
Querida Noemí:
Te conozco desde que iba al colegio, y eso que todavía no existía Paquita Salas. Y en el instituto y la universidad también me hablaron de ti, ya con más profundidad. Los pícaros, me enseñaron entonces, son algo característicamente español. No los de la vida real, cuidado: de esos hay en todas partes. Me refiero a los de ficción, como tú. En particular, a los del Siglo de Oro, cuando cuajó la picaresca. ¿Te suenan de algo, Noemí, personajes como Lázaro de Tormes, Guzmán de Alfarache o el Buscón, por citar solo a los más conocidos? No te ofendas, pero yo creo que no. Esto se enseña en la universidad normal y los pícaros soléis presumir de haber ido a la universidad de la vida. Tú lo llamas de otra forma: ser community manager de la vida. Y a community manager de la vida, estaremos de acuerdo, no se llega leyendo a Quevedo.
No es un reproche, al contrario: lo que yo siento por ti es admiración sincera. ¿Tú sabes lo bien que viene esa desenvoltura tuya con las intrigas, esa aptitud para el chanchullo, ese nadar como los patos entre mangoneos y tejemanejes? Ya te lo respondo yo, que fui a la universidad donde no se aprende todo eso: viene muy bien, Noemí. Pero que muy bien. Y a fin de cuentas, es precisamente lo que os convierte a los pícaros en unas criaturas narrativas tan raras: sois los villanos y los héroes de la historia, ambas cosas a la vez. ¿Y eso no es un antihéroe?, te preguntarás quizás. Respuesta: no. Un antihéroe es un héroe con cualidades atípicas, pero virtuoso en última instancia. Y tú de virtuosa no tienes ni una miaja, así te lo digo en tu cara misma. Eres una lianta consumada, un desastre ambulante y tienes más peligro que un mono con dos pistolas. ¿Por qué no podemos dejar de mirarte en Paquita Salas, entonces, y de quedarnos fascinados por estas cualidades tuyas, como llevamos siglos haciendo con las del Lazarillo, don Pablos y todos los demás? Ah, amiga, es que esa es la grandeza de la picaresca. Parece un género moralizante, algo que va sobre cómo los sinvergüenzas acaban recibiendo su merecido, y luego resulta que no lo es. Las palabras dicen unas cosas y entre líneas se cuentan otras. De todas las estafas que hay en un buen libro sobre pícaros, la mayor es la narrativa.
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