
Parecía inevitable que Pynchon escribiera sobre el 11S. Como parecía inevitable que se tomara su tiempo para hacerlo. El tiempo del duelo, del luto, del trauma. El viejo neoyorquino septuagenario tendría que lanzarse a narrar, por fin, el día en el que dos aviones lo cambiaron todo. ¿Qué otra cosa podría hacer? Nueva York es su ciudad. La batalla de la pureza contra el mal, una de sus obsesiones. La inocencia destripada, otra. Destripada, sí.
Lo que nadie esperaba es que Pynchon hiciera lo que hace en Al límite. El maestro de los «Proverbios para paranoides» no construye una teoría de la conspiración para el 11S. En un terreno en el que la conspiranoia florece con exuberancia selvática —¿recuerdan aquello de «Ningún avión se estrelló con el Pentágono»?— Pynchon no cede a la tentación de sumarse al coro. Eso es lo fácil. Pynchon prefiere dejar el espacio sembrado de preguntas. De hipótesis oscuras como el agujero negro que queda como cicatriz de lo que un día fueron las Torres Gemelas. Pynchon nos mantiene suspendidos sobre una nube de incertidumbre. En su lectura de aquel mundo que se derrumba solo cabe una certeza: la omnipresencia de lo perverso.
El autor que se metió en el corazón de la Alemania nazi en El arco iris de gravedad y llamó a aquel oscuro viaje iniciático «En la Zona» se adentra en otro espacio del mal: la oscuridad de la Zona Cero, donde una fuerza diabólica instaura un pedazo de nada, una puerta mística que deja al descubierto un yacimiento de corrupción.
Es el primer día de la primavera de 2001. Maxine es una investigadora de seguros a la que han retirado la licencia que recibe la inesperada visita de un preocupado examante. Reg, un cámara freelance, ha sido contratado por el magnate de la informática Gabriel Ice para hacer unos vídeos hagiográficos de su empresa —una fulgurante compañía informática en los tiempos más hinchados de la burbuja del puntocom—. Pero Reg descubre algo turbio en la empresa y, tirando del hilo, Maxine llega a un terreno tan resbaladizo como el suelo manchado de sangre y semen de un apartamento de extrarradio. De paso, descubrirá Deep Archer, un mundo paralelo versión beta en la internet profunda diseñado por dos antiguos socios de Ice, Justin y Lucas —dos informáticos que representan la inocencia geek.
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