
—Te contaré un chiste, ¿qué te parece?
—Según lo divertido que sea.
—Oh, es desternillante. Un inglés, un chino, un americano, un ruso, un israelí y un saudí entran en un bar… y todos se ponen de acuerdo.
Es curioso lo de las series dramáticas británicas. Hace varias décadas, cualquier espectador podía distinguirlas de las estadounidenses sin más que echar un vistazo a un par de planos. Los dramas de las islas eran más teatrales, más estáticos, y casi siempre de producción mucho más sencilla, aunque solían compensarlo con un especial cuidado a la hora de elaborar el material escrito, especialmente los diálogos. Los americanos, más experimentados en la televisión, más conscientes de las posibilidades técnicas del medio, y sobre todo dotados con más y mejores medios (y dinero), solían tender a lo visual, a lo dinámico. Las series estadounidenses ofrecían más movimiento, más acción, más ritmo y más color, en ocasiones al precio de rebajar un tanto el nivel intelectual de los guiones. Algunos de ustedes todavía recordarán aquella actitud tan cultureta de observar los productos americanos con cierta condescendencia, prefiriendo la sofisticación de los guiones británicos. En realidad, creo que preferir unas u otras era mera cuestión de gusto personal, porque ambas tenían sus virtudes.
Todo esto ha cambiado. En tiempos más recientes, la factura visual de las series en estos dos países (y en muchos otros) se ha tornado más homogénea. El principal motivo es que los estadounidenses elevaron el listón de los valores de producción de la ficción televisiva a unos nuevos niveles, ante los cuales la producción extranjera podía renovarse, o podía morir. Otros países se esforzaron por competir y, en este momento, salvo por el acento o el idioma que hablan, ya no resulta tan fácil distinguir de primer vistazo una serie americana de una inglesa, una francesa, una danesa o una sueca. Y todavía menos desde que los propios estadounidenses, después de influir a todo el mundo, han hecho lo que suelen hacer siempre: dejarse influir por aquellos a quienes habían enseñado a hacer las cosas. Por ejemplo, cualquiera que en su momento se sorprendiese por la estética de algo como True Detective, es porque no había visto determinadas series europeas, sobre todo francesas y nórdicas, a las que True Detective estaba imitando; los estadounidenses son una esponja y no dejan de serlo ni siquiera cuando saben que ya son los mejores en algo. Pero no son los únicos; en el Reino Unido también son buenos absorbiendo, y los valores de producción de sus programas de ficción ya no tienen mucho que envidiar a los del otro lado del charco. Aun así, si a nivel visual la manera de producir y rodar es virtualmente idéntica, los británicos siguen conservando buena parte de su idiosincrasia, lo cual se percibe más en los guiones que en ninguna otra cosa. Algunas de sus series mantienen aquel gusto por un ritmo lento y un afán casi literario por refinar los diálogos, en ocasiones hasta bordear el artificio. London Spy es una miniserie de solamente cinco capítulos de una hora, producida por la BBC, y pertenece al grupo que mantiene viva esa antigua aureola británica, a pesar de que los temas tratados son bastante actuales, incluso insólitos en la manera de enfocarlos. No es una obra maestra y desde luego tiene sus imperfecciones, pero es un producto interesante que ha sorprendido a la crítica porque ha intentado ofrecer algo diferente dentro de un género tan difícil como el del espionaje clásico.
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Las series españolas siguen pareciendo españolas (por si no he sido claro: cutres).
Puede ser ( no lo sé, porque no las veo. Aclaración: tampoco veo series norteamericanas ), pero te daré un dato que tal vez aclare algo : compara el presupuesto de una serie española y de otra norteamericana.
No tengo el dato a mano, pero he oído que «Cuéntame» y «Águila Roja», por ejemplo, superan el monto por capítulo de muchas series europeas y americanas. Claro que mucho de ese presupuesto se va en dinero negro a islas e istmos y no paga más talento que el de unos pocos pícaros.
«Man Seeking Woman» parece inglesa siendo americana y «Luther» al revés.
Lo mejor que he visto durante el último año. El guión y las actuaciones demuestran que los británicos siguen estando muy por delante del resto de Europa, por muchos tostones escandinavos que nos quieran vender. Es como una versión algo más adulta de Utopía, esa otra gran serie inglesa que las ansias de fagocitación de los americanos nos han dejado en suspenso ( Maldito David Fincher). Si ha de compararse con otra serie sería con The Hour, esa otra magnífica producción de la BBC que mezclaba géneros, y donde Ben Whishaw demostraba lo enorme que es (Míster Broadvent no tiene ya nada que demostrar a estas alturas)
A mi me ha encantado a pesar de ciertos defectos como aquí apuntan. No sé qué pegas le ven al 1er episodio, para mi es necesario explicar esa relación y no me molesta la aparente lentitud para entrar en materia. Me gusta la relación trágica de amor, de lo que fue y pudo haber sido y todos los temas que se tratan: las relaciones paterno-filiales, el papel frío, letal y manipulador de los gobiernos, los excesos y el mundo underground, la discriminación por género o condición sexual…Y Whishaw está genial.
Pero Jim Broadvent (Scottie) no es político…..
Hetero-centrismo condescendiente. No es al uso pero intenta primar una relación, sus aristas, el fantasma kafkiano, y por eso se debía a ella, no está a la altura, predecible, enreda, engañosa, rápida al final y lenta en el medio, le sobra misterio forzado le falta empatía y empaque entre ellos. És se la pasa acongojado por su amor romántico, asfixiado en una pesadilla, falta esa profundidad que hace conectar con el epicentro del drama privado. Viscosa y torpe, inconcluyente, tediosa. Tira la piedra esconde la mano.
De lo mejor que he visto en mucho tiempo, te engancha desde el minuto uno, quiero mas!!!