Ciencias

La leyenda del hombre mono, su triunfo y su maldición

London 2017 EBruner
Fotografía: Emiliano Bruner.

Aunque somos la especie más tecnológica que nunca ha pisado este planeta, hoy en día otorgamos devotas garantías y ciega confianza a todo lo que pretende ser «natural». Pero si descartamos aportaciones de dioses y alienígenas, hay que reconocer que sería muy de sobrados y egocéntricos pensar o afirmar que nuestra especie no es el resultado de la naturaleza, así que por ende nuestra tecnología también lo es, cosa que delata una falsa separación entre lo «natural» y lo «artificial». En esto hay un sesgo temporal importante, y a menudo llamamos natural a lo que hace unos siglos o unos milenios era artificial, como cuando distinguimos una panoja modificada en laboratorio de una seleccionada por fertilización controlada en el campo. También adulamos comidas y remedios de antaño, olvidando las enfermedades y muertes que han causado. La sabiduría rural funciona muy bien a corto plazo, pero, a falta de criterios y métodos de control a largo plazo, fracasa dramáticamente al enlazar causas y consecuencias lejanas en el tiempo (de aquí el uso de plantas cancerígenas o de aguas radiactivas, sin contar unos cuantos rituales anatómicos absurdos y lerdos).

En muchos casos halagamos nuestros instintos, exaltando sus raíces naturales. Por ejemplo, uno de nuestros tabús más sensibles y respetables es la reproducción, un derecho intocable y una necesidad sagrada. La pulsión por reproducirse es el motor más fuerte de la evolución, y no escapa a sus hechizos ni siquiera el sesudo y cuerdo ser humano. Aun sabiendo que hay miles y miles de niños abandonados en el mundo, la adopción es, en general, solo un último remedio a la infertilidad, en lugar de ser la primera de las opciones, aparentemente la más sensata, práctica y moral. Pero el instinto te dice que la cría tiene que tener tus genes, así que prima este deseo profundo e hipnótico de autoclonación, un intento (evidentemente inútil) de inmortalidad, que manda callar a cualquier tipo de razonamiento o de evidencia lógica. Además, para una adopción se requieren garantías impecables y un largo camino administrativo, pero nadie pone pegas a la paternidad de un niño generado entre los vómitos de una borrachera, en un ambiente degradado por violencia y abusos, o en un contexto económico desastroso e inviable. Tiene que «pasar algo» para que la sociedad, a veces, reaccione. Pero a la espera de que aquel «algo» pase, la generación y entrega de una vida a una condición de fracaso más que probable se acepta, porque el proceso ha sido «natural» y, por ende, legítimo.

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15 comentarios

  1. Este artículo me ha recordado a cómo de curioso me resulta que a día de hoy, cuando trato de abarcar el tema de que somos primates, una especie más, se generan caras de asombro al descubrir a ciertas personas (las que se dejan…) que no estamos en el pico más alto de los organismos vivos ni nuestros productos tienen algún componente que nos aparte de lo natural y del resto de las «bestias». Y para ello solo me basta ejemplificar con la típica escena de un Gorila sacudiendo con suaves golpes un trozo de madera para así conseguir suficiente cantidad de termitas y poder llevárselas a la boca. La primera impresión obtenida es -Vaya pero si son unos golpes muy torpes, movimientos primitivos.- Pero en cambio cuando se muestra la técnica que utilizan para trepar árboles y hasta fabricarse un nido donde pasar la noche, se quedan con que son movimientos inimitables por nosotros «los superiores» y además son trabajos bastante eficaces. Es ahí, cuando el mensaje que quiero transmitir a los míos se hace visible y generalmente se traduce en un -Claro, no es que estén poco evolucionados y sean primitivos, es que usan técnicas diferentes a las nuestras, y con ello cada uno seguimos estando donde estamos en el tiempo y en el espacio.- Llegando a la feliz conclusión de que efectivamente no estamos por encima de ningún otro organismo siendo, afortunadamente (desgraciadamente para otros), unos animales más que ocupan un sitio en la naturaleza. Un artículo muy interesante.

  2. Tarzán, ese símbolo de la supremacía británica…

  3. Lo que me crea perplejidad es que esta atávica, y diría casi irresoluble contradicción humana, nos pilla en medio de una transformación social-politica-tecnológica y antropomórfica imprevista, con una intercambiabilidad de roles de género impensable medio siglo atrás; con el consolidarse de las democracias representativas y lilberales (que hemos elegido no por su bondad implícita, sino porque las otras nos llevaban al abismo) que conllevan un estado contínuo de histeria, chascos, desilusiones y sobre todo innovaciones; y una indefinición de sexos cada vez más marcado. Esto último, a pesar de mi natural velo masculino del cual me siento orgulloso, lo considero altamente satisfactorio, ya que siempre opiné que el varón tiene que feminizarse; una, porque no es justo que solo ellas sean las únicas herederas del sistema que eligió la naturaleza para perpetuarse, o sea dividirse en dos (una especie de envidia, lo reconozco), y la otra porque carecen de las manifestaciones del género opuesto que han llevado casi a la destrucción del planeta. Ya estamos por colonizar Marte, y para no repetir la historia del descubrimiento de América con sus horrores, habría que decidir a quién llevar a esos lares. Talvez la mujer, en lo que respecta a la fuerza fisica, tendría que masculinizarse, y pruebas ya las hay, con tantas futbolistas, rugbieras y otras disciplinas impensables y poco aconsejables para uno que ama la ligereza, la fragilidad, la levedad, el perfume, la belleza y la dulzura femenina, pero en aras de un «porvenir radioso de la humanidad» estaría dispuesto a renunciar a estos placeres aunque ya ni cenizas sería. Humanas del mundo, uníos!

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