
Querido Vincent, querida hermana… Las otras cartas de los Van Gogh
«Mi querida hermana: Muchas gracias por tu carta, que esperaba ansiosamente. Soy reacio a abandonar mi inclinación a escribirte con frecuencia o a engatusarte para que tú hagas lo mismo. Toda esta correspondencia no siempre contribuye a dar fuerza a aquellos de nosotros con temperamento nervioso cuando estamos inmersos en el tipo de melancolía al que te referías en tu carta y que yo experimento de vez en cuando».
Esas líneas las escribía Vincent van Gogh en Arles en 1888, un par de años antes de su suicidio. En esa época estaba muy apegado a su hermana menor, Willemien, y le escribía con frecuencia y con franqueza. También escribía —había escrito, mejor dicho, pues andaba peleado y distante— a sus otras dos hermanas: Anna y Elisabeth. Muchas de esas cartas no se conservan, pero se sabe de su existencia porque se hace referencia a ellas en otras: escribiéndose todos a todos todo el rato, los Van Gogh inventaron el chat «familia» siglos antes de que WhatsApp permitiera su existencia.
«Toda la familia tiene sus secretos»
Así lo escribió Elisabeth van Gogh, la hija mediana del matrimonio que habían formado Theodorus van Gogh y Anna Cornelia Carbentus en 1851, y que tendría una nada desdeñable producción literaria. Ella se refería —en ese epígrafe de su libro Proza— a las particularidades y secretos de la familia que ella misma había formado junto al hombre a cuya mujer fue a servir y con el que tuvo una hija, antes de que muriera su jefa, y cuatro más, una vez murió y se legalizara la situación. Los secretos tienen sus niveles y ese no estaba nada mal.
La frase, sin embargo, también valía para la familia que la había visto nacer después de Theo van Gogh; de la hermana mayor, Anna; y del primogénito, Vincent. Este había nacido justamente un año después de que su madre alumbrara a un niño que nació muerto y cuyo nombre era Vincent también. Aún hay más. Después de Elizabeth llegarían los benjamines Willemien, la pequeña Wil, la hermana favorita del pintor; y Cornelius. Entre todos esos miembros sumaban, en el haber de secretos familiares, además de la mencionada desgracia del niño muerto y reencarnado en Vincent van Gogh, una nieta abandonada (y nunca olvidada por sus padres); problemas de salud mental e internamientos; suicidios probados o probables, y todo ello aparte de las tradicionales y más habituales disputas y rencillas.
La década que va de 1890 a 1900 fue especialmente dura para la saga. En ella murieron los tres varones. El primero, Vincent, por suicidio. Theo, medio año después, de sífilis y tras agravarse su mala salud después de la conmoción que le supuso la muerte de su hermano. Y Cornelius, en Sudáfrica, en el contexto de la segunda guerra de los bóers y mientras intentaba recuperarse en el hospital de sus heridas: se le disparó el arma… o simplemente se disparó. Su madre creyó que murió en el frente.
En el siglo XX, por tanto, solo entraron las mujeres que llevaban el apellido Van Gogh: la madre y las hijas Anna, Lies y Wil. El historiador del arte y ensayista Willem-Jan Verlinden se fijó en estas últimas para dar cuenta de sus vidas, de sus intereses e inquietudes artísticas, literarias y sociales. Por el camino, obviamente, se desvela una historia personal de Vincent van Gogh menos conocida que se recoge en la obra Las hermanas Van Gogh (Cátedra).
Willemien y Vincent van Gogh: almas gemelas
Una norma no escrita dictaba, en el siglo XIX, que la hija menor de la familia era la encargada del cuidado de los padres. En el caso de Willemien, esto fue así; ella fue la que siguió y acompañó a su madre viuda en sus cambios de residencia, por ejemplo. Pero eso no quería decir que no tuviera inquietudes. Le interesaba la literatura y era una ávida lectora a la que Vincent retrató justo así en su cuadro titulado La lectora de novelas. También en sus cartas se hacían recomendaciones y sugerencias. Vincent fue su gran mentor en la literatura francesa, y lo hizo a partir de sus inclinaciones personales: «Yo lo que necesito sobre todo es reírme a gusto», le escribía a su hermana en 1887. «Encuentro eso en Guy de Maupassant, y hay aquí algunos otros, Rabelais, entre los antiguos…». Cita también al filósofo Voltaire en Cándido, pero cuando la cosa se pone seria y de lo que se trata es de satisfacer «la necesidad que tenemos de gente que nos diga la verdad», Vincent echaba mano de los naturalistas: Zola, Flaubert, De Goncourt, Daudet y Richepin entraban, entre otros, en su lista de recomendaciones.
Esa carta que escribía Vincent respondía a una anterior en la que la hermana había incluido un relato. Vincent parece zafarse de hacerle una crítica exhaustiva. Lo despacha con un «en tu texto hay cierta sentimentalidad…» y barre para su terreno: «Si viviera cerca de ti, intentaría hacerte entender que quizá te resultaría más práctico pintar conmigo que escribir, y que quizá así podrías expresar mejor tus sentimientos […]. En fin, no es mala idea que quieras ser artista, porque si uno tiene fuego en uno y en el alma, no puede seguir reprimiéndolo y prefiere arder antes que asfixiarse. Lo que hay dentro debe salir. A mí, por ejemplo, me da aire pintar, y sin eso sería más infeliz de lo que soy. Dale mis más cálidos saludos a mamá».
Willemien, tal y como deja traslucir la carta de su hermano, se interesaba también por la pintura propia y la de Vincent. Había copiado algunos de sus dibujos (que durante un tiempo se tuvieron por originales del pintor) y trabajaba también sus motivos. Al respecto se conserva una carta de respuesta de su amiga Margaretha Meijboom. Implacable, escribe esta: «Te devuelvo el Girasol. No me parece que sea tan bueno como los anteriores. A la técnica de dibujo de Madre e Hijo le falta confianza».
Una curiosidad que se descubrió décadas después de la muerte de la madre de la saga, en 1907, fue la afición de Anna Carbentus por el arte: quizá no pudo desarrollarla como hubiera gustado, pero sus acuarelas de flores y sus dibujos estaban allí para demostrarlo. Seguro que sus hijos más sensibles no fueron ajenos a esta disposición ni tampoco a su afición por el jardín y la admiración por la naturaleza. Willemien, de hecho, mostraba entusiasmo y destreza con los arreglos florales, tanta que en algún momento de su vida se pensó en ellos como salida profesional.
Tras el suicidio de Van Gogh el 29 de julio de 1890, los puntos en común entre este y su hermana pequeña se estrecharon aún más. Dos meses después, Wil apostaba por la teología —tal y como lo había hecho su hermano— y se graduó como profesora de las Escrituras tres años después. La aspiración de Vincent se hacía realidad para su hermana, que en La Haya había entrado también a formar parte de diversas asociaciones al servicio del bien común y de los derechos de las mujeres. Tuvo un papel muy relevante en el comité de organización de la Exposición Nacional del Trabajo Femenino de 1898. Allí se convirtió en líder, como afirma Willem-Jan Verlinden, el autor del ensayo de Cátedra.
No le dio tiempo a consolidar ni su profesión ni su liderazgo, pues la enfermedad mental, que a lo largo de su vida ya se había presentado en forma de episodios, la agarró de forma definitiva. Casi cuarenta años estuvo ingresada. En la orden de ingreso, su médico consignaba: «Aún está enfadada y, a menudo, actúa salvajemente. Grita, muerde, araña y da puñetazos. Otras veces está tranquila y no parece ser consciente de dónde está […]. Se niega a comer y tiene alucinaciones». Verlinden da cuenta en su ensayo del proceso de intelectualización de las razones por las que tanto ella como sus hermanos Vincent y Theo «tenían frecuentes problemas de melancolía: su educación no los había preparado para lidiar con el mundo en el que iban a tener que vivir y, lo que es más, les faltaba la ligereza de espíritu necesaria para poner las cosas en perspectiva».
Elisabeth van Gogh: de poeta a biógrafa
«¿Quieres saber lo que me parece más indignante con nosotras las chicas? Que solamente podamos ser maestras o institutrices», le escribía Elisabeth, Lies, van Gogh a su hermano Theo. Con él tuvo más confianza e intercambios que con Vincent. Los hubo, sí, y se conocen porque en la correspondencia familiar del periodo comprendido entre 1874 y 1877 hay varias menciones a cartas entre Vincent y su hermana mediana, pero no se han conservado. Es uno de los mayores reproches que seguramente se hizo ella misma: acabó siendo una poeta conocida, con seis libros publicados e incluida en alguna antología, pero lo que a la postre le reportó fama fueron las Memorias personales acerca de un artista, dedicadas a un hermano que, con el tiempo, veía hacerse cada vez más famoso.
La ambición literaria de Lies van Gogh se manifestó desde siempre y con mucha fuerza. Y también sus ansias de independencia, que se vieron frenadas cuando, a causa de su mala salud, debió dejar su puesto docente en Dordrecht y volver a la casa familiar en Etten. Se le hizo muy cuesta arriba «dejar de estudiar, interrumpir mi trabajo y luego ese tiempo insoportable en Etten donde todo el mundo te tiene lástima, te habla sobre la voluntad de Dios y te pone a trabajar con la escurridera o remendando calcetines», escribió a Theo. No lo soportaba, de modo que a la primera de cambio salió de allí, aunque fuera para ejercer como dama de compañía del juez cantonal ayudante de Amersfoort. La decisión le cambió la vida porque ese hombre, Jean Philippe du Quesne, se iba a convertir en su marido y padre de sus cinco hijos (una, la primogénita mencionada anteriormente, nacida antes de la muerte de la primera señora Du Quesne).
El interlocutor epistolar de Lies era Theo, pero esto cambió cuando este conoció a su esposa Jo, Johanna van Gogh-Bonger, una joven cultivada y desenvuelta que tendría un papel fundamental en la historia de los Van Gogh: fue algo así como la Letizia Ortiz de la saga, que vino de fuera a explicarles cómo era la cosa. Lies se abrió literariamente a su cuñada. Le pedía recomendaciones, le enviaba poemas y le manifestó por carta su sueño de escribir un libro juntas. Todo ello se quebró tras el suicidio de Vincent van Gogh y según aumentaba la relevancia del pintor. Las diferencias se convirtieron en disputas y acusaciones cruzadas cuando coincidieron las memorias familiares de Lies y la edición de las primeras cartas a Theo al cuidado de Jo. Esta lamentaba que la hermana escribiera «de memoria» y denunciaba su falta de rigor, en suma. La hermana afirmaba que Jo había vendido las cartas al mejor postor y se agarraba a que ni el remitente ni el destinatario, celosos de su intimidad, estarían de acuerdo con esa publicación.
Con todo, es conmovedora la determinación de Elisabeth van Gogh que, en medio de una complejísima vida familiar, quiso siempre al menos reservar una hora para ella, es decir, para su literatura. Escribió siempre y al final fue reconocida por lo que salió de su pluma y su cabeza. Quizá ella no previó, en un principio, que su hermano Vincent van Gogh se inmiscuyera en este terreno, pero la escritura tiene sus caprichos y Lies, en sus personales reflexiones, ofreció una de las más precisas y preciosas definiciones de la obra de Van Gogh. Fue al descubrir un monumento conmemorativo en 1932 cuando describió la obra de su ya muy famoso hermano como «un esplendor sin alegría».
Anna van Gogh: la confianza quebrada
Una gran riña al poco de morir el padre de los hermanos Van Gogh de forma inesperada en 1885, por una afección cardiaca, decidió el destino de sus hijos, pero muy especialmente el de Vincent y Anna. Nadie en la familia estaba contento con el comportamiento del pintor, que había vuelto a casa después de una crisis, vivía de forma semiindependiente en Nuenen y tenía relaciones con los campesinos que no se consideraban adecuadas. El panorama que se le avecinaba a su madre, tras la muerte de su marido, fue la gota que colmó el vaso. Con Anna como cabecilla, las hermanas le invitaron no cordialmente a salir de allí, ya que de ese modo su madre podría alquilar parte de la casa y sacar así algún dinero. Vincent estaba enfadado con las tres, pero solo Anna lo fue para siempre. Tiempo después, recordando aquella época, esta escribía a Lies: «Vincent hacía lo que quería y no perdonaba nada ni a nadie […]. Aunque admiro su arte, lo detesto como persona».
Es un buen resumen. No siempre había sido así. Hubo un tiempo en que los dos hermanos compartieron viajes, casa en Londres y confidencias, aunque la cosa se empezó a torcer pronto y, tras la riña de 1885, la distancia fue insalvable. En ocasiones, por carta a su madre, el artista hablaba de pinturas que quería acometer para «las dos hermanas»: Lies y Wil. Era como si Anna no existiese. Solo en las cartas a su madre preguntaba de vez en cuando por ella y sus hijos, más por cortesía que por otra cosa. «Tuvieron que pasar casi veinticinco años desde la muerte de Vincent para que Anna se rindiera a la necesidad de saber más sobre la obra de su famoso hermano», escribe Willem-Jan Verlinden en su estudio. Y lo hizo, finalmente lo hizo, con la ayuda de un reverendo aspirante a pintor, Jakob Nieweg, que le sirvió de guía para acercarse a la obra de su propio hermano.










Presunto suicidio…