
Vivimos obligados a comparecer, opinar y dejar rastro. Quizá haya llegado el momento de defender los escondites y el derecho a desaparecer.
Empecé a estudiar los escondites porque me intrigaba la creciente obligación de estar localizable, disponible y correctamente explicado. Visité cuevas, sótanos, garajes, huertos, búnkeres, fotomatones, agujeros y depósitos nucleares. Terminé viendo escondites en los bolsillos, detrás de una cortina, bajo la alfombra, entre el teléfono y su funda.
Antes de las contraseñas estuvieron los bolsillos, pequeñas cuevas cosidas al cuerpo. Y antes de los bolsillos estuvieron las cuevas de verdad. Dos de mis tatarabuelas crecieron en casas-cueva de Murcia. Lo descubrí una tarde de agosto, mientras pedaleaba con mi primo Paco, el Fernández, por el paraje de la Alquibla. Mi primo propuso acercarnos al Casón del tío Adrián.
—Tu abuelo dijo que parte de tu familia nació aquí.
La casa estaba excavada horizontalmente en una ladera de arcilla. Tenía tres entradas, cinco cámaras comunicadas, paredes encaladas y lo que debió de ser un establo. Todo seguía la escala del cuerpo y la economía de una familia pobre: una habitación para cocinar y comer, otra para dormir y los animales al fondo. Era una arquitectura construida con ausencia.
Le dije a mi primo que quería comprarla.
—Piénsatelo bien. Arreglarla te costaría mucho dinero.
Fue la única opinión sensata de la jornada.
Las casas-cueva mantienen una temperatura estable. Cuando fuera hay cuarenta grados, dentro puede haber veinte. Y en invierno rara vez bajan de quince. Protegen del sol, de las ondas telefónicas y de los algoritmos de Meta, Google y OpenAI. A cambio, aparecen hormigas, algún lagarto y pequeños inconvenientes relacionados con la electricidad, el agua potable, el gas y la circunstancia de que el baño esté fuera. O algo parecido a un baño.
Por eso conviene no idealizar la desaparición. Un escondite puede proteger, pero también borrar. Puede ofrecer tiempo, descanso y una salida; pero también puede convertirse en una forma lenta de inexistencia.
En la frontera entre Estonia y Rusia he visitado treinta y siete sótanos. Para hacerlo tuve que preguntar a desconocidos si me permitían inspeccionar el lugar menos presentable de su casa. Algunos pensaron que era ladrón, espía o policía de paisano. Boris, por ejemplo, canceló nuestra cita una hora antes. Meses después explicó qué había dicho a su madre:
—Hoy viene un extranjero a ver mi sótano. Un antropólogo español.
—Ni se te ocurra.
La madre tenía razón. Aunque un antropólogo rara vez se lleva algo útil.
Los sótanos contenían la república habitual de decisiones aplazadas: herramientas, muebles viejos, juguetes, pancartas políticas, iconos ortodoxos, esquís del padre, libros escolares y proyectos que habían faltado a su cita con la realidad. Meelis guarda una guitarra que le regalaron veinticinco años atrás. La guitarra empezó en el sofá del salón y terminó arrumbada en el sótano, pero no podía tirarla.
—Fue un regalo. Y quién sabe, quizá todavía aprenda.
Katja almacena una balalaika rota, unos zapatos de su bisabuela siberiana, canciones infantiles y una radio soviética que habían pertenecido a su bisabuela. Además de un archivo familiar, cree que algún día estos objetos serán útiles para que sus futuros hijos entiendan cómo ha cambiado la sociedad. Arseny ocupa tres sótanos con muebles y electrodomésticos de los años sesenta destinados a una película que llevaba cuatro años sin rodar.
Nikolai, de setenta y siete años, guarda decenas de frascos de vidrio heredados de sus padres y de su hermano. Ya no prepara conservas, pero aquellos recipientes vacíos componen un parentesco material. Unos ladrones rompieron la puerta de madera hace unos meses y se llevaron una maleta de piel, quizá pensando encontrar algo de valor. El tesoro que encontraron fue diferente: seiscientas cartas que Nikolai y su mujer (ya fallecida) intercambiaron mientras este hacía el servicio militar.
Arriba, el mundo exige decisiones. Las instituciones piden lealtad y una identidad clara: ser estonio o ruso, europeo o pro-Putin. Abajo, las cosas pueden seguir sin resolverse. El sótano es una tecnología del mientras tanto.
En el este de Estonia, una región atravesada por el derrumbe del imperio soviético y la presión para que cada cual declare quién es, aplazar una definición puede ser una forma de prudencia. Algunas partes de nosotros necesitan quedarse a oscuras para que las demás puedan salir a la calle. Aunque no todo allí resulta poético. Hay humedad, moho, inundaciones, hongos y ratas.
Los garajes de Kulgu, junto a un embalse en la frontera rusa, ofrecen una versión más sociable del escondite. Allí los hombres reparan motores, asan carne, beben, ven la televisión y se apartan durante unas horas de sus familias, de su jefe y del Estado.
Vadym pinta su lancha y me dice que viene todos los fines de semana a descansar. Le respondo que a mí me parece trabajo lo que está haciendo.
—Trabajo es lo que hago de lunes a viernes para un jefe. Esto lo hago para mí.
Dmitri lo resumió mejor:
—Aquí nadie te pregunta quién eres. Eso es lo bueno.
La transparencia era una idea magnífica mientras se dirigía hacia arriba, contra gobiernos, bancos y corporaciones. Aplicada hacia abajo, sobre las personas, se parece demasiado a un zoo. Nuestra época afirma respetar la privacidad, pero solo en teoría. En la práctica, quien no responde, opina, comparte la ubicación o deja constancia de su bienestar resulta sospechoso. Algo ocultará. Hemos hecho de la visibilidad una virtud moral y del silencio algo defectuoso.

A veces el mejor escondite está a plena vista. Para comprobarlo, pasé treinta y cinco horas en cafés de Lisboa y Tbilisi sin hacer nada. Siete horas cada día durante una semana. Nada quiere decir sin móvil ni ordenador, sin uno de esos objetos que convencen a los demás de que nuestra presencia tiene una finalidad productiva. Un adulto sentado solo, sin pantalla, parece sospechoso o francés. Aparecí un lunes a las diez, y un martes, y un miércoles, y un jueves, y un viernes. Y luego desaparecí, cuando los empleados ya se habían familiarizado conmigo.
En Lisboa, una camarera se disculpó porque mi cerveza había tardado quince minutos.
—Como estás en la esquina, la cerveza tarda más en llegar.
En Tiflis, otra camarera preguntó qué hacía, si estaba escribiendo una novela.
—Algo así —respondí.
Sin interacción digital, me había vuelto más disponible para quienes tenía alrededor. Desaparecer de una red significaba aparecer en otro lugar. En un aeropuerto, por ejemplo, todo está iluminado, señalizado y vigilado; aun así, nadie nos conoce. Durante unas horas dejamos de ser una biografía y nos convertimos en un pasaporte con itinerario, una maleta de ocho kilos y un cuerpo que debe atravesar un arco sin pitar. El sistema sabe exactamente dónde estamos, pero ignora quiénes somos. Quizá por eso allí se toleran conductas que en otro lugar exigirían una explicación: beber cerveza a las ocho de la mañana, llorar ante desconocidos, dormir en un banco o caminar en pijama por una tienda de perfumes.
El anonimato aeroportuario, claro, es un privilegio del pasajero. Quienes limpian, cargan equipajes o atienden una puerta de embarque no desaparecen: fichan. Todo escondite depende de alguien que permanece visible para sostenerlo. Hasta el «modo avión», esa pequeña obra maestra de la filosofía tecnológica, promete una ausencia que dura exactamente hasta el aterrizaje. Entonces los mensajes entran todos a la vez, como familiares en Nochebuena.
También los Estados y las civilizaciones tienen cuartos traseros. En Olkiluoto se ha excavado Onkalo, que en finés significa «cueva escondida». Allí se han empezado a enterrar unas seis mil quinientas toneladas de combustible nuclear usado, encapsuladas detrás de barreras de acero y cobre, arcilla bentonítica y roca. Es el sótano más ambicioso construido por nuestra especie. Una pirámide para esconder basura.
Durante mi visita, Pasi, responsable de comunicación y antiguo jugador profesional de hockey, explicó que el material se almacenaría para no recuperarlo jamás.
—¿Y si alguien quisiera sacarlo? —pregunté.
—¿Para qué?
—Terroristas, quizá.
Pasi sonrió.
—No sabemos cómo serán los terroristas del futuro. Por si acaso, no aprietes los botones rojos.
Incluso los sistemas más luminosos dependen de zonas oscuras. Pasi repitió varias veces que Onkalo era el lugar más seguro del planeta. Cualquier frase que contenga las palabras «el lugar más seguro del planeta» pierde seguridad a medida que se repite. Porque el depósito no elimina nada. Oculta responsablemente algo que seguirá siendo peligroso cuando hayan desaparecido las empresas, los idiomas y los Estados actuales.
Sigo sin comprar la casa-cueva troglodita. La última Navidad volví a preguntar a mi primo, le dije que pusiera precio.
—Piénsatelo bien —repitió.
La desconexión absoluta es una fantasía publicitaria para vender segundas viviendas; en la vida real solo cambiamos de dependencias. Un buen escondite no es un destino, sino un intervalo. En Murcia lo sabemos bien. Cada verano buscamos la sombra; cruzar la ciudad a mediodía consiste en correr entre soportales como quien salta de una isla a otra. Como un Odiseo buscando una Calipso que le cobije.
Quizá el desafío de nuestro tiempo no sea que existan demasiados secretos, sino que cada vez quedan menos lugares donde guardarlos. Es decir, el problema no es la falta de luz, sino el entusiasmo excesivo por encenderla. Como resultado, el mundo se ha llenado de gente muy visible haciendo cosas perfectamente irrelevantes, mientras lo importante sigue ocurriendo, como siempre, en lugares donde no llega el wifi. Necesitamos esos puntos ciegos.
Tal vez la solución no sea hacer visible todo lo que permanece oculto, sino proteger ciertos espacios donde la vida pueda desarrollarse sin explicación inmediata. Porque mientras exista la posibilidad de retirarse por un momento, también existirá la posibilidad de ser de otra forma.
Francisco Martínez es autor de Escondites. Cómo desaparecer sin desaparecer del todo (Ediciones Menguantes).







