Música

¡Bravo, Gillespie! (1)

Bravo Dizzy Gillespie
The Dizzy Gillespie Quintet en el programa Jazz 625 de la BBC, en 1966.

Mi hijo tiene dos años y es fanático de «Dizzy» Gillespie. La culpa la tuvo el confinamiento impuesto por la pandemia. Por aquellos días se desmoronó la cuidada estructura de «pequeñas dosis de pantalla» por día o semana. También fui responsable, huelga decir. El caso fue que estábamos escuchando el magnético álbum en vivo de Binker and Moses Alive in the East? (2018) y yo, que no toco ni el triángulo, emulaba los frenéticos movimientos que imaginaba estaría haciendo el batería durante su grabación. Total, que se inició un diálogo (una forma de decir, se entiende, el pequeño solo va soltando sonidos, palabritas en el mejor de los casos) en el cual le anuncié que le descubriría cómo tocan los músicos de verdad y no los seudomimos. Dicho y hecho, luego de una breve búsqueda youtubera había encontrado —de total casualidad— el vídeo que lo convertiría en devoto a tan temprana edad. 

En su duración, quizás, resida una de las claves del fenómeno: 35 minutos, 27 segundos. Fue en este espacio de tiempo (cortes más, cortes menos) que Dizzy se presentó con su quinteto un buen día de 1966 (probablemente el 17 de agosto) en el programa Jazz 625 de la BBC. Pero sería injusto, a todas luces, argumentar que la brevedad del show explica su atractivo. Los más de un millón ochocientos mil visionados tienen que sustentarse, sin dudas, en algo más. Así fue que decidí investigar las causas. Investigar y observar.

El audiovisual se abre con las manos de Kenny Barron tocando las primeras notas al piano, para luego ampliar la imagen hacia el resto de la banda (menos Gillespie). De la nada, aparece un hombre que se dirige a sentarse en una silla. Es Humphrey Lyttelton, el presentador, quien nos saluda y acto seguido comienza a anticiparnos la presencia en el estudio de «uno de los principales arquitectos del jazz moderno». Mi retoño observa estos movimientos, en sobrio blanco y negro, apenas pestañeando. 

Los aplausos del público preceden la aparición de Dizzy y ya empiezan a dibujar, apenas visible, un esbozo de sonrisa en la comisura de los labios más jóvenes de la casa. El trompetista, aunque de aspecto también juvenil, ya contaba con cuarenta y nueve primaveras en ese momento, probablemente disimuladas en su sonrisa sincera y pícara a la vez, que lo introduce sin necesidad de hablar ni soplar. «En mis fotos de bebé estoy muy guapo, pero fui el último de nueve hermanos y probablemente mi llegada no entusiasmara a nadie, porque en mi casa ya había nacido mucha gente». Dígase que la ironía gillespiana fue, al igual que su técnica con el instrumento de viento, única entre los músicos de jazz

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Un comentario

  1. Envidio a ese hijo suyo, por descubrir al gran Dizzy a tan temprana edad. Tendrá muchos más años para disfrutarlo de los que nunca llegaré a tener yo.
    Espero que no se quede sólo con él: hay otros muchos que lo merecen y su música espera a nuevos devotos.

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