«Hice la mía» es el modismo que mejor resume la biografía de Sandra Mihanovich (Buenos Aires, 1957). Hija de Mónica Cahen D’Anvers, una de las periodistas más notables que tiene la Argentina, la prosapia de Sandra llega no solo a la acaudalada aristocracia francesa del siglo XIX —con castillo incluido—, sino que se extiende por nuestra bohemia artística: su tío Sergio Mihanovich es uno de los pocos autores no estadounidenses que figuran en el Real Book, la biblia del jazz, con su tema «Sometime Ago». En la Buenos Aires de los 60, en la que se presentaban Dizzy Gillespie y Ella Fitzgerald, Gene Tierney —la preciosa protagonista de Laura— flirteaba con el padre de Sandra, mientras Lalo Schifrin y Gato Barbieri ensayaban en lo de los Mihanovich. De ese melting pot podría haber salido una profesional de élite. Sin embargo, el de Sandra fue el camino del trato coloquial, del paseo por el barrio «donde se huele a tuco y asado», del gusto por el localismo y de la música con vía directa a la emoción.
Sandra hablaba inglés antes que castellano —su madre insistía en que el porteño lo aprendería de cualquier modo— y cantaba. Desde siempre. El canto fue refugio contra la timidez antes de convertirse en su actividad profesional. También fue su salvavidas en la adolescencia, cuando entendió que su orientación sexual no era la que su entorno y la sociedad presuponían.
Gracias a una publicidad de Jockey Club, un éxito de mediados de los 70, su voz empezó a sonar y su cara se hizo conocida. La historia de la muchacha que envía a Brasil una caja de Jockey Club —entre otros iconos argentinos— para que su pareja atenúe la nostalgia se ilustraba con la canción que había escrito Vane, el hermano de Sandra.
¿Cómo apareció la posibilidad de hacer esa publicidad?
No sé cómo, no tengo idea de quién nos la dio, ni por qué ni cuándo. Vane y yo tocábamos la guitarra. Le había pedido que escribiera una canción para mí porque todas las letras que cantaba tenían una perspectiva masculina. Se ve que alguien de marketing de Jockey la escuchó y dijo: «Es esta». Ojo, éramos los hijos de Mónica. En poco tiempo firmamos contrato con CBS Columbia para grabar un disco. Y fue todo tan rápido que yo no sabía qué cantar. Así que en ese disco hay cinco canciones en inglés y cinco en castellano, cuatro de ellas escritas por mi hermano.
¿En ese momento ya cantabas en público, en pequeños lugares?
No cantaba en ninguna parte. Nada de nada.
¿La primera relación con la profesión de músico fue la grabación de un disco con Columbia?
En realidad, la publicidad fue primero. Después, canté en vivo, aunque en mi recuerdo está todo junto. Debuté el 20 de mayo del 76 en La Ciudad, un café concert que estaba en un sótano de la calle Talcahuano, entre Santa Fe y Marcelo T. de Alvear, donde hoy está [la pizzería] La Continental. Ahí tocó por primera vez el Quinteto de Piazzolla. La que programaba el ciclo era Blackie y mamá era la presentadora del espectáculo en el que debuté cantando dos canciones en inglés y dos en castellano. Por primera vez me pagaban.
¿Estabas preparada vocalmente para el gran desgaste que significa la vida de cantante profesional?
No, para nada. Tengo una herramienta vocal importante. Me vino puesta, no es mi mérito tenerla. Así como nací culona, vine con una garganta poderosa.
Sí, pero son numerosos los casos de gargantas potentes que se destruyen en poco tiempo.
Por suerte no fue mi caso. Tomé clases de canto, pero el oficio de cantar lo aprendí cantando, en los boliches. Hace veinte años nomás empecé a usar auriculares, antes usaba solo monitores de piso.
¿Escucharte bien te permite no forzar la voz?
Te permite una libertad mucho mayor a la hora de cantar. Ida Terkiel, mi última maestra de técnica vocal, me decía: «Sandra, no se necesita voltear la pared con la voz». Escucharte bien te permite hacer matices y tener un registro puntual de lo que está sucediendo, manejar el caudal vocal y saber qué está pasando alrededor. El monitor en el suelo no es tan fidedigno. En el auricular recibo mi voz y un poco del piano, para tener una referencia armónica.
¿Los auriculares no te aíslan del público?
No, porque uso uno solo, el otro oído está libre. Los cantantes suelen usar los dos, pero eso implica que lo que no tiene micrófono no se escucha. Los buenos sonidistas le ponen micrófono al público y también le ponen al cantante el audio de la gente. No me gusta perder la sensibilidad de lo que está sucediendo.
Me da la impresión de que tus decisiones fueron más bien pragmáticas. Sé que fuiste a la universidad a estudiar música, pero que al poco tiempo abandonaste.
Sí, fui muy poco tiempo, solo seis meses. Me di cuenta de que no era para mí, que no era lo que necesitaba.
¿La falta de dominio técnico no te hizo depender de los músicos?
Al principio. Cuando empecé con mi hermano y sus amigos, ellos escuchaban cosas maravillosas de Genesis y Pink Floyd y yo venía con «Me contaron que bajo el asfalto», así que sí, me miraban mal. Pero siempre tuve claro lo que quería y siempre pude decir lo que pensaba: que tal acorde no me gustaba, que no me rendía cierto arreglo. Puedo decir que mi historia con mi profesión es linda. Es cierto que no he estudiado mucho, pero me ha ido bien. Mi primer productor, el del disco Puerto Pollensa, Ricardo Kleinman, tenía un gran olfato, era un gran melómano, pero nunca vino a decirme cómo o qué cantar. Cuando grabé con él yo ya había acumulado un repertorio que cantaba en vivo y que gustaba. Ese segundo disco tiene muchos hits: «Puerto Pollensa», «Cuatro estrofas», «Me contaron que bajo el asfalto», «Es la vida que me alcanza», «Mil veces lloro».
Se escuchaban en la radio todo el tiempo, a principios de los años 80.
Sí, fue un disco malvinero. El año 82 hizo que todos sonáramos de una forma imprevisible. Hasta ese momento un porcentaje altísimo de la música que pasaban por radio estaba cantada en inglés. De pronto, la programación radial tenía que llenarse con música argentina, en castellano. Entonces sucedió algo parecido a lo que pasa en un mundial de fútbol: argentinismo total. Entramos todos, desde bandas como Virus y Soda Stereo hasta Charly García y la trova rosarina, y también se potenciaron el folklore y el tango. Con la democracia, el fenómeno creció todavía más.
Ahí te permitiste ese gran documento autobiográfico que fue «Soy lo que soy», a partir de la versión de Gloria Gaynor.
Sí, lo había escuchado en una discoteca en Río de Janeiro cantado por una drag queen que imitaba a Gloria Gaynor y hacía la mímica de «I Am What I Am». No dudé ni por un segundo que eso era lo que quería cantar y que lo iba a decir en castellano porque, si no se entendían las palabras, no iba a tener gracia. Y entonces hice lo que había jurado que jamás haría: traducir una canción del inglés al castellano.
Así como la publicidad de Jockey Club fue el despertar de tu vida profesional, «Soy lo que soy» me parece que significó una bisagra en la relación con el público, que lo tomó como la revelación de tu sexualidad.
Sí. Salió a mediados del año 84, hace poco cumplió cuarenta años. Primero fue un gran hit y, con el correr de los años, se convirtió en un himno para todos, un himno en el que estamos todos incluidos. El año pasado me invitó a cantar Lali Espósito. Me llamó porque tenía que hacer su quinta función en el estadio de Vélez. Obviamente, cantamos juntas «Soy lo que soy». Fue increíble. Nunca había cantado en un estadio porque en mi generación no se hacían este tipo de recitales. Hoy los chicos se vuelven virales y ya llenan el Bernabéu.
Las redes dieron mayor autonomía a las carreras, ¿no? Antes, la discográfica decidía todo. ¿Quedaron un poco de lado ahora?
No lo creo. Las discográficas encuentran siempre la forma de estar presentes.
Pero en el momento en que salió tu primer disco, CBS era todo, significaba una coronación, no solo un comienzo de carrera.
Sí, era así. Lo que puedo decir es que mi relación con las discográficas fue siempre la de hacer lo que yo quería. Nunca canté una canción impuesta y me acompañaron bastante. Tuve la suerte de tener un productor como Ricardo Kleinman, que era el amigo de Mario Kaminsky —dueño de Microfon—, y que, cuando sintieron que podían, me vendieron a RCA.
¿Recibiste dinero por esa venta?
Sí, claro, al igual que un jugador de fútbol. Y con ese pase fue cuando más plata gané.
Siempre se habla del maltrato de las discográficas con sus artistas. Esa no parece ser tu experiencia.
Jamás me maltrataron. Pero sí eran leoninas: se quedaban con mucho y te daban un puchito. También es cierto que nunca gané mucho porque no soy autora, la mayoría de los hits que canto son de otros, las regalías que recibí de los discos nunca fueron sustanciales. Si no canto, no cobro. Esa es la historia de mi vida. Pero a partir de la era digital aparece el señor holandés que crea Spotify y convierte la música en algo gratuito, accesible a todo el mundo, y cambian las reglas de comercialización de la música. Las grandes empresas saben acomodarse a las circunstancias. Hoy las discográficas son dueñas de parte de Spotify y de otras plataformas. Las empresas siempre caen paradas. Es como los bancos, siempre se salvan.
Lehman Brothers quebró.
Bueno, sí, puede pasar, pero es la excepción. Digamos que es difícil que un banco quiebre y lo mismo sucede con las discográficas. Habrán cerrado muchas, pero Sony hoy en día es dueña de la mitad de la música.
De cualquier modo, lo que me parece que se perdió es esa idea de catálogo que producían las discográficas: si aparecías en CBS, era porque tenías un cierto nombre o un cierto recorrido. Era raro que fueras un paracaidista y grabaras en CBS.
Puede ser. En CBS grabé un solo disco y, cinco años más tarde, pasé a Microfon con Ricardo Kleinman. Microfon era la discográfica argentina, el sello nacional, el que sacaba Argentinísima, las películas de folklore y de música nacional. Era muy popular y para mí fue muy bueno estar ahí. Hace diez años, yo cumplía cuarenta años con la música y pasé a Sony. Produjimos mi celebración de los cuarenta años de música. Salió en DVD y en CD y, por supuesto, está en la plataforma digital. Es un relato muy lindo y también está el concierto. Para ese concierto invité a todos los que quise. ¡Y tuve la suerte de que pudieran venir! Porque está Marilina Ross, que vino enferma con fiebre; el Negro Rada, Alejandro Lerner, David Lebón, Julia Zenko, Patricia Sosa, Marcela Morello, Hilda Lizarazu, Lito Vitale, Benjamín Amadeo, Horacio Fontova. No me privé de ninguno. Fue hermoso y quedó registrado.
Los cantantes introvertidos siempre hablan de la importancia de aferrarse a un instrumento como una manera de protegerse ante el público. Y, aunque podrías usar ese recurso, no lo necesitás: cantás con una banda, con un bajo eléctrico que suena e inunda todo, te manejás libremente en el escenario.
El canto para mí es el lugar de seguridad y de placer. Eso se me dio desde muy chica. Y nunca cambió. La tía Sonia Mihanovich, mi madrina, que no tuvo hijos, fue quien me impulsó a cantar y me enseñó las primeras canciones. Me llevaba a tomar el té con sus amigas y yo le preguntaba cuándo venía el show porque quería cantar, desde siempre, desde muy chiquita. Y cuando llegó la adolescencia, imaginate cómo estaba yo con todo el tema de mi sexualidad, sin embargo me decían: «Sandra, cantate algo», y listo, ahí se acababan todos los problemas.
Pero la tímida Sandra también hizo papeles comprometidos en ciclos de televisión.
La veta de actriz apareció después de cantar en la tele, en La noche de Andrés, que conducía Andrés Percivale, el compañero de Telenoche de mi madre. Fui a su casa a ver el programa que habíamos grabado y ahí estaba Alejandro Doria, que me dijo: «Vos con esa cara tenés que ser actriz». Al poco tiempo me llamó para trabajar en un programa de Canal 9. Para mí era un parto trabajar como actriz. Tenía miedo de que no se me creyera nada de lo que hacía. Ese problema nunca lo tuve con el canto.
¿Hoy seguís creyendo en las canciones que cantabas en la década del 70?
Sí, adhiero a esas letras. Bueno, tengo 24 discos grabados, así que por ahí alguna tendría que revisar. Por ejemplo, grabé «la mujer que al amor no se asoma no merece llamarse mujer», la canción es linda, pero es bien machista. Creo que tuve la suerte de elegir canciones que siguen teniendo vigencia. Me encontré con grandes autores. Por ejemplo, «Honrar la vida» me la ofreció Eladia Blázquez en el año 84, cuando estaba grabando «Soy lo que soy». Le dije que no, que no podía cantar esa canción, que no sabría cantar eso de «No, permanecer y transcurrir no es perdurar, no es existir». La canción quedó ahí. No la grabé yo ni la grabó nadie hasta el año 90, cuando la rescató Alejandro Doria y le pidió a Marilina Ross que la cantara para que fuera la cortina del ciclo de televisión Atreverse. Marilina la grabó justo cuando yo estaba haciendo mi primer viaje a Europa. Cuando regresé, todo el mundo me pedía que cantara «Honrar la vida», el tema que no solo no había cantado nunca, sino que me resistía a cantar.
¿De dónde venía esa demanda?
Me parece que había mucha asociación entre Marilina y yo. Al menos eso sentí. En 2005 grabé «Honrar la vida» en vivo, con Lito Vitale, bastante atragantada porque hacía un mes que se había muerto Eladia. Y ahí me dije que iba a hacer el disco con sus canciones. Con Lino Patalano armamos un espectáculo que se llamó Eladia Quiero, una especie de vodevil, con canciones de ella, donde había actores y bailarines. Eso quedó plasmado en un disco que se llama Honrar la vida.
¿Te dio miedo meterte en el terreno de los tangueros? Son muy celosos de su género.
Un miedo espantoso. Si no sos del palo es difícil cantar tangos. Hoy me parece que el tango y el folklore tienen mayor apertura, tanto en materia de intérpretes como de autores. Pero a esta altura de mi vida toda canción nueva me produce entusiasmo, se me hace agua la boca. Porque es un desafío divino.
Es evidente que tu público es fiel a tu personalidad musical, más allá del repertorio que elijas.
Sí, y me permito hacer propuestas diferentes para cada lugar. Ahora estoy haciendo un ciclo en el Torquato Tasso donde hago mis canciones, pero no necesariamente los hits, cosas de discos menos populares. Los lugares pequeños, donde se toma algo, son sitios que te dan una libertad enorme porque el que viene a ese espectáculo sabe que se encontrará con algo más intimista. Cuando pienso en retomar temas que hace mucho no hago, le digo a la gente que estudie, que tenga las canciones en la oreja.
¿No te enoja que el público quiera escuchar siempre las mismas?
No, no me enoja para nada.
En 2012 le donaste un riñón a tu ahijada. A partir de ese momento, el tópico se ensalza en cada entrevista, junto con el de tu orientación sexual. Me queda claro que fueron tus elecciones de persona libre, pero también me pregunto si no te agota que se use tu imagen como bandera.
No, yo hice la mía y, si alguien se subió a esa ola, bienvenido, hay lugar para todos. Mi palabra fundamental —tatuada en mi brazo— es «Gracias», porque sé que tuve muchas oportunidades, pero también sé que siempre estuve atenta para tomarlas. Si algún mérito tuve fue el de estar atenta. Ser consecuente en un país tan complicado como el nuestro, tan difícil, es un valor agregado importante.
Un país que siempre te pone en la situación de tomar partido, de tener que definirte por algo, de tener que militar una causa. ¿Cómo te llevás con eso?
Digo lo que pienso y lo que me gusta. Pero he tratado de mantenerme al margen de cuestiones partidarias. Siempre amé y seguiré amando hasta el final de mi vida a Raúl Alfonsín, me parece que fue un señor, pero esto va más allá del partido político al que perteneció. Alfonsín es uno de esos argentinos imprescindibles, como René Favaloro, como Messi, como San Martín. Pero no me interesa plantar posición. Por ejemplo, en la época del pañuelo verde, me tiraron uno en el escenario. Estoy a favor de la causa que representa ese pañuelo, creo que es importante que las mujeres podamos elegir si queremos o no ser madres y cuándo hacerlo. Pero cuando me cayó en el escenario dije: «Acá no». En el escenario no voy a hacer proselitismo, no tengo por qué imponerme. Hay otros artistas que son militantes de determinados partidos políticos o de lo que sea y tienen esa actitud de vida. Mi militancia, lo dije siempre y lo seguiré diciendo, ni siquiera es la de la sexualidad. Yo solo canté lo que sentía necesidad de cantar y decir, pero no fui a la marcha gay. Te diría que la única causa que milito es la de la donación de órganos. Ahí sí me pongo la camiseta. Esa causa no nos divide. Tengo muchas amigas militantes —soy muy amiga de Marilina, soy amiga de Teresa Parodi—, las quiero igual, comparta o no lo que ellas piensan. Puedo decir que soy de Boca, pero eso es algo del corazón.
Claro, pero lo ideológico es más peligroso porque parece racional.
Exacto, hay una romantización peligrosísima. Haber convertido la política en algo romántico es uno de nuestros males. Mientras no tengamos el concepto de que quien está al frente del gobierno es solo un administrador, la discusión será muy complicada. Y aclaro que yo quiero que haya Estado, que tengamos educación y salud públicas, pero quiero limpiar, quiero que las cosas funcionen, quiero que seamos Dinamarca, una Dinamarca latina.










