
Él tiene los ojos claros, el cabello hecho con rayos de sol, la nariz prominente, NOBILIARIA. Tiene, también, sonrisa de tímido que no lo es, modales de aristócrata sobrevenido, un tono de voz profundo, respuestas de acero a preguntas de miel.
Ella posee el mirar del mar normando, le guedejean bucles dorados disfrazándose de colinas norteñas. Posee rostro de Jeanne Moreau, réplicas del mejor Truffaut, una personalidad a la vez torrencial y pausada.
Ella se llama Janine, pero todos la llaman Nanou. Él se llama Jacques, pero todos le llaman Monsieur crono, o Maître o, sencillamente, Anquetil, quel champion. Se conocieron y se amaron. Ardorosa, desgarradoramente. Hasta aquí la historia flota en tonos pastel.
Todo lo demás se escapa de lo habitual.
El campeón
Cuando se retiró, Jacques Anquetil (Mont-Saint-Aignan, 1934) podía presumir de ser el mejor ciclista que jamás hubiese competido. O, al menos, el que mayor y más selecto palmarés posee. Cinco veces ganó el Tour de Francia, dos el Giro de Italia, una la Vuelta a España. También Lieja, o el formidable doblete formado por la Dauphiné Libéré y la Burdeos-París. La segunda, una prueba de seiscientos kilómetros, empezaba apenas siete horas más tarde de terminada la otra. De Niza a París en un avión privado. Dicen las malas lenguas que puesto a disposición por el mismísimo Elíseo. «Hace sonar La Marsellesa en el extranjero», dirá de él un tal De Gaulle. Anquetil, claro, se impuso también en ese desafío. Como hacía siempre con las cosas que le importaban…
Un mito, pues. Paradójico, contradictorio. Era el que más ganaba, pero el público… bueno, jamás le tuvo demasiado aprecio. Ellos querían a los otros. A los que escalaban, Gaul o Bahamontes. A jovenzuelos arrogantes como Rivière, o veteranos sufridores como Bobet. Y, sobre todo, a él. El chico del Lemosín. El que siempre se caía, el de las desgracias, el esfuerzo, el rostro contraído por el sufrimiento. No importaba que Anquetil le dominase siempre, era Poulidor quien llevaba toda la fama.
Aclaremos desde un principio: el normando tampoco hacía mucho para conectar con la gente. Demasiado altivo (pero era solo un rasgo de su timidez), demasiado orgulloso (pero fue únicamente trasunto de su ambición), demasiado cliché burgués (él, que siempre amó la tierra, que cuando le diagnosticaron la enfermedad que lo llevaría a la tumba lloraba por no ver crecer los árboles que plantó con sus manos). Sí, Anquetil era genial e incoherente como son los seres especiales. «Solo quiero tener algo de razón, incluso cuando estoy completamente equivocado», dijo un día. «Nunca he amado la bicicleta… pero lo hice todos los días, apasionadamente», contó otro. En 1961, durante la última etapa del Tour de Francia, el público lo recibe con pitos, cansados de su superioridad, de su aparente falta de épica. Con el dinero que ganó en esa edición Jacques Anquetil compró un barco. Siffléts, lo llamó.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






Impresionante artículo
Al leer el texto me ha venido a la cabeza la fascinación que ejercen determinadas personas. Ese magnetismo que pocos hombres y mujeres poseen y que hace inevitablemente que muchas personas sientan interés por follar con él o con ella. El poseer ese don peculiar, que ya de entrada envidio con malicia, y el saber manejarlo son dos cosas distintas. Y por saber manejarlo me refiero a que la persona que disponga de esa facultad sepa sacar provecho a su favor y que ello no le suponga daño con independencia de lo que otras personas que han caído en sus redes puedan llegar a sentir.
Me cuesta un poco empatizar con el papel pasivo de Alain en esta historia -magníficamente contada- que no desvela demasiado acerca de cómo resulta su situación una vez que el campeón ya retirado se cepilla a su esposa. Sabemos, sin muchos detalles, que se ve obligado a volver a casa de su madre y padrastro, lo cual es en sí mismo una derrota, y también que sentía admiración por Anquetil, pero ¿qué pasa después? Después de que su mujer hubiese caído en sus redes, luego, qué. Qué tal su relación con Dominique. Qué actitud tomó cuando su padrastro cayó irremediablemente enfermo, ¿admiración continua? Porque otros por menos habrían rebanado pescuezos.
Y me pregunto todo esto porque me resulta imposible ponerme en la situación de Anquetil, que ha gozado de las mieles del triunfo y de ese atributo tan poco común de resultar insoportablemente atractivo, pero sí que podría solidarizarme con Alain, que parece en el relato un perdedor, y del que sin lugar a dudas podría construirse una tragedia. Y ahí es donde yo me he quedado con las ganas.
Toda esta historia no es más que la manida ‘erótica del poder’ elevada a la enésima potencia. Si ese tipo no hubiese apuntado maneras desde sus comienzos, nunca habría vivido esa historia. Sería el típico con mucha labia que conoce las palabras y frases exactas para cepillarse a alguna de vez en cuando y punto. Pero su inmenso poder le propició lo que tantas veces ha sucedido. ¿Cuántas veces has visto a un tío feo pobre con una tía de escándalo? Mira a Donald Trump, si ese tío fuese un currito que ganase 900$ al mes, iba a estar con su señora esposa. En cambio, las mujeres poderosas jamás se arriman a un tío común, siempre buscan a un igual en carisma y poder y son más sutiles, manejan a la perfección el arte de la seducción y la manipulación. De hecho, eso va implícito en hombres y mujeres a la que se autoperciben mínimamente atractivos para el sexo opuesto hablando en términos heterosexuales, pero especialmente en la inmensa mayoría de mujeres cuando se saben poseedoras del don del uso y manejo de un hombre. ¿Suena machista? Me la suda, esto es la verdad. Las feministas saben mucho de llevar pancartas pero poco de genética. Y la genética no la van a cambiar personajes como Leticia Dolera, donde luego, en su vida privada, la que nadie ve ni conoce, se comportará exactamente igual.
Siguiendo tu argumento, q no comparto, la pregunta seria ¿qué es peor, un hombre rico y viejuno q se cepilla modelos sin tener en cuenta su forma de ser, sólo su físico o una mujer rica y viejuna que se cepilla hombres ricos y viejunos, pero normalmente con más personalidas que las modelos?
Cuestión de preferencias no?
Amigo Jorge, todo tiene sus matices, obviamente. Mi comentario era una generalización y como tal, siempre hay excepciones.
Está claro que cada cual puede adoptar un relato desde una perspectiva distinta. A mí me parece que resumir esta historia bajo el enfoque de la erótica masculina del poder (no sé muy bien cuál es el contrapunto cuando es la mujer la que reúne las condiciones de atractivo físico y posición social y económica) es dejar a un lado muchos aspectos esenciales. Tampoco tengo del todo claro ahora que el magnetismo excesivo de algún privilegiado pueda explicar toda esta historia. Quizá aqui me he dejado llevar por la descripción del personaje que aparece en esta entrada.
Soy Alain, mi padrastro, Jacques Anquetil, se ha acostado con mi madre, mi hermana y mi mujer y no sé qué va a pasar con mi hija (realmente no sé si esta última llegó a existir), pues es un punto de vista realmente peculiar. Me imagino a este en un bar charlando con su padre imaginando cómo cargarse a Anquetil.
Por cierto, a través de la Wikipedia, que cita como fuente Le Nouvel Observateur, parece que madre e hija no aguantaron mucho tiempo viviendo juntas en el palacete de Anquetil. Annie se acabó marchando porque no quería convivir más con su madre, le propuso a Anquetil una alternativa del tipo o ella o yo y fue la hija de Janine la que optó por marchar. Fue entonces cuando Janine le propuso a Alain y a su mujer vivir con ellos. En esa situacion Anquetil consiguió seducir a Dominique al parecer para dar celos a Annie. Parece que la situación no es exactamente la de un Anquetil que convivía en un harén con tres mujeres unidas por ese vínculo tan peculiar.
los franceses tienen un calificativo….para Alain…»content cocu» (literalmente «cornudo contento»). Un clásico en sus juegos sexuales, que son más rebuscados, y sofisticados. Sírvase de ejemplo, a Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir, que tenían el pacto de acostarse con quiénes quisieran….pero con la condición que había que contarlo (si uno preguntaba) con todo lujo de detalles: cómo la tenía, por dónde te la metió/se la metiste primero…. lo dicho, más sofisticados y retorcidos. Y más divertidos, que nuestro «la maté porque era mía» patrio…
Anquetil y familia dan para un novelón y para una serie de Netflix también
Pingback: Este es el diario de la cuarentena del grupo Círculo de Lectores (Días 21 a 25) – Filosofitis
Pingback: Un hidalgo en bicicleta: sobre Luis Ocaña