Música

Dígalo con mímica

Ennio Morricone mímica
Ennio Morricone, 2016. Fotografía: Getty. mímica

De riguroso frac, el director sube al podio y lee en su partitura: «Mover la batuta hasta que la música pare; luego, dar la vuelta y saludar al auditorio». El chiste es viejo pero efectivo. Muy pocas profesiones suscitan tantas sospechas sobre su necesidad y la idoneidad de quien la ejerce. Lo más curioso es que no solo los legos desconfían: son muchos los músicos de fila que apenas le conceden al director el talento de armar una buena agenda de conciertos y mejores vínculos con otras instituciones, incluso del mundo político. Se escriben libros para defender la actividad (El músico silencioso, del director Mark Wigglesworth, es una guía perfecta para entender los desafíos del oficio) y también para denostarla (creo no equivocarme si digo que el crítico Norman Lebrecht reunió en The Maestro Myth el más maledicente de los anecdotarios jamás escritos). Mientras tanto, la trayectoria de una enorme variedad de directores ha mostrado ser útil tanto para encontrar el sonido que identifique a su orquesta como para transformarla en metáfora de una sociedad ideal. Y hay que decir que, desde Mahler hasta Barenboim, son numerosos los ejemplos de músicos convertidos en embajadores culturales vitalicios, sostenidos por los Estados y sin previa discusión presupuestaria.

La broma aquella se sostiene en el malentendido de que el director se mueve por reacción al sonido de la orquesta cuando, en realidad, sucede todo lo contrario: afortunadamente para los oyentes, es la orquesta la que responde al gesto de su director.

Es cierto que muchas agrupaciones pueden organizarse más o menos horizontalmente, pero es falso que puedan prescindir de una dirección. Según el repertorio, a un grupo de cámara le alcanza con que uno de sus miembros marque el comienzo y el cierre de la obra. A lo largo de la historia, esa función —sí, claro, la de director— fue ejercida por un violinista o por quien tocara el teclado. Pero a medida que la orquesta se fue ampliando y diversificando, a aquel primer violín que a golpe de arco manejaba el grupo le resultó imposible registrar lo que sucedía con las otras secciones. En un primer momento, los compositores creyeron que podían ocuparse de dirigir lo que ellos mismos habían creado, pero poco a poco comprendieron que la sofisticación de sus propias obras requería de una especialización. Hacia fines del siglo XIX eran pocas las orquestas que sobrevivían sin la mímica batuta, y el siglo XX fue el de la profesionalización del puesto.

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5 comentarios

  1. El director más carismático fue Arturo Toscanini (1867-1957). El segundo, Wilhelm Furtwängler (1896-1954). Bernstein era un estadounidense, muy propenso al espectáculo.

    • Lo dices con una seguridad que parece que los hubieras visto a todos. A lo mejor sí, y eres inmortal. En ese caso, dime: ¿Era Paganini tan bueno como dicen?

      • Michelle Szell

        Vaya. El graciosillo habitual. Tratándose de música clásica, cómo no. Tiro al plato.
        Hay una encuesta realizada a músicos que evalúan muchos parámetros. Toscanini aparece por encima de todos. Poseía oído absoluto y memoria eidética y, probablemente, sinestesia. Hay anécdotas al respecto para aburrir, sobre todo de su paso por la NBC.
        Hay videos, incluso en youtube, sobre la manera de dirigir.

  2. Los directores de orquestra son como los entrenadores de futbol. Sobrevalorados por la crítica, ávida de sensacionalismos, aunque seguramente necesarios , para evitar el endiosamiento de los verdaderos protagonistas: músicos y futbolistas.

  3. Me permito sugerir el libro de H. Murakami «Música, solo música. Conversaciones con Seiji Ozawa (2011)». Las reflexiones sobre la dirección, con diversidad de ejemplos, vienen muy a cuento y las anécdotas sobre Bernstein i Karajan (con los que trabajó Ozawa) son muy iluminadoras.

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