Arte y Letras Historia

La guerra de Flandes (y III): El ocaso de los Felipes

Velázquez de Breda o Las Lanzas Museo del Prado 1634 35
La rendición de Breda, de Diego Velázquez.

(Viene de la segunda parte)

Por si no lleváramos pocas desgracias en el frente de Flandes, en 1589 se había recrudecido la guerra civil francesa entre hugonotes y católicos, tras el asesinato de Enrique III: los primeros se agruparon en torno a la candidatura de Enrique de Navarra, y los segundos formaban una liga encabezada por los Guisa. Hasta entonces Felipe II se había limitado a financiar a estos últimos, pero decidido a impedir que el navarro se hiciera con el trono, se metió en un charco que no debió haber pisado nunca, yendo demasiado lejos en su implicación. Vamos, que metió la pata hasta el cuezo; si bien era estratégicamente correcto evitar un rey protestante en Francia, Felipe tenía ambiciones que iban un poco más allá: colocar a su hija Isabel en el trono.

Consecuentemente y sin siquiera un temblor de ceja, el monarca etiquetó el conflicto de los Países Bajos como «defensivo» y pasó a emplear abiertamente tropas en Francia, en concreto los Tercios de Farnesio. Que imploró, protestó y se quejó todo lo que pudo, tratando de que el rey viera el riesgo de meterse en una nueva guerra sin cerrar la anterior, pero no hubo manera. En 1590 las tropas españolas entraron en Francia y lograron levantar el asedio protestante de París. Al regresar de la excursión, Farnesio se encontró con una ofensiva de los rebeldes, dirigidos por Mauricio de Nassau, que le golpearon bien duro, ocupando Nimega. En estas estaba cuando recibió una nueva orden de partir para Francia, cosa que finalmente hizo en 1591, a pesar de que era perfectamente consciente de que todo el frente del norte estaba en peligro de perderse por la irracionalidad del rey. Quien, por su parte, y en su estilo receloso habitual, ya había perdido la confianza en Farnesio, al que había decidido destituir mientras le aseguraba lo contrario. Afortunadamente Alejandro no llegó a sufrir tal humillación a cambio de sus excelentes servicios, puesto que murió en Arrás en 1592 mientras preparaba una tercera expedición al país vecino.

Así que la torpe política exterior de Felipe, en guerra con nada menos que tres potencias distintas, sin poder ganar ninguna, provocó que estas se aliaran; asistimos a un esfuerzo de guerra imponente pero baldío por el que mientras España irónicamente obtendrá el puerto que necesitaba (Calais), se verá impedida de utilizarlo debido a la falta de recursos (bancarrota de 1596). Desde ese mismo año el nuevo hombre fuerte en los Países Bajos era el archiduque Alberto de Austria, que a pesar de lo que indica su nombre se había educado en España, y que al igual que Farnesio era realista, inteligente y con criterio propio. Lo primero que hizo fue entablar negociaciones de paz con Francia pasando de lo que el rey decía; ni Felipe era tan tonto como para no ver las consecuencias de su política y en 1598 se firmó la paz de Vervins, lo que supuso un alivio para las arcas españolas. Antes de diñarla, el rey dejó al menos asegurado el gobierno de los Países Bajos, casando a Alberto con su hija Isabel, pasando a ser soberanos de un Flandes semiindependiente, que revertiría a la corona española si no tenían descendencia, y al mando de un ejército hispanobelga. Pero seguía en guerra con las Provincias Unidas e Inglaterra, cosa que trató de remediar el archiduque propiciando por iniciativa propia una nueva paz, esta vez con Inglaterra, firmada en 1604. De nuevo quedaban frente a frente españoles y holandeses.

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7 comentarios

  1. Ya solo el titulo del artículo suena de maravilla

  2. Manuel Tabares

    excelente articulo.. Y el epilogo es bueno, en arte xque soy muy futbolero..
    Saludos.

  3. Francisco Fábregas?¿ Ostia puta no habéis aprendido nada eh…tropezáis siempre con la misma piedra…

    • Jmsanchez1990

      Dado que la guerra de los siglos 16 y 17 la financió Castilla y Aragón (que no Cataluña, que recordemos nunca fue reino) aportó poco o nada, castellanizar el nombre pars darle un toque épico a la ironía del epílogo es uno de esos pecados que se pueden tolerar.

  4. Gran desenlace del tríptico de época.

    Enhorabuena!

    <<>>

  5. Antonio de Leyva

    Entre el «buen montón de nada» que se había ganado hasta 1648 se encuentra -en mi opinión, claro está- el mantener la guerra terrestre, en lo posible, lejos de la península ibérica (no fue así de 1640 en adelante), y sobre todo lejos de América y Filipinas. La acción se concentró en escenarios centro-europeos -y en parte italianos-, y las tierras arrasadas eran otras. Si uno hubiera vivido en aquella época hubiera notado la diferencia.

    De 1640 en adelante, todo fue cambiando:
    – La guerra de Sucesión se libró en nuestro suelo. No digamos nada de la de Independencia, la Peninsular War que dicen los ingleses, que en el torbellino napoleónico no vieron ni un tiro de cañón en sus verdes campiñas y saben lo que eso significa.
    – Y en América…, el primer intento grave se contuvo con la derrota de Vernon en Cartagena de Indias, que evitó una invasión británica (que estaba planificada en sus detalles) de Nueva Granada, y su uso como base para ulteriores avances.
    – Pero los ciudadanos de Buenos Aires tuvieron que resistir casi solos a otro intento inglés. No tanta suerte tuvo México ante los USAs en 1836 (disfrazados de texanos) y sobre todo en 1846-48, o frente a Francia en la segunda mitad de siglo.

    Todas estas «plagas» no las tuvieron los hispanoamericanos en la mayor parte de su época en la monarquía española, pues esta tenía un pararrayos impresionante en Flandes y más tarde en Italia, que atraía la mayor parte de la acción militar allá. O al menos, eso me parece.

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