
Alguien ha dado la voz de alto. Se detiene poco a poco la columna, y al borde del camino van surgiendo hogueras alrededor de las cuales se improvisan animados grupos. Uno de ellos lo formamos nosotros —«los bohemios» nos bautizaron en el campamento—, camisa azul con cisne blanco bajo el verde uniforme alemán. Junto al fuego, quizá un poco simbólico en esta fecha, 12 de octubre, hemos encendido las pipas y Carlos como de costumbre, ha iniciado una conversación intrascendente, saturada de chistes y alusiones. Pasa un enlace sobre una moto. Nos conoce; se detiene un poco y grita:
—¡Muchachos, nos quedamos aquí! ¡Estamos a tres kilómetros de la primera línea! Esta misma noche relevamos a los alemanes.
Nos saluda brazo en alto y reanuda la marcha. Al principio nos hemos quedado todos enmudecidos. Daniel es el primero en salir de su ensimismamiento. Se vuelve hacia nosotros y dice tan solo estas palabras:
—¡Ya era hora!
Parece como si la noticia hubiera eliminado de nuestro recuerdo la noción de los mil trescientos kilómetros recorridos hasta ese momento. Han desaparecido de nuestros rostros todas las huellas de sueño, fatiga y penalidades. Nos hemos puesto de pie y, como en todas las grandes ocasiones, hemos cantado. Y ha sido una desgracia no conocer ningún himno del SEU, porque aquí, en este instante y ante este paisaje, sus estrofas entonadas por nosotros hubieran tenido una emoción apasionada. (…)
Julio ha empapado de sangre esta retrasada primavera. Todavía queda nieve para grabar iniciales en su blanca superficie, pero ya han surgido rosas que han de dulcificar la sepultura. Cerramos los ojos a esta angustia que nos invade, porque ya no está con nosotros el mejor compañero. Sobre un carro, un carro de ruedas destartaladas y ejes que chirriaban, a contraluz con la estepa iluminada eternamente, llevamos ayer su cadáver a Motorowo, y en un jardín, la cabeza hacia España, lo enterramos (…)
Con él se fueron las medallas religiosas, el cisne blanco en la camisa azul, y aquella rosa de los Alpes que una estudiante alemana le regalara. Nos dejó, sin embargo, una antología de la buena muerte y una postura arrogante ante lo irremediable.
Caía la tierra sobre su cuerpo y descendía sobre nosotros el afán silencioso en la lucha. Así, sin gritos, proseguíamos, cada vez más acelerada, la marcha hacia los límites de nuestra conciencia. Se desangran, sí, los cadáveres de los falangistas, pero esa sangre entra en las venas de los que quedamos, para rejuvenecer nuestro ímpetu.
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Excelente artículo
Esto debería formar parte de Las armas y las letras, de Andrés Trapiello, pura lección de historia de España y de la cultura española del tormentoso siglo XX
Enhorabuena
Qué fácil es etiquetar a toro pasado a los que ya no están desde una perspectiva contemporánea y urbanita como la suya, señor Caballero. Quizá si a usted le hubiese tocado vivir esos tiempos hubiera aprendido a torear de la misma manera que Berlanga con tal de resistir a los cambios. El artículo está muy bien documentado pero el sesgo está presente en cada frase.
Un saludo
Impresionante la documentación sobre la historia y la intrahistoria. Un trabajo minucioso que pone luz a la realidad de lo que ocurrió y de lo que fue, un trabajo de Historiador, con mayúscula. Enhorabuena y gracias por contarlo.
En realidad a mí me da igual… Berlanga es con diferencia el mejor director de cine que ha habido en España. Y José Antonio Nieves Conde, falangista, dirigió «Surcos» y «El Inquilino», dos películas que sufrieron censura, pero que son de lo mejor del cine español. Y Michael Jackson podemos apostar que no fue trigo limpio, pero es uno de los grandes de la música popular. Charlton Heston se implicó a fondo para que «Mayor Dundee» se filmara y Peckinpah fuera el director y lo mismo hizo con «Sed de Mal» y Orson Welles, directores que estaban en las antípodas de su ideología ultraderechista. Así mismo también participó en la marcha sobre Washington por los derechos civiles y la igualdad.