
El 31 de marzo de 1970, un comando de nueve miembros de la Liga Roja japonesa secuestró el vuelo 351 de Japan Airlines, que cubría el trayecto entre Tokio y Fukuoka. Armados de espadas samurái y una bomba, o apenas de pistolas de juguete —las versiones disponibles difieren sobre este particular—, los izquierdistas desviaron el vuelo hacia Pionyang, capital de Corea del Norte. Sus exigencias no acabaron de quedar claras, pero sí que, después de liberar a los ciento veintidós rehenes, solicitaron asilo político. Y se lo concedieron. Aquel rocambolesco suceso provocó consecuencias inesperadas. Por ejemplo, la oblicua derivada que nos ocupa: el grupo de rock psicodélico Les Rallizes Dénudés, que apenas llevaba tres años activo, se hizo a un lado, abandonó toda convención musical y resucitó al poco tiempo como una de las maquinarias sonoras más extremas, anómalas, ruidosas, extravagantes e inflexibles del planeta.
Esta pieza del realizador francés Ethan Mousiké reúne buena parte de las imágenes existentes de Les Rallizes Dénudés:
Entre los activistas de lo que dio en denominarse el secuestro Yodogo —apelativo de la facción que lo llevó a cabo— se encontraba Moriaki Wakabayashi. Este hombre, que continúa viviendo en Corea del Norte, era entonces el bajista de Les Rallizes Dénudés, una banda de existencialistas con afición a Dylan y a la Velvet Underground. Su líder se llamaba Takashi Mizutani, quien, en un flyer para anunciar conciertos, había descrito las intenciones de la formación: «Con aquella gente joven —tú incluido— que vive esta adolescencia agonizante y que ansía una verdadera música radical, deseo sinceramente que nazca un diálogo acompañado de penetrante dolor y que llene esta sala de conciertos». Entonces todavía sonaban expansivos, melódicos, y sus guitarras tenían un aire a los Grateful Dead. Pero la radicalización de la época cambió las tornas. En la ética y en la estética. Tras el episodio del avión y la huida del bajista, la paranoia se adueñó de Mizutani. Aquel guitarrista de larga melena, gafas oscuras, siempre vestido de negro, un místico del reverb, veía enemigos por todas partes. La policía los acechaba. Y entonces ya solo entrevió la salvación a través del ruido. Del puro ruido blanco y un océano de feedback.
Relatar la historia de Les Rallizes Dénudés es tarea complicada. Julian Cope, el músico y escritor inglés, fue quien más se acercó. Les dedicó un capitulo entero de su excepcional libro Japrocksampler. How the Post-War Japanese Blew Their Minds on Rock ‘n’ Roll —sobre el silvestre y peculiar rock japonés de los setenta—, pero no sin antes advertir: «Como la vida de los santos celtas, la mejor manera de contar la historia de Les Rallizes Dénudés es a través de una bizarra combinación de hechos, rumores y una rotunda y total hagiografía». El propio Cope escribe sobre rumores cuando explica cómo Mizutani cayó en los dominios del más estruendoso rock entonces disponible al recibir vía importación dos LP, White Light/White Heat (1968), de The Velvet Underground, y Vincebus Eruptum (1968) de los bestias pardas Blue Cheer. Si no es verdad, está bien contado. Porque la electricidad estática, monótona como en «Sister Ray» de la Velvet, las toneladas de distorsión que se despliegan lentamente sobre una marcial base rítmica, la enterrada voz narcótica e indolente, todo lo que define a Les Rallizes Dénudés, puede no proceder de ningún otro lugar que de la psique torturada de Mizutani.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.







Pingback: Les Rallizes Dénudés, partisanos nipones del ruido – Jot Down Cultural Magazine | METAMORFASE
Ni un comentario? Demasiado indie y festis entre los lectores, al parecer…
La idea de Mizutani Takashi de extremar la monotonia del rock n’ roll gringo y hornearla en distorsiones y reverberacion, para obtener el trance electrico del que muy bien habla Miles Davis en el dvd «Miles Electric», se desarrolló hasta llegar a la cacofonía total de las ultimas tocatas de Rallizes Dénudés, de las que-por lo general-nadie opina demasiado (fuera de Japon).
Buen articulo introductorio, en castellano.
El maldoror con las mejores gafas de sol en aquel tiempo
definitivamente a mizutani le faltaba una tuerca, creo que éso diferencia los genios de los -simplemente- buenos en algo.
buen artículo, gracias.
Pingback: El Shinjuku-kei, o cómo el underground japonés consiguió ser mainstream. - Canino