Odiseo y el viaje a lo conocido

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Odiseo y Penélope de Johann Heinrich Wilhelm Tischbein
Odiseo y Penélope, de Johann Heinrich Wilhelm Tischbein.

Tan célebre es Ulises que se convirtió en circuito turístico.

Por poco más de mil euros el turista podrá embarcarse y hacer el mismo recorrido que hizo un personaje de ficción al principio de los tiempos. Por mil euros el turista podrá seguir un itinerario que fue diseñado por los dioses. Once días programados hasta el último detalle: traslados, chek in, cena, alojamiento y visitas. Por mil euros el turista se sentirá Ulises.

Pero el protagonista de la Odisea no se llamaba Ulises, que es un nombre latino, sino Odiseo, que es un nombre griego. Cuando los romanos estaban armando su imperio, el arte de la guerra se impuso sobre cualquier otro: no había tiempo para nada más que conquistar terreno. Sin embargo no hay  imperio que se sostenga sin un pasado heroico, así que tomaron el de los griegos, que era el que más les gustaba, y con eso construyeron su propio relato. Lo único que restaba era cambiarle el nombre a los personajes: Zeus pasó a ser Júpiter, Hera fue Juno, Odiseo se transformó en Ulises. 

Los dos nombres conviven y refieren al mismo personaje. Mucho después Ulises volverá a aparecer de la mano de Dante con nuevas características y el latino se impondrá al griego, pero fue Odiseo el que le dio nombre, no solo al poema célebre sino también al sustantivo que usamos cuando no todo sale como lo planeamos. Así que nos vamos a quedar con ese nombre para hablar de nuestro personaje: estrella indiscutida de la Odisea y coprotagonista de la Ilíada.

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Se levanta esa mañana temprano para salir a recorrer su reino, una isla chica y escarpada que se atraviesa en zancadas, arena piedra monte y, aun así, «hermosa al atardecer». Se está despidiendo de Ítaca con la esperanza de volver pronto. Tiene un mal presentimiento con este viaje pero no es potestad de los hombres decidir su destino. Lo han mandado buscar los reyes vecinos, unos aliados estratégicos que siempre es bueno conservar cuando el poder es tan inestable como las olas que encierran su isla; una batalla perdida y cualquier rey se vuelve esclavo. El que lo convoca es Agamenón, el griego más poderoso, que está juntando a todos para ir a Troya y desagraviar a su hermano Menelao, rey de Esparta. Resulta que Menelao está casado con Helena, la mujer más linda del mundo, y un príncipe troyano «danzarín mirador de doncellas», se la ha llevado y hay que ir a rescatarla u obligarla a volver, lo que ella prefiera. 

Lo que sabemos de Odiseo está en los libros que llevan el nombre de Homero y hace cientos de años que se vienen contando. No importa si pocos los leen ahora, igual los conocemos porque nacieron con nuestra civilización. Su estilo es la oralidad. Los recitadores, que se llamaban aedos o rapsodas, andaban por los pueblos con su cítara y pedían asilo por unos días a cambio de sus servicios. Si la casa era grande y la comida abundante, el aedo podía pasar varias noches amenizando las veladas con sus cuentos, y si el vino seguía circulando agregaba detalles y complicaciones en la trama para mantener la atención de los oyentes y asegurarse alguna noche más. 

Las historias sobre una antigua guerra que destruyó la estratégica ciudad de Troya y las complicaciones de Odiseo para volver a casa eran parte del repertorio fijo de los aedos. Con el tiempo a un gobernante se le ocurrió la idea de ponerlas por escrito y para eso recurrieron a los «homéridas», una estirpe de hombres que no estaban capacitados para ir a la guerra y por eso se les encargaba el trabajo de recordar los poemas orales. A mí me gusta más la leyenda que dice que Homero era un poeta ciego capaz de memorizarlo todo.

Nuestra literatura nació canción y regada con buen vino. Los aedos recorren haciendas y palacios en Corinto, Micenas, Tebas o Delfos y cantan las hazañas de los héroes y los caprichos de los dioses con la cadencia de los versos. Porque si hay ritmo recordamos mejor.

El ritmo le gana al olvido. También las fórmulas. Para mantener no perder el hilo narrativo, los aedos repiten: cada vez que aparece Aquiles es «Aquiles de pies ligeros», el amanecer es «la aurora con dedos de rosa», los troyanos son «domadores de caballos» y el rey de Ítaca es «Odiseo, fecundo en ardides». Con las traducciones se fue perdiendo la rima y con ella la magia de las fórmulas, pura síntesis narrativa. (Me pregunto si su equivalente actual son los memes y si habrá filólogos en el futuro intentando desentrañar en ellos nuestro espíritu de época).

Leer la Ilíada y la Odisea requiere aceptar un pacto de lectura que incluye todas esas repeticiones y, una vez dentro, estaremos en un mundo hecho de dioses, reyes, islas y naves. Lo que yo conocía de esos libros antiguos no era la trama sino unas imágenes, ciertos detalles o algunos personajes: el talón de Aquiles, Helena de Troya, el caballo, el canto de las sirenas, el tejido de Penélope. También algunas expresiones que había escuchado y repetía sin saber que venían de ahí: la musa inspiradora, es una odisea, ardió Troya. Así como cuando reconocemos nuestros propios rasgos en viejas fotos familiares —la expresión de la bisabuela, los ojos de un tío, el gesto del padre— y descubrimos con algo de asombro que no somos originales, que también somos ellos y ya estábamos ahí, en ese ADN, eso sentí cuando leí los poemas homéricos. En sus versos están cifradas las historias que nos contamos y también el modo de contarlas. 

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Las musas son nueve. Casi mellizas, surgieron de nueve noches de amor consecutivas entre Zeus y Mnemósine, la memoria hecha persona. Nacieron para ponerle fin a las penas. Se las puede reconocer porque andan juntas como parte del séquito de Apolo, el dios hermoso de las artes. Son nueve y se dedican a cantar. A veces bajan a tierra para susurrarle ideas a algún mortal que las invoca, entonces «destilan en su lengua un delicado rocío» y «las palabras fluyen suaves de su boca»

Durante siglos, desde Atenas a los Balcanes, desde Persia hasta Egipto, cuando ser griego era mucho más que haber nacido en Grecia, todo el que sabía leer había aprendido con Homero. En una civilización sin escrituras sagradas, estos libros abrieron los caminos de la literatura heroica. Nuestros héroes y superhéroes vienen de ahí. 

Hasta los niños saben que una larga vale dos tiempos y una breve vale uno.

Eso decía siempre Quintiliano, el maestro romano que enseñaba a leer con la Ilíada y la Odisea. Se refiere al ritmo y a la cadencia, como en la música. Elegir las palabras adecuadas es más fácil si aprendemos a escucharlas. 

Es el poema el que hace que la palabra perro gruña y que la palabra grillo cante.

«Háblame, Musa, del varón de gran ingenio». Así empieza la Odisea. El autor no existía, entonces eran las musas las que dictaban al oído de los poetas las hazañas de los héroes para ser cantadas.

*

En el mundo antiguo nadie puede escapar a su hado, el otro nombre del destino. El hado es una especie de hilo que se desenrolla cuando nacemos: tiene el largo que tiene, un recorrido asignado e inalterable, ni por voluntad de los hombres o los dioses. Mientras vivimos no hacemos más que ir recogiéndolo. El destino de Odiseo es envejecer fuera de casa. Se despide de su esposa Penélope y de su hijo Telémaco porque se va a Troya. Son muchos los griegos que están partiendo de sus islas con el mismo plan: rescatar a Helena y volver. Pero el destino indica otra cosa y los dioses lo harán cumplir. 

Los hechos se narran en la Ilíada, que se llama así porque Ilión es el otro nombre de Troya. Empieza sobre el final de la guerra y muestra a los griegos exhaustos después de diez años. Habían llegado con la esperanza de despachar un trámite rápido y volver a casa pero la ciudad, aunque está sitiada, sigue siendo impenetrable.

Llegaron hasta allí para buscar a la reina de Esparta y ella hace tiempo se ha convertido en Helena de Troya. La Ilíada cuenta apenas unos días de una larga historia. Y lo mejor es el montaje, porque está armada como una película: batallas épicas, primeros planos con sangre y sudor, momentos de calma, cavilaciones de los protagonistas antes de ir al frente, escenas deslumbrantes. Todo ya lo hemos visto. Lo vimos en Apocalipsis Now y en Platoon, en Salvar al soldado Ryan y en Dunkirk, porque antes de aprender a hacer cine aprendimos a escribir y antes de escribir aprendimos a contar, a atrapar al oyente con un cuento y dejarlo con ganas de saber más. 

La Ilíada es un relato bélico complejo y dinámico. Arranca in media res, con la trama empezada, porque los oyentes conocen la caída de Troya y lo que quieren son los detalles. Esa es la primera lección que la literatura tomó de la oralidad: no importa tanto lo que se cuenta sino el modo de hacerlo. No podemos saber cuándo ni cómo el lector abandona un libro, en qué momento preciso lo deja de lado. Los narradores orales, en cambio, experimentan eso cada vez: las miradas se pierden, empiezan los murmullos, alguien se levanta. A la historia le falta o le sobra algo.

Por eso en la Ilíada hay permanentes cambios de locaciones, pasamos de una asamblea de dioses en el Olimpo al campamento griego, después al palacio del rey de Troya o a la habitación que comparten Paris y Helena y de nuevo al campo de batalla para ver morir a un hombre, en primer plano.

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Troya estuvo sitiada por diez años hasta que no lo estuvo más. Un día los troyanos amanecieron para descubrir que las naves griegas se habían ido. El fin de la guerra no se cuenta en la Ilíada sino en la Odisea. Ahí nos enteramos que el «fecundo en ardides» tuvo una idea casi tan famosa como él: la idea del caballo, un caballo enorme con griegos y armas para atravesar las puertas de Troya. 

El fuego se encargó del resto. 

Tenemos que imaginar las últimas líneas de humo saliendo de lo que unos días atrás era una ciudad y ya no lo es. Se ha cumplido el destino que los dioses tenían para ella. En palabras de Virgilio, «Troya fue». Después de eso no vamos a imaginar nada más que a un hombre volviendo a casa. 

Todo viajero está en equilibrio entre dos mundos. Volver o seguir. En ese dilema está Odiseo y así seguirá si no elige entre el hogar o la aventura. Va de una isla a otra, parece errar el camino y naufragar durante diez años, dice extrañar Ítaca y acaso es sincero. Se demora en cada punto de un itinerario incierto. Tiene hijos con una ninfa, se entretiene en banquetes y competencias, no se quiere perder el canto de las sirenas. Odiseo es también el turista que no quiere terminar las vacaciones.

Es el personaje más complejo de la antigüedad. Es héroe, sí, pero es un hombre. Lleno de contradicciones, moralmente ambiguo, su carácter resulta esquivo, su viaje nunca sigue la línea recta. Odiseo es un héroe anfibio. 

Todo viajero, entonces, está en equilibrio entre dos mundos y también en conflicto. Se calcula que recorrer la distancia que separaba Troya de Ítaca no podía llevar más de nueves días. Odiseo tardó diez años. 

Hoy diríamos que ese viaje fue una odisea.

*

La Odisea es un relato estructurado en veinticuatro cantos en hexámetro dactílico que van y vienen en el espacio y en el tiempo. Narrativamente, es más compleja que la Ilíada. No hay linealidad en esta historia: es épica, es mítica, es dramática, es fragmentaria, es visual, es contemporánea, y por eso no deja de reescribirse en libros, series y películas. Tal vez no lo sepamos, pero la inmensa mayoría de los motivos narrativos que nos convocan están en la Odisea.

Una parte está contada por su protagonista. Con Odiseo irrumpe la primera persona en la literatura. En su propio relato, las aventuras son un recorrido por islas y parajes, incluido el inframundo, donde vive una serie de peripecias. El nombre del recurso narrativo se lo debemos a Aristóteles: peripeteia. La segunda parte ya no es un viaje literal —la historia de un desplazamiento de un lugar a otro— sino uno simbólico: un cambio de la ignorancia al conocimiento. El relato entonces abandona las peripecias y toma el camino del reconocimiento. Esto también lo explica Aristóteles y lo llama anagnórisis.

Después de diez años de aventuras ha llegado el protagonista hará un viaje hacia su interior.

«¿Qué ciudad y qué tierras son éstas? ¿Qué gentes las suyas?», se pregunta Odiseo. Tanto soñó con Ítaca y ahora no la reconoce. Su familia y sus súbditos tampoco le reconocen. De a poco lo harán su hijo, el perro, el padre, la criada, hasta que al fin lo logra su esposa Penélope. Y así termina la Odisea.

*

Al turista le llevará mucho menos tiempo llegar a Ítaca. El circuito «Los caminos de Ulises» promete alcanzarla en el noveno día. La llegada será en ferry, después vendrá el desayuno en la capital, «construida en forma de anfiteatro alrededor de una bahía profunda». Ni las ruinas, ni las fortalezas, ni las casas, ni las iglesias, ni las vírgenes nos hablan de Odiseo. Sin embargo, él ha hecho célebre a su isla. Para terminar con el recorrido del día, el itinerario ofrece: «cena en el hotel de Ítaca y alojamiento».

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One Comment

  1. Siempre habrá una nueva manera de contar nuestros origenes literarios que conocemos de memoria, pero la suya no tiene desperdicio. Muy buena y original lectura, señor. De tanto leerlo, Ulises se ha hecho carne y nave, mirada torva, verbo ondulante, ninfas reptantes o engaño infame para volver o añorar Itaca, nuestra casa, oponiéndose a reyes volubles o a aqueos necios como Tersite, el mas feo e insolente de los guerreros con su cabeza pelada a forma de huevo, pero que decía verdades y como héroe negativo cayó en el olvido, volver siempre a Itaca con la parca adelante.

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