El problema de la mística futbolera es que puede acabar convirtiéndose en tradición o, para ser más exactos, en rutina: algo que uno espera que suceda como si hubiera un designio universal detrás de cada sobresalto. Algo así les sucedió a los barcelonistas de 1992 a 1994, aquellas tres ligas ganadas en el último partido gracias a los pinchazos rivales y sus cómodas victorias en el Camp Nou… y algo así, suponían, se repetiría en 2007, cuando el Madrid de Capello necesitaba ganar en Zaragoza, aquel Zaragoza de Diego Milito, Ewerthon, Aimar y compañía para mantener el liderato y optar a la liga.
Fue un campeonato muy extraño: el Barcelona venía de dos años de triunfos gracias a un genial Ronaldinho, un eficiente Eto´o y las primeras incursiones de Messi en el estrellato mundial. Sin embargo, las tragedias deportivas se sucedieron una tras otra: para empezar, el Sevilla les ganó 3-0 en la Supercopa de Europa, a continuación el Internacional de Porto Alegre les dejó sin Mundialito de clubes, el Liverpool sin Champions League y para rematar la faena, el Getafe remontó un 5-2 en semifinales de la Copa del Rey con un sonrojante 4-0 en el Coliseo Alfonso Pérez.
Al menos quedaba la liga. No es que el juego del Barcelona llamara al optimismo y las oscilaciones de Rijkaard entre el 4-3-3 y el 3-4-3 tenían pinta más de efecto de prestidigitador que de convencimiento táctico. La ventaja sobre el Madrid era de cinco puntos así que no es que el Madrid estuviera mucho mejor: también eliminado de todas las competiciones, llegó a Barcelona a doce jornadas del final con la única esperanza de salir vivo y esperar un milagro.
Sobre ese derby se ha escrito mucho y a menudo de manera incorrecta: que si la ventaja era de diez puntos, de once… No, eran exactamente cinco, nunca en toda la temporada llegaron a ser más de siete, entre otras cosas porque el Barcelona se mostró incapaz de conseguir una racha de cuatro o cinco victorias que le permitiera dar el golpe sobre la mesa. Tampoco lo dio en ese partido del Camp Nou: el Madrid se adelantó hasta tres veces y Messi se encargó de enjugar cada distancia con su primer triplete.
Teniendo en cuenta lo visto, ambos lados dieron por bueno el resultado: jugando con 10 por expulsión de Oleguer, el Barcelona mantenía su ventaja y podía centrarse en alejar al Sevilla, por entonces el segundo clasificado empatado a puntos. El Madrid había dado la sensación de que no estaba lejos de su rival por primera vez en tres años de travesía por el desierto. La prensa les convenció de que la remontada era posible y los jugadores hicieron un ejercicio de fe encomiable.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






Pingback: Guardiola: la revolución de las cosas que se hicieron siempre - Jot Down Cultural Magazine
Pingback: Guardiola: la revolución de las cosas que se hicieron siempre