
En un universo, muy, muy lejano, una estación espacial explota en la pantalla y, simultáneamente, millones de espectadores celebran la improbable victoria de los rebeldes. Mientras tanto, en un videoclub de Nueva Jersey, Randal el dependiente no puede evitar pensar en la volatilización de los albañiles, fontaneros y electricistas que andaban terminando la segunda Estrella de la Muerte antes de que volara por los aires. Su enfoque deriva en una discusión sobre la profesionalidad y los daños colaterales que esta puede acarrear, hasta que un cliente contratista interviene para explicar que quien acepta una obra sabe para quién trabaja y asume el riesgo implícitamente.
Esa escena de Clerks representa las conexiones neuronales del singular Kevin Smith. La referencia no es un guiño para conectar con el espectador que la reconoce, la cosa es más estructural: Dante y Randal necesitan Star Wars para pensar, como otros personajes literarios necesitaban la Biblia o las tragedias de Shakespeare, como relato generador de contextos.
Smith estará en la San Diego Comic-Con Málaga los días 1 y 2 de octubre de 2026, y en las mismas jornadas acudirá Jason Lee, protagonista de Mallrats y Persiguiendo a Amy, de modo que el Palacio de Ferias y Congresos se convertirá en un efímero espacio del View Askewniverse, ese Nueva Jersey imaginario donde dependientes, dibujantes, traficantes de marihuana y ángeles caídos se cruzan como si hubieran estudiado en el mismo instituto. Llegará con su uniforme de siempre —camiseta de hockey tres tallas más grandes, pantalón corto, gorra— y con la costumbre de convertir cada pregunta del público en un monólogo ingenioso de veinte minutos.
Su primera Comic-Con fue la de San Diego en julio de 1995, pocos días antes de cumplir veinticinco años. Su misión era presentar Mallrats, su segunda película, y la proyección funcionó como el clásico stand-up: el público celebraba los chistes y respondía al director en el idioma de los «Askewniverselivers». Casey Silver, que presidía en aquel momento Universal, salió convencido de que la película podía recaudar cien millones de dólares; se equivocó por unos noventa y ocho. Mallrats no funcionó en los cines, aunque aquella sesión demostró que, dispersos por Estados Unidos, existían miles de tipos que entendían exactamente el lenguaje de Smith.
Treinta y un años después regresa como uno de los patriarcas de la cultura friki, y el trayecto entre ambas convenciones cuenta también el ascenso de ese público. En 1995, saber quién había dibujado una etapa de Daredevil o discutir sobre la vida sexual de Superman no daba aura; el aficionado adulto seguía necesitando tiendas especializadas, con ligeras versiones de Stuart Bloom —que también estará en Malaga— atendiéndolas, donde encontrar a los suyos. Hoy las mayores empresas del entretenimiento compiten por venderle películas, series, muñecos y suscripciones. Smith no predijo que los superhéroes conquistarían Hollywood; hizo algo más útil: retrató a sus seguidores cuando todavía no eran un mercado codiciado.
Su friki no es un físico prodigioso ni un informático millonario. Es un dependiente que cobra poco, atiende a idiotas y posee una memoria asombrosa para los detalles de universos inexistentes. Puede explicar las diferencias entre los distintos actores que han protagonizado Spiderman y no sabe cómo invitar al cine a la chica que le gusta; tiene una teoría fenomenológica sobre la existencia de Darth Vader y ninguna estrategia para dejar un trabajo que detesta. La cultura popular no le ha proporcionado poder ni dinero. Le ha dado un vocabulario snob que aleja al común de los mortales de los recovecos de lo nimio.
Clerks nació de esa penuria. Smith la rodó en veintiún días, durante las horas en que permanecía cerrado el comercio de Leonardo, Nueva Jersey, donde trabajaba, con unos veintisiete mil dólares reunidos a base de tarjetas de crédito y de vender su colección de cómics, en 16 milímetros y blanco y negro, junto al productor Scott Mosier y el director de fotografía David Klein. Como solo podían entrar de noche, las persianas del Quick Stop permanecen bajadas toda la película; Smith lo resolvió haciendo que un vándalo hubiera metido chicle en los candados. La falta de recursos, como suele ser habitual, agudizó el ingenio. Miramax compró la película en Sundance y aquel debut terminó en el Registro Nacional de Cine de Estados Unidos. Richard Linklater había abierto el camino de las producciones de bajo coste con Slacker, y Smith añadió se sumó al carro de la serie A a precio de B.
Con Mallrats el dependiente salió de la tienda para instalarse en el centro comercial, templo, plaza pública y refugio climático. Brodie, interpretado por Jason Lee, no es un aficionado a los cómics, sino un hombre que ha sustituido la experiencia por los cómics, y Stan Lee, el padre simbólico de Marvel, aparece en el centro comercial para explicarle a un adulto que las viñetas no pueden vivir por él. La película recaudó un tercio de sus seis millones de presupuesto y encontró después a su público en VHS y en los primeros foros de internet. Smith descubrió pronto la regla que sostendría su carrera: no necesitaba gustar a millones si lograba que unos cientos de miles sintieran que era uno de los suyos, y cuando encontró en la red una página creada por seguidores contrató a su responsable para levantar el sitio de View Askew.
Persiguiendo a Amy, en 1997, fue la respuesta al desastre y también el momento en que su friki dejó de resultar únicamente divertido. Holden McNeil, interpretado por Ben Affleck, es un autor de cómics que se enamora de Alyssa, una dibujante que se presenta como lesbiana, y que se cree moderno y tolerante hasta que el pasado sexual de ella despierta una inseguridad que no controla. Smith reconoció que la historia nacía de sus propios celos: el friki podía haber aprendido el léxico del progresismo, y seguía siendo un hombre criado en una masculinidad posesiva, capaz de discutir la representación de las mujeres en las viñetas e incapaz de escuchar a la que tenía delante. El documental Chasing Chasing Amy, de Sav Rodgers, ha mostrado que la película fue un salvavidas para una parte del público queer y un relato irritante para otra, y esa incomodidad sin resolver es lo que la ha mantenido viva hasta la actualidad.
Dogma, en 1999, elevó la apuesta con dos ángeles expulsados del cielo, un apóstol negro, una descendiente de Jesucristo, un demonio fecal, Alan Rickman como voz de Dios y Alanis Morissette como divinidad. Smith, educado como católico, sostenía que era una expresión de fe, y buena parte de la protesta religiosa decidió no creerle: hubo amenazas y manifestaciones, y el propio director acudió de incógnito a una concentración en Nueva Jersey, pancarta en mano, y se dejó entrevistar por una televisión local como uno más de los indignados. La película señalaba el parentesco entre la exégesis religiosa y la cultura friki, dos tradiciones con textos canónicos, versiones descartadas y seguidores capaces de discutir durante horas qué debe considerarse verdadero. Un concilio y una convención comparten el placer de establecer continuidades.
Jay y Bob el Silencioso contraatacan (2001) reunió personajes y chistes de los cuatro largometrajes anteriores en un universo compartido antes de que la expresión entrara en los planes de Hollywood, y anticipó la vida digital con unos desconocidos que insultan a los protagonistas en una web y son perseguidos por todo el país. Clerks II, en 2006, tras el paréntesis de Jersey Girl, devolvió a Dante y Randal a un mostrador, ahora de comida rápida, para plantear la pregunta que acompañaría desde entonces a la primera generación friki: qué significa hacerse adulto cuando ya no es obligatorio abandonar los objetos culturales de la juventud. El problema no era conservarlos, sino utilizarlos como coartada para no tomar ninguna decisión.
Tras la fallida comedia de estudio Cop Out, Red State (2011) rompió el pacto tonal con el predicador fanático de Michael Parks, y su verdadero hito ocurrió fuera de la pantalla: Smith anunció en Sundance una subasta de los derechos, se adjudicó la película a sí mismo y la distribuyó mediante una gira de proyecciones apoyada en sus pódcast y sus redes, convencido de que no tenía sentido rodar algo barato para que alguien gastara varias veces su presupuesto en anunciarlo. Había nacido el Smith posterior al cine, cuyo principal activo era una audiencia dispuesta a acompañarlo. Tusk (2014) llevó el sistema al absurdo: la idea surgió en un episodio de SModcast, los oyentes votaron en Twitter con la etiqueta «#WalrusYes» y meses después Justin Long se convertía en morsa. El pódcast ya no promocionaba la película; era el lugar donde nacía.
En febrero de 2018 un infarto masivo casi lo mata, y todo lo que ha rodado desde entonces tiene algo de testamento. Jay and Silent Bob Reboot (2019), con su hija Harley Quinn Smith como hija de Jay y Affleck recuperando a Holden, es más un álbum familiar que una película. Clerks III (2022) cierra el círculo: Randal sufre un infarto, sobrevive y decide rodar una película sobre su vida en el Quick Stop, titulada Inconvenience, el nombre que Smith barajó para su debut. Los actores ya no pueden interpretar a los veinteañeros de 1994, así que la película incorpora sus cuerpos envejecidos, sus ausencias y la memoria del infarto que mató al padre del director. El friki también envejece y muere; la cultura popular puede acompañarlo, no protegerlo, y las referencias que memorizó sirven para medir el tiempo.
Cuando Smith y Jason Lee se sienten juntos en Málaga, el público no irá solo a ver a un director y a un actor. Irá a encontrarse con una parte de su propia biografía, descubierta en un videoclub y discutida en la forosfera. La Comic-Con que los recibe es el triunfo de la subcultura pop de aquellos aficionados que ya no se reúnen porque el mundo desprecie sus obsesiones sino porque son comercializadas. Entre franquicias administradas como fondos de inversión, Smith conserva algo del friki anterior a la conquista. La del hombre que no usa Star Wars para demostrar su cultura cinéfila, sino para lamentarse de los pobres autónomos contratados en la Estrella de la Muerte.





