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Elogio del collar que nunca me habría comprado.

fullres
El collar que me han regalado (fuente: Tous)

Hace poco fue mi cumpleaños, un día que no me gusta especialmente desde que cumplí —hace mucho— los treinta. Por alguna razón que desconozco, porque yo soy una siesa y a mí estas cosas jamás se me ocurriría hacerlas, una compañera del gimnasio tuvo un detalle conmigo y me regaló un collar. Una vez pasado el rubor inicial, porque nos conocemos desde hace menos de un año, le di las gracias y me lo puse para parecer agradecida.

El gesto de la compi de búlgaras me conmovió más que la joya en sí, al menos a la primera. A mí me gustan los accesorios discretos y de un tiempo a esta parte casi ni llevo. Pertenezco, además, a ese grupo de personas que jamás saldría a la calle con un bolso o cualquier otra prenda que lleve la marca como titular, porque mi ideal de elegancia ha consistido siempre en no parecer un anuncio andante. De ahí que el collar me produjera una perplejidad inmediata, ya que lo que colgaba de la cadena era, ni más ni menos, el osito de Tous, que es colgante y logotipo a partes iguales y que lleva décadas siendo reconocible a diez metros de distancia.

La pieza no tenía vocación de acompañar nada; aspiraba a convertirse en el centro de gravedad de mi persona. Colgaba sobre el pecho con la desenvoltura de un péndulo, una cadena larga, de presencia inequívoca, rematada por un oso dorado de proporciones generosas, figurativo y casi juguetón. Al principio me hizo pensar en los raperos, pero lo descarté enseguida, porque a pesar del tamaño no parecía que estuviese encadenada a galeras, sino todo lo contrario, dotaba mi presencia de una flotabilidad inesperada.

Me sorprendí observándome en el espejo con una mezcla de extrañeza y curiosidad. No me sentaba mal, lo cual complicaba todavía más el problema. Aquel artefacto, que yo habría descartado sin vacilar de haberlo visto en una vitrina de un centro comercial, tenía la cualidad innegable de introducir en mi aspecto una intención. De pronto ya no llevaba un adorno, sino un mensaje con el que, oso mediante, me declaraba «loba». Al pensar en esa palabra que tanto ha popularizado Shakira sufrí una pequeña conmoción —¡¿Laura, qué te ocurre?!— que me llevó a sospechar que quizás no estaba ante una excentricidad aislada, sino ante el síntoma de algo más complejo.

Una breve incursión por la página de la joyería online, donde cotillear el precio de mi regalo, confirmó mis sospechas. Resulta que los collares grandes, los pendientes escultóricos, las cadenas superpuestas y los colgantes de formas reconocibles están de moda, igual que las piedras de colores, las perlas mezcladas con metales y los anillos abiertos con ánodo y cátodo. El minimalismo, por lo visto, ha perdido parte de su prestigio y el maximalismo viene dispuesto a sustituirlo, de modo que ahora disponemos de dos maneras distintas de expresar nuestra personalidad.

Esto último resulta especialmente divertido si tenemos en cuenta que Pierre Bourdieu dedicó buena parte de su trabajo a demostrar que nuestros gustos tienen bastante menos de personales de lo que nos gusta creer. En La distinción explicaba cómo las preferencias estéticas funcionan como marcadores de clase social, de manera que lo elegante no es necesariamente lo bonito ni lo caro, sino aquello que permite distinguir a quienes poseen el capital cultural necesario para apreciarlo. De ahí que un salón prácticamente vacío pueda resultar mucho más exclusivo que otro lleno de muebles, porque hay que tener bastante dinero para permitirse tantos metros cuadrados sin utilizar.

Durante décadas el minimalismo fue la expresión perfecta de esa distinción, hasta que sucedió algo que Georg Simmel ya había previsto a principios del siglo XX, y es que cuando una moda se generaliza pierde su capacidad para diferenciarnos. Si todo el mundo tiene paredes blancas, muebles escandinavos y una lámpara geométrica, llega un momento en que nuestros hogares parecen habitaciones de la misma cadena hotelera, y entonces alguien decide recuperar el terciopelo, los estampados y las joyas enormes para demostrar que tiene personalidad. Poco después lo hace todo el mundo.

El maximalismo contemporáneo cuenta, eso sí, con un aliado que ninguno de los dos sociólogos pudo conocer, que es Instagram. Una cosa es resultar elegante durante una conversación y otra conseguir que alguien se detenga a mirar nuestra fotografía mientras desliza el dedo por una pantalla. Una cadena discreta apenas se distingue en un móvil, mientras que un oso del tamaño adecuado puede verse incluso sin ampliar la imagen. No digo que los pendientes grandes garanticen seguidores, aunque desde luego tienen más posibilidades de hacerse notar que una pequeña perla pegada al lóbulo.

Christopher Lasch describió en La cultura del narcisismo una sociedad obsesionada con la imagen personal y el reconocimiento ajeno, y lo hizo en 1979, cuando todavía no podíamos contabilizar nuestra popularidad mediante corazoncitos. Las redes sociales han convertido aquella preocupación en una actividad que practicamos a diario y, en algunos casos, con una dedicación profesional admirable, de forma que ya no basta con tener una personalidad; conviene que resulte fotogénica. El bueno de Jean Baudrillard añadiría que los objetos también sirven para comunicar quiénes somos, y mi collar, sin ir más lejos, parece empeñado en decir cosas sobre mí que yo jamás me habría atrevido a manifestar en público sin beberme antes un par de tequilas. Lo interesante es que el maximalismo se vende como una reivindicación de la individualidad cuando, en realidad, seguimos haciendo lo mismo de siempre, que es adoptar los códigos estéticos de nuestro tiempo para sentirnos diferentes.

He decidido quedarme con el collar. Al fin y al cabo, mi compañera acertó al regalarme algo que nunca habría elegido, y todavía no sé si he descubierto una faceta desconocida de mi personalidad, si estoy sucumbiendo a una moda o si simplemente estoy tan aburrida de verme que cualquier novedad mueve algo dentro de mí. Lo que sí sé es que, después de tantos años defendiendo la discreción, ahora llevo colgado del cuello un oso que, si cobrara vida, por el tamaño podría ser mi pareja. Espero que no se le ocurra abrirse un perfil en Instagram.

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