Chess Metaphors Ciencias

La sonrisa de B. B. sobre las mesas de la plaza Lafayette

La geometría de los parques siempre me ha fascinado. ¿Cómo elige el jardinero los senderos que habrán de transitar cientos de miles de personajes a lo largo de los años? ¿Por qué un ángulo de 90 grados y no uno de 65? ¿Qué árboles aquí y qué arbustos allá? ¿Intuirá que alguna vez algún paseante distraído atravesará las líneas sinuosas rodeadas de verde para perderse por un pequeño instante y olvidarse del ruido de la ciudad?

Hubo una época en que cruzaba, con una bicicleta azul, las aguas rápidas del río Potomac, de su margen derecha a su margen izquierda. Ese trayecto de aproximadamente media hora me llevaba del estado de Virginia al Distrito de Columbia. De Arlington a Washington, por el precioso Key Bridge que se apoyaba directamente en el centro histórico de la ciudad, Georgetown, en cuya universidad, nuestro rey, Don Felipe, estudió su máster (wait, and so what?, anyway…) y nuestro expresidente, Mr. Aznar, dictaba sus lecciones en agudo spanglish. Yo tomaba mi bicicleta y pedaleaba por las avenidas anchas de DC, en cuanto podía, entusiasmado con la idea de sentarme junto a un variopinto grupo de borrachos, homeless, jubilados, oficinistas, artistas o jóvenes sin otra cosa mejor que hacer, en las mesas de ajedrez de la plaza Lafayette.

Lafayette Sq. (arriba) y la Casa Blanca (abajo) a vista de pájaro. Imagen:  Google Maps).
Lafayette Sq. (arriba) y la Casa Blanca (abajo) a vista de pájaro. Imagen: Google Maps).

Se podía jugar a cualquier hora, pero sobre todo era la hora del almuerzo cuando la geometría del parque se llenaba de señores encorbatados que traían su sándwich, su soda, sus piezas manoseadas, sus tableros enrollables de tela con casillas verdes y blancas y sus relojes de doble esfera. Yo procuraba llegar temprano para posicionarme bien y encontrar buenos contrincantes. Antes me había agenciado un burrito de carne en Burrito Brothers, al lado de Dupont Circle (otra plaza donde se jugaba al ajedrez): medio kilo de arroz y carne y queso enrollado en una tortilla de maíz. En general, éramos todos patzers, aficionados de poca monta que gambiteábamos cada partida con golpes tremendos a la pieza y al reloj.

La plaza Lafayette era como un ecosistema dentro de la ciudad. Pequeño, de escasamente una manzana, pero situado en un sitio privilegiado: frente al jardín principal de la Casa Blanca. Había que verlo: turistas, viandantes, oficinistas, vagabundos, reporteros, estudiantes, manifestantes y ajedrecistas. Cada uno tenía su nicho ecológico en algún rincón de la plaza. El alcohol estaba prohibido, pero los borrachines «disimulaban» su cerveza dentro de una bolsa de papel marrón, de esas que se ven en las películas. Claro está, la policía estaba al tanto de todos nosotros, sobre todo la secreta, con sus camionetas aparcadas en cada esquina de la plaza, listas para actuar al primer desmadre. Los manifestantes llevaban años acampados en la plaza, recogiendo firmas y meciendo sus melenas post-Woodstock para deleite de los turistas y sus cámaras de fotos. Llevaban tanto tiempo acampados que te miraban sin ningún tipo de urgencia, posiblemente se les había olvidado por qué seguían ahí frente a la majestuosidad de los edificios públicos, arruinando la geometría de la plaza Lafayette, observando las colas de turistas y, ocasionalmente, echándose también una partidita de ajedrez.

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6 comentarios

  1. Me ha gustado mucho.

  2. Ya lo dijo el Capitán Trueno: este es el mejor artículo que he leído tuyo (o era, este es el enemigo más terrible con el que me he enfrentado jamás?)

  3. Tú feliz de vivir y jugar, y nosotros felices de que nos lo cuentes, como siempre. ¡Grande Diego!

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