
Hace veinte años, quien acabaría ganando el Goya a la mejor dirección novel en 2025 y por entonces era estudiante de cine, Javier Macipe, recibió una llamada.
Se trataba de la madre de Mauricio Aznar, su ídolo musical, fallecido a los treinta y seis años y convertido en toda una leyenda del rock en la tierra de ambos, Aragón. Inge Müller, la madre, había visto algunos cortos de Macipe y lo invitó a su casa.
«Quiero proponerte algo», le dijo.
En aquella casa, que para Macipe era como un templo, se enteró de que Müller se había reunido anteriormente con Carlos Saura, otro aragonés de renombre, gran cineasta, debido al interés de este por filmar la historia de Mauricio, tan desgarrada como luminosa. Pero aquella reunión en el Gran Hotel no había funcionado: no se habían entendido.
Dieciocho años tenía Macipe entonces. Dieciocho añitos la noche en la que oyó la proposición que le cambiaría la vida: Müller quería que fuese él y nadie más quien contase la historia de sus dos hijos, Mauricio y Pedro, este último suicidado una semana antes de la sobredosis que mató a su hermano.
Estamos a principios de los dos mil y Mauricio Aznar se había convertido en un mito, pero no solo por su muerte. Se lo seguía recordando como un gran líder del rock aragonés de finales de los años ochenta, la época de unos jóvenes Héroes del Silencio, para los que Mauricio y su grupo Más Birras —sí, sí, como lo oís—, algo mayores, eran un referente. Así lo demostraron versionando una canción suya, la única versión ajena de toda la trayectoria de Héroes, «Apuesta por el rock and roll». Su eco continuaba en los numerosos grupos locales que tocaban sus canciones, incluido el de Macipe. En Zaragoza le habían dedicado un paseo y una estatua a Mauricio Aznar, esta última convertida en lugar de peregrinaje.
Por todo ello y porque su música lo había acompañado toda la vida, entrar en aquella casa, relata Macipe en varias entrevistas, «era como entrar en la casa de la madre de Elvis».
Macipe tenía dieciocho años aquella tarde, casi los mismos que tardó en poder mostrarle la película al mundo. Una eternidad en nuestra época de aceleración y producción en masa, y media vida, literalmente, en el caso del director. Para conseguirlo, Macipe estuvo curtiéndose durante una década, hasta poder decirle a Inge Müller que estaba preparado para responder a su llamada.
Todo lo que ocurrió entre ambas fechas —ocho años de innumerables dificultades durante la elaboración del guion, la producción y el rodaje— es hoy historia del cine español.
Para muchos es la primera vez que oís hablar de Mauricio Aznar, lo sé, a menos que hayáis visto la película. Precisamente su relativo anonimato fuera del ámbito aragonés es lo que ha permitido la aspiración universal del proyecto de Macipe. Su dolor y su aura, sus pagos y su misión pueden ser los de todos justamente porque no sabemos nada de él cuando se enciende la pantalla.
Fue eso lo que nos pasó aquella tarde —Málaga, febrero de 2024— en la que nos metimos a ver qué tal estaba aquel biopic musical. Sala pequeñita. Llegamos, como casi siempre, tarde, pero no habíamos entrado en una sala de cine, no, no, sino en una de conciertos: en total oscuridad, se oían las pruebas de sonido, vibraba el murmullo de la gente, se sentía su expectación, un cigarro combustionando entre botellines de fondo… «Zaragoza, España, años noventa» y, de súbito, plano medio de un apuesto mozo con estética rockabilly que se dirige a nosotros como si hubiéramos pagado una entrada para verlo aquella noche. Nos cuenta sus historias, nos habla del Quijote, de prendas de ropa que estaban volviendo y de cosas que supuestamente ya no estaban de moda, como fumar, mientras sostiene un cigarro entre las cuerdas de su guitarra.
En aquella escena, la única que pudieron rodar el 11 de marzo de 2020 antes de detener el rodaje por la covid1, nos dice, con esa retranca aragonesa que hasta entonces no conocía, que «ahora lo que mola es el bakalao» y, ante los abucheos del público, responde: «El bakalao es una maravilla, lo que pasa es que no lo comprendéis». Lo acabamos de conocer, pero ya nos tiene comiendo de su mano. No contento con eso, nos termina de ganar echándole una bronca —como había hecho Bunbury unos meses antes— a un periodista que no para de hacerle fotos —el periodista, ay, qué tiempos…— y le explica que, si en el teatro o en misa no es apropiado estar haciéndole fotos al actor o al cura «con el copón levantado», tampoco lo es hacerlo durante un concierto. «No es de recibo», repite solemne, y arranca «Esa chica llamada Soledad».
Mauricio Aznar, a través del actor que lo interpreta, Pepe Lorente, nos está hablando desde los años noventa, pero nada de lo que dice nos resulta hoy ajeno. Ni su resistencia a los sonidos mainstream que marcan la agenda —parecía ser bastante crítico con la electrónica en general— ni su rechazo a las fotografías como forma de mercantilizar la experiencia musical, otro signo más de la distancia entre el artista y el público a la hora de compartir música en directo. Sutilmente nos está mostrando su noción sagrada de la vida y de la música, así como la angustia derivada de ese desencantamiento del mundo del que hablaría Weber.
La estrella azul, la película que hoy nos ocupa, no disfrutó de grandes promociones, carteles en negro ni persecuciones por la Gran Vía. Sí de un intenso boca a boca y de mucha gente del mundo del cine y la música que se declaró emocionada en las redes sociales tras su visionado. Cuando salimos de aquella sala sentimos que lo que acabábamos de ver era más grande que Mauricio, el protagonista; que Macipe, el director, o que los Carabajal, una familia de músicos de la que os hablaré más tarde. Aquello estaba hecho para durar.
A qué le llaman distancia, eso me habrán de explicar,
a qué le llaman distancia, eso me habrán de explicar,
solo están lejos las cosas que no sabemos mirar.(Atahualpa Yupanqui en la voz de Mauricio)
En 2026, la banda surgida a partir de esta película, La Estrella Azul Live, se ha despedido con una gira por Aragón y un puñado de ciudades más, después de dar más de setenta conciertos desde su estreno dos años atrás. Son los dos años que llevo dándole vueltas a por qué salí del cine sabiendo que aquella historia no iba a perderse entre el ruido de las otras seiscientas películas estrenadas ese año. Pero era necesario dejarlo reposar y crecer, hablar con la gente, documentarme; salvando las enormes distancias, tenía que seguir «el tempo Macipe».
Así que, antes de que su estela desaparezca por completo, permitidme que comparta con vosotros mis cuatro hallazgos: el dolor, el aura, los pagos y la misión.
El dolor
Mil amigos tuve yo, ahora solamente tengo dos.
El primero es el tabaco, el otro es esta jodida tos.
Javier Macipe, el director de la película, había crecido en un ambiente rockero zaragozano que se nutría de la sombra de Mauricio Aznar, héroe de estatua cuyo eco, sin embargo, perduraba en los oídos de los más jóvenes, especialmente a través de las canciones de su banda de rock and roll, Más Birras2.
Aunque Más Birras era el proyecto que le había dado un nombre en su tierra, Mauricio decidió aparcarlo e irse a peregrinar tras Atahualpa Yupanqui, considerado por muchos el gran maestro del folclore argentino. Como ha narrado Macipe en numerosas ocasiones, Mauricio dejó las músicas del norte y se sumergió musicalmente en el sur, en la zona de Santiago del Estero, de donde empezaron a pegársele sus ritmos, sus personajes y su forma de ver la vida. A su vuelta a España, esta investigación musical y espiritual cristalizó en el proyecto Almagato, banda con la que exploró géneros santiagueños como las chacareras y las zambas junto a su amigo Jaime González y los integrantes que fueron incorporándose paulatinamente.
En octubre de 2000, Mauricio Aznar se preparaba para cumplir su sueño de, primero, actuar en el gran escenario de las fiestas del Pilar con los Carabajal, la gran familia de músicos que lo había introducido en el folclore santiagueño y que venía expresamente desde Argentina para el concierto, y, segundo, grabar un disco con ellos. Por desgracia, murió de sobredosis una semana antes, sin poder verlo hecho realidad.
Dios no hizo la tierra donde me pueda ubicar.
Soy solo un hombre sin hogar…
En esta sociedad globalizada, multicultural e hiperconectada parece casi imposible alcanzar un consenso sobre «lo humano», un debate que, para la mayor parte de la academia, resulta arcaico, superado, casi podríamos decir rancio, explica Diego S. Garrocho en el pódcast Pausa. En el caso de Mauricio Aznar, el impacto emocional de La estrella azul en su público nos hace preguntarnos cómo es posible que tanta gente haya conectado de una forma tan profunda con un artista que murió hace más de veinte años y del que, sobre todo, no sabía nada hasta dos horas antes. Qué hay de fieramente humano y universal en esta historia que supera el tiempo y el espacio.
El dolor, amigo Mauricio, tu dolor. Y su alma gemela, la soledad. Para muchos, el encuentro que Macipe nos brinda con Mauricio permite reconocer nuestra sombra en la suya; nos advierte de que, según bailemos con ella, así será nuestra fortuna, en un baile que dura toda la vida. Por ello, el tratamiento del dolor en La estrella azul trasciende la mera biografía para convertirse en un espejo atemporal. No hay complacencia ni verdadera autorreferencia, pues los autores de esta película no hablan de sí mismos, sino que se ponen al servicio de la historia de Mauricio Aznar.
En los ocho años transcurridos desde el primer viaje de Macipe a Argentina hasta el estreno de la película, el camino estuvo lleno de innumerables reescrituras del guion, de tropiezos en la búsqueda de productores y de ocasiones en que hubo que tirarse al barro cuando la situación era desesperada, incluido un vuelo a Los Ángeles para presentarse a puerta fría en la casa de Enrique Bunbury. El proyecto contó con un actor protagonista que pasó tres años aprendiendo a tocar bien la guitarra y el bombo legüero; a cantar, no imitando a Mauricio, sino dejándose poseer por su espíritu. Tres años enviando diariamente por WhatsApp una estrofa a Macipe, tratando de fundirse con Mauricio.
Toda esa sangre, sudor y lágrimas discurrió de forma paralela a la peregrinación de Mauricio Aznar. Ambos caminos estuvieron repletos de desventuras y vacilaciones, así como de una pasión desaforada, una cabezonería característicamente aragonesa. Y es que, a pesar de la oscuridad de la historia, hay un importantísimo foco de luz y esperanza, de risas en escenas más distendidas, pero nunca —y esto es importante— se hace desde la ironía.
Camino en la noche larga, pero camino al amor.
La ironía es una forma de distanciamiento, de colocarnos por encima del otro. Un dolor tratado con ironía se ridiculiza, se deshumaniza. Explicaba Ortega y Gasset, allá por 1925, que muchos artistas invitaban a contemplar el arte como una broma; es decir, proponían un arte que se burlaba de sí mismo. A falta de otra víctima, el arte ridiculizaba al arte y caía así en el solipsismo y la autorreferencia. Ochenta años antes de la aparición de los memes, Ortega hablaba de «desdén», de «hastío», así como del deseo del artista de triunfar sobre lo humano haciendo que su obra se pareciera lo menos posible a la vida, para lo cual recurría a la desposesión de las formas vivas y a la inteligibilidad. Más valiosa era la obra de arte cuanto mayor fuese su deshumanización, decía Ortega.
Volviendo al siglo XXI, La estrella azul es hija de su tiempo y, por supuesto, no está completamente exenta de rasgos autorreferenciales que puedan considerarse posmodernos: principalmente, la primera toma, con el guion de la película en primer plano; la escena con el delegado de Cultura y, por supuesto, el casting final y el epílogo. En todas hay una ruptura del pacto de ficción con el espectador que pretende devolver la mirada hacia dentro, sí, pero señalar la obra como artefacto no se hace con el ánimo de deshumanizarla, sino para hacer hincapié en su dimensión artesanal.
Un pintor tradicional, explica Ortega, quiere apoderarse de la realidad cuando, como mucho, puede conseguir apenas un boceto de la infinitud que late en un ser humano de carne y hueso. Pero ¿y si el objetivo fuera pintar el boceto en sí, su idea misma? Entonces no podríamos cuestionar la verdad de la obra; el artista escaparía del «fracaso inevitable».
A diferencia de películas como Segundo premio, que subraya su alejamiento de la realidad tomando como subtítulo «Esta no es una película sobre Los Planetas» y evitando así, quizá, «el fracaso inevitable», la producción de Macipe asume todas las consecuencias de contar algo que sucedió en realidad: acepta sus limitaciones y las pone sobre la mesa, sabiendo que así el espectador admitirá concesiones, que asumirá la utopía de representar algo que realmente ocurrió y que siempre estará a años luz de la realidad. La película imita la realidad, sí, pero con una honestidad que la dota de vida propia.
Tanto es así que el largometraje, como creación y artefacto, probablemente ha modificado la realidad que imitaba: el recuerdo de Mauricio Aznar estará de ahora en adelante mediatizado por el impacto de la película y por los conciertos que la siguieron, tanto entre quienes lo conocimos gracias a ella como en la comunidad que ya existía en torno a Mauricio. Buena muestra de ello es la enorme acogida que ha tenido en Aragón el proyecto de la banda La Estrella Azul Live.
En La estrella azul han aceptado la limitación como elemento constituyente, sin distanciamiento irónico. Esto no solo dota a la película de una naturaleza autónoma frente al fracaso inevitable, sino que, sobre todo, les permite acercarse con honestidad y respeto a la limitación de Mauricio, a su dolor, para vertebrar con verdad el relato de su vida. Y el público lo agradece. Un público que empieza a estar harto de llamar cringe a todo lo que suponga sinceridad, exposición o vulnerabilidad, o eso se comenta en internet. Mucha gente, quizá, se está cansando de las numerosas capas de ironía que nos distancian del otro, de su dolor y su soledad. Me pregunto si será porque en ellos vemos algo universal y atemporal de nuestra condición humana.
El aura
¿Todavía podéis distinguir entre una imagen generada por IA y una que no lo es? ¿Y una canción? ¿Podéis seguir disfrutándola una vez que os dais cuenta? Cabe esperar que dentro de pocos años las plataformas generen con IA películas diseñadas específicamente para nosotros. Ah, ¿que te gusta la estética de Wong Kar-wai, los diálogos de Woody Allen y el montaje de Christopher Nolan? Brummm, brummm en la batidora y ahí lo tienes: cine a la carta.
¿Cómo resistirnos al camello que sabe exactamente qué droga nos gusta, en qué dosis y con qué efectos? Y, por otro lado, ¿en qué quedará la experiencia estética cuando no suponga salir al encuentro de lo Otro, de lo desconocido? Cuando no haya detrás intención alguna, sino solo imitación y reproducción de lo que se sabe que funciona, ¿dónde quedará lo humano, atrapado entonces en el infierno de lo igual?
La música creada para sonar de fondo —haya sido o no generada por IA— parece ya el pan nuestro de cada día en las listas de reproducción que muchos escuchamos mientras hacemos otras cosas: ambiental, clásica, electrónica, jazz, lo-fi… Cómo no, si resulta extremadamente rentable para las plataformas. Según explica el crítico musical Ted Gioia en su artículo «The Ugly Truth About Spotify Is Finally Revealed», Spotify habría impulsado un programa de contenidos baratos y anónimos en géneros asociados al consumo pasivo. Cuando algunos empleados expresaron sus dudas, los responsables de la plataforma habrían respondido que «los oyentes no notarían la diferencia».
Ahí lo tenemos, un punto de partida: el consumo pasivo de arte, cuando el arte es un «producto cultural» consumido mientras se hacen otras cosas —limpiar, hacer deporte, trabajar—. O en el sofá, cuando nos resulta tan fácil consultar el móvil ante una notificación o un pensamiento divergente que busca respuesta. Es aquí cuando entra la experiencia radicalmente distinta de ir al cine, ese lugar donde, si la película es buena, olvidamos el hambre y la sed, donde evitamos comentar con el de al lado para no molestar. Nuestras necesidades biológicas y nuestras querencias de otro tipo se doblegan, se rinden ante aquello que aparece delante de nosotros.
Pero, claro, mucho de lo que vemos ha sido diseñado para consumirse de forma pasiva, como argumenté que ocurría con el Frankenstein de Guillermo del Toro o como sugieren unas recientes declaraciones de Matt Damon, según las cuales Netflix les había propuesto que la trama se repitiera tres o cuatro veces en los diálogos porque la gente estaba mirando el móvil. Por ello, la experiencia en el cine puede resultar agotadora: somos intensamente estimulados en el plano visual, pero terminamos sintiéndonos cansados por la redundancia y la obviedad de los diálogos y la trama.
Si hacemos el «esfuerzo» de ir al cine —no solo físico, sino también económico—, muchos esperamos que nos sorprendan y emocionen, no solo que nos entretengan. Anhelamos ver un buen trabajo y La estrella azul, guste más o menos, es una elaboración artesanal e intrépida, de dimensiones quijotescas, como Pepe Lorente, el actor protagonista, suele recordar al comienzo de los conciertos.
Después de pasarse diez años haciendo cortos, Javier Macipe llamó a Inge Müller, la madre de Mauricio, para decirle que había llegado el momento de comenzar el camino. El primer año lo pasó entrevistando durante horas a todas las personas cercanas a Mauricio que pudo encontrar e hizo su primer viaje a Argentina, todo ello antes de escribir una sola línea del guion. Una vez acabado el primer borrador, empezó a enviárselo a productoras, una por una, esperando meses entre un envío y otro, pero ninguna contestaba. La cosa estaba bastante paralizada hasta que se le ocurrió hablar con Bunbury. Con su nombre como gancho, pudo atraer el interés de una productora argentina que ya colaboraba con una española. El proyecto se ponía por fin en marcha.
Inicio del rodaje: 11 de marzo de 2020, tres días antes de la declaración del estado de alarma por la covid. Realizada la secuencia del concierto que os describía al principio, llegó el parón total. Y el mundo, tras la covid, ya no era el mismo. Cuando pudo retomarse la grabación, dos años después, la inflación argentina había provocado que el dinero asignado inicialmente cubriese solo un veinte por ciento del presupuesto. Los productores bonaerenses decían que no se podía hacer, que necesitaban mucho más dinero, y se retiraron.
Fue un golpe duro, pero, una vez superada la conmoción inicial, le dieron una vuelta de tuerca al asunto: aunque ya no contasen con un presupuesto holgado, podían hacerse con una cámara muchísimo más barata y un equipo más reducido, con menos experiencia, pero con más pasión. Con ello se dotaron del elemento esencial que ha hecho de esta producción algo único: el tiempo.
Frente a los seis meses que, como máximo, suele conllevar un rodaje de estas características, ellos tardaron tres años, con la gran dificultad que supone mantener a la gente comprometida durante un periodo tan largo. Ese tiempo permitió que la historia evolucionara, se amplificara y profundizara. Demostraron a los productores que, con tiempo, austeridad y mucha, mucha creatividad, tenían grandes cosas al alcance de la mano. Es el caso del plano secuencia en el bar con la orquesta, con el que convencieron al productor de no quitarse de en medio. Eso sí, después de comunicar su decisión de seguir adelante, dijo que estaban todos «¡como una regadera!»3.
En palabras de Macipe en el pódcast Rodad, insensatos, la imposibilidad de rodar con menos medios se debe a veces más a una limitación mental, a una pereza intelectual, que a una inviabilidad real.
Esta serie de catastróficas desdichas fue dotando al proyecto de una naturaleza irrepetible, de un «aura» por «su existencia única en el lugar donde se encuentra», en palabras de Walter Benjamin. Explica el filósofo que solo cuando una obra es irrepetible, irreproducible, mantiene su testimonio histórico y posibilita la transmisión de su materialidad como tradición.
No es este el caso de buena parte de las películas estrenadas durante los últimos años, cuya paleta de colores es más homogénea que nunca —los famosos grises de Netflix— y en las que se ha intensificado el uso de cromas para permitir una mayor intervención durante la posproducción. El resultado: escenas más planas y uniformes. Y menos realistas.
Pero ¿de dónde viene esa sensación de artificiosidad cuando, al fin y al cabo, todo el cine es mentira? Para que nos creamos la mentira, cuenta el historiador del cine Stephen Prince, es necesario que la imagen que contemplemos en pantalla se corresponda estructuralmente con nuestra experiencia audiovisual del espacio tridimensional. Solo así la sentimos como una «imagen perceptualmente realista», explican en el vídeo «Why Movies Don’t Feel “Real” Anymore», del canal Like Stories of Old.
Luz, color, textura, movimiento, sonido… Todos esos elementos han de estar en consonancia con la percepción que tiene el espectador de cómo ocurren esos fenómenos en su vida cotidiana. Una puesta en escena con profundidad de campo y tomas largas, explicaba el filósofo estadounidense Noël Carroll, invita al público a escudriñar el fotograma en busca de significado de una forma más parecida a como percibimos las cosas fuera del cine, según se expone en el vídeo mencionado.
Javier Macipe, mediante sus decisiones de cámara, dota al plano de un enorme significado psicológico. Al principio de la película, Mauricio Aznar aparece en muchos planos cortos y medios, centrados en él y en sus circunstancias. Es la época en la que se siente perdido y desconectado, en Zaragoza, con escenas mayoritariamente nocturnas e iluminación artificial.
En su viaje a Argentina, por el contrario, el plano se abre a medida que el protagonista va conectando con su entorno. Aparecen muchos más actores, localizaciones naturales con luz natural, encuadres amplios y una variedad de elementos que caracterizan el espacio cotidiano. Aunque nunca hayamos estado en Santiago del Estero, el trabajo de contextualización nos familiariza con el lugar, a la vez que acompaña y recalca estéticamente la evolución del personaje.
Comparémosla con otras películas recientes en las que todo está hecho para eludir la contextualización, como La vida de Chuck, cuya pretensión de atemporalidad y universalidad llega en realidad a generar una sensación de falsedad. En La estrella azul hay constantemente un espacio —Zaragoza/Santiago del Estero— y un tiempo —los años noventa— muy concretos.
Es tal la importancia que daban a la contextualización que emprendieron, como explica muy bien Álvaro Moriano en su vídeo «La estrella azul: making of», una labor descomunal para conseguir instrumentos, micrófonos, amplificadores y focos de los años noventa que, además, funcionaran. O coches y autobuses de la época, incluido el colchón de muelles que cruje extraordinariamente durante la escena con su madre. Cuando algo no existía, lo elaboraban, como es el caso de la estación de autobuses de Cosquín, creada por completo por el equipo artístico. Todos estos son estímulos que, sin darnos cuenta, van acumulándose y enriqueciendo la «imagen perceptualmente realista» de nuestra experiencia cinematográfica.
El equipo de La estrella azul hace de lo pequeño, del detalle, una cuestión fundamental. Por ejemplo, el libro comprado en el festival es el ejemplar original de Mauricio; el librero que habla con él no es quien se lo vendió a Mauricio, pero sí el que atendió a Javier en uno de sus viajes de exploración a Santiago. No son elementos elegidos por cuestiones estéticas o económicas, sino con el ánimo de dotar de verdad al relato desde lo sensitivo.
El sonido es otro elemento que llama muchísimo la atención, ya que optaron por grabarlo en directo, muchas veces en espacios abiertos, lo que supuso todo un reto para el equipo. En esos lugares, la austeridad los obligó a ingeniárselas para colocar los micrófonos debajo de las mesas, enterrar los cables y esconder los dispositivos. Pusieron micrófonos de ambiente hasta en el último rincón, cuenta Moriano. Además, al trabajar con actores no profesionales, prefirieron configurar un equipo lo más reducido posible para no atosigarlos demasiado.
El tratamiento de la luz durante el rodaje nocturno en exteriores fue especialmente difícil. Como no podían utilizar grandes camiones para iluminar, plagaron el plató de cientos de pequeños focos fluorescentes. En cuanto al concierto, llegaron a coordinarse cien peluqueras y maquilladoras para que todo fuera de época. La ropa usada también tenía que ser auténtica —estaba terminantemente prohibido envejecer artificialmente las prendas— y los sistemas de iluminación y sonido eran igualmente de los años noventa. Según Moriano, el objetivo de Macipe era que «nada sonara a disco», que todo fuera «envolvente, imperfecto».
Pero estas no son las condiciones de trabajo habituales de los actores. Alertaba Benjamin de lo difícil que era mantener la humanidad de este arte frente al teatro, dado que el intérprete cinematográfico no actuaba ante un público, sino ante un sistema de aparatos. Qué decir de que, en el siglo XXI, los espacios de trabajo estén cada vez más descontextualizados y muchas veces los actores ni siquiera actúen junto a sus propios compañeros de escena, todo para ahorrar costes.
Además de la homogeneización y la falta de realismo, al espectador le fatiga la ausencia de naturalidad. Aquellos que todavía no habéis visto la película os estáis perdiendo una escena espléndida, luminosísima, de Pepe Lorente en remojo y con ropa interior blanca, relajado, sin ocultar la palidez ni el michelín. Esa escena es una joya en tiempos de miradas siempre afectadas por los filtros. De hecho, Macipe cuenta que no usaron maquillaje durante el rodaje.
«¿El aura de lo humano es hoy la imperfección?», se preguntan Marta García Aller y Diego G. Garrocho en el pódcast Pausa. Si es así, parte del aura de la película procede del afán de perfección que lleva a Pepe a poner toda la piel al servicio de su interpretación, aceptando que es justamente su imperfección —la distancia insondable entre quien fue Mauricio Aznar y lo que ha terminado siendo la película— lo que hace de esta creación artística algo singular y dotado de luz propia.
En el escenario, Pepe Lorente es y no es Mauricio Aznar. Su aspecto físico, distinto del de Mauricio, nos recuerda que quien habla es el actor y músico, pero la transformación que ha vivido es tal, y hay tanto de su alma en la interpretación, que durante el concierto uno puede llegar a tener la sensación de percibir dos espíritus superpuestos, un ser a caballo entre dos mundos.
Su voz, su cuerpo, su presencia… Todo se ha transmutado para traernos a Mauricio Aznar desde el más allá, al menos durante esos instantes. De haberse tratado de una superestrella ya consolidada, seguramente no habría podido dedicar tanto tiempo a convertirse en músico y a investigar a fondo la figura de Mauricio Aznar —trabajando con las más de ciento cincuenta horas de entrevistas que Macipe recopiló durante el primer año del camino—; difícilmente habríamos podido presenciar la construcción de ese aura que percibimos en el cine y se ratifica en directo. De la mano de su director, Pepe Lorente aprendió, en sus propias palabras, a «quitarse de en medio», a crear ese espacio, ese vacío necesario para que Mauricio pudiera manifestarse.
Con el proyecto La Estrella Azul Live le demuestran a Benjamin que la autenticidad buscada —y conseguida— en el cine no es solo un artificio, que sí tiene la capacidad de saltar de la pantalla y compartirse con un público, devolviéndole su carácter de experiencia comunitaria. Convocados allí por la emoción que nos produjo la película, Pepe Lorente/Mauricio Aznar retoma la metáfora del copón durante la misa y nos pide que nos demos la paz. Nos damos la mano, nos abrazamos. Ahí está: la quiebra de la distancia que atormentaba a Mauricio y que hoy, con la tecnología, es aún mayor.
Los pagos
Eso del pago nos resulta bastante lejano en España. En buena parte de América Latina —sobre todo en el Cono Sur, Bolivia y Perú— es un término que, aunque algo anticuado, está cargado de emoción y nostalgia. Apela a la tierra que nos vio nacer, donde aguardan nuestras raíces familiares, y está más relacionado con el interior que con la capital. Su aparición suele tener que ver con la idea de «volver a ella»: los pagos son Ítacas ante las que la posibilidad de regresar causa tanta ternura como dolor. Como explica Macipe durante algunos conciertos, es un término muy habitual en la música folclórica de la que ellos desean empaparse.
Sin embargo, los pagos son también las tierras que uno puede llegar a conocer durante su peregrinación:
En mi andar de peregrino yo vi pagos,
pagos lindos que me hicieron comprender
que no hay nada más azul que la querencia
que de niño llevo en mi ser
dirá el cantautor uruguayo Pepe Guerra. En La estrella azul vemos a Mauricio añorar los pagos de Atahualpa Yupanqui, sentir nostalgia de unas tierras que aún no conoce, pero que intuye como suyas.
Explica Diego G. Garrocho en su libro Sobre la nostalgia que «conocer es recordar», haciéndose eco de Platón. Que hay una nostalgia derivada del reconocimiento de formas que de algún modo siempre estuvieron en nosotros. Hay una «pulsión íntima y por momentos indómita», explica, por aquello que anhelamos conocer y no conocemos, pero que tampoco desconocemos del todo. «El mundo es un espacio sonoro vibrante, en el que nada se pierde ni desaparece», en el que nos esperan los ecos de otras gentes y otras épocas que, en ocasiones, reverberan en nosotros.
Así, este eco de Atahualpa generó la vibración de Mauricio, que posteriormente fue retomada por Macipe y luego recaló en Pepe Lorente. El actor fue instruido por Pablo Carabajal, sobrino de Carlos Carabajal, de quien Mauricio había sido discípulo, y que luego fue interpretado por su hermano Cuti en la película. Una canción de Jorge Drexler parece esto, sí.
Por otra parte, cabría establecer un paralelismo entre el pago y el concepto de «patria chica», si la entendemos de la forma que Ana Iris Simón establecía: antes que nada, como arraigo a la tierra. Citaba a Ray Loriga durante su entrevista en el pódcast El sentido de la birra: «No hay bandera que valga una vida; la patria es una sopa, un aroma, un recuerdo, un monte, un verso». La patria, la tierra de los antepasados.
Y el 12 de octubre, nuestro controvertido «día de la patria», se convirtió en 2024, gracias a La estrella azul, en una forma particularísima de contemplar el hermanamiento con América Latina que Mauricio encarnaba. En aquel concierto de La Estrella Azul Live en el Jardín de Invierno, ambas tradiciones corrían a la par, se mezclaban como hermanas: los rockeros tocaban chacareras y un maestro de la chacarera, Cuti Carabajal, cantaba rock and roll.
Allá por los años treinta, temía Benjamin que lo más valioso de nuestra cultura, al ser revivido, resucitado por el cine, fuese corrompido y liquidado. Eso podría haber ocurrido con la inicial descontextualización de la chacarera en el ámbito español, que habría podido convertirse en un banal producto de consumo, eso que a veces llamamos apropiación cultural cuando se reduce a su versión más vacía y mercantilizada en el otro extremo del mundo.
Al contrario, el éxito de la película provocó no solo que se juntaran para celebrar dos públicos aparentemente distanciados —el de Más Birras, procedente de la tradición del rock and roll, y el de Almagato, perteneciente al ámbito folk—, sino también que la programación de aquellas fiestas del Pilar prestara una atención inédita a los grupos de folclore americano —argentino, peruano y colombiano—, o eso me contaron los zaragozanos con los que hablé aquella noche.
Es más, podría llegar a decirse que el hermanamiento de estas músicas nos reconcilia en España con una tradición de cantautor que parecía haberse olvidado y que en Santiago sigue siendo transversal e intergeneracional. Explicaba Macipe durante su entrevista con La Nave que, en Santiago, la música ayuda a vertebrar la sociedad. Los jóvenes siguen componiendo folclore. Todo el mundo toca la música de los demás: «No pertenece a nadie».
Y lo que quieren decir las canciones, sus letras, todavía importa. Una de las intervenciones más chocantes de Macipe y Lorente durante los conciertos es aquella en la que nos piden que prestemos atención al significado de las letras y nos revelan que esas canciones han pasado de generación en generación y ahora llegan hasta nosotros. Nos las entregan con sumo cariño y respeto.
Es entonces cuando la capacidad de renovación del cine propicia el abrazo de dos mundos que, antes de la aparición de la película, estaban infinitamente más alejados, pues uno viene a llenar un vacío del otro, lo cual no lo malogra, sino que lo enriquece.
Hay en esta forma de entender lo regional un espíritu poroso e incluyente, en el que lo tradicional no establece una línea entre un «nosotros» y un «ellos», sino que ofrece un tesoro que desea ser compartido y permear la sensibilidad del otro. Esta óptica también impregna el carácter aragonés de la obra, que al principio muchos consideraron un posible problema para alcanzar a un público amplio, un prejuicio con el que tuvieron que lidiar durante la búsqueda de productores, financiación y márquetin, relata Macipe.
El acento aragonés está presente en la obra, en esa forma de hablar tan peculiar que adopta Lorente, en ocasiones quijotesca, con olor a antiguo. Nuevamente, lo local, lo particular, no limita ni acota, sino al revés: conecta con la gente más que lo neutro, lo homogéneo, lo global, aquello que no sabe a ninguna parte.
Explica Martín Sacristán en su artículo sobre Más Birras que la fascinación que Mauricio y su grupo todavía provocan en Aragón podría haber sido universal si su música hubiera llegado a otros puntos de nuestro país. Gracias al boca a boca surgido alrededor de La estrella azul, esta mecha parece haber prendido en otros lugares de España, como indica el notable aumento de las reproducciones del grupo en Spotify después del estreno de la película.
Son los pagos de los Carabajal, primero; los de Mauricio, posteriormente, y los de Macipe y Lorente, al final, los que nos son legados a través de la música hecha cine que luego se experimenta en directo. No en balde, la idea de los pagos da título a una de las últimas canciones compuestas por Aznar, musicalizada por sus discípulos, que provoca un silencio absoluto durante los conciertos y desborda la emoción del público hasta hacer asomar el sollozo. Como es la canción con la que terminan todos los conciertos a los que he asistido, hablaré de ella más tarde, al final del artículo.
La misión
«De un tiempo a esta parte, algo nos abandona día a día, secretamente y de puntillas…», diría Piedad Bonnett. De un tiempo a esta parte sentimos un no sé qué que nos angustia, un cierto malestar en la cultura. Se supone que vivimos en el mejor tiempo posible en términos materiales y sociales, pero nuestro día a día se percibe más difícil y extraño que antes.
Es lo que en Estados Unidos —rápidos de gatillo neologista— han llamado vibecession, por esa sensación o vibe de que vivimos tiempos de recesión, o de que están a punto de llegar, en marcado contraste con unos datos macroeconómicos que indican salud, crecimiento y una hoy relativa estabilidad. Esta sensación de vacío y desapego de la sociedad de consumo ya estaba en los años noventa, por supuesto, en Palahniuk y Welsh, pero hoy ya no podemos tragarnos la idea de un crecimiento ad infinitum. La comodidad material que ellos despreciaban ni siquiera es una opción para buena parte de los mileniales y los zetas actuales.
Antes del arte nuevo, explicaba Ortega, la poesía y la música eran consideradas «poco menos que la salvación de la especie humana» y, claro, cualquier artista se sentiría aterrado ante tan «enorme misión», pues debía abordar en su obra temas «capaces de tamañas repercusiones».
En el primer borrador de la película, Macipe adoptaba el punto de vista de una sobrina ficticia de Mauricio. Ahondaba, a través de ella, en la sempiterna lucha de quien disputa con una sombra y se nutre de ella a partes iguales, lo que podría ser un espejo de la responsabilidad sentida ante la misión encomendada. Esta responsabilidad, que llegó a ser casi insoportable, en ocasiones solo se sostuvo gracias a la promesa realizada a Inge Müller, que Macipe se veía incapaz de quebrantar, explica en varias entrevistas.
En otras ocasiones, la tremenda riqueza de la vida y la obra de Mauricio debía ser —y fue— una fuente de enorme creatividad, pues Macipe se sabía parte de una historia que lo trascendía, pero que gracias a él continuaba. En alguna que otra entrevista, el director se ríe imaginando a Mauricio viendo llegar a otro zaragozano a Santiago del Estero, con patillas, la guitarra a la espalda y ganas de aprender chacareras. Quién lo iba a decir…
Pepe Lorente se acordaba de Lorca y de su Yerma al decir que la responsabilidad de interpretar a Mauricio se sentía como tener un pajarito vivo apretado en la mano, una existencia tan vibrante y cálida como frágil.
Yo soy una infinidad de cosas ya cumplidas
y una inmensidad de cosas por cumplir.4
Permitidme que os cuente un cuento, muy cortito.
Érase una vez un mundo en el que todos los habitantes vivían bajo una sola norma, «la norma del se», según la cual era fundamental tener claro y respetar lo que se decía, lo que se pensaba, lo que se hacía, lo que se comía. Hasta tal punto tenían integrada la norma que «lo que se dice» era percibido como «lo que yo digo» y «lo que se hace» era sentido como «lo que yo hago». Esto les proporcionaba mucha tranquilidad: eran los habitantes más tranquilos y seguros del universo.
Esa identificación de «lo que se piensa» con «lo que yo pienso» ocurría con el transcurso de los años; no nacían con ella. De hecho, los niños, hasta que no adoptaban «la norma del se», eran tachados de locos. Los adultos no entendían por qué abrían tanto los ojos ni las cosas extrañas que les decían a los elementos del mundo, que no tenían absolutamente nada que ver con «lo que se dice», algo que los perturbaba.
Un día, un niño de este universo se enfadó mucho, mucho porque, como era incapaz de comprender «la norma del se», había suspendido las asignaturas de aquel curso y lo habían castigado durante todo el verano. Tanto se enfadó que cerró los ojos y apretó mucho. Tanto que, con los ojos cerrados, de repente empezó a ver haces de luz.
Asustado, pero incapaz de abrir los ojos, se puso a observarlos. Uno se dirigió hacia el suelo y proyectó bajo sus pies una sombra de colores fosforescentes: eran los colores de sus padres, azules; de la montaña que tanto le gustaba, parduzca; de la hierba en la que jugaba al fútbol, verdosa. Luego empezaron a salir haces de luz de su cuerpo en todas direcciones.
De la impresión abrió los ojos y vio que los destellos seguían ahí, aunque de forma más tenue. ¡Y qué curioso! Con cada objeto eran ligeramente distintos: tenían un color, una tonalidad, una vibración y una textura diferentes. Cuando se acercaba a su perro Panchi, la luz era amarilla, estridente y picuda. Al mirar los cuadernos de dibujo de su hermano, que vivía lejos, la luz vibraba en una frecuencia baja y azulona, como el mar al que iban cuando todavía vivía con ellos.
Emocionado por tal descubrimiento, salió de su habitación y vio que su madre también tenía una luz vertical que proyectaba una sombra, además de mil haces de luz que se dirigían hacia los mil elementos que la rodeaban. Aunque estaba castigado, consiguió escaparse y salió a la calle. Ocurría exactamente lo mismo con todas las personas que se le acercaban. ¡Y qué curioso! Después de horas y horas, no fue capaz de encontrar una luz del mismo color, tonalidad, vibración y textura que otra. Cada una de ellas era infinitesimalmente distinta. Así fue paseando, reencontrándose con el mundo, hasta el anochecer. Aquella noche tuvo los sueños más fabulosos que jamás habría imaginado.
Al despertar, sin embargo, ya no veía las luces. Cuando habló con su madre, pudo comprender por primera vez el idioma del «se dice» y el «se piensa». Su madre se dio cuenta rapidísimamente y, de golpe, se le pasó todo el enfado. Entusiasmada, exclamó: «¡Por fin, hijo mío!».
Por primera vez, el niño no abría tanto los ojos ni decía cosas raras a los objetos. De hecho, no decía nada. Ya no le apetecía contarle historias a su perro Panchi, porque ahora entendía que servía para defender su casa si venían ladrones. Ya no hojeaba los cuadernos de dibujo de su hermano: qué pérdida de tiempo, qué trasto inservible. Las cosas ya no eran, sino que servían para.
Aquel día se fue pronto a la cama y soñó que llegaba tarde al colegio, que llegaba tarde a la graduación, que llegaba tarde a la entrevista de trabajo, que llegaba tarde al nacimiento de su primer hijo. Corría y corría de un acontecimiento a otro, pero nunca llegaba a presenciar el hecho en sí.
De esta guisa se pasó toda la noche, hasta que al fin despertó. Sentía una gran angustia, así que fue a hablar con su maestra, la única que no lo había suspendido aquel curso. Ella le contó que lo que le había ocurrido era muy normal, que les pasaba a todos los niños durante la pubertad. Pero, ay, todos lo olvidaban.
Con mucha dulzura y tiento, le explicó que aquellas luces eran lo más genuino que había en él: su forma única de relacionarse con las cosas y todas las posibilidades de ser él en el futuro que con ellas se abrían. Cada vez sería más difícil verlas e incluso recordarlas. Le contó que «la norma del se» iría tomando progresivamente el control de su mente y de su corazón, pero que seguir aquellas luces sería la única manera de descubrir quién era él, quién podía ser en realidad. Le contó que ella luchaba continuamente por no perderlas ni olvidarlas. En un susurro, le reveló la única manera que había hallado para conseguirlo: el arte.
Esta historia, que no es más que una forma de hablaros de Heidegger sin que salgáis corriendo, nos cuenta que los objetos dejan de ser simples objetos cuando los incorporamos a nuestro «proyecto propio de existencia», ese camino que solo nosotros podemos recorrer. En nosotros está decidir si lo hacemos «de forma auténtica» o siguiendo los patrones preestablecidos, «el mundo del se».
Porque hay fuerzas muy potentes a nuestro alrededor que nos lo ponen difícil: la pereza, el desinterés, el spleen, que provocan una vida cómoda, pero blanda, sin gravedad y también sin sentido, en la que nos sentimos desapegados del otro porque ya no compartimos verdades ni metas comunes. Heidegger nos dice que aspiremos a vivir una vida que nos sea verdadera: dictada por nuestros propios anhelos, plena del sentido que adquiere al ser conducida por nosotros mismos, con todas sus consecuencias.
Como cuenta en su libro Jaime González, compañero de Almagato, la búsqueda continua se convertía en angustia y motor para Mauricio, lo que lo llevó a transitar por la música y la poesía como si fueran su propia filosofía, de una forma casi mística.
Esta búsqueda es la que llevó a Macipe a hacer La estrella azul, como él mismo explicita en el prólogo del libro de González, y la que durante estos dos años ha inspirado a tanta gente, después de ver la película, a volver a tocar un instrumento o empezar a hacerlo, a pintar o, en mi caso, a escribir. Otros tantos han viajado como peregrinos a Santiago del Estero, siguiendo los pasos de Mauricio.
Sus ecos llegan hasta Australia, contaba Macipe en una entrevista, desde donde les llegó la noticia de un muchacho que había aprendido algunas canciones de Mauricio inspirado por la película, pese a que hasta entonces no hablaba una palabra de español. También recuerdan con mucho cariño a una chica de unos diecinueve años que se les acercó después de un concierto. Les rogó que le firmaran la guitarra y les dijo que había empezado a tocar después de ver la película, lo que la había ayudado a superar una ansiedad que sufría desde hacía años. «Ahora la guitarra es mi mundo», les confesó.
La estrella azul es un viaje a los años noventa, sí, pero uno que recibió el Premio TCM de la Juventud en el Festival de San Sebastián. Y lo recibió porque, ante todo, La estrella azul es, en palabras de Macipe, «una apuesta por los caminos del corazón».
…no veo ni una forma de salir,
pero voy a apostar fuerte mientras pueda.
Después de años de estrenos y películas premiadas que dejaban al espectador frío, entretenido pero apático, quiero percibir una nueva hornada de cineastas que vuelven a mirar lo humano: pienso en Los domingos, pienso en Sirāt, películas en las que el dolor ocupa un lugar predominante. Sin embargo, cuántos guiones como el de Macipe, aunque extraordinarios, ven, vieron y verán imposibilitada su realización por falta de oportunidades o de cabezonería, esa quijotesca determinación aragonesa que tantas veces menciona Jaime González a lo largo de su libro.
Mucho más fácil y rentable será el futuro infierno de lo igual con la IA. Probablemente se intensificará la burbuja de productos culturales casi personalizados que ya existe hoy y hará que lo que consumimos sea tan específico que resulte casi imposible compartirlo. Y, cuando el arte es incapaz de convertirse en una experiencia comunitaria, nos hacemos islas.
Un arma frente a ello es el tempo Macipe: ejemplo paradigmático de cómo el tiempo permite que las cosas adquieran una identidad propia, que puedan echar raíces y generar un aura compartida.
Dónde estará la estrella azul, esa estrellita del alma…
A veces sueño que está aquí y se ilumina el camino…
Madrid, 2026, medianoche. Mi pareja y yo entramos en un local de rockabilly al que se había ido el equipo después del concierto en la sala Galileo Galilei, el último bolo en Madrid y uno de los últimos antes de que La Estrella Azul Live se despidiera por completo. El camarero, frenético, sin parar ni un segundo ante la alta demanda de lúpulo, nos suelta: «¿Pero de dónde ha salido toda esta gente un jueves? ¡Parece que estamos en 1996!».
Totalmente ajeno a ello, el camarero formaba ya parte de ese reencantamiento de nuestro mundo que La estrella azul ha obrado. Durante unas horas nos dejamos inundar por una fuerte nostalgia de los años noventa, un anhelo similar al que probablemente también sentía Mauricio y que quizá fue una de las razones que lo llevaron a peregrinar a Argentina: esa nostalgia de lo perdido que sabemos que no volverá. Santiago del Estero fue un refugio para él, un lugar de sombra donde detenerse y respirar, donde cobrar aliento.
Nos encantaría, pero no podemos quedarnos anclados en esta historia de los años noventa. Los pagos están ahí para revisitarlos de vez en cuando, cuando nos haga falta, pero no para permanecer siempre en ellos. Por eso, el viaje de Mauricio no habría estado completo sin volver a España y traerse un cachito de Santiago: aquellos siete años formando Almagato y el empeño de traer a Carlos Carabajal a Zaragoza. Javier Macipe forma ahora parte de su legado: ha recogido este pajarito vivo y lo ha puesto, tierno y frágil, en nuestras manos.
Difícilmente afrontaremos proyectos tan quijotescos como el de La estrella azul, pero muchas otras cuestiones de nuestra vida se han vuelto intrincadas, convertidas en infiernos burocráticos, costosísimas. Por el contrario, las cosas que no valen la pena son cada vez más fáciles y baratas, y nos arrebatan cada vez más tiempo y atención. La estrella azul nos recuerda los haces de luz y nos insta a no olvidar unas preguntas fundamentales: qué hay de genuino en nosotros, por qué estamos aquí, cuál es nuestra misión.
Me callo ya y os dejo con la composición de Mauricio en la que creo que late todo lo que he tratado de transmitiros y frente a la cual mis palabras resultan torpes y vanas. Os dejo con ella y con Macipe, que la ha musicado de manera inolvidable.
«De los pagos del olvido»
Vuelvo del puro invierno, desde la semilla al calor,
en un brotar de esperanzas para aromar mi canción,
como una copla olvidada que hoy encontró a su cantor.Fui espera, temblor y helada en las ramas de un viento sin flor.
La lluvia me dio su cuerpo, el tiempo su mismo color
y hoy vuelvo a nacer al surco para llenarme de sol.Soy campo, nido y cigarra, madura el verano en mi voz.
Voy de la siesta al ocaso y al toque de la oración,
y sueño con el lucero en el trino madrugador.De los pagos del olvido me vine a entregar mi dolor.
Bandera de la distancia, soy un pañuelo de adiós,
camino en la noche larga, pero camino al amor.Si la tierra me reclama latiendo a mi muerte su son,
maduras coplas de antaño velarán mi corazón
hasta que la luna nueva despierte en su luz mi rumor.Entonces vendré en un verso que habite en algún trovador,
detrás de una nota herida o en un suspiro de amor,
o en una gota de ausencia que moje la tierra que soy.Volteao en la polvareda, buscando la tarde me voy.
Quizá que alcance mi sueño o puede ser tal vez que no.
Si no me escuchas, recuerda: también el silencio soy yo…
Notas
(1) En numerosas entrevistas, Javier Macipe menciona que fue gracias a esta escena que el proyecto pudo seguir adelante, ya que, como explicaré más adelante, habían perdido casi todo el presupuesto destinado a la producción argentina y esta era una de las escenas más costosas técnica y económicamente. Gracias a ella, y a la de la orquesta en el bar, pudieron convencer a los productores de continuar cuando el proyecto pendía de un hilo.
(2) Según cuenta Jorge Martínez en su libro Más Birras. Del barrio a la leyenda, en la inaguración de un bar con barra libre en el verano del 1984, el socio fundador del bar les gritó desde el otro lado de la barra: «Oye, no es para el Guinness, pero tíos, ¡que os habéis bebido sesenta birras!». Mauricio explicaría después que el nombre les pareció bonito en el momento, «Sesenta birras», pero que luego les parecieron pocas, inspirados por un cómic de la época.
(3) Así lo explica en su libro Jaime González, colaborador de Aznar en su banda Almagato.
(4) Walt Whitman en voz de León Felipe, del original «I am an acme of things accomplish’d, and I am encloser of things to be», de Song of Myself.





