
I’m a ghost now, look how you hold me.
«A&W», Lana del Rey
What did I do to make you so cruel?
I’ve got this ache inside my heart, I know that it’s you
What should I do now that I know that we’re doomed?
I loved you most
Now you’re a ghost
I walk right through«Ghost», Sky Ferreira
Steven Crain (Michiel Huisman) es uno de los protagonistas de La maldición de Hill House (Mike Flanagan), miniserie basada en la novela gótica de 1959 de Shirley Jackson. Hermano mayor de una familia numerosa atravesada por los traumas que se originaron durante una infancia transcurrida en una de las casas encantadas más conocidas de Estados Unidos, acrecentados por la repentina y misteriosa muerte de su madre en una noche que para todos está borrosa —y por el posterior distanciamiento con su padre—, se dedica en la actualidad al oficio de ser escritor. Narra, generalmente, relatos de otros. Historias que le cuentan otras personas, convencidas de lo que han visto: apariciones tras fallecimientos de seres queridos, sucesos extraños en lugares espeluznantes e incluso en su propio apartamento. Steven Crain lidia cada día con los terrores y las nostalgias de los demás, pero el relato que da el pistoletazo de salida a su carrera es, precisamente, el suyo propio, su versión de lo que ocurrió durante aquellos años en la casa y alguna cavilación sobre lo que pasó esa noche. Porque sí, Steve recuerda haber vivido experiencias sobrenaturales, aunque durante la serie tome la figura más escéptica y racional de su familia. Pero, después de todo, reflexionando sobre su camino para superar todo aquello, le dice a su mujer que, efectivamente, ha vivido con fantasmas desde que era pequeño: los de la culpa, los secretos, arrepentimientos y fracasos. Y concluye afirmando que «casi siempre, un fantasma es un deseo».
Por eso, cuando hace memoria de todas esas secuencias e imágenes, no es que rechace la idea de reconocer que aquellos recuerdos son reales, sino que cree firmemente que son fruto de sus anhelos, de sus dolores, del vacío que dejan todas esas preguntas sin respuesta. Son huecos. Grietas por donde entra la pena, la nostalgia, la ira, las percepciones alteradas y las necesidades que no fueron satisfechas.
Ver un fantasma es materializar un deseo.
Desear que vuelva
Krasue, Mae Nak, Pret, Krahang, Nang Tani, Phi Am, Phi Tai Hong o Phi Lang Kluang son solo algunos de los fantasmas o phi de la cultura tailandesa. Hay decenas de ellos solo en las principales leyendas del folclore de la región, y en las ciudades y pueblos es posible ver constantemente san phra phum —casas de espíritus—, pequeños santuarios que se construyen en prácticamente cualquier hogar, negocio o edificio para ofrecer refugio a los fantasmas y hallar su protección, alejándose de las potenciales desgracias. Se les hacen ofrendas y están en la conversación cotidiana. Dentro de los más conocidos, los hay terroríficos como Phi Krasue, que representa el terror visceral y tiene forma de cabeza flotante de mujer sin tren inferior con los órganos internos colgando del cuello. Otros, como Nang Tani, vagan de noche entre las hojas y ofrecen comida a los monjes. Preservan la supervivencia de los bosques, pues, si se corta el árbol en el que vive, trae la desgracia. Hay, por tanto, espíritus que cuidan de la naturaleza, pero también de las casas abandonadas y hasta de la convivencia de las ciudades. Existe una deferencia consensuada situada más cerca del respeto que del terror.
Esta inclusión de los fantasmas en la cultura tailandesa tiene su repercusión también en relatos contemporáneos del cine, como El tío Boonmee recuerda sus vidas pasadas, película que, dirigida por Apichatpong Weerasethakul, ganó la Palma de Oro en Cannes. Cuenta la historia de un hombre enfermo, interpretado por Thanapat Saisaymar, que vuelve a su hogar para pasar sus últimos días. Allí, recibe visitas de varios espectros. Durante una velada en la terraza, mientras charla con sus familiares, dos ojos rojos emergen en la oscuridad y todos miran atentos, pero nadie se asusta; asumen que un fantasma puede aparecer sin que signifique que vaya a hacerles daño. Y pronto reconocen a su hijo, que había desaparecido y ahora se ha convertido en un espíritu del bosque. Su hijo, que tanto anhelaban que volviera y al que invitan a la mesa. Que viene, de alguna forma, para acompañarle en uno de esos días raros en los que uno se está despidiendo del mundo.
Los fantasmas pueden ser nuestros anhelos, algo que aparece cuando lo necesitamos. Y también lo que queda cuando alguien se va. Esa caja de lugares comunes, historias y sentimientos compartidos que no sabe dónde poner el que se queda. Por ejemplo, el amor entre dos personas cuando una de ellas deja de existir. En A Ghost Story (David Lowery), tras un accidente mortal, el espíritu de un hombre (Casey Affleck) se queda atrapado en la casa que compartía con su esposa (Rooney Mara). Él, que desea consolarla, no puede interactuar con ella, pero tampoco puede moverse de ese pequeño espacio que compartían, en esa parcela de la existencia, observando en silencio cómo ella se deprime y también cómo sobrevive a pesar de todo, siguiendo con el resto de su vida. Se queda inmóvil incluso cuando su mujer se muda y deja la casa. Quieto durante años, mientras otras familias habitan ese espacio, hasta que todo vuelve a empezar y los dos entran por la puerta una vez más. El hechizo termina cuando, por fin, consigue sacar de la pared la nota que ella dejó antes de marcharse. El duelo no solamente es el de ella, sino también el de él al comprender que tiene que dejarla ir y no puede quedarse para siempre en esa casa mientras que el tiempo, cíclico, acontece una y otra vez. El fantasma es el apego, los recuerdos, todo lo que se desea de vuelta.
Porque lo que se desea de vuelta se imagina de todas las maneras: en forma de señal, de pregunta, de velocidad del viento que sopla de repente, de unas velas que se apagan o unas luces que se encienden solas, de un ruido en mitad de la noche, de una sombra en el pasillo e incluso, si se tiene suerte, de una imagen de carne y hueso que no haya que interpretar o adivinar, como la que ve Sole (Lola Dueñas) cuando su madre (Carmen Maura), que ella cree fallecida, aparece en su casa. Tanto ella como su nieta asumen desde el primer momento que es un fantasma porque prefieren que así sea antes de buscar explicaciones que ayuden a entender por qué antes no estaba. Ellas solo la querían de vuelta. Algo que la madre sabía que probablemente no haría Raimunda (Penélope Cruz), de quien se esconde durante toda la película para acabar fundiéndose en un abrazo de bienvenida a la vida. Porque, aunque no fue un fantasma en ningún momento, siente la extinción de la culpa y la reconciliación como un retorno de lo que significa estar viva.
Quizás les tenemos miedo porque así demostramos que la posibilidad de que ese deseo se cumpla es real. De que, a pesar del vuelco al corazón y el sobresalto, vuelvan.
Desear que se vaya
«No es real», suelen decirse los protagonistas de las películas de terror cuando ven un fantasma. Luchan contra lo que observan porque no quieren creer que sea verdad, al igual que se mete la cabeza bajo la tierra como las avestruces cuando se desea hacer frente a una realidad que duele, que avergüenza, que abrasa. Los propios demonios: palabras que generan arrepentimiento, actos impropios de uno, momentos de ira descontrolada, de venganza, de rabia. Las cosas que uno ojalá no hubiera hecho o no hubiera visto. Aquello a lo que resulta imposible sobreponerse, tanto si el daño lo ha causado uno como si se lo han ocasionado. La cabeza en llamas, el cuerpo febril. Los demonios son todas esas cosas que se salen de control y tienen efectos nocivos. Los fantasmas que uno desea con todas sus fuerzas que se vayan. Sombras en las paredes que miran fijamente mientras uno duerme, palabras que se clavan en el cerebro, una presencia que acecha desde el marco de la puerta, un peligro inminente, una ansiedad asfixiante, una pena honda.
Babadook (Jennifer Kent), película australiana de 2014, fue realmente innovadora con respecto a esta cuestión, ya que narra de una forma muy explícita cómo la criatura que asola a una madre y su hijo nace de la depresión que ella atraviesa después de que su marido muriera violentamente. Babadook es el duelo y todas las emociones que Amelia silencia con el fin de intentar que su hijo no sufra. Tiene sentido que la historia esté escrita, precisamente, por una mujer, ya que trata temas complejos referentes a la maternidad, la frustración y la rabia femenina que, al menos entonces, no generaban gran interés en la mayoría de los directores masculinos. El estrés extremo al que están expuestos madre e hijo construye una atmósfera opresiva y angustiosa que, junto a ese monstruo espectral de sombrero y abrigo largo, inspirado en el clásico del expresionismo alemán de 1920 El gabinete del doctor Caligari (Robert Wiene), genera una inquietud constante y el posterior desasosiego que llega cuando, por la noche, es hora de apagar la luz. En la película, la mujer y el niño solo quieren que Babadook se vaya. Sin embargo, terminan aprendiendo a vivir con él. Está encerrado en el sótano y, aunque saben que está ahí, descubren que pueden mantenerlo a raya. Babadook es un contenedor de todos esos sentimientos y pensamientos tan dolorosos que ambos quisieran extinguir como un fuego, pero que saben que, aunque estén más flacos y callados, viven con ellos en algún rincón del cuerpo, en algún recoveco de la casa. De hecho, las casas encantadas suelen hacer referencia a este tipo de fantasmas molestos, crueles y peligrosos, demoníacos, que enturbian la existencia de los huéspedes y la inundan de terror y desdicha. La casa puede ser, de hecho, un personaje en sí mismo. Un espacio material en el que se guardan un montón de traumas familiares, paredes en las que queda impregnado el sufrimiento, las traiciones, los abandonos y la violencia. Carcoma, novela de la española Layla Martínez publicada en 2021, trata precisamente temas como la desigualdad y los privilegios de clase, las secuelas del franquismo y el machismo durante la posguerra. La casa, testigo de todo aquello, está plagada de fantasmas y tiene efectos perjudiciales en la protagonista que, aún viva, sufre desgracias derivadas del trauma familiar. En una entrevista a la escritora publicada en elDiario.es, afirmaba que «posiblemente, el terror es el género que mejor sirve para reflejar las ansiedades y los miedos colectivos». Al fin y al cabo, el trauma, término que procede del griego traûma, significa ‘herida’. Es ese corte que todavía escuece cuando, años después, se le echa sal encima. Aquello que, como ocurre en esa casa, paraliza y genera padecimiento en las personas que la habitan a día de hoy, aunque esté llena de muertos que, en teoría, ya no pueden hacerte daño.
Desear irse
Este trauma colectivo, además, se puede expandir a pueblos o regiones que están determinados por un lacerante recuerdo común que los sigue atravesando en el presente. En la cultura, en las palabras, en los nombres de las calles, en los rencores y en la forma de mirarse. En una de las obras cumbre de la literatura latinoamericana, Pedro Páramo, de Juan Rulfo, Juan Preciado va en busca de un cacique a una ciudad fantasma, Comala, en la que todos sus espectrales habitantes están corroídos por el odio, la culpa y las adversidades sufridas durante sus vidas. Están atrapados porque son almas que no hallan descanso. Y en una versión más actual, en el cuento de Mariana Enríquez «Mis muertos tristes», recogido en el libro Un lugar soleado para gente sombría, una médica que puede ver espíritus consuela a todos los que se acumulan en su decadente y periférico barrio. A su madre por el dolor que vive al final de su enfermedad, a otras tres chicas que murieron de un tiro que les pegaron desde un coche cuando volvían a casa de fiesta, a un ladrón borracho que murió solo en su patio y a muchos otros que se amontonan en las calles de una ciudad sin remedio, plagada de violencia, racismo, pobreza e injusticia social. En ambos casos, los fantasmas no son algo que se desea que se vaya, sino que son ellos mismos los que se querrían poder marchar.
Con todo, un fantasma es un deseo. De que algo o alguien vuelva; un vacío que se estrecha entre los brazos en la oscuridad. De que algo se vaya; un dolor que uno no consigue arrancarse del pecho. De irse; el derecho al descanso, a la justicia y a la reparación. Se quedan en las ranuras por las que les entra el viento, el frío y la nostalgia a los vivos, se hacen reales en la esquina de la habitación o en el apartamento en el que se presenció algo imposible de olvidar, tanto por lo terrorífico como por lo preciado. Se buscan en todas partes. Se encuentran sin querer. Están, sin más. A veces, se van. Otras, se quedan para siempre.





