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La Ilustración: luz de época que iluminó una enciclopedia, un viaje y el lenguaje marginal

Ilustración de Pablo Amargo.
Ilustración de Pablo Amargo.

1. To dance upon nothing: ser ahorcado.*

Pensamos que el objeto de la vida es la búsqueda de la felicidad. Pero tal vez estemos equivocados, y la máxima aspiración de cualquiera sea perseguir el conocimiento. Porque también allí debe esconderse el secreto de cómo ser felices. Se trata de saber cómo saber. Algo que se abre, algo que se ilumina, algo que se nombra, se explica, que adquiere significado.

A este tiempo en el que la razón se antepuso a todo lo demás se lo llamó Siglo de las Luces, o Ilustración, y sucedió en Europa primero y en el resto del mundo después, entre los años 1701 y 1800.

Fue un tiempo en que los hombres, como niños que descubren el mundo a su alrededor, se permitieron pensar que lo que dictaban la religión, la aristocracia y los amos —o sea, todos aquellos que ostentaban el poder— no era lo mismo que deseaban decir ellos, ni lo que pensaban ni lo que sentían.

Por eso era necesario poner luz sobre la razón y sobre las sombras que resguardaban los males de la sociedad. Por eso era necesario, en definitiva, liberar a los hombres de la ignorancia para que pudieran reconocer su propia valía.

Este viaje hacia la luz de la Ilustración lo haremos junto a tres de los textos más interesantes de la época y sus autores:

Denis Diderot brilló desde el centro mismo de la Ilustración con su afán de cartografiar el conocimiento del mundo y domesticarlo, en esa inmensa obra que fue la Enciclopedia francesa.

Desde la orilla irlandesa, Jonathan Swift proyectó una luz necesaria para exponer la ridiculez humana en su obra literaria más conocida: Los viajes de Gulliver.

Y, por último, Francis Grose, iluminando veladamente las esquinas de la marginalidad y el lenguaje vulgar de los que no tenían lugar en ninguna enciclopedia, en su Diccionario de la lengua vulgar.

2. Dog booby: estúpido, torpe.*

En 1747, el editor André Le Breton, quien había obtenido una licencia para traducir al francés la enciclopedia inglesa de Ephraim Chambers, Cyclopædia or An Universal Dictionary of Arts and Sciences, encargó a Denis Diderot y a Jean Le Rond d’Alembert —matemático y físico— continuar la tarea que venía realizando un abate que no era de su agrado.

Se iniciaron así veinte años de trabajo que darían como resultado la Encyclopédie, ou Dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers: diecisiete volúmenes con más de setenta mil artículos, once volúmenes de láminas, dieciocho mil páginas de textos. Y una obra muy alejada de la inglesa, porque desde el comienzo Diderot decidió no limitarse a la mera traducción, sino crear una obra que fuera un instrumento de cambio, un agente capaz de instalar los tiempos de la razón y el libre pensamiento. Textos vivos que reflejaran los secretos del arte, de la economía, del mundo, de los oficios, de la moral y la ética, de la biología, etc.

No estaban solos Diderot y D’Alembert. A ellos se sumó una cofradía de colaboradores cuyos nombres aún resuenan: Voltaire, Rousseau, Montesquieu, además de médicos, naturalistas, exploradores, economistas, filósofos.

Fue tiránica la tarea de concentrar el saber de siglos en una enciclopedia, y la persecución, la censura, las sanciones cayeron sobre sus autores sin lograr callarlos. Los motivos fueron de lo más variados: difundir el pensamiento ilustrado, cuestionar la autoridad, documentar los oficios manuales al mismo nivel que el saber intelectual; bordear, en los artículos, los límites de lo conflictivo, lo subversivo, y poner en duda lo que no podía explicarse racionalmente.

En esas décadas difíciles muchos colaboradores fueron yéndose. Hasta D’Alembert abandonó la aventura, y fue Diderot quien escribió el punto final.

3. Sugar stick: miembro viril.*

¿Quién era Denis Diderot?

Nacido en Langres, Francia, un 5 de octubre de 1713, murió en París el 31 de julio de 1784. Fue uno de los siete hijos (solo tres llegaron a la edad adulta) de un maestro cuchillero, experto en instrumentos quirúrgicos y religioso, y de Angélique Vigneron.

Se convirtió en profesor a los diecinueve años, luego de recibir educación gratuita en un colegio jesuita, y desde allí el joven Denis se dedicó con ahínco a la rebeldía, la vida bohemia, las causas nobles y el Conocimiento (con mayúscula): estudió leyes, escribió novelas, diálogos filosóficos, obras de teatro, fue crítico de arte e intelectual por excelencia. Todo aquello en contra de los deseos del padre, cuyo único anhelo era ver al hijo convertido en clérigo, y que llegaría incluso a recluirlo en un monasterio del que nuestro protagonista escaparía por una ventana.

Nada en la vida de Diderot sucedió según los deseos paternos. Se casó en secreto con una costurera que carecía de dote, Anne-Antoinette Champion (lo suyo no sería la monogamia), tuvo tres hijos que no sobrevivieron y, por fin, la cuarta y amada Angélique.

Los días de Diderot consistían en escribir, traducir, pasar las tardes en cafés con sus amigos intelectuales y las noches con una serie de amantes más o menos estables; distanciarse de la religión, asumirse deísta primero y ateo después. Declarar que la razón era la auténtica fuente de la religión. Seguir escribiendo, ser denunciado, pronunciarse contra la esclavitud, que las autoridades quemaran algún libro suyo, seguir escribiendo, oponerse a la pena capital, no dejar de escribir.

Y de pronto, llegó un encargo relacionado con una enciclopedia.

4. Eternity box: ataúd.*

El conocimiento es poder.

Y para la Iglesia y las monarquías, que estaban a cargo del poder en el siglo XVIII, ofrecer conocimiento al pueblo no era más que un riesgo. Incluso, un delito.

Diderot, para colmo, ya andaba metido en problemas. En 1749 fue encarcelado en la prisión de Vincennes por una obra considerada subversiva y atea: Carta sobre los ciegos para uso de los que ven.

En este ensayo filosófico, en el que trabajó de forma paralela a la edición de la enciclopedia, Diderot hace decir a su personaje ciego que, si lo que le permite conocer el mundo material es el sentido del tacto, la lógica indica que necesita tocar a Dios para hacerse una idea de él.

En la cárcel, el Diderot de la Razón no encontró a qué aferrarse. Suplicó por su vida, por su familia, por la Enciclopedia. Lo que fuera que hizo o dijo, funcionó. Luego de tres meses de prisión recuperó la libertad, logró buena publicidad para la enciclopedia y regresó al trabajo con una fuerza nueva.

También, con un nuevo saber. Ya no podía ser tan directo ni tan osado ni tan libre en su escritura. Desde entonces, muchos de los artículos de la Enciclopedia se camuflaron, parecían decir una cosa para decir otra, se escondían detrás de ironías, guiños y dobles sentidos.

Había que disfrazar el conocimiento para que llegara a quienes debía llegar.

Por ejemplo, el texto sobre Caníbales, a cargo de Voltaire, utilizó las costumbres antropófagas de algunas tribus para hablar, en verdad, de que era más digno «almorzar» al enemigo caído en batalla que someterlo a torturas como hacían los europeos.

Y la entrada sobre Autoridad política, escrita por el mismo Diderot, era en realidad una crítica al absolutismo monárquico, detrás de la idea de que ninguna sociedad podía sobrevivir sin leyes consensuadas.

De ese modo, una enciclopedia para lectores ilustrados, capaces de hallar esos indicios, esas chispas de conocimiento, convivía con la enciclopedia literal que no escondía ningún peligro, ninguna rebeldía, ninguna ofensa.

5. Rump and kidney men: músicos que tocan en ferias y bodas para aprovechar los restos de comida.*

Mientras Diderot insistía en que debía ser el racionalismo el que rigiera los destinos de la humanidad, otro escritor se obsesionaba por criticar y burlarse de los conocimientos vacíos, de los filósofos y sus teorías absurdas, de los políticos, la aristocracia, el autoritarismo.

¿Quién fue Jonathan Swift?

Escritor satírico angloirlandés, nació en Dublín el 30 de noviembre de 1667 y murió en la misma ciudad un 19 de octubre de 1745.

Hijo póstumo de un padre abogado que no llegó a cubrir sus múltiples deudas, la madre, Abigail Erick, lo dejó al cuidado de su tío Godwin Swift, otro hombre de leyes pero acomodado y educado, con recursos suficientes para criar al pequeño Jonathan.

Al tío, sin embargo, el niño le resultó una carga incómoda y no se interesó en relacionarse con el sobrino, aunque le ofreció educación y poco más.

Alguna vez Swift escribió, sobre el tema, que recibió «la educación de un perro»: una supervivencia a base de sobras, becas y favores.

Como si su biografía no fuera ya lo suficientemente interesante, como si no alcanzara para intuir el desarrollo de la mirada crítica del joven Jonathan: algo de resentimiento, la injusticia sufrida en carne propia… Era apenas un bebé cuando fue llevado (o secuestrado) a Inglaterra por una nodriza, y allí vivió sus tres primeros años —por lo que el inglés fue su lengua nativa—, sin que nadie lo reclamara. Hasta que la mujer ya no pudo mantenerlo, o esperaba una compensación que no llegó, y lo regresó con la familia irlandesa, de la que el niño no sabía nada.

La vida del escritor parecía ser, desde el comienzo, una gran sátira.
Él devolvería el favor en forma de literatura, iluminando las miserias humanas.

6. Bone box: la boca.*

En 1694, Swift fue ordenado sacerdote anglicano y se hizo cargo de una parroquia en Kilroot, Irlanda del Norte. Desde allí comenzó un recorrido por otras iglesias, se doctoró en Teología y, mientras tanto, escribió panfletos y textos satíricos en los que no perdonó a nada ni a nadie: antiguos contra modernos; a favor del partido político whig y luego a favor del partido contrario, los tory; en defensa del cristianismo ante sus críticos; en respaldo del comercio irlandés.

Hombre inteligente, Swift acostumbraba firmar sus trabajos con diferentes seudónimos: Lemuel Gulliver, M. B. Drapier, Isaac Bickerstaff, Simon Wagstaff.

Luego de su paso por la política y de perder el puesto de obispo que deseaba, Swift regresó a Irlanda y allí escribió un texto precursor del humor negro más audaz: A Modest Proposal (1729), un relato en el que sugiere que el modo de acabar con la miseria de los campesinos… es que los terratenientes se coman a los hijos de los pobres.

Ahora, sin embargo, toca regresar un par de años en el tiempo y hablar de esa obra fundamental que fue Los viajes de Gulliver.

7. Sheriff´ bracelets: esposas.*

Travels into Several Remote Nations of the World, in Four Parts. By Lemuel Gulliver, First a Surgeon, and then a Captain of Several Ships, obra que conocemos como Los viajes de Gulliver fue publicada en cuatro entregas en 1726. Este recorrido que inició el tal Gulliver y que lo llevará por cuatro sitios diferentes consistió, en verdad, en una crítica a la guerra religiosa (protestantes contra católicos); a la crueldad de la burocracia; a la razón sin emoción; a la ciencia sin sentido común; al gobierno británico; al discurso enciclopédico (ey, Diderot, atención, Swift desconfiaba del orden que intentabas construir); a la división entre sabios y pueblo; a la idea de que narrar el mundo era comprenderlo; a la propia humanidad.

Swift no dejaba nada del mundo en el que vivía sin satirizar.

En Liliput, el país de las personas diminutas, por ejemplo, criticó la política, las guerras religiosas, el absolutismo y la ridícula pompa de las cortes de la época.

En Brobdingnag, el país de los gigantes, le tocó el turno al colonialismo europeo y la ciencia.

En la isla voladora Laputa (así como se lee, del español) regresó a la ciencia alejada de las necesidades de la gente y a los intelectuales que parecían desconocer lo que era la vida real.

Y en Houyhnhnms, el país de los caballos racionales y los humanos salvajes (Yahoos), el tiro llegó al centro del mismo pensamiento ilustrado, al satirizar la idea optimista del progreso y de la naturaleza humana. 

Escritor genial, observador incisivo, Gulliver-Swift paseó a los lectores por un universo político, social y filosófico demasiado brutal (también real), en donde no había redención ni moraleja ni aprendizaje al llegar al final, y en el que el protagonista terminaba hundido en la desesperanza, el desencanto y la misantropía.

8. Bitch: perra (el apelativo más ofensivo que se le puede dar a una inglesa, incluso más provocador que el de puta).*

Para Swift, la luz de la Ilustración necesitaba ser filtrada, puesta en duda. Nada —ni siquiera el conocimiento— era absoluto. Nadie era perfecto.

La obra de Swift fue tan única, mordaz y radical con su tiempo que los propios editores del siglo XVIII comenzaron a editarla en las siguientes reimpresiones, eliminando los pasajes más oscuros y escabrosos, retocando las diatribas filosóficas y los finales sin moraleja.

Los viajes de Gulliver quedó sepultado bajo versiones moralistas e inofensivas, y se convirtió en un texto fantástico de aventuras. Un gigante entre seres minúsculos, un ser minúsculo entre gigantes. Poco más.

Swift, que detestaba la estupidez y la hipocresía, hubiese escrito páginas de la mejor sátira con esta traición cultural sobre su texto más conocido.

Hoy es parte del canon de la literatura infantil, y la isla de Laputa —que simbolizaba la explotación de Irlanda por parte de Inglaterra— pasó a llamarse, en distintas traducciones, Lupata, Laput o Lapuda.

9. Arsy yarsey: enamorarse perdidamente.*

Mientras Diderot catalogaba, ordenaba y acumulaba conocimiento, y mientras Swift exponía la hipocresía de la sociedad a través de la sátira, un tercer hombre recopilaba el ingenio de la calle, el caos lingüístico de lo marginal, la transgresión verbal de los bajos mundos, los códigos de un pueblo que no sabía de enciclopedias ni de novelas de aventuras y que, posiblemente, ni siquiera sabía leer.

¿Quién era Francis Grose?

Nacido en Londres en 1731, fue el mayor de siete hijos de un inmigrante suizo —joyero— y de un ama de casa, y falleció en 1791 en Dublín mientras seleccionaba material sobre antigüedades irlandesas.

Capitán militar escocés, corneta del regimiento de dragones, destacado dibujante, anticuario y lexicógrafo; casado con Catherine Jordan de Canterbury, fue padre de diez hijos (de los cuales seis llegaron a la edad adulta). Los datos, sin embargo, no cuentan lo interesante: durante años, este hombre de figura corpulenta y verbo ágil se dedicó a recorrer pubs, puertos, cuarteles, prisiones, prostíbulos y barrios de mala fama, junto a su fiel asistente Tom Cocking, para registrar el habla cotidiana, que luego volcó en su A Classical Dictionary of the Vulgar Tongue (1785).

El diccionario recopilaba nueve mil palabras de la jerga popular inglesa: el argot del hampa, el lenguaje universitario, el dialecto callejero, además de insultos, expresiones grotescas y eróticas.

10. Babes in the wood: criminales en el cepo.*

Para Grose, esta tarea —que implicaba mucha escucha, muchos tragos compartidos y mucha noche— no significaba, de modo alguno, un mero entretenimiento, sino un verdadero trabajo lexicográfico destinado a comprender el impacto moral y social del lenguaje vulgar.

Su estudio buscaba echar luz sobre las siguientes cuestiones: ¿cómo se transmitía y sobrevivía este tipo de lenguaje?, ¿qué relación tenía con los géneros y las clases sociales?, ¿cómo debía catalogarse?, ¿surgía espontáneamente o perseguía un objetivo? Sí. Uno de los propósitos de las lenguas vulgares era ocultar significados. Por eso Grose llamó St. Giles’s Greek al argot que se hablaba en el barrio londinense de St. Giles, un sitio habitado por ladrones y cercano a la prisión de Newgate. Porque, argumentaba, se trataba de un lenguaje incomprensible para la élite, del mismo modo que lo era el griego clásico.

A diferencia de Diderot y de Swift, Grose no fue censurado ni perseguido. Su diccionario irreverente circuló entre público culto, escritores, dramaturgos e incluso policías. Para algunos, se trató de un modo de ampliar el propio vocabulario, de entender al otro y de registrar el lenguaje que era censurado o desafiaba el discurso oficial. Para otros, no fue más que un divertimento.

11. Ars Musica: rascarse el trasero mientras se imagina música.*

La luz que se encendió en el siglo XVIII nunca se extinguió. Al contrario, encendió nuevos focos de saber, nuevos deseos de libre expresión, de libertades civiles, de democracias.

Algo se enciende en el presente cada vez que buscamos comprender el pasado.
A Diderot le debemos la circulación del conocimiento. A Swift, la posibilidad de contar las miserias del mundo a través de la ironía. A Grose, que lo marginal también forma parte del todo.

Decíamos al comienzo, sin embargo, que el objeto de la vida es la búsqueda de la felicidad. Y que acceder a la razón podría ser un camino.

No hemos podido confirmar esta teoría. Diderot y Swift no fueron hombres felices. Y Grose, tal vez, bebía demasiado como para ocuparse de la felicidad.

Habrá que seguir buscando esa sabiduría. En algún sitio tiene que estar.


*De A classical dictionary of the vulgar tongue (1785).

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Un comentario

  1. Manuel Queimaliños Rivera

    Disfrute total. Gracias.

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