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Historiones de la historia

Historiones de la historia pot

Esto es un adelanto de Historiones de la historia, el nuevo libro de Rubén Díaz Caviedes, un anecdotario ilustrado donde los sucesos más extraños y disparatados de la historia universal cobran vida con un enfoque tan riguroso como entretenido. Publicado por GeoPlaneta, Historiones de la historia está a la venta en formato físico y digital.

El peor marrón de la historia

El 26 de julio de 1184, el trabajo de los monjes cronistas alemanes se puso muy, pero que muy complicado. Había ocurrido una desgracia. Más que desgracia, una auténtica calamidad. Los nobles de Turingia habían muerto de golpe. No todos, pero casi. Y eso había que contarlo, pero era imposible hacerlo de forma decorosa. Fue una de las catástrofes más tontas de la historia. Y una de las más asquerosas. Cieno, fango, lodo, légamo, limo… En las crónicas no quedó un sinónimo del barro por mencionar. Y eso que no era barro. Ojalá.

Todo empezó con la llegada de Enrique VI a la ciudad de Érfurt. Tenía diecinueve años. Su título era el de rey de los romanos, lo cual significaba que era rey de Alemania y futuro emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Estaba allí para dirimir un conflicto que enfrentaba a los nobles de la región. Por un lado, Luis III, margrave de Turingia, y sus partidarios. Por el otro, Conrado de Wittelsbach, arzobispo de Maguncia, y los suyos. Y había más señores congregados, algunos venidos desde puntos lejanos del imperio. Enrique había convocado el Reichstag, o Dieta Imperial, una asamblea extraordinaria a la que acudían príncipes, aristócratas, altos cortesanos y jerarcas eclesiásticos. Era una ocasión solemne.

La reunión tuvo lugar en un monasterio. Concretamente, en la planta superior de la rectoría de la iglesia. No se sabe con exactitud cuántas personas había allí, pero debían rondar las cien. En algún momento de la asamblea, el suelo de madera cedió y la planta entera se vino abajo. En el piso inferior, entre los cortesanos del rey y los séquitos de los nobles, había más gente todavía. El peso combinado de ambos grupos también hundió ese piso. Debajo estaban las letrinas del monasterio, donde los monjes hacían sus necesidades. La planta tampoco pudo resistir y la amalgama de escombros y seres humanos atravesó el suelo una vez más y cayó, finalmente, en la fosa séptica del monasterio. Chof. Probablemente llevaba años sin vaciarse. La mayoría de las víctimas murieron ahogadas en los excrementos.

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