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Carta de amor a Noemí Argüelles

Yolanda Ramos como Noemí Argüelles en Paquita Salas, 2019. Fotografía: Netflix.
Yolanda Ramos como Noemí Argüelles en Paquita Salas, 2019. Fotografía: Netflix.

Querida Noemí:

Te conozco desde que iba al colegio, y eso que todavía no existía Paquita Salas. Y en el instituto y la universidad también me hablaron de ti, ya con más profundidad. Los pícaros, me enseñaron entonces, son algo característicamente español. No los de la vida real, cuidado: de esos hay en todas partes. Me refiero a los de ficción, como tú. En particular, a los del Siglo de Oro, cuando cuajó la picaresca. ¿Te suenan de algo, Noemí, personajes como Lázaro de Tormes, Guzmán de Alfarache o el Buscón, por citar solo a los más conocidos? No te ofendas, pero yo creo que no. Esto se enseña en la universidad normal y los pícaros soléis presumir de haber ido a la universidad de la vida. Tú lo llamas de otra forma: ser community manager de la vida. Y a community manager de la vida, estaremos de acuerdo, no se llega leyendo a Quevedo

No es un reproche, al contrario: lo que yo siento por ti es admiración sincera. ¿Tú sabes lo bien que viene esa desenvoltura tuya con las intrigas, esa aptitud para el chanchullo, ese nadar como los patos entre mangoneos y tejemanejes? Ya te lo respondo yo, que fui a la universidad donde no se aprende todo eso: viene muy bien, Noemí. Pero que muy bien. Y a fin de cuentas, es precisamente lo que os convierte a los pícaros en unas criaturas narrativas tan raras: sois los villanos y los héroes de la historia, ambas cosas a la vez. ¿Y eso no es un antihéroe?, te preguntarás quizás. Respuesta: no. Un antihéroe es un héroe con cualidades atípicas, pero virtuoso en última instancia. Y tú de virtuosa no tienes ni una miaja, así te lo digo en tu cara misma. Eres una lianta consumada, un desastre ambulante y tienes más peligro que un mono con dos pistolas. ¿Por qué no podemos dejar de mirarte en Paquita Salas, entonces, y de quedarnos fascinados por estas cualidades tuyas, como llevamos siglos haciendo con las del Lazarillo, don Pablos y todos los demás? Ah, amiga, es que esa es la grandeza de la picaresca. Parece un género moralizante, algo que va sobre cómo los sinvergüenzas acaban recibiendo su merecido, y luego resulta que no lo es. Las palabras dicen unas cosas y entre líneas se cuentan otras. De todas las estafas que hay en un buen libro sobre pícaros, la mayor es la narrativa.

Habrás notado que te comparo con los pícaros del Siglo de Oro, pero no con las pícaras. Que también las hubo, no te creas que no. La más famosa, seguramente, es la Celestina, aunque sea un poco anterior y el libro al que da nombre no se pueda considerar netamente picaresco. También se me ocurren Aldonza y Justina, las protagonistas de La Lozana andaluza y La pícara Justina. Digo que no te pareces a estas pícaras porque todas se dedican al proxenetismo y la prostitución. Las dos primeras, abiertamente; la tercera, de forma disimulada, aunque también instrumentaliza el sexo para medrar a costa de los hombres, que no deja de ser otra forma de comercio carnal. Francisco López de Úbeda, a quien se suele achacar su creación, dice en el prólogo que su novela va sobre «los peligros en que se pone una libre mujer que no se rinde al consejo de otros» y que gracias a ella, «todos los hombres, de cualquier calidad y estado, aprenderán los enredos de que se han de librar, los peligros que han de huir, los pecados que les pueden saltear las almas». Fíjate tú, eh, lo bueno y lo abnegado que era Francisco López de Úbeda, que se metió en un género que era moralizante solamente en apariencia y acabó escribiendo un libro moralizante de verdad.

Las pícaras nunca han sido iguales que los pícaros, Noemí. No les han dejado serlo. En lo formal, porque suelen ser rameras y no pocas practican la brujería; y en lo esencial, porque la gran mayoría no tienen nobleza (detalle importante: es la cualidad redentora del pícaro) y no mueven la admiración. Enriqueta Zafra, hablando del lector ideal al que se dirigían estos libros, escribe en un ensayo que «la picaresca femenina en general se convierte en un espacio lúdico donde el lector hombre puede aprender y disfrutar a distancia y sin repercusiones directas —sífilis, robos y engaños— de estas mujeres». Pon cuidado: esto es un asunto complejo y no queda resumido, ni muchísimo menos, en una frase como esa, por más que acierte en lo esencial. No es que esta clase de literatura esté mal, por supuesto, pero en fin: estaría mejor más repartida. Si las mujeres de antaño hubieran podido disfrutar de un espacio lúdico como ese, en lugar de tener que protagonizarlo. No te aburro con obviedades, que esto es una carta de amor. Si te interesa el asunto, te recomiendo un libro de Zafra, Prostituidas por el texto. Discurso prostibulario en la picaresca femenina, donde ahonda en la figura de la pícara-prostituta, como la llama ella, con los ejemplos literarios que te pongo en esta carta y alguno más, incluyendo las mujeres del Quijote, La hija de Celestina y otros clásicos. Es fabuloso.

Pero las cosas habrán cambiado, dirás. Desde el siglo XVI han pasado cuatrocientos años y pico. Ay, Noemí. Sí y no. Sí, porque aquí estamos, hablando de ti, y no, porque si hablamos de ti es porque todavía constituyes una excepción. En todo caso, te habrás dado cuenta ya de por qué te quiero tanto. Hay muchos hombres como tú en la literatura, el cine y la televisión, pero muy pocas mujeres. Y que tengan la esencia de los grandes pícaros hispanos (ese desparpajo, más que astucia; ese cutrerío, más que pobreza; ese entrar por las puertas como si fueras el sursuncorda), yo solo te recuerdo a ti y a ciertos personajes femeninos de Terenci Moix. ¿Será cierto que acabarás protagonizando un spin-off, como se dice desde hace tiempo, o que reaparecerás en la cuarta temporada de Paquita Salas, si acaso llega a hacerse? Ojalá que sí. Díselo a Yolanda Ramos y a los Javis cuando los visites en sueños, por favor. Y si te responden que estás mejor así, reposando dormidita entre las páginas de un guion cerrado, les dices de mi parte que menuda tontería. A los grandes personajes no se les desea lo mejor, que es dejarlo en todo lo alto para que luego los recordemos en su mejor estado de forma. A los grandes personajes se les quiere ver en la pantalla hasta que mueran por extenuación. Eso quisiera yo, Noemí: verte tanto que te acabe aborreciendo. ¿Te han dicho alguna vez algo más bonito que eso?

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