
No sé si es por haber nacido horas antes de que se encontraran sus restos o por ser una adolescente cuando la cara de Leonardo DiCaprio llenaba las salas de cine, pero el descubrimiento del Titanic siempre me ha llamado especialmente la atención. La historia de cómo se llegaron a localizar los restos del mítico trasatlántico es útil a la hora de encontrar salida a situaciones cuya solución se resiste a los caminos tradicionales. A día de hoy, cuando muchos problemas políticos y sociales a los que nos enfrentamos parecen inabordables, ejemplos como este pueden recordarnos las ventajas de ensayar estrategias de aquello que los psicólogos conocen como pensamiento lateral, tan utilizando en el mundo de los negocios, y que busca dar respuestas en contextos que parecen callejones sin salida.
El 1 de septiembre de 1985, setenta y tres años después de su naufragio, se encontraban a tres mil ochocientos metros de profundidad los restos del que se había apodado como el «inhundible». Días después la prensa internacional se hacía eco de la noticia. Y no era para menos. A lo largo de siete décadas habían sido muchos los intentos frustrados por encontrar la localización exacta del mítico transatlántico que había partido de Southampton en dirección a Nueva York el 10 de abril de 1912.
Los primeros intentos para encontrar sus restos se iniciaron inmediatamente después de su naufragio. La localización aproximada era conocida, ya que había sido retransmitida por la tripulación durante el hundimiento la madrugada del 15 de abril de 1912 tras la colisión con un iceberg. Y además existían muchos incentivos para hacerlo. Entre ellos, el hecho de que entre los más de dos mil pasajeros que transportaba se encontraban miembros de grandes fortunas como los Astors, los Guggenheims, o los Widener, que formaron un consorcio con el objetivo de encontrarlo. Pero las dificultades técnicas, las restricciones tecnológicas, el mal tiempo y hasta la falta de fondos hicieron fracasar el proyecto. El posterior estallido de la Primera Guerra Mundial hizo que se postergaran nuevos intentos.
Pero la atracción del mito siguió viva. A lo largo de los años sesenta y setenta fueron varios los intentos que se saldaron con nuevos fracasos. Hasta la Walt Disney Company consideró financiar una de las expediciones. En 1977 Robert Ballard, miembro de la Institución Oceanográfica de Woods Hole (WHOI), el mayor centro independiente de investigación oceanográfica de los Estados Unidos, inició su aventura para encontrar el tesoro hundido. Creó una empresa con este fin, la Seasonics International Ltd. Pero lamentablemente no pudo precisar la localización del naufragio al romperse una de las tuberías del equipo de sonar.
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Desde la ignorancia y solo con base a lo expuesto aquí, creo que Rober Ballard sería un mejor ejemplo de picardía que de pensamiento creativo o lateral. Simplemente se buscó astuto la vida para financiar un proyecto con nuevos avances tecnológicos ya definido, no resolvió el problema per se -encontrar el Titanic- «pensando fuera de la caja» que dirían los anglófonos.
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