Arte y Letras Literatura

Kallifatides y el sentido de la vida

Detalle de portada de Una mujer a quien amar, de Theodor Kallifatides. Imagen Galaxia Gutenberg.
Detalle de portada de Una mujer a quien amar, de Theodor Kallifatides. Imagen: Galaxia Gutenberg.

Encontrar el sentido de la vida es una cuestión tan ancestral como inherente al ser humano. Preguntarse por él, por los motivos que nos empujan, ya no a seguir viviendo, sino a no rendirse, también. Sin embargo, toda respuesta viene condicionada por la experiencia que hemos tenido. Por un pasado, un presente o un futuro que no son tales, sino destellos, instantes; un conjunto de imágenes, pero, sobre todo, de personas que nos acompañan y participan en ellas. Personas a las que, en un determinado momento, hemos amado. Aceptar el sentido de la vida supone además darle sentido a la muerte, a la pérdida, a la enfermedad, porque, sencillamente, lo uno no puede concebirse sin lo otro. Son procesos inevitables y, a su vez, poco originales, tal como expresa Theodor Kallifatides en su libro Una mujer a quien amar (Galaxia Gutenberg, 2025), que responde a aquello a lo que ya nos tiene acostumbrados el autor griego: a la mirada retrospectiva y actual cuando hay Un nuevo país al otro lado de mi ventana; a las reflexiones filosóficas, históricas y existenciales, aunque sea montando en bicicleta; a la crónica implícita; a indagar con curiosidad en los recuerdos para encarar o resignarse a una realidad que, en ocasiones, se vuelve algo injusta cuando se lleva por delante a quienes más amamos. En este caso, a Olga, la mujer que responde al título de la obra. Una amiga y una mujer a quien Kallifatides amó, pero sin jugarse la vida, pues según el escritor, cuando la conoció, él no tenía vida, de modo que toda apuesta o sacrificio hubiese resultado en vano. Theodor, por aquel entonces, apenas estaba empezando a caminar por la vida y por la lengua que debía interiorizar y dominar, dejando atrás el individualismo griego, abrazando el colectivo sueco; tratando de ubicarse en un país extranjero; percatándose de los matices que adopta la voz y la identidad cuando el idioma cambia; y aun así, aquellos primeros andares no le privaron de compartir aunque fuese un breve pero imborrable encuentro íntimo que, lejos de distanciarlo, lo unió todavía más a ella, consolidando una amistad que duró hasta que el cuerpo de Olga no pudo más y, como los papamoscas del autor, llegada su hora, abandonó el nido sin decir adiós, sin hacer ruido.

Dice el autor que «si uno tiene grandes sueños cuando es joven, acabará llorando mucho cuando es mayor». Que cuando era joven tenía grandes sueños sobre el arte, sobre el amor, y se había elegido a sí mismo como héroe favorito, pero el tiempo había pasado demasiado rápido y los sueños, a base de golpes de realidad, habían acabado diluyéndose. «Quería volver a empezar por el principio», sentencia, como si de veras pudiéramos volver atrás; como si así pudiéramos enmendar los errores cometidos y, en cierta medida, redimirnos. Pero correríamos el riesgo de caer en la utopía de querer hacerlo todo bien; que no hubiera márgenes, ni dudas, sino una clarividencia extrema que nos obligaría a pisar e ir sobre seguro, en lugar de dar paso a la ambigüedad, a lo indeterminado, a lo que todavía está por escribirse o ser contado. Y escudado en esta breve obra literaria, ahí está Theodor para mostrarnos lágrimas acompañadas de sueños, los de antaño y los de ahora; de un arte que se desmorona por caduco, por no concebirse ni crearse con el fin de perpetuarse; de amores que sostuvo entre sus brazos, que retuvo en sus labios, y sin embargo se alejaron, se marcharon porque su recuerdo, aunque pasajero, fue intenso, y aquello poseía mayor alcance —trascendencia, quizá— que una estancia, una compañía o una relación perdurable. El amor a veces no puede con todo. Por muy incuantificable y abstracto que sea, todavía no ha sido capaz de traspasar la materia y reparar lo lesionado, pues no es más fuerte ni poderoso que una enfermedad que te carcome por dentro, obligándote a someterte a una quimioterapia invasiva que, como ponzoña, como hiedra, ahoga y daña todo cuanto encuentra a su paso. Y lo único que puede hacer, no la persona que lo sufre, sino el testigo, el amigo, es sentir impotencia al no tener el remedio en sus manos. Por mucho que la hubiese amado o hubiese querido amarla, al final solo queda someterse al curso de la vida. De lo que, se supone, está destinado a suceder y, entremedias, rememorar una y otra y otra vez. Desandar lo andado. Regresar a los momentos donde las palabras quedaron suspendidas en un lugar que a nadie pertenece, que nadie sabe exactamente dónde está, pero basta con hacer un esfuerzo, un pequeño esfuerzo mental, para resucitarlas, de manera que puedan recuperar el valor y lustre que tuvieron cuando fueron pronunciadas. «Dostoyevski me convirtió en ser humano; Chéjov, en mujer», solía decir Olga. Y ahí ha quedado para siempre esa máxima tan virgen, tan pura, como si el tiempo que la separa del presente no hubiese pasado; como si, todavía, siguiera viva. Quizá sea ese el legítimo poder de las palabras, así como de las personas que las enuncian. Aunque lo verdaderamente reseñable y fascinante es que, en ocasiones, algunas frases nacen, emergen, para ser expresadas por determinadas criaturas, y en ese selecto e íntimo grupo estaba Olga, que no era solo una mujer a quien amar, sino también —como la describe Theodor— un «punto» al final de una oración. Un signo que potencia, bien la continuación de una historia, un razonamiento o una idea, bien el punto y aparte pues, tras él, nada más puede ser dicho ni añadido, solo un espacio en blanco que acentúa el principio y, aún más, el final de lo manifestado.

Sucede que existen seres que no se revelan únicamente mediante un símbolo, sino a través de los ojos y la tierna mirada de quienes los contemplan algo aturdidos y asombrados, debido al impacto que les provoca su presencia. Y entonces enmudecen, olvidando las palabras, mas no lo que sienten; no aquello que traspasa y penetra el alma dejándola desnuda y desarmada. Así es como Theodor percibía a Olga, distinguiendo en ella, además de su belleza, su vulnerabilidad, su elegancia o su intensidad —que era lo que le impedía resultar ridícula—, la fortaleza y la determinación, la dulzura y la flexibilidad, el sentido del humor, a pesar de haber aterrizado en Suecia con el corazón maltrecho de tanto sufrimiento. «Era apasionada, pero podía resultar distante. Conducía como una ladrona de coches. Leía mucho. Pasaba frío. Podía continuar enumerando cualidades y particularidades, pero lo que Olga era seguiría siendo tan huidizo como si no hubiese dicho nada», afirma el escritor griego, sabedor de que describir a un ser querido requiere la paciencia que puede exigir el mero hecho de vestir a un niño que no se deja. Intentar concretar a una persona, reducirla a sencillos detalles, a sus gestos o ademanes, a su carácter, supone limitarla sin pretenderlo. Hacerla accesible al lector, o a cualquiera que la haya conocido, aun cuando semejante atrevimiento te reafirma en que poco o nada importa lo que digas, pues difícilmente se le hará justicia. Olga, bajo el prisma de Kallifatides, era alguien que, por encima de todo, se daba. Era ella la rosa silvestre que no ha de crecer en el alféizar de una ventana, sino en el corazón de los hombres y ser nutrida con amor, con sangre, no con agua, que se entregaba a todo el que necesitara ayuda, cobijo o amparo: al hijo que engendró pero que jamás vio; a su querida Milena, la joven de Kosovo que acabó convirtiéndose en una hija del alma, en una hermana pequeña, a la que ninguna milicia pudo doblegar pese a las torturas sufridas; a las familias emigrantes de Grecia que requerían de una mano amiga que les diera cobijo y las protegiera en Suecia. Por eso, parte de su firmeza innata se debía a la digna herencia que le dejó su madre, Anuska, mujer «hecha de madera maciza» e imagen viva de resistencia que «abrió las puertas de su hogar a todos los griegos, rusos u otras aves que los vientos del mundo hubiesen conducido hasta Estocolmo»; de esas puertas que se mantienen abiertas cuando el frío, la guerra y la desesperanza se instalan en el corazón de aquellos hombres y mujeres que, por hallar y fundar un mundo y reino propio, se ven obligados a enarbolar la bandera del auxilio o la emigración, pero no del desarraigo, pues como bien defiende Kallifatides en un arrebato a favor del alma y su correspondiente atavío, e incluso de la lengua materna, reflexiona: «Abandonar la propia lengua es como abandonar el alma. (…) Quería liberar mi alma de su atavío griego. Quería saber si tenía alma o si solo tenía el atavío. Quería saber si tenía algo que decir»; averiguar si era escritor por la gracia de Dios o alguien que se ve subordinado o condicionado a escribir textos y obras bajo el paraguas de una lengua que, por orden social, había perdido toda autenticidad. Sin embargo, ahí, sobre la lengua griega, Olga y Theodor construyeron su singular patio de recreo, donde no solo jugaban con las palabras, las expresiones o los idiomas, sino que también elucubraban y se provocaban ahondando y mostrando el dolor del otro; la llaga visible que muchos se niegan a tocar y otros, sencillamente, prefieren ni mirar.

La palabra, lejos de lo que se pueda pensar, obra milagros a la hora de enfrentar la realidad. Es cura, es redención y, según el caso, puede llegar a ser purga o expiación de aquello que, una vez sale por la boca y llega al oído, pierde su connotación e incluso su función. ¿Por qué será que hay cosas que es mejor expresar de manera escrita y no oral? Tal vez, porque solo así se roza un pedazo de eternidad, aunque a estas alturas nadie escriba para la eternidad. «Ya nadie escribe para la eternidad. ¡Por la sencilla razón de que la eternidad ya no existe!», reprochaba Olga. El hombre, como dice Kallifatides, crea o no en la eternidad, no vive eternamente, ni puede hacerlo a expensas de un lector eterno o de que su obra trascienda por los siglos de los siglos. El hombre, quiera o no, perdió el paraíso mucho antes de haberlo imaginado o de haberlo concebido. «Por lo que a mí respecta, prefiero llorar por algo que tenía, y he perdido, que por algo que nunca tuve», dice el escritor. La idea del paraíso es demasiado sugestiva, tentadora y peligrosa, pues aquel que opta al acceso a él es aquel que, por haber nacido, ya lo ha perdido. «Nacer como ser humano es haber perdido el paraíso», sentencia Theodor. Se nace, por tanto, siendo un perdedor, conscientes o no —de nosotros depende— de que la vida gira en torno a una pérdida que no se puede impedir y mucho menos remediar, pues vamos perdiendo personas, sueños e ideales conforme maduramos y crecemos. Porque, tal vez, nuestro destino no sea alcanzar una meta ni un objetivo concreto, sino, de primeras, aprender a aceptar las pérdidas. Nada teme quien ya lo ha perdido todo, y tal vez por esa razón el filósofo se hizo escritor: para encontrar la verdad en el lector, en lo que este sintiera al posar sus ojos en lo que dijera; para que nada de lo que pusiera sobre el papel, después de haber hilvanado una letra con otra dándoles forma y fondo, estructura y belleza, eternidad o trascendencia, quedase a expensas del olvido. Si el hombre ha perdido el paraíso, que al menos su estancia en la Tierra sea lo más llevadera posible con obras como esta; si nadie escribe para la eternidad, que aquello que se comparta mediante la publicación de las letras quede registrado en la memoria y emoción de los lectores y, a través de ellos, que el autor, aunque sea desde la distancia, atenúe el grado de su pena.

A eso instaba Olga a Theodor cabalmente, y no pocas veces: a que mostrase y apreciase ese dolor que, por momentos, se le enquistaba al autor en las entrañas y, aunque se esforzase por ocultarlo, la aflicción, por muy íntima que fuera, acababa reflejándose en sus ojos, en su mirada clara, en su rostro. Todavía no había bebido el agua inmortal que, como admite la madre de Kallifatides durante una cena de Navidad, sí había bebido su hermanastro; esa agua que se encuentra a la altura del pecho, ahí donde anida la bondad; la templanza ante la adversidad; la pureza del espíritu y del alma, retrasando el envejecimiento del cuerpo, pues solo se nutre de la filantropía. Arrincona los tormentos, se desprende del ego y prioriza la bonhomía, la dignidad, la nobleza, el agradecimiento o la amabilidad. Por eso el hermanastro de Theo era una de esas personas que, independientemente de los años que pasasen, nunca envejecía, al igual que Konstantina, una amiga de Olga y Theodor. Sin embargo, a diferencia de su hermanastro y de Konstantina, el escritor sí lo hacía, y pesaba sobre su cuerpo tanto la desolación como el paso del tiempo. Pero afortunadamente Olga era una de las pocas personas privilegiadas y cercanas a él que lo leía en su expresión, y poseía además la virtud de ver a través de sus palabras, de no conformarse con oírlas. ¿Será que ahí, en ese detalle de apreciación, se encuentra la generosidad de algunas personas? De esas que se esmeran en ver más allá de cada uno de nosotros, evitando quedarse en la superficie de nuestro ser, de nuestras desgracias o carencias, y gustan de inspeccionarnos a fondo para consolar con la palabra adecuada o, como dice Kallifatides, con el «pensamiento adecuado». Andarse con cuidado para no emitir un juicio vano, sino ampararse en la escucha y la ternura, acompañando y consolando al amigo cuando este más lo necesita, aunque para ello Olga se escudase en el axioma clásico —y griego— del «conócete a ti mismo». Y si nadie es profeta en su tierra, tampoco los griegos tienen por qué cumplir al pie de la letra lo que un filósofo enseñó y otros tallaron en piedra con tal de no olvidar que, de alguna manera, cuanto más conocemos, más nos reconocemos en el otro. Entonces sucede que el sufrimiento o las desgracias, como la dicha o las alegrías, son las nuestras. En eso consiste, ya no la empatía manida, sino la identificación, el contemplarse de tú a tú, la amistad definida con exactitud.

Ahondar en el dolor del otro y, como decía, reconocerlo como propio. No mirar hacia otro lado, no caer en la indiferencia de quien nos ha mostrado su fragilidad y nos ha hecho partícipes de su miedo. En una ocasión, Olga le reconoció a Theodor que cuando se conocieron temía al amor; que tenía miedo de enamorarse y quizá también de perder la cabeza en ese proceso de enajenación que solamente responde a los delirios y caprichos del corazón. Sin embargo, ahora había madurado. Ya no era ninguna jovencita, sino una mujer adulta que, lejos de temer al amor o a la muerte que, poco a poco, miraba más de frente, lo que le aterraba era el dolor. Padecerlo sin remedio. Pero, lamentablemente, nadie puede escapar del dolor, como tampoco de la muerte ni del amor. Una vez que nacemos, no podemos más que resignarnos a lo que nos depara la existencia y, en consecuencia, aceptar los horrores que conlleva. «El sentido de la vida no hace falta para vivir. Hace falta para poder morir», sentencia el escritor, sin perder de vista lo que nos ata a la muerte tanto como a la vida e implica una serie de encrucijadas que, como hombres y mujeres, nos son ineludibles. En primer lugar, cómo queremos ser recordados, o cómo sin quererlo seremos recordados, es una cuestión que también nos atañe a todos sin excepción. «¡Me pregunto qué dirán de mí cuando ya no esté!», expresa Olga después de que Theo le narrase una inolvidable Navidad. El recuerdo, nuestro paso, es lo único que queda de nosotros en los otros; apenas unas migajas, siendo honestos, cuando ya no estamos, mas ¿quién controla la impronta que dejamos en los demás? El propio Kallifatides, sin ir más lejos, admite haber intentado condicionar la imagen y el recuerdo que sus hijos tienen de él con tal de aportar un cariz entrañable a las anécdotas que contarán; cuáles serán las elegidas, cuáles aquellas que no se cansarán de contar, y celebrar así, con honra y cierta comicidad, la memoria que comparte el clan Kallifatides. Y en segundo lugar, porque el sentido de la vida cobra una mayor dimensión en el momento en que somos conscientes de que seríamos capaces de dar la vida no por algo, sino por alguien, y ese «alguien» son las personas que amamos. Por supuesto, hay quien daría la vida, como afirma Theodor, por la patria, la religión o el arte, pero hay otros, como el mismo autor, que no solo la hubiesen dado por Olga —de haber tenido más vida—, sino principalmente por sus hijos, porque en esa entrega sin medida, en esa entrega a ciegas por un amor inconmensurable, se halla el motivo, la excusa, la causa de toda existencia. Y para el escritor griego son los hijos quienes representan la piedra angular de esta encrucijada humana que vale la pena resaltar. En ellos está el sentido de su vida y de su muerte y, por consiguiente, su respuesta.

Olga, en cambio, no tenía hijos, pero sí una familia elegida formada por compatriotas exiliados; por griegos, por suecos, por rusos… poco o nada importaba el origen de cada cual; por una serie de amigos que no dejaron de llamar al teléfono en el último encuentro que tuvo con Theodor: «Tienes muchos amigos», admitió él. «Una lástima que lo descubra tan tarde», respondió ella, cuando ya la enfermedad estaba demasiado avanzada; cuando ya la muerte, impaciente, aguardaba. Y a pesar de ello, no hubo victimismo ni sentimentalismos, tampoco sollozos, solo lágrimas bañadas de silencio. Sin memoria, sin recuerdos, el fundido a negro se hace eterno; sin embargo, gracias a la palabra, la vida vuelve de nuevo. Y entonces ya no hay tristeza, ya no hay miedo, porque las personas que nos acompañaron, que nos inspiraron; las personas a quienes amamos, han sido las responsables de que, aquí donde estamos, no nos perdamos y, como hace Theodor Kallifatides en este sencillo, íntimo y bello homenaje, más allá de la literatura, más allá de la muerte, tratemos de darle un sentido a todo esto.

SUSCRIPCIÓN MENSUAL

5mes
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL

35año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL + FILMIN

105año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
1 AÑO DE FILMIN
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*