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La Manquita mira al cielo

la manquita
Fotografía: Allan Baxter / Getty.

Este artículo está disponible en la revista Jot Down Places.

Subimos a las cubiertas de la Manquita ascendiendo por el interior de la torre norte hasta una terraza que cruzamos para llegar a una de las torrecillas cilíndricas (llamadas cubillos) de la fachada, y aún quedaba la mitad de la subida en caracol hasta el tejado. Visitar las catedrales para pisar sus tejados tiene algo de llegar al cielo por la vía sensorial: sientes la piedra firme de los escalones y rozas los muros que te envuelven durante todo el camino, puedes oler la humedad de las estancias desnudas que sirvieron de atalayas y también el incienso que asciende y se cuela a través de pequeños miradores abiertos al interior del templo, y eres capaz de sobrevolarlo con la vista y detener la mirada a la altura de las vidrieras, como si fueses un gorrión o una gaviota que se ha posado en el alféizar y observa desde lo alto a las personas diminutas que pululan como hormigas muchos metros más abajo. La larguísima y oscura escalera de caracol termina y al fin cruzamos la puerta que da al tejado, donde nos deslumbra una mañana de sol y azul del cielo.

La primera impresión es que hemos alcanzado la orilla del mar, pero de un mar distinto. Es un mar celestial de piedra y ladrillo que se ondula al ritmo de las bóvedas que se dibujan por debajo de nosotros. Allí abajo están los mortales, con sus ritos y sus vidas, pero aquí sopla una brisa suave, descansan las gaviotas y un brillo de luz limpia se extiende hasta el puerto y alcanza el mar, el de verdad, pero también las montañas y los cerros de la costa, se ven las azoteas, las terrazas y los campanarios de los barrios céntricos hasta los límites de la ciudad. Pienso que, en todos estos siglos, la inmensa mayoría de los habitantes y visitantes de Málaga han visto su catedral desde abajo, y muy pocos, acaso los que terminaron de construirla desde el andamio, algunos privilegiados del cabildo de la catedral y los novísimos visitantes que desde 2015 visitamos las cubiertas, hemos tenido el privilegio de ascender al cielo exterior de la catedral, al cielo que toca el cielo. Nos asomamos a la terraza del frontón inacabado entre las torres, el que da a la plaza del Obispo, y me viene a la mente el pasaje de las tentaciones de Jesús en el Evangelio, cuando el demonio lo lleva a la parte más alta del Templo y también hasta una montaña aún más alta para ofrecerle todos los reinos del mundo. Así parecía Málaga a nuestros pies. A mi izquierda se alza el basamento de la torre mutilada, que parece un gran bloque de hormigón del que no salen varillas de hierro, sino los fustes de unas columnas sin capiteles. Detrás queda el otro extremo del tejado, la cabecera del ábside, y, desde allí, ambas torres parecen un cuadro de Chirico en el horizonte del mar de olas de ladrillo. Hay una calima muy tenue que matiza los rayos del sol e imprime un cierto brillo irreal al paisaje.

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