
Enoch Soames era un poeta que soñaba con ser un genio, un ídolo, al que el tiempo nunca pasase por encima, olvidándolo. Pero fracasó. El futuro lo engulló. Al cabo del tiempo solo resultó un ser ridículo, al que nadie recordaba, salvo apenas el narrador del cuento titulado «Enoch Soames», obra del escritor británico Max Beerbohm (1872-1956), y que Borges, Silvina Ocampo y Bioy Casares incluyeron en su Antología de la literatura fantástica.
Ese narrador conoció a Enoch Soames a finales del siglo XIX, en el Café Royal de Oxford. Supo entonces que era autor de un libro. Y pronto publicaría otro. «Mis poemas», precisó Soames, que no había pensado en darle título. Dudaba si era realmente necesario. «Si un libro es bueno…», empezó a formular, agitando el cigarrillo. «Por supuesto, llevará mi nombre en la tapa», aclaró.
Cuando al fin los poemas se publicaron, el narrador, que si no amigo se había hecho buen conocido de Enoch, tuvo la «vaga sospecha» de que eran buenos. Al buscar las críticas en los diarios, sin embargo, estas se dividían en dos clases, aquellas que decían muy poco, y las que no decían nada. En la siguiente ocasión que se cruzó con Soames, solo fue capaz de decirle, con cierta torpeza, que esperaba que el libro se vendiera bien. «Me miró sobre su vaso de ajenjo y me preguntó si había comprado un ejemplar. Su editor le dijo que había vendido tres», escribe el narrador. Para restar gravedad a la cifra, que a primera vista parecía exigua, Soames señaló que él no era un comerciante, sino un poeta. Los poetas no jugaban a los números. En ese extremo, el narrador se mostró de acuerdo, y coincidieron en que los artistas que dan al mundo cosas verdaderamente nuevas y grandes están condenados a una larga espera, antes de que se les reconozca su mérito. «El acto mismo de esperar es la recompensa del poeta», afirmó Soames.
Hubo un tercer libro. Nadie habló de él. El narrador tuvo la intención de comprarlo, pero se olvidó. Cuando vio a Soames, tuvo la sensación de que era un ser afantasmado, que sin embargo creía en la grandeza de su obra, aunque nadie hablase de ella. El fracaso, cuando era un fracaso total, llano y sin barniz, siempre tenía alguna dignidad, en su teoría. Y, de cualquier modo, «el hombre que no ha perdido su vanidad», y ese era el caso de Soames, «no fracasa totalmente».
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¿Esta reseña está completa? Porque resulta que nada se dice del elemento que la hace genial. Qué raro.
Quiero decir, que hace que el relato sea genial.
Léalo otra Vez…
Pensé que se iba a comentar algo sobre el relato. Es un simple y escueto resumen. El cuento no es largo, así que no se ve la necesidad de resumirlo. Si alguien quiere saber de qué trata, es preferible que el autor, de primera mano, se lo cuente. Ni siquiera se comenta que Borges y Casares lo consideraban un cuento perfecto. Pensé que aquí algo se diría sobre algún personaje real que inspiró el relato, o sobre la «maldición» del autor de pasar a la posteridad solo por este relato de fracaso de ser recordado en el futuro.
Por cierto, no es un cuento perfecto: alguien que sobre todas las cosas ansía pasar a la posteridad, a la hora de vender su alma, no la vende por una visita de unas pocas horas a una biblioteca: la vende por pasar, de manera segura, a la posteridad.
«BORGES: «La importancia de Beerbohm se exagera. ¿Qué hizo? Un cuento bueno, «Enoch Soames», que Kipling pudo
haber hecho mejor…». Adolfo Bioy Casares: Borges, Diarios íntimos.
Acaso su pecado, en todo caso, era la arrogancia –y la supuesta posteridad tan solo una consecuencia
Insisto en que, en la reseña, se ha omitido la clave esencial del relato. Quizá para evitar hacer spoiler. Pero no lo creo. Me gustaría saber la verdadera razón. (Descarto el desconocimiento, la ignorancia, del reseñador).
Y así, de una reseña de un cuento reducido a la osamenta, se pasa a comentarios que son más amenos, otro relato, con un inicio de dudas que contagia al lector, un intermedio bastante polémico que no satisface a ninguno y un epílogo que deja a todos contentos.
Fin