
Es bastante improbable que ustedes hayan visto esta película. Corría la primavera de 2010 y abandoné la sala con la sensación de que había pasado algo, pero no sabía exactamente qué. La quise ver otra vez, busqué más salas, luego el DVD, intenté descargármela… Nada. Resulta que una de las películas de surf más premiadas de la historia nunca se llegó a comercializar. Sea of Darkness se titula, o titulaba. No sé qué tiempo verbal usar en este caso.
Ha pasado ya más de una década desde aquella epifanía y, claro, el recuerdo es casi como ese sueño que uno se esfuerza en amarrar nada más levantarse de la cama. ¿Estaré mitificando algo que quizá no fuera para tanto? Es posible, pero lo cierto es que solo podemos agarrarnos al tráiler disponible en YouTube. No sé si recomendarles que interrumpan la lectura durante los dos minutos que dura para verlo y seguir después. Si prefieren dejarlo para el final, les hago un resumen. Un grupo de jóvenes australianos y estadounidenses viajan a Indonesia para buscar olas perfectas en una travesía en barco que cambiará sus vidas para siempre. Si lo dejamos aquí puede ser un guion perfecto para un telefilme de domingo de verano, pero es que hay que entender el tiempo y el contexto y, sobre todo, recordar que hablamos de un documental.
Sea of Darkness fue un trabajo de tres años para Michael Oblowitz, un sudafricano de 1952 que produjo, escribió y dirigió la película. Arranca a principios de los setenta en Bali, donde hay soldados estadounidenses y jóvenes que no pueden volver a casa porque no quieren hacer la mili, y menos en Vietnam. También hay australianos que arrastran cuentas pendientes con la justicia, californianos con el seso achicharrado por los alucinógenos y que han abrazado a Cristo (Jesus freaks, los llaman), ferroviarios de Montana que no pueden volver a calzarse las botas de puntera metálica tras probar las sandalias y otros tantos que se resisten a triturar su juventud en una cadena de producción en Detroit.
Luego está Mike Boyum. Es hijo de un piloto de la Marina estadounidense y lleva en Bali desde finales de los años sesenta. Ha crecido en todos los aeródromos en los que destinaron a su padre y es precisamente desde el aire desde donde el chaval descubre la que será su única patria: volando sobre Yakarta ha visto una ola de izquierdas increíblemente larga en un lugar de la costa de Java al que solo se puede llegar en barco. Allí, en Grajagan, levantará G-Land, oficialmente un campamento de surf, pero eso es quedarse muy corto. Se duerme en chozas colgadas de los árboles para evitar convertirse en la cena de serpientes, ratas o tigres, y, al alba, se espera en la orilla a que los tiburones desayunen para poder pillar esas olas sobre un arrecife de coral. Es el reino de Boyum, un joven carismático que se ve a sí mismo como un chamán. Extrae su credo de Las enseñanzas de Don Juan, de Carlos Casteneda, y su praxis se articula a través del ejercicio físico, una dieta macrobiótica y el consumo constante de psicotrópicos. Contra la malaria o cualquier problema de salud que pueda brotar de la selva siempre está el ayuno. Eso lo cura todo.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.







«En algún lugar de la costa de California, un hombre de sesenta y nueve años se desliza sobre una preciosa ola verde». No conozco una mejor definición del surf como forma de vida.
Aunque como entretenimiento y como deporte (y como negocio, ay!) pueda tener muchas más.
La peli está en pirate bay :v
Pirate, como no podía ser de otra manera…;)
Genial artículo, enhorabuena.
Lindo artículo. No he practicado nunca ese deporte, pero cuando voy al mar las olas me hipnotizan, y pienso que debe de ser hermoso «acompañarlas» (este verbo me gusta más) hasta que mueren.
Precioso el articulo, lleno de pasion. Gracias!