
Ya no le quedan aristas, solamente curvas. El barro envejece así, como lo hace la propia carne. Las avenidas, las pirámides, los templos, hasta las murallas macizas se vencen como si estuvieran derritiéndose poco a poco. Mucho ha llovido sobre Chan Chan, la ciudad de adobe más grande de la Tierra(1), y con tanta lluvia hasta la geometría proverbial de los pueblos americanos ha perdido su casto nombre. LLuvia, sí. Aunque estemos en el desierto costero del norte de Perú, uno de los más áridos del planeta, solo unos grados al sur del ecuador, donde el sol es cenital y endemoniado. Aunque estemos en el mismo punto donde los chimús levantaron su gran urbe y la llamaron así, Chan Chan, con el nombre del sol dos veces, por la razón prosaica y elocuente de que hacía muchísimo sol. La contradicción es solo aparente, porque en este desierto también llueve. Vaya si llueve. Con poca frecuencia, pero con una puntualidad desoladora y con mucha intensidad. A solo unas horas de Chan Chan, en el desierto de Sechura, una masa de agua inmensa desaparece y reaparece entre las dunas varias veces en el curso de una sola generación. En 1998 llegó a tener dos mil trescientos kilómetros cuadrados, una extensión mayor que la isla de Tenerife. En 2008 regresó. A este lago intermitente lo llaman La Niña. La razón de que lleve ese nombre es también muy sencilla: su padre es El Niño.
El agua y el sol trabaron batalla en Chan Chan y el ganador fue el sol. En su nombre los incas desviaron el curso del río Moche, el que abastecía de agua dulce a la ciudad, y así le ganaron la guerra a Chan Chan. El Inca Pachacútec, aquel que heredó un pequeño curacazgo y lo convirtió en un grandísimo imperio, había encargado a su hijo y heredero la anexión del reino chimú. La guerra fue cruel y duradera, cuenta el Inca Garcilaso de la Vega (2), pero el último rey de Chan Chan, «domado ya de su altivez y soberbia», acabó postrado a los pies del mismísimo Túpac Yupanqui, el príncipe inca, el profeta del sol, cuando aquel privó del agua a su gloriosa ciudad de barro. Yupanqui fue magnánimo con el soberano, dice Garcilaso. «No había ido a su tierra a quitarle su estado y señorío, sino a mejorarle en su idolatría, leyes y costumbres, y […] si el rey Chimu temía haber perdido su estado, le hacía merced y gracia de él, para que lo poseyese con toda la seguridad, con que echados por tierra sus ídolos, figuras de peces y animales, adorasen al Sol y sirviesen al Inca, su padre»(3).
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¡A Chan Chan le daaaaaaaaaba pena…!
Siempre es una delicia leerte, no importa cual sea el tema principal de tus artículos.
Realmente notable esta lectura. Un placer leerle. Como sudamericano con antepasados aborigenes es un orgullo ver que de a poco las culturas precolombinas están ocupando el lugar que les corresponde mediantes divulgaciones como esta. Muchas gracias.
Mi abuela india me hablaba de un
tiempo pasado que no fue mejor,
parir brazos pa’ los campos de
una vida ingrata o carne de cañón
hablando mapuche o español.
Muchos quieren ver parecidos entre la arquitecuras de Mesoamérica y Egipto, pero hay mas similitud entre las arquitecturas costeras andinas y la cultura sumeria, más como un caso de evolución convergente que de influencia sumeria en el antiguo Perú, donde aunque hubo culturas urbanas que dejaron vestigios arquitectónicos lo suficiente antiguos para ser contemporáneos con los sumerios, es improbable un contacto entre los prearábigos de Oriente Medio y los preincas de Perú.
Me ha encantado esta lectura, me ha llevado nuevamente a pasear por ese hermoso lugar.
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