
Cualquiera que sea el rótulo con el que se nos designe —«generación X», «generación bisagra» o incluso «generación perdida»—, hay que reconocer que los nacidos entre finales de los sesenta y principios de los ochenta pertenecemos a una generación peculiar. Demasiado jóvenes para haber corrido (siquiera retóricamente) delante de los grises, demasiado mayores para tener instalado TikTok (al menos sin rubor) en el móvil, quienes vivimos la Transición con las rodillas despostilladas hemos pasado buena parte de nuestra vida observando cómo otros ocupaban el centro de la conversación. Quizá por eso contemplamos con perplejidad la creciente guerra generacional alimentada por influencers, comentaristas y «creadores de contenido» en la que los baby boomers aparecen retratados como una suerte de aristocracia egoísta que habría acaparado rentas, viviendas, pensiones y oportunidades, dejando tras de sí un descampado para millennials y miembros de la generación Z.
No es difícil entender el origen de ese malestar, que Ana Iris Simón condensó al inicio de Feria: «Me da envidia la vida que tenían mis padres a mi edad». El acceso convertido en una carrera de obstáculos, la pérdida de capacidad adquisitiva de los salarios, la normalización de la precariedad laboral… muestran que los jóvenes españoles afrontan dificultades objetivas que han resquebrajado la promesa implícita que sostuvo durante décadas a las sociedades occidentales, esto es, que cada generación viviría mejor que la anterior, algo que en un contexto de clics, indignación y viralidad tóxica ha favorecido la aparición en nuestro país de ensayos como La vida cañón de Analía Plaza o Los hijos de los boomers de Estefanía Molina, que analizan la existencia de esa creciente brecha entre quienes hoy perciben pensiones relativamente generosas tras haber podido acceder a la vivienda en condiciones favorables y disfrutar de un mercado laboral más estable y quienes llegaron más tarde al reparto. En el primero de los títulos citados, Plaza describe a los boomers españoles como una generación que, tras décadas de esfuerzo y transformación social, disfruta ahora de una situación material que muchos de sus hijos ni sueñan alcanzar. Los miembros de esta generación, según su crudo diagnóstico, no solo habrían copado los puestos de poder, representando la mayor amenaza para la viabilidad del estado del bienestar, sino que no pierden ocasión de presumir de lo mucho que se esforzaron para conseguir lo que tienen «y lo poco que hacemos los demás». En una línea convergente y muy atenta a las disolventes repercusiones políticas que la ruptura del «contrato social» puede traer aparejadas, Estefanía Molina, tras describir cómo en apenas una generación las familias se han vuelto más pequeñas, los contratos más breves, las viviendas más caras y las pensiones más inciertas, alerta del modo en que un mercado laboral y un estado del bienestar diseñados para una sociedad dinámica y joven se enfrentan a un país que envejece deprisa convirtiendo lo que antes era «progreso lineal en estancamiento estructural».
Ni que decir tiene que ambas aportan argumentos valiosos al debate y señalan problemas reales que trascienden las fronteras patrias. España, de hecho, llega relativamente tarde a este análisis. En el Reino Unido, el político conservador David Willetts publicaba allá por 2010, en plena crisis económica, The Pinch, en el que sostenía básicamente las mismas ideas: que la generación del baby boom había acumulado ventajas económicas —especialmente en vivienda, pensiones y patrimonio— que las generaciones posteriores difícilmente podrían reproducir. Willetts no escribía desde posiciones revolucionarias ni anticapitalistas; al contrario, como la de Molina, su preocupación era que el contrato implícito entre generaciones se estuviera rompiendo. Desde entonces, numerosos estudios en Estados Unidos, Canadá o Francia han documentado fenómenos semejantes: el encarecimiento de la vivienda, la caída de la movilidad social y el aumento de las desigualdades entre jóvenes y mayores. El problema, por tanto, no es imaginario. Existe. Cuando Plaza denuncia que «hemos pasado de una sociedad en la que lo normal era convertirse en propietario joven a una en la que lo raro es no vivir atrapado en el asfixiante bucle del alquiler» no está faltando a la verdad. Tampoco lo hace Molina al afirmar que «estudiar ya no garantiza el progreso social, trabajar ya no asegura independencia y cotizar ya no equivale a protección». Lo que resulta discutible es extraer de lo anterior la conclusión de que la generación precedente no solo es la responsable moral de la situación, sino que estaría cometiendo un verdadero «atraco» (que habría que revertir empezando por recortar su pensión).
Culpar no es explicar
Una cosa es describir una desigualdad y otra muy distinta convertir a una generación entera en culpable colectiva. Y aquí aparece el primer problema de la narrativa generacional: los boomers no son una clase social. Son una cohorte demográfica.
El propio Willetts, frecuentemente invocado como prueba de la supuesta responsabilidad de los nacidos durante los «años dorados» de la posguerra, fue bastante más matizado que muchos de sus lectores. Su tesis, de hecho, señalaba tendencias estructurales, no pecados individuales. De ahí que a la hora de explicar, por ejemplo, el auge del valor de la vivienda, no apelase a una especie de conspiración generacional —no ayudaría a reforzar esta idea que a pocos meses de publicar su libro entrase a formar parte de un gobierno que incrementaría enormemente la deuda educativa de esos mismos jóvenes a los que pretendía salvar—, sino que lo achacara a toda una serie de decisiones políticas y económicas acumuladas durante décadas.
Confundir beneficiarios con responsables constituye uno de los errores más frecuentes del debate contemporáneo. Obvia que entre los nacidos durante el baby boom encontramos grandes empresarios y trabajadores manuales, propietarios de varias viviendas y jubilados que apenas llegan a fin de mes, directivos del IBEX y viudas con pensiones mínimas. Hablar de los anteriores como si constituyeran un bloque homogéneo resulta tan engañoso como afirmar que todos los millennials son wokes o que todos los miembros de la generación alfa pasan la tarde farmeando aura.
La simplificación puede resultar atractiva desde el punto de vista narrativo, pero rara vez ayuda a comprender la realidad. Especialmente si olvidamos algo que suele desaparecer de estos relatos de la indignación liberal: que las generaciones anteriores tampoco lo tuvieron fácil. Crecidos en plena dictadura, los boomers españoles no solo abandonaron en muchos casos los estudios prematuramente, sino que tuvieron que superar enormes obstáculos para acceder a un empleo digno o una vivienda. Incluso tras la muerte del dictador debieron prosperar en un país cuyos informativos, los únicos existentes, abrían a diario con reconversiones industriales, inflación de dos dígitos, crisis energética y una transición política llena de incertidumbres. Esto por no hablar del papel de unas mujeres que tenían que soportar unos niveles de discriminación y dependencia económica que hoy resultan difíciles de imaginar.
Esto, claro está, no resta gravedad a la actual coyuntura. Significa simplemente no olvidar que la historia no comenzó con nosotros y que, pese a la humana tendencia a imaginar que nuestros problemas son únicos y que las generaciones anteriores habitaron una especie de Arcadia, la realidad es que esos abuelos que son presentados como privilegiados propietarios fueron, en muchos casos, los mismos que pasaron décadas pagando hipotecas a tipos de interés que hoy provocarían ataques de ansiedad en cualquier comprador. La cuestión no es quién sufrió más, sino quién se beneficia hoy del funcionamiento del sistema económico. Y ahí la perspectiva generacional empieza a mostrar sus limitaciones.
Una polémica muy conveniente
Cuando observamos las grandes concentraciones de riqueza descubrimos que muchos de los individuos con mayor capacidad para influir en la economía global no pertenecen precisamente a la generación del baby boom. Mark Zuckerberg o Sam Altman nacieron a mediados de los ochenta y el propio Elon Musk lo hizo el mismo año que la musa de la gen X: Winona Ryder.
Lo que emerge detrás de fenómenos como la financiarización de la vivienda, la precarización laboral o el poder creciente de las grandes plataformas es otra división mucho más antigua y persistente: la división entre quienes poseen activos y quienes dependen exclusivamente de su trabajo; entre quienes acumulan capital y quienes no pueden hacerlo; entre quienes establecen las reglas del juego y quienes las padecen. La auténtica fractura atraviesa generaciones enteras. Por eso encontramos boomers precarizados y millennials millonarios, y por eso tenemos también a miembros de la generación Z que heredarán patrimonios considerables y otros que no recibirán un ochavo. Reducir este conflicto a un enfrentamiento entre edades equivale a colar el mosquito y tragarse el camello por mucho que el algoritmo —en ambas direcciones, pues tampoco escasean los discursos senescentes que retratan a los jóvenes como consentidos incapaces de sacrificarse— prefiera los antagonismos a las posturas conciliatorias, los cabezas de turco a las explicaciones complejas.
El problema añadido es que, cuando los boomers dejan de ser padres, madres o abuelos para convertirse en una abstracción sobre la que proyectar el resentimiento acumulado por la incertidumbre vital, nos adentramos en una dinámica que no por conocida deja de resultar peligrosa. La historia está llena de ejemplos en los que las dificultades económicas fueron reinterpretadas como conflictos identitarios. Se culpase a minorías religiosas, a extranjeros o a grupos étnicos, el mecanismo fue siempre el mismo: transformar problemas sistémicos en enfrentamientos entre grupos construidos artificialmente redirigiendo la indignación hacia colectivos enteros en lugar de hacia decisiones, instituciones o modelos económicos concretos. Un mecanismo, qué casualidad, cuyos beneficiarios son los encargados de generar o perpetuar esas desigualdades, ya que mientras jóvenes y mayores se acusan mutuamente las estructuras que las producen permanecen intactas.
El valor de las alegorías
Entre las pesadillas que perturbaron los sueños de los habitantes del siglo XX proliferaron aquellas de raíz maltusiana que avivaban el miedo —comenzaban a publicarse los primeros informes sobre el calentamiento global y la devastación ambiental del planeta— sobre las condiciones de vida en un mundo de recursos finitos, exhausto y sobrepoblado.
En esa estela, a finales de la década de los sesenta, Adolfo Bioy Casares publicaba su inquietante El año de la guerra del cerdo, distopía edadista en la que bandas de jóvenes («piquetes de represión») se dedicaban a perseguir, humillar y asesinar a ancianos por Buenos Aires. A diferencia de otra célebre novela de la década como La naranja mecánica, en la que la violencia juvenil era presentada casi como una enfermedad que caducaba al alcanzar la mayoría de edad, en la novela de Bioy, la persecución hacia quienes rebasaban cierta edad, o más concretamente cierto aspecto —en este sentido la obra prefiguraba la actual obsesión por detener cualquier signo externo de envejecimiento: la «pura fascinación por una juventud sin límites», que diría Houellebecq en La posibilidad de una isla— era la respuesta lógica de las autoridades frente a aquellos seres «egoístas, materialistas, voraces, roñosos» que se resistían a ceder su lugar en la sociedad.
Tal vez, como dice uno de los personajes de la novela de Bioy, los jóvenes, en el fondo asustados, hubiesen decidido actuar movidos «por odio contra el viejo que van a ser». O puede que, como otro personaje de forma más prosaica sugiere, coincidiendo con algunas tesis hoy muy en boga, la juventud hubiese vislumbrado tras la culminación del proceso de transición demográfica cómo el «peso muerto» de la opinión de los mayores en el manejo de la cosa pública estaba llamado a aplastarlos. El caso es que si la obra sigue fascinando, además de por su desabrido retrato de la vejez, es por la forma en la que el argentino construye una alegoría partiendo de algo esencial. Con independencia de a quién vayan dirigidos los discursos de odio, estos siguen siempre una misma lógica: primero se exageran las diferencias; después se atribuyen características colectivas; más tarde se asignan culpas generales; finalmente, desaparece la empatía. Por eso, con las distancias que haya que salvar, cuando se celebra la muerte de los mayores, cuando se habla de ellos como parásitos, cuando se invita a «cazarlos», cuando se les atribuye, en suma, una responsabilidad colectiva por el mero hecho de pertenecer a una generación determinada, se cruza una línea roja.
La discriminación por edad sigue siendo discriminación. Y además resulta profundamente contraproducente. Porque del mismo modo que los mayores no van a proteger su bienestar culpando a sus nietos, los jóvenes no van a resolver sus problemas enfrentándose a sus abuelos. Los grandes desafíos de nuestro tiempo exigen acuerdos intergeneracionales, no guerras culturales. De hecho, una de las paradojas españolas es que buena parte del bienestar juvenil actual depende precisamente de la solidaridad familiar. Son los padres y los abuelos quienes ayudan con frecuencia a sufragar alquileres, entradas para viviendas, gastos educativos o periodos de desempleo. Esto no resuelve el problema, pero demuestra hasta qué punto la realidad cotidiana es mucho más compleja que la caricatura del enfrentamiento permanente.
La pregunta no es, por tanto, qué generación tiene la culpa, sino quién se beneficia cuando todo el mundo se culpa mutuamente. Porque mientras discutimos con términos importados, en intervalos cada vez más cortos, sobre boomers, generación X, millennials o generación Z, las tendencias que más condicionan nuestro futuro y que debilitan los mecanismos tradicionales de movilidad social continúan avanzando. Y del mismo modo que esos problemas no distinguen entre natalicios, tampoco deberían hacerlo quienes aspiran a resolverlos. Como miembro de la generación X, sospecho que nuestra posición intermedia ofrece una ventaja modesta: hemos convivido lo suficiente con nuestros padres como para comprender sus dificultades y hemos compartido suficientes frustraciones con la generación de nuestros hijos (o de nuestros alumnos) como para entender que las generaciones no son ejércitos. Como bien intuía Ana Iris Simón en la obra anteriormente citada —en Feria, la nostalgia, lejos de ir dirigida a recuperar privilegios de una generación concreta, estaba orientada a recuperar ciertas condiciones materiales y comunitarias—, son familias. Y las familias pueden discutir e incluso reprocharse errores. Pero cuando se termina creyendo que el enemigo está sentado a la mesa, alguien desde las sombras suele estar ganando la partida. La verdadera cuestión no debería ser cómo derrotar a los boomers. La verdadera cuestión consiste en construir una sociedad donde la prosperidad deje de depender de la edad, del patrimonio que heredamos o del código postal en que crecimos.
Todo lo demás son distracciones. Y algunas distracciones, como nos recordó Bioy hace más de medio siglo, pueden acabar resultando perturbadoramente inhumanas.





