
La imaginación es una pregunta.
(Decreación, Anne Carson)
¿Cuántos hilos teje un verso? ¿Cuántos versos resuenan en una hebra? ¿Cuántas hebras trama una palabra? Una y todas, tal vez contestaría Anne Carson. Quizá porque su obra palpita en la pregunta y en la pregunta se deshace y se renueva. La poeta, ensayista y traductora canadiense, profesora de literatura clásica, se infiltra en las células del tiempo y las mide con la agudeza del lenguaje.
La obra de Carson —una, por su unicidad, y toda, por su coherencia— se instala en el diálogo, en sus tres dimensiones (pasado, presente y futuro). Personajes y relatos míticos conversan con la pintura, el cine, la filosofía y la literatura contemporáneas, entre el verso y la prosa, en el espacio de libertad que la escritura construye. Y cada estrato revela otro sedimento, que aflora a la superficie para interpelarnos hoy con las preguntas de ayer y de mañana, una y todas. Si cada pregunta es también una invitación, te invito a acompañarme en este diálogo doble, con los textos a través de su creadora.
-I-
Anne Carson: «¿Qué desea el amante del amor?». (Eros dulce y amargo, 1986)
Eros: Completarse, esto desea. Mas sabe el amante que el deseo jamás se completa, por eso sigue vivo, en el límite entre el sujeto y el objeto, entre el tú que me hace existir como yo, y entre el yo que te hace existir como tú. Soy «un conflicto de límites», escribes. Y me preguntas por qué Safo me saborea a la vez como dulce y amargo. Traduces los fragmentos de la poeta de Lesbos y captas el eco de mi voz, tus versos susurran la tensión entre proximidad y distancia, en la que me balanceo. Y escrutas las metáforas que me escoltan: la mirada, el temblor, el calor. Y me encuentras en los poetas y los filósofos antiguos, en Emily Dickinson y Simone Weil, en Shakespeare y Flaubert, en Kafka y Simone de Beauvoir.
Porque el diálogo es el alfabeto del deseo1.
-II-
Anne Carson: «¿Qué aspecto tiene la distancia?». (Autobiografía de Rojo, 1998)
El mito: La textura de la luz, que proyecta la imagen desde el primero de los principios. Allí me escuchas, me acunas mientras me conduces hasta la otra orilla, la tuya, la nuestra. Y renazco, en la otra noche de tus versos, en el círculo pintado por la luz. Soy «una proposición de dos caras», escribes, mi vida es doble: canté y mi canto se reencarna en todas mis versiones, y en las tuyas. De Antígona rescatas el grito (tú, su traductora e interlocutora), de Helena interpretas la oda (tú, para Marilyn Monroe), de Gerión, el ser rojo de tres cabezas, entonas el himno a Heracles y al enamoramiento (tú, su biógrafa). Y me convocas en los silencios, en la distancia invisible entre lectura y escritura.
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