
Pienso que, cuando un artesano u otro que su índole destine a negocios privados, engreído por su riqueza o por el número de los que le siguen o por su fuerza o por otra cualquier cosa semejante, pretenda entrar en la clase de los guerreros, o uno de los guerreros en la de los consejeros o guardianes, sin tener mérito para ello, y así cambien entre sí sus instrumentos y honores, o cuando uno solo trate de hacer a un tiempo los oficios de todos, entonces creo, como digo, que tú también opinarás que semejante trueque y entrometimiento ha de ser ruinoso para la ciudad […]. Por tanto, el entrometimiento y trueque mutuo de estas tres clases es el mayor daño de la ciudad y más que ningún otro podría ser con plena razón calificado de crimen.
Lo dijo Sócrates en el libro IV de la República, escrito hace dos mil cuatrocientos años, y bien podría estar hablando de Napoleón o Nixon, ser palabras de Marx o Diderot o una pancarta del 15M. Lo dijo Platón, en realidad, que es quien escribió el libro, pero lo puso en boca de Sócrates. Sócrates, de hecho, apostoló todo lo que quiso, pero no escribió nada en su vida porque, nos consta, no creía en la palabra escrita. Por suerte, los hubo en la época menos outsiders que decidieron trasponer por escrito lo que dijo el maestro, conscientes de que aquel señor mayor gordito y con cara de pequinés tenía swing y tenía tronío, y por aquello tan griego de la posteridad.
Hoy, en esta modernidad que es la posteridad griega, dudamos cuánto hay de Platón y cuándo del propio Sócrates en los textos que nos han llegado, y a esto lo juzgamos importante y lo llamamos «el problema socrático», que convenimos uno de los más gordos de la historia de la filosofía. Tener problemas como el socrático es, de hecho, un problema muy de esta posteridad, en la que con frecuencia pensamos que de la cita importa más su autor y nos olvidamos —nótese, predicando con el ejemplo, que no vamos a citar al autor del proverbio— de que cuando el sabio apunta al cielo, el tonto mira al dedo.
Es de lo que va el rollo socrático, querida amiga. De sabios, de tontos y de predicar con el ejemplo. Y de hacerlo no por virtud, que según él se convierte en algo vacío cuando se pretende porque sí, sino porque practicar las ideas en la propia conducta es el único modo de conocer su ajuste con la realidad y de saber, por lo tanto, si son verdad. Es así como Sócrates prescribe que solo el actuar modélicamente, llevando una vida ejemplar y diciendo lo que se cree cierto, conduce a la sabiduría, y deduce de paso que el hipócrita no es malo, sino tonto, pues al no actuar conforme a lo que piensa, demuestra que no le interesa saber si eso que piensa es verdad. La ventaja de esta teoría, la de que solo predicando algo con su ejemplo sabremos si es cierto, es que viene con abrefácil: basta con predicar con su ejemplo para saber si, en efecto, es cierta.
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Muy buen artículo, pero en el año 4300 será el siglo XLIV, ¿no?
Sí sí claro, todos aman a Sócrates, lo recordaremos para siempre… Pero nadie se atreve ni a decir, ni a hacer siquiera el 1% de los que él hizo y dijo. Tontos hipócritas… Jaja. Y la razón es muy simple, si el precio de la verdad es ser un odioso pedante arrogante 24/7 que critica y ofende a todo el mundo, y acaba ejecutado pues, es un precio bastante alto. A caso vale la pena?? No sería más inteligente fingir ser un tonto hipócrita, y gozar de una buena posición social y conservar la vida?? Quién es el tonto al fin y al cabo??
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