
Una mañana, hace quince años, Oriol Vilanova (Manresa, 1980) compró en el Mercat de Sant Antoni barcelonés su primera postal. Ahora expone en la Fundació Antoni Tàpies una parte del archivo que ha ido reuniendo desde entonces: 27.000 tarjetas que transforman las dos plantas del edificio en un gigantesco puestecillo dominical minuciosamente clasificado, e inspirado por criterios dramatúrgicos: «si no me gusta cómo el vendedor teatraliza la negociación, no compro» (1).
La pulsión coleccionista, el gabinete de curiosidades y las escenografías del archivo son asimismo los temas de la exposición que presenta simultáneamente en el Centro de Arte 2 de Mayo. Dialogando con la reciente renovación arquitectónica del espacio mostoleño realizada por Andrés Jaque, Vilanova ha realizado originales operaciones curatoriales con fondos procedentes de la sección de obra gráfica de la Colección de Arte de la Comunidad de Madrid,
Diumenge (Domingo) y Colección XV se podrán ver, junto con las actividades relacionadas, hasta el 28 de mayo.
Aquí estaba
Esta vitrina vacía del Museo del Ejército de Toledo contenía la espada de Boabdil. En esta otra tampoco podemos ver las cabezas de piratas disecadas que forman parte de las posesiones del Museo Nacional de Antropología. Y aquí, a falta de objeto, una sobria cartela desgastada, en un rincón del blanco desvaído, declara: «La llegada del Diplodocus al Museo». Y en aquella, si estuviera llena, veríamos, como las han visto los visitantes del Arqueológico, las cariadas monedas de oro roto del tesoro que los submarinistas hallaron, el 18 de mayo de 2007, entre los pecios del navío La Mercedes, que fue hundido a cañonazos, doscientos años atrás, en la batalla del Cabo de Santa María (2).
El objeto ausente. He aquí el protagonista de la primera intervención de Vilanova en el CA2M, titulada Sin distinción. Veintinueve vitrinas desocupadas, procedentes de equipamientos expositivos madrileños y castellanos, conforman un corredor de tres líneas, dramáticamente sobreiluminado. El paseante que lo recorre se va encontrando inmerso en una perspectiva de vidrios sucesivos, una profusión de marcos de visión definida por vitrales y madera, que conforma una alambicada ausencia transitable. En lugar de los documentos históricos, una tipología de sus muebles expositores. La severidad didáctica del mostrador del Prado, trasladada a la sala del CA2M, evoca a un académico de la lengua interviniendo en un pecha kucha sobre nuevas tendencias digitales. Y el aparador del Reina, blanquecino y alargado, desposeído —ni revistas modernas, ni poesía visual, ni historiadas invitaciones a vernissages—, ¿no parece un ataúd para un titán elegante y delgaducho, talmente como aquel que un colectivo de artistas eslovenos diseñó para albergar, con la pompa y circunstancia requeridas, el cadáver del arte (3)?
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