
ABC DARIO
Facundo Steindl
Edición del autor. Impreso por Ferrari Hermanos,
Buenos Aires, 1935
La búsqueda de las costuras, tan propia de las vanguardias, a veces hasta desgarrar la prenda y convertirla en trapo, tiene en Facundo Steindl —el flaco Steindl para sus amigos, incluso cuando deja de serlo— una de sus más altas cimas. Poeta de una sola obra, la intensidad de su proyecto literario, su intensidad, lo sitúa por derecho propio entre los elegidos por Vila-Matas para formar parte de su colección de Bartlebys, algo que habría sucedido aunque no hubiera publicado nunca, aunque, claro, entonces tampoco sabríamos nada de él. ABC DARIO es, sin duda, la vuelta de tuerca definitiva, el momento en que el lenguaje se desintegra, donde, para poder decir, el sentido debe perder todo significante: la palabra se ha disuelto en el poema como un azucarillo sin flotador en un café sin leche.
Steindl publica ABC DARIO en 1935, cuando las vanguardias ya han dejado casi de ser, cuatro años después de Altazor. Originario de Río Cuarto, localidad argentina situada en la provincia de Córdoba, el poeta no sale de su villa natal ni para tomar impulso hasta ese mismo año. Ha nacido en 1915 en una familia adinerada de emigrantes austriacos, dueños de suficientes campos como para alimentar a un país de tamaño medio, y es educado en casa por una institutriz inglesa y por la lectura voraz de todos y cada uno de los libros de la biblioteca familiar, compuesta por más de mil volúmenes en lenguas distintas, antes de cumplir los doce años.
Su destino es, pues, la literatura, como el de Borges, quien nos consta ser, por cierto, uno de los pocos lectores de ABC DARIO, según aprendemos en el muy tremendo e inagotable Diario de Bioy. Allí, en una entrada de 1950, de esas que empiezan con «come en casa Borges», se recoge el siguiente comentario mordaz del maestro, ante la pregunta en esa cena de cuál es su libro preferido de Darío: «ABC DARIO, pero en verdad no es obra suya sino de un pendejo estanciero de Río Cuarto».
Para no esconder el influjo de Huidobro, ABC DARIO arranca con una cita que es el final de Altazor, allí donde el lenguaje se pierde de forma definitiva:
Lalalí
Io ia
i i i o
Ai a i ai a i i i i o i
Y después de ese arranque, y para no defraudar al lector y hacer honor a cuanto anuncia, cada uno de los veintisiete poemas del libro se consagra a una letra del abecedario, por riguroso orden, aunque el tour de force, la apuesta que ubica a Steindl como el último de los primeros, consiste en que el poema no solo ostenta ese título, sino que solo contiene esa letra. Así, el poema A son trescientas aes que componen veinte versos, mientras H es un soneto de haches, donde se mantiene el número de versos y de estrofas, pero la rima consonante ha desaparecido como el sentido mismo.
Steindl juega con la puntuación, con la disposición y con el uso de la mayúscula y la minúscula para dar vida al poemario, y si en R no hay una sola coma, en P abundan hasta agotar al lector con tanta pausa, mientras L es un festival con mucho misterio de interminables puntos suspensivos. El juego, tan propio de las vanguardias, no cesa nunca: C es un caligrama construido con ces que conforma la letra ce; K, una sola K, frente a poemas larguísimos como S, que, si se lee en voz alta, es un poderoso y, sobre todo, prolongado llamado al silencio. Haced el favor de callaros.
Facundo Steindl publica su único libro en la misma imprenta donde Juan Filloy, juez riocuartense y autor además de miles de fillogramas, palíndromos de Filloy, edita casi toda su obra primera, con títulos de siete letras. Es, de hecho, Filloy —de quien es pariente lejano y que sin duda es otra de sus influencias— quien se encarga de la edición y le anima a publicarlo, y también a no incluir un prólogo extensísimo y hoy lamentablemente perdido donde el poeta explicaba su apuesta, convenciéndole de que los versos hablaban por sí solos: cualquier glosa, acotación o preludio no era solo inútil, sino contraproducente.
De los trescientos ejemplares numerados, Steindl regala unos pocos a los sorprendidos empleados del campo donde vive, y es Filloy el responsable de la difusión del libro, pues, al ir a recogerlos a la imprenta en Buenos Aires, en el mismo viaje en el que habría de encontrarse con Paulina Warshawsky, su esposa durante cincuenta años y madre de sus dos hijos, deja unos cuantos en la librería donde venden su obra. Pero aun así, el poemario tiene un recorrido breve: apenas un par de reseñas ácidas y burlonas, y solo muchos años después es reivindicado como uno de los eslabones perdidos de la vanguardia latinoamericana, quizá por ser el último, aquel que ya no tiene quien le suceda en el extremo. Hoy el libro es, como los de Filloy, carne de coleccionista, y se pagan enormes sumas cuando uno de los pocos ejemplares que quedan sale a subasta.
Y, como si fuera un Rimbaud del interior y su Abisinia fueran las carreras de coches, Facundo Steindl, tras el silencio que sucede a la edición de ABC DARIO, quizá por mor de ese silencio, pero más probablemente porque ya ha dicho cuanto tenía que decir, no solo no vuelve a publicar, sino que abandona la literatura para siempre. Se entrega, en efecto, a competir en un campeonato local que viene a llamarse Turismo Carretera, donde coincide con Fangio, la leyenda, y donde tampoco encuentra la gloria deseada, pero sí la muerte, acaecida el 12 de enero de 1941 en el curso de las Doce horas de Rafaela, al salirse su Ford de la pista y estamparse contra un muro y contra el mundo.
Ese vehículo de morro enorme y ruedas como orejas de soplillo luce en su costado, además del número con el que compite, el 16, cinco letras que no son un acrónimo, sino un poema, quizá un último poema visual conformado por las letras mismas y su propio accidente, por las mismas letras y el choque seco y sonoro contra el muro: un poema con el que tal vez quiere decirnos algo o, mejor, con el que viene a decirlo todo.
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