
Hubo un día en que la Vuelta a España se percibía como el primo díscolo pero igual de musculado que el Tour. En las cunetas de abril, cuando aún se corría en primavera, olía a azahar. El pelotón entero se ponía serio: los franceses guardaban respeto, los italianos olfateaban etapas, los belgas venían con sus clasicómanos reconvertidos en cazaetapas. La ronda española, sobre la que pueden consultarse sus apuestas, pronósticos e información deportiva en Sportytrader, competía con la francesa por ser la más importante del calendario, mirándole de tú a tú a la Grande Boucle, con el Giro en esa eterna persecución en la que siempre parece estar a punto de alcanzarla pero nunca lo consigue.
Hoy el panorama es otro. La carrera francesa ha cogido la escapada buena y se ha aliado con todos los vientos. Patrocinadores con chequera gorda, imágenes en alta definición de París y de los Campos Elíseos, un relato que vende más que cualquier premio de montaña. Y la Vuelta, mientras tanto, esperando que la tele enfoque a un puerto asturiano para que el mundo recuerde que aquí también hay épica. El ciclismo moderno ha afinado hasta el milímetro los calendarios, y en esa calculadora la ronda española paga la factura. Los grandes nombres priorizan Francia y, si acaso, el Giro. España queda para quien llega sin gasolina del Tour o para quien ha marcado en rojo septiembre como objetivo secundario.
Este año una baja es insustituible. Tadej Pogacar, ese chaval que en París se ha coronado como el mejor del mundo, ni se asoma. Su ausencia es un agujero en el relato, un hueco que no se llena con discursos sobre oportunidades para otros. En cambio, sí estará Jonas Vingegaard, danés de perfil hierático y piernas de metróronomo, el hombre que hace parecer fácil la tortura de un puerto de primera. Junto a él, un español que promete incendiar cunetas: Juan Ayuso. Y un portugués con cara de seminarista aplicado y piernas de hereje: Joao Almeida. Entre los dos, dicen, podrían inquietar al segundo mejor del pelotón.
No todo son certezas. Enric Mas se ha quedado fuera por culpa de una tromboflebitis, palabra que suena a anatema médico y que, traducida al idioma de la carretera, significa que el Movistar pierde a su jefe de filas. Nairo Quintana, que venía con ganas de reivindicación, se ha ido al suelo en la Vuelta a Burgos y su presencia cuelga de un hilo. Aun así, la lista de aspirantes no es desdeñable: Carapaz, el ecuatoriano de sonrisa breve; Ciccone, ese italiano que parece sacado de una película de Sorrentino y sube como si la carretera le debiera algo; y todo un pelotón de cazadores de gloria.
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¿No aparece la firma del autor?
feísimo lo de meter publi de una web de apuestas en un medio como JotDown no?