
Hong Kong es una de las ciudades con mayor densidad de población del mundo, con más de seis mil habitantes por kilómetro cuadrado. La mayoría de su superficie corresponde a montañas y zonas casi no habitadas. O sea, Hong Kong es mucha gente en muy poco espacio; por eso es una ciudad vertical. De día impresiona el ángulo al que se va doblando el cuello —120º, 135º, 150º— para que la vista alcance la cima de los edificios. De noche, pequeños rectángulos se iluminan a destiempo, despreocupados, ajenos a las recelosas cortinas. Aunque es una urbe que estimula, que brilla y cuyas posibilidades parecen infinitas, resulta difícil no elegir pegar la cara al cristal de la habitación y pararse a observar con detenimiento a los vecinos. Como un pastel de bodorrio cortado a la perfección con espada, como un postre de MasterChef alabado por diferenciarse sin dificultad cada una de sus capas de bizcocho, las casas de Hong Kong se erigen como un limpio corte de urbanismo que permite asomarse, piso a piso, a la cotidianidad de otras personas. No ocurre gran cosa, una colada, la tele, el descanso, una conversación, una cabezada. Pero hipnotiza, engancha, atrae. Podrían pasar las horas. Este ejercicio de voyerismo es compartido y lo recoge el fotógrafo Michael Wolf, amante de la densidad y los rascacielos, en su proyecto Window Watching, donde con su cámara captura las ventanas de Hong Kong y, si te descuidas, le enseña tu cesto de la ropa sucia al mundo.
¿Pero por qué nos gusta mirar? ¿Por qué nos llama tanto acceder a la privacidad ajena? ¿No somos todos iguales en la intimidad? ¿No hacemos, acaso, lo mismo?
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En 1973 Craig Gilbert creó An American Family, hoy considerado el primer reality show de la televisión. Una serie de doce episodios editados que plasmaba la vida de una familia nuclear —padre, madre y cinco hijos—, estadounidense y de clase media en su hábitat natural; con sus dinámicas familiares, convivencia, alegrías y conflictos. Al comienzo del primer capítulo aparece un Gilbert que habla a cámara y comparte su propuesta de cinéma vérité:
Durante la próxima hora veréis el primero de una serie de programas titulados An American Family. La serie trata sobre la forma en que vive la familia Loud de Santa Barbara, California. Durante siete meses, desde mayo de 1971 hasta enero de 1972 la familia fue grabada haciendo su rutina diaria. No hay duda de que la presencia de nuestras cámaras y equipo generó un efecto en ellos que es imposible evaluar. También es cierto que la familia Loud tuvo un efecto en nosotros, el equipo. (…) Este es el contexto de nuestra serie. Este es el hogar de esta familia. Los Loud no son típicos ni modélicos. Ninguna familia lo es. Ellos no son LA familia americana, son simplemente UNA familia americana (An American Family).
Toda una declaración de intenciones no solo porque en aquel momento el público televisivo no estaba acostumbrado a este formato, sino porque suponía una muestra de honestidad hacia el espectador. Gilbert no esconde el hecho de que era inevitable que las cámaras y el equipo de rodaje condicionasen, modificasen y sugestionasen de algún modo la naturalidad familiar. Hay una apuesta, un experimento arriesgado pero sobre un pacto de sinceridad.
The New York Times recoge que, entonces, la antropóloga Margaret Mead dijo de An American Family que era una serie extraordinaria: «Nada como esto se ha hecho anteriormente; creo que puede ser tan importante para nuestra época como lo fueron la invención del drama y la novela para generaciones anteriores, una nueva forma para que la gente se comprenda a sí misma». Y tenía razón, el formato reality, en todas sus variantes, creció exponencialmente desde entonces y, en concreto, la telerrealidad familiar ha sido y es muy popular con programas como The Osbournes, Keeping Up with the Kardashians e incluso Las Campos.
¿Pero siguen siendo transparentes los realities que se hacen hoy día?
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En la primera edición de Gran Hermano todo parecían personas de a pie, «como tú y como yo», que entraban noventa días en una casa donde todo se magnifica mientras eran grabadas 24/7. Con el paso de los años esas personas han ido mutando en personajes cada vez más excéntricos, histriónicos y, lo peor, cada vez menos realistas. Ahora los concursantes son menos anónimos: muchos gozan, ya antes de entrar, de numerosos seguidores en redes o, directamente, son nepo babies televisivos. La gente «normalita» (que mirada de cerca no lo era nada) ya no interesa.
Es probable que el formato, el casting, la representación, haya cambiado porque la sociedad también lo ha hecho. GH1 tuvo a todo el país pendiente del televisor. A unos por morbo y a otros porque era un experimento sociológico (o sea, por morbo, pero sin valor para aceptarlo).
Yo no vivo en Hong Kong, pero no tengo cortinas (aún) y cada vez que subo la persiana, veo a mis vecinos de enfrente, a unos cinco metros de distancia, girar hábiles la cabeza y entornar los ojos rápido para enfocar a ver qué escena mundana pillan. Creo que podemos resultar entretenidas. Pero quizá deberíamos serlo más. A lo mejor tendríamos que convertirnos en unas observadas más divertidas, más extraordinarias, más estéticas. Se acabaron los calcetines con tomates, el pijama desconjuntado; tenemos que generar un contenido digno del matrimonio de ascendencia turolense que vive delante, nuestro Gilbert, nuestro Big Brother particular.
Si, como dice RuPaul, todos nacemos desnudos y el resto es drag, ¿cuál de todas las miradas que recibimos a lo largo de nuestra vida elegimos como la primera que nos condiciona? ¿Se es natural y espontáneo hasta que se participa en un reality? ¿O tampoco al elegir el lado bueno y el filtro idóneo para un selfie para redes sociales? ¿Cómo actuamos bajo la mirada capitalista, gordófoba, cisheterosexual que invita de malas maneras a consumir, producir, adelgazar y no ser LGTBQIA+? ¿Y acaso no afecta en un muy alto tanto por ciento la mirada masculina en nuestra actuación vital? ¿No lo hizo también la mirada de los progenitores ya en la infancia? ¿Qué mirada es la que nos influye de forma definitiva?
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La cuestión de los realities está desbocada. Cada vez se intenta buscar de forma más desesperada nuevas combinaciones temáticas; como «Los magos de la repostería», el reality de postres de Harry Potter que presentan los gemelos Fred y George; Naked Attraction, como First Dates pero donde los participantes eligen a su ligue por la forma de su pene; o Jugando con fuego, solteros que «creen» que van a una suerte de La isla de las tentaciones a jartarse de sexo y pronto descubren que, por cada paja, van a perder diez mil euros del bote común.
Vivimos la era de los realities Mr. Potato y el nivel de dos mil veinticinco es que le ponemos al tubérculo tres narices en la cara. Pero a mí me gusta. Aunque no cambia el formato, como es el caso de La isla de las tentaciones, sí lo hacen sus participantes. Este programa se ha convertido en un trampolín laboral para la mayoría de ellos. Ahora más que nunca, el valor de participar en LIDLT reside en hacer lo que sea para ser recordado. Coleccionar minutos de cámara que sirvan como entrevista de trabajo y salir del show con el contrato firmado. Por eso, ya vemos edredoning sin edredón, por eso correr desesperado hasta la villa de las chicas ya no es la excepción, es la norma y las parejas caen tan rápido en la tentación que se siente como una peli mala, no da ni tiempo a hacer una porra porque en un pestañeo la infidelidad reina la casa.
Los más suertudos acaban trabajando como colaboradores en Mediaset, y el resto vende productos en Instagram y todo su contenido lleva el hashtag #Publi. Hasta ha surgido el subgénero insta-publicitario en el que se finge una escena de la cotidianidad para promocionar lo que sea: por ejemplo, @oficialsusogh16 y @iammarieta_, ambos exconcursantes de realities y ahora pareja, compartían lo que parecía una discusión o conversación difícil de pareja para, en realidad, vender hamburguesas:
—¿Qué te pasa?
—A ver, yo llevo unos días que tengo una pregunta en la cabeza… ¿Tú te arrepientes de querer casarte conmigo?
—¿Podemos esperar a que traigan la cena y te respondo con el estómago lleno, por favor?…
—Ahora que tengo mi hamburguesa favorita, la Nevada, cariño, ya te puedo responder a tu pregunta… No me he arrepentido en la vida.
—Es que te digo una cosa, las mejores burgers están aquí porque todos los premios les avalan.
Parece que toda esa intimidad que compartimos es impostada.
En veinticinco años las redes sociales han favorecido que todos, en cierto modo, podamos tener nuestro propio reality y podamos mostrar al resto cómo somos cuando nadie nos ve. Ese efecto «voy a actuar diferente porque me están mirando» que también ocurre con las redes sociales: de repente, necesitamos compartir nuestra skin care routine, la fotito con el bro, el último book leído y el mejor outfit de la semana, sin que nadie nos lo haya pedido.
Padecemos la influencerización de la vida, vivimos en el síndrome de Truman, vamos al gimnasio y creemos que de fondo suena «Experience», de Ludovico Einaudi y Daniel Hope; parejas pasean de la mano y, justo antes de besar… PLEASE, STAY, I WANT YOU, I NEED, DON’T TAKE THEEEESEEE BEAUUUUTIFUL THIIIINGS THAAAAAT I’VE GOOOOT), un tío de fondo (Benson Boone) empieza a gritar. Al bajar del avión, Grits con su «My Life Be Like» uuuh aaah… y esta es ahora la cutre banda sonora de nuestras vidas.
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Yo pensaba que extimidad venía de timidez (pero entonces se llamaría extimidez, no extimidad, claro) y que un extímido era alguien que había dejado de ser tímido. Que la distancia pantalla-persona-al-otro-lado-de-la-pantalla, o follower (parece que dicho así se diluye más el significado), le era suficiente para expresarse en su versión más atrevida.
Un Extímido (todavía Tímido) sería quizá esa persona que no puede hablar en clase porque no cae bien o pasa desapercibida. En las conversaciones nadie espera su opinión y se le habla por encima. Es al que se le atasca la broma rápida (y deja de serlo) cuando, por fin, la casualidad le regala atención y foco. Al (todavía) Tímido esto le cuesta, porque la timidez funciona como una gran mano flotante suspendida sobre la cabeza. Cuando Tímido hace ademán de coger carrerilla, de coger impulso para decir «tal comentario», la mano baja y le agarra por el cuello de la camisa: «epaa a dónde vas». Lo peor es que ni siquiera llega a frenar algo, porque Tímido no había emprendido nada. La mano solo detiene la intención.
Pero, en redes no hay contacto directo, hay ojos que le miran a los ojos en diferido, no siente las pupilas, ni la atención, ni la reacción. Es como estar consigo mismo y pronunciar un soliloquio, agradecer un premio Goya ficticio, ensayar gestos faciales (a ver cómo me queda el guiño), bailar solo en la habitación o hacer un striptease antes de entrar a la ducha. En ese momento puede ser él mismo porque está solo, y en redes también está solo frente a cientos o miles de seguidores. Y se quita la timidez porque a Tímido le fallaba el resto, pero ahora que no están, ahora que su mayor aporte será un like y el menor, nada, es libre. Puede venirse arriba, ser gracioso, bobo, inteligente, interesante, guapo y hasta un poco exhibicionista. Puede ser todo un ligón y tener conversaciones eternas por Tinder, Grindr, Bumble o Insta. Incluso compartir códigos con otra persona (claro que, si al final quedan… boca seca, manos húmedas y un pozo profundo y vacío de temáticas. «Si esto fuera Habbo Hotel ya estaría follando», piensa el tímido Extímido, y tiene razón).
Pero no, extimidad viene de intimidad, según Jacques-Alain Miller, pupilo y yerno de Jacques Lacan: «El término extimidad se construye sobre intimidad: no es su contrario, porque lo éxtimo es precisamente lo íntimo, incluso lo más íntimo. Esta palabra indica, sin embargo, que lo más íntimo está en el exterior, que es como un cuerpo extraño». Si lo más íntimo está en el exterior, ¿vive la intimidad su mejor momento?
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Treinta años después de la primera emisión de An American Family se lanzó un nuevo y último capítulo, «Lance Loud! A Death in an American Family», un inesperado cierre a esta historia que ya no contaba con Gilbert, sino con los cámaras y sonidistas Alan y Susan Raymond. Lance Loud, el hijo mayor de la emblemática familia Loud, primer personaje gay en aparecer en la televisión estadounidense, quiso grabar un último capítulo antes de morir. Loud convivía con una hepatitis C y VIH que le provocó una insuficiencia hepática por la que perdió la vida en diciembre de 2001. «No se equivoquen. Esto no pretende enfatizar la tristeza de mi fallecimiento, sino más bien enfatizar el amor de mi familia y amigos», decía Loud en un último episodio que acaba, ni más ni menos, que con su propio entierro.






