
En 2008, el psiquiatra José María López, con el objetivo de «sensibilizar a la población sobre la importancia de comprender y respetar a quienes padecen alguna enfermedad mental», proyectó Léolo en el Hospital Universitario Virgen Macarena de Sevilla ante cien espectadores, la mayoría familiares de personas con trastornos mentales, según una información de El País. Ante las primeras imágenes, muchos de ellos «fruncían el ceño». Para alguno resultó «incomprensible». Cuando llegaron a las escenas en las que el abuelo del protagonista tiene relaciones con una menor, el público se sintió incómodo y empezó a murmurar y hacer ruidos. El psiquiatra explicó que el protagonista, Léolo, padece «una personalidad esquizoide» para cubrir «el hueco fundamental de su vida: la palabra del padre». Como es sabido, al final de la película el personaje es vencido por la locura a la que está condenada su familia y acaba en un psiquiátrico. Una de las asistentes protestó: «Con las burradas que han hecho nuestros padres ¡Y aquí estamos!».
En España, en los noventa, Léolo fue lo que se denomina una película de culto. Algo especial, distinto. A mí me gustaba, pero en aquella época verla era una experiencia íntimamente insatisfactoria. Se supone que en las palabras del narrador y la experiencia del protagonista había algo trascendente y yo, por muchas veces que la vi, no era capaz de encontrarlo. No daba con las respuestas a la opresión del universo que la gente parecía encontrar en ella y, convendremos, lo de «no dejes de soñar nunca» lo veo más cercano al libro de autoayuda o como estribillo de un hit de Toto. Un par de décadas después, la volví a ver y, sin necesidad alguna de trascendencia, me gustó de verdad. Me pareció una italianada perfecta, pese a ser una cinta canadiense. Las fantasías compensatorias de su protagonista las entendí como un gag más de la historia; un relato cruel lleno de humor negro. Tragicomedia latina. ¡Qué puta es la vida! fue mi conclusión al acabarla.
Sin embargo, aquí pegó fuerte por lo poético. Hay una frase recurrente durante la película: parce que moi je rêve, moi je ne suis pas (Porque sueño, yo no lo soy/estoy); una frase que perdía el recurso de la reiteración si se traducía, como exige el castellano, con la variante entre ser y estar, tal y como explicaron Jesús González Requena y Amaya Ortiz de Zárate en Léolo: la escritura fílmica en el umbral de la psicosis. Aquí la frase causó fervor, apareció en pintadas mitificadas en Madrid e incluso se hizo un mural en Zaragoza, aunque allí la prensa local le atribuyó la cita a Dostoievski. El origen del lema había que buscarlo en la obra El valle de los avasallados de Réjean Ducharme, el libro que inspiró el guion, pero el eslogan era cosecha del cineasta, Jean-Claude Lauzon, el director de la película que no por casualidad lo que más rodó en su carrera fueron anuncios de televisión.
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Nada más verla se convirtió en una de mis películas preferidas, y lo sigue siendo…
Dudo mucho que nadie llegara a entenderlo. Lauzon no pertenecía a este mundo donde no se tolera que alguien no muestre «la imagen adecuada que [pongan aquí el colectivo que quieran] desea darse».
Así nos va. Hoy sólo le recuerda una minoría y, si viviera en estos tiempos, su obra no hubiera podido existir. Un síntoma (y van!) de lo mal que está (que no » es») nuestra sociedad.
Hasta Carlos Boyero la puso por las nubes. Una maravilla de los 90.
Bueno, no haga usted mucho caso… Ya sabe que muchos dicen que me duermo en el pase de películas y creo que tienen razón, aunque no estoy seguro…
Felicitaciones al autor por un artículo muy bien hecho y documentado; ahora, después de haberlo leído, no me motiva en lo más mínimo como cinéfilo. Me mantendré apartado del Lauzon de los cojones como de la peste. La sinceridad lo primero.
No exagero cuando digo que para mí, es la mejor película de la historia, al menos para mí es la numero uno en mi lista, sin duda!
Me encantó el artículo
Una peli que me marcó, me ha gustado mucho el artículo
me marcó en los 20 tanto como Rayuela, ahora la puedo encontrar pelín efectista y compartir algunas críticas del artículo, pero, ay, nada me emociona tanto
«A ti la dama, la audaz melancolía, que con grito solitario hiendes mis carnes ofreciéndolas al tedio. Tú que atormentas mis noches cuando no sé qué camino de mi vida tomar… te he pagado cien veces mi deuda. De las brasas del ensueño sólo me quedan las cenizas de la mentira, que tú misma, me habías obligado a oír. Y la blanca plenitud, no era como el viejo interludio y sí una morena de finos tobillos que me clavó la pena de un pecho punzante en el que creí, y que no me dejó más que el remordimiento de haber visto nacer la luz sobre mi soledad»
Grabado a fuego tengo desde pequeña el momento de la película en el que se recitan estos versos mientras suena de fondo el tema The Lady of Shalott de Lorena McKennitt, que como tú comprenderás, para mi es tocar techo. Así que no veas el disgusto que tengo con este artículo al conocer un poco mejor al tipo que alcanzó semejante momento álgido de sublime poesía después de matar unos cuantos osos… Que mal llevo la dicotomía Arte vs. el Artista. :(
Mi película favorita, sin duda. Gran artículo, muchas gracias.
La obra de arte visual más absolutamente genial de todos los tiempos. Además coincide con ser «mi película» por encima de todas.
Sólo el cómic Wachtmen y las cartas y diarios de Kafka me han causado tanto placer frente a una subjetividad convertida en una obra de arte.
Un apunte solo. No se comenta nada de que (efectivamente, redundado en el mal carácter de Lauzon) el premio de Cannes se le fue al garete del todo cuando le dijo una barrabasada a Jamie Lee Curtis en una fiesta festivalera, premia a las deliberaciones. Jamie estaba en el jurado como «estrella» y aseguran que le puso la cruz al director y a su film. La anécdota está contada en primera persona por varios de los asistentes.
A Lady of Shalot (con cuya escena preferida coincido plenamente) decirle solamente ese dicho de que se puede disfrutar del jamón sin que tengan que gustarte los cerdos. Bueno, no sé si eres vegetariana pero ya me entiendes lo que quiere decir.
Por cierto, el poema es un poema escrito por el propio Lauzon y recogido sus poesías reunidas. se llama Melancolía, nombre mas que evidente de la Dama a la que el niño (y posiblemente el adolescente poeta Lauzon) había pagado cien veces su deuda. Es el poema mas bonito del mundo para mí.
Y al que odie la película por escabrosa y al director por cabrón asqueroso, qué decirles. Que rieguen a gusto sus rosas de pitiminí y viva felices en su planeta ñoñiland, y que nos dejen a algunos otros disfrutar de lo escabroso de la vida humana cuando se consigue sacar de la mierda una rosa mil veces mas verdadera y pura que esas de plástico made in Taiwan, tan perfectamente inodoras.
Tenía razón la abuela de Leolo, El Rey Sol… la salud, florece al cagar.