La guerra de Flandes (y III): El ocaso de los Felipes

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La rendición de Breda, de Diego Velázquez.

(Viene de la segunda parte)

Por si no lleváramos pocas desgracias en el frente de Flandes, en 1589 se había recrudecido la guerra civil francesa entre hugonotes y católicos, tras el asesinato de Enrique III: los primeros se agruparon en torno a la candidatura de Enrique de Navarra, y los segundos formaban una liga encabezada por los Guisa. Hasta entonces Felipe II se había limitado a financiar a estos últimos, pero decidido a impedir que el navarro se hiciera con el trono, se metió en un charco que no debió haber pisado nunca, yendo demasiado lejos en su implicación. Vamos, que metió la pata hasta el cuezo; si bien era estratégicamente correcto evitar un rey protestante en Francia, Felipe tenía ambiciones que iban un poco más allá: colocar a su hija Isabel en el trono.

Consecuentemente y sin siquiera un temblor de ceja, el monarca etiquetó el conflicto de los Países Bajos como «defensivo» y pasó a emplear abiertamente tropas en Francia, en concreto los Tercios de Farnesio. Que imploró, protestó y se quejó todo lo que pudo, tratando de que el rey viera el riesgo de meterse en una nueva guerra sin cerrar la anterior, pero no hubo manera. En 1590 las tropas españolas entraron en Francia y lograron levantar el asedio protestante de París. Al regresar de la excursión, Farnesio se encontró con una ofensiva de los rebeldes, dirigidos por Mauricio de Nassau, que le golpearon bien duro, ocupando Nimega. En estas estaba cuando recibió una nueva orden de partir para Francia, cosa que finalmente hizo en 1591, a pesar de que era perfectamente consciente de que todo el frente del norte estaba en peligro de perderse por la irracionalidad del rey. Quien, por su parte, y en su estilo receloso habitual, ya había perdido la confianza en Farnesio, al que había decidido destituir mientras le aseguraba lo contrario. Afortunadamente Alejandro no llegó a sufrir tal humillación a cambio de sus excelentes servicios, puesto que murió en Arrás en 1592 mientras preparaba una tercera expedición al país vecino.

Así que la torpe política exterior de Felipe, en guerra con nada menos que tres potencias distintas, sin poder ganar ninguna, provocó que estas se aliaran; asistimos a un esfuerzo de guerra imponente pero baldío por el que mientras España irónicamente obtendrá el puerto que necesitaba (Calais), se verá impedida de utilizarlo debido a la falta de recursos (bancarrota de 1596). Desde ese mismo año el nuevo hombre fuerte en los Países Bajos era el archiduque Alberto de Austria, que a pesar de lo que indica su nombre se había educado en España, y que al igual que Farnesio era realista, inteligente y con criterio propio. Lo primero que hizo fue entablar negociaciones de paz con Francia pasando de lo que el rey decía; ni Felipe era tan tonto como para no ver las consecuencias de su política y en 1598 se firmó la paz de Vervins, lo que supuso un alivio para las arcas españolas. Antes de diñarla, el rey dejó al menos asegurado el gobierno de los Países Bajos, casando a Alberto con su hija Isabel, pasando a ser soberanos de un Flandes semiindependiente, que revertiría a la corona española si no tenían descendencia, y al mando de un ejército hispanobelga. Pero seguía en guerra con las Provincias Unidas e Inglaterra, cosa que trató de remediar el archiduque propiciando por iniciativa propia una nueva paz, esta vez con Inglaterra, firmada en 1604. De nuevo quedaban frente a frente españoles y holandeses.

Sin embargo, durante el reinado de Felipe III el escenario había cambiado bastante. En primer lugar, y desde la unificación hispanoportuguesa, los lusos se habían convertido en «objetivo legítimo» de la piratería holandesa que, a falta de recursos para meterle mano a las defensas españolas en América, había encontrado su agosto en el Imperio portugués del Índico. Por otra parte, la situación geoestratégica y financiera de España era mucho más delicada que antes, ya que dependía de demasiados factores externos para poder llevar adelante sus planes bélicos sin dificultades: el funcionamiento del Camino español dependía ahora del beneplácito francés y las operaciones militares de la remesa de plata americana del año, como si de una cosecha de vino se tratara. Pero como el rey estaba decidido a continuar la guerra hasta conseguir una buena posición para negociar algo (lógicamente deseaba obtener algunos resultados después de la brutal inversión realizada), asistimos a unos años de tiras y aflojas donde a resultados magníficos como la captura de Ostende en 1604 a manos del nuevo supersoldado, el brillante general Spínola, le suceden motines de los Tercios (1606) y suspensiones de pagos (1607) desbaratando cualquier campaña militar.

En vista de lo que parecía un interminable intercambio de mamporros, el pragmático Alberto llegó a acordar un alto el fuego con los rebeldes en 1607 que condujo a la firma en 1609 de la Tregua de Amberes, conocida también por la de los Doce Años. Por este tratado, España reconocía la soberanía holandesa mientras durase este, mientras que no conseguía ver asegurados los derechos de los católicos de las Provincias Unidas. A fin de cuentas, era una derrota política, militar e ideológica; el imperio había dejado buena parte de su prestigio enterrado en Flandes. Pero mucho más grave que el prestigio era la irreemplazable cantidad de dinero y hombres que yacía también en aquellos campos; comenzaba a agudizarse el declive y despoblamiento de Castilla, sacrificada por intereses dinásticos. Esto llevó a los castellanos a empezar a pensar que a lo mejor debían también arrimar el hombro otros reinos hispanos, pero esto ya es otra historia que no contaremos aquí. Por último, la cantidad de hombres extraordinariamente capaces que arruinaron sus carreras en aquellas húmedas y lejanas tierras; la política de obstinación e inflexibilidad había complicado un conflicto menor hasta límites insospechados, lección que no aprendió el presidente Johnson unos cientos de años después. Pero por el momento y a pesar de todos aquellos inconvenientes, la tregua parecía el primer paso hacia una pacificación estable. Pero solo lo parecía.

Y ahora viene un tocho explicativo sobre la guerra de los Treinta Años y la política exterior española de Olivares y Felipe IV. Para las fechas en las que expiró la tregua y España y Holanda volvieron a untarse los morros oficialmente, han pasado muchas cosas, entre las cuales la más grande es una guerra europea a gran escala, supuestamente de religión, que había comenzado en 1618 y en la que, cómo no, la monarquía Habsburgo se encontraba implicada. Se ha escrito mucho, especialmente desde el norte de Europa, sobre el catolicismo agresivo y el imperialismo español, motivos a los cuales se atribuye la intervención de España en la guerra, pero un análisis menos partidista desmonta esta versión: el imperialismo implica reclamaciones y apetencias territoriales de las que la corona española carecía. Sus objetivos se limitaban, como no se cansaban de repetir, a defender los territorios europeos patrimoniales de sus monarcas. El problema principal residía en que dichos territorios se situaban en Italia y los Países Bajos, un pelín retirados de la península, por lo que mantener el dispositivo de defensa y las comunicaciones con estas naciones lesionaban los intereses de otras potencias europeas (como Francia).

Así que, una vez estallado el terremoto checo en 1618, el juego de alianzas (en este caso con los Habsburgo austríacos, cuyos objetivos estaban más bien poco alineados con la parentela española) y la defensa de los Países Bajos arrastraron inevitablemente a España a la guerra. La rebelión de Bohemia, el Palatinado y un montón de protestantes más amenazó con interrumpir el Camino español, por lo que en 1620 España prestó ayuda monetaria y militar a los católicos austríacos y maniobró para ocupar el Bajo Palatinado y el paso de la Valtelina; a menos de un año vista de la expiración de la tregua holandesa era vital controlar la vía de Milán hasta Flandes. Por otro lado, era también imperativo mantener Flandes en contacto con territorios aliados católicos. Pero claro, por esta vía se acabó interviniendo en Alemania, rompiendo con Inglaterra, guerreando en Italia y finalmente con Francia. Casi nada.

Naves holandesas embisten galeras españolas en la costa de flamenca en octubre de 1602 (1617), de Cornelisz Hendrick Vroom.

Sí, ya estamos pringados otra vez hasta las cejas y, para colmo, menos de un mes antes de llegar al final de la tregua el rey va y se muere y le sucede un hijo aún más indolente, Felipe IV, que al menos tendrá la decencia de dejar el mando al controvertido Olivares, mucho más capaz que él. ¿Y de los holandeses qué? ¿Por qué reiniciar las hostilidades? ¿No se saltan aquí las motivaciones defensivas y se trata en el fondo de ocupar un territorio? Pues no, o no del todo. Aunque todo el mundo medianamente realista sabía que las Provincias Unidas eran un Estado soberano, estas no habían perdido el tiempo durante los años de «paz», y trataban de minar la posición española en Flandes. Además, se habían dedicado a atacar las colonias imperiales, especialmente las portuguesas, con mucho ahínco; en Holanda existía una poderosa facción partidaria de la guerra, dirigida por Mauricio de Nassau (apoyado por los más fanáticos calvinistas), que se había estado lucrando con estas guerras sucias «comerciales» y que deseaba proseguir con el saqueo a mayor escala. Por su parte, aunque en España seguía doliendo 1609 y existían partidarios de la revancha, se estuvo debatiendo hasta casi el último momento qué hacer. La recomendación de los archiduques gobernadores y de Spínola era convertir la tregua en definitiva ya que con lo que había en la caja y en plena guerra, no se podía ganar la que venía. Pero por una parte los holandeses no fueron demasiado receptivos a las distintas opciones pacíficas, y por la otra la guerra subterránea estaba ahí para quien quisiera verla. Así que como dos no se pegan si uno no quiere, y ambos lo deseaban, se reanudaron las hostilidades.

Esta fase de la guerra la trataremos más deprisita, porque aunque abarque desde 1621 a 1648, nada menos que veintisiete años, está muy mezclada y supeditada a los infortunios de la guerra de los Treinta Años, que terminó con el papel de España como potencia preponderante dejándola casi completamente arruinada. Así que se hablará de cosas que en principio parece que no tengan relación con el konflikto. Hasta 1626, y dado que las remesas americanas habían sido excelentes desde 1624, España empezó muy fuerte: en una espectacular operación se echó a los holandeses de Bahía, donde se habían colado penetrando en territorio brasileño, los corsarios holandeses habían sufrido duras derrotas frente a las defensas españolas (como las de Puerto Rico) y en Europa se logró capturar Breda, cuya rendición reportó a España un cuadro famosísimo y poco más. Olivares había planificado correctamente la guerra con los herejes calvinistas, enfocándola desde un plano económico y se había formado una flotilla que operaba desde Dunkerque para joderles un poquito el tráfico comercial.

Aunque demasiado tarde, porque en cuanto el grifo de la plata americana flojeaba, se constipaba toda la maquinaria bélica. En los años siguientes las desgracias se acumularon; Inglaterra había entrado en guerra en 1625 (haciendo el ridículo frente a Cádiz, por cierto), en 1628 el holandés Peter Heyn capturó en Matanzas a toda la flota de Nueva España en otro episodio de torpeza sin límites, esta vez por parte española. La búsqueda de aliados en el Báltico para conseguir un bloqueo eficiente a los holandeses acabó en fracaso para Olivares (y puso de relieve la poca utilidad de las alianzas Habsburgo), ya que solo consiguió alarmar a Suecia, que entró en guerra del lado protestante y para remate, el valido de Felipe IV se metió en una carísima guerrita dinástica en Mantua que involucró a Francia en el ajo. Cuando un ejército francés amenazaba Milán, Spínola tuvo que trasladarse allá, muriendo en 1630. Sin embargo, aún en pleno desastre financiero y militar, con Olivares y su equipo tratando desesperadamente de exprimir una vuelta de tuerca más a los exhaustos y raquíticos campesinos castellanos, fue posible contener a Inglaterra (paz en 1630) y Francia (paz en 1631) y de mano del cardenal-infante Fernando se consiguió entrar de nuevo en el Bajo Palatinado y arrearle un guantazo impresionante a Suecia (que hasta entonces estaba desequilibrando la guerra a favor de los herejes) en la batalla de Nördlingen. Este éxito se podría haber explotado si el vacilante emperador alemán se hubiera comprometido en la defensa de los Países Bajos y por fin la colaboración entre aliados, a la que tantos esfuerzos había dedicado España, hubiera cristalizado en algo concreto.

Pero no lo hizo, y tras quedar Suecia fuera de combate, en 1635 la Francia del cardenal Richelieu intervino esta vez del todo, irrumpiendo en los Países Bajos. El bruto del cardenal-infante logró rechazarlos y avanzar hacia París, pero desde España no había recursos para abrir un segundo frente en los Pirineos. En 1637 simplemente no había un maravedí más que rascar, y el esfuerzo de guerra de Olivares colapsó. En la década de los cuarenta se produjo una brutal crisis, expresada en las rebeliones catalana y portuguesa, producto una de los intentos de Olivares de implicar a todos en los tremendos gastos de guerra y la otra de una sedición aprovechando la debilidad española, y desde ahí todo se convirtió en una agónica carrera por firmar la paz con todo el mundo tratando de perder lo menos posible.

En 1639 el almirante Oquendo perdió toda su flota frente a los holandeses en el desastre de la batalla de las Dunas y en 1643, el gobernador de los Países Bajos, el portugués Francisco Melo, ni siquiera pudo desplegar una caballería decente en Rocroi porque los caballos eran muy caros. Aprovechando que los demás tampoco andaban muy finos tras treinta años de conflictos bélicos, y sabiendo que España estaba como loca por dejar de recibir hostias, se negoció una paz con los holandeses en Münster en octubre de 1648. Por esta paz, España reconoció finalmente a las Provincias Unidas como Estado soberano e independiente, admitió su derecho a conquistar territorio colonial portugués (aún teóricamente súbditos de la monarquía), no consiguió que tolerasen el catolicismo en sus reinos ni la apertura comercial del Escalda. Eso sí, mantuvo sus posesiones en el sur de los Países Bajos; es decir, el mismo resultado que en 1609. Sin embargo, estaba tan debilitada que era incapaz de defenderlos; tan solo veinte años después los perdía fácilmente a manos de Luis XIV. Para conseguir este buen montón de nada, el imperio se había arruinado por el camino, Castilla estaba en estado lamentable y aún quedaban diez largos años de tortazos con los franceses.

Y de esta triste manera acaba el relato de la guerra de Flandes, en la que España sepultó sus ingresos, sus hombres, su poder y su prestigio. ¿Seguro? Bueno, queda el epílogo. Final del Mundial 2010. Minuto 116 de partido, don Andrés de Iniesta y Luján recibe un pase de don Francisco Fábregas y Soler, batiendo al portero calvinista Stekelenburg de una semivolea imparable. Campeonato del Mundo para España y el conde-duque se sonríe desde el infierno. No dirán que a la postre no valió la pena la historieta.

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5 Comentarios

    • Dado que la guerra de los siglos 16 y 17 la financió Castilla y Aragón (que no Cataluña, que recordemos nunca fue reino) aportó poco o nada, castellanizar el nombre pars darle un toque épico a la ironía del epílogo es uno de esos pecados que se pueden tolerar.

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