instituciones que se muevan a la velocidad del cambio sin perder profundidad democrática. Si algo nos enseña este cambio de época es que el futuro ya no es un lugar al que se llega, sino un entorno que se procesa y se negocia en tiempo real. En esa negociación, renunciar a ser protagonistas sería el verdadero acto de obsolescencia.


Notas

(1) II Jornadas de pensamiento PORVENIR HUMAQUINA: Patrimonio cultural en la era digital de las realidades expandidas, la infoarquitectura y el metaverso.

(2) Naciones Unidas. Pacto Digital Mundial.

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