
Un ruido metálico me despierta. Hace cuarenta y ocho horas que salí de España y he llegado a la India agotada. El tintineo de metal sigue, clin, clin, clin, y se acerca —hay alguien en mi habitación, ¿no estaba cerrada la puerta?—. Abro un ojo y veo una silueta adulta y encogida que se mete debajo de mi cama antes de que pueda decir nada. Cuando abro el otro, la figura humana se convierte en una mujer envuelta en un sari de colores que barre mi habitación en cuclillas, tan agachada que su cabeza queda a la altura del somier. El tintineo viene de sus pulseras, que chocan con cada sacudida de escoba. Se incorpora y su cara queda a la altura de la mía, y yo, súbitamente sorprendida como si fuera culpable de espiarla indebidamente, me hago la dormida. ¿Por qué esta mujer limpia mi cuarto ahora?
Luego sabré que es la señora de la limpieza de la casa que voy a compartir en Ahmedabad con un grupo de siete extranjeros y varios indios hasta que alquile la mía. Aparecerá cada mañana con una trenza negra y larga, el abdomen al aire debajo del sari, los ojos claros de gato. No solo es la mirada: se mueve con sigilo felino mientras entra y sale en cuclillas de cada habitación para barrer el suelo con una escoba corta hecha de paja. Después lo friega con un trapo húmedo, siempre agachada, y a veces pone el culo en pompa cuando intenta alcanzar los rincones difíciles. Pienso en Manuel Jalón, el inventor español que patentó la fregona y el cubo escurridor en los años cincuenta: consiguió que las mujeres aliviasen su espalda encorvada y sus manos dañadas por la lejía, y también las hizo visibles. Las limpiadoras suelen trabajar como fantasmas translúcidos en casas y oficinas. Si están agachadas, se vuelven transparentes.
***
Barcelona. Inmobiliaria de un barrio del Eixample días antes de mi viaje. Devuelvo las llaves del piso que tengo en alquiler.
—¿Has encontrado un piso mejor?
—No, es que me marcho a trabajar fuera.
—¡Anda, enhorabuena! —dice la mujer que durante dos años se ha encargado de que las persianas de mi casa no se atasquen, de cambiar mi horno, de las grietas de la terraza. Su sonrisa es amplia y sus ojos se arrugan en las comisuras. Puedo imaginar qué ideas corren por su cabeza: expatriados, futuro brillante, bienestar nórdico—. ¿Y dónde vas?
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¡Me pica todo!
Con una India tan idealizada en su presentación por sus antiguos colonizadores, se agradecen reportajes más cercanos a la realidad, aunque se hagan desde un punto de vista occidental.
Gracias por el libro,buen fin de semana
Gran reportaje. Serio y ameno, sin artificios ni condescendencia. Se agradece esta visión tan objetiva de un país tan complejo.
Muy interesante artículo mostrando las realidades que no conocemos de la India, quienes no hemos tenido la oportunidad de viajar, lo hacemos à través de la lectura. Gracias
Me atrapé en este escrito. Sobrio, plagado de detalles necesarios para comprender las emociones de cada descripción.
¡Gracias!
Pingback: Limpiar la India | Tres Letras
Simplemente real. Gracias.