Música

De Nirvana a Bad Bunny: la rebeldía que el mercado sí permite

Bad Bunny en su actuación en la Super Bowl. Foto: Cordon Press.
Bad Bunny en su actuación en la Super Bowl. Foto: Cordon Press.

Nos gusta burlarnos de las generaciones más jóvenes por cómo visten, por lo que escuchan y bailan, por lo que comen o por lo que ven por la televisión —ahora en las redes sociales—, y no pensamos en que quien ha decidido la ropa que se va a poner de moda, qué música se va a escuchar, qué se ve por la televisión o por internet probablemente haya sido una persona de nuestra misma generación.

En los años noventa triunfaba el grunge. Era el último eslabón de una cadena que empezó a forjarse a partir de los movimientos de cadera de Elvis Presley. Beatles, Rolling Stones, Doors, Led Zeppelin, Black Sabbath, Ramones, Guns N’ Roses, The Smiths, Oasis…

La melena rubia —o rosa— de Kurt Cobain estaba en todas las carpetas de chicas adolescentes, la sonrisa tuerta de Nirvana aparecía en todos lados. Pearl Jam, Soundgarden… Poco a poco se sumaron más bandas que proponían pequeñas modificaciones en el estilo marcado por el sonido crudo de guitarra. Ahí estaban, por ejemplo, los Smashing Pumpkins, quienes también se turnaban en los primeros puestos de las listas de discos más vendidos y canciones más escuchadas.

Pero a mediados de la década, el movimiento fue perdiendo fuelle. Aparecían otros estilos que los nuevos jóvenes acogían con más entusiasmo. Algo natural. Las modas. Aunque hace unas semanas, Billy Corgan, el líder de los Smashing Pumpkins, aseguró que la decadencia del grunge —del rock en general— fue algo premeditado. Aprovechó su propio podcast, The Magnificent Others, para hacerlo.

«Creo que el rock fue deliberadamente silenciado en la cultura […] Redujeron la capacidad de las estrellas del rock de tener una voz en la cultura de forma intencional», dijo.

Los años noventa son recordados como una de las épocas doradas de la historia —casi al nivel de los Swinging Sixties o los maravillosos años sesenta—. Sin embargo, las letras de rock que reproducían una y otra vez los casetes de los hogares de clase media en el mundo occidental estaban cargadas de mensajes que alentaban a la rebeldía, que alertaban sobre el adormecimiento capitalista e incitaban a vivir al límite.

Muchos de esos muchachos que se desgañitaban en los escenarios eran demasiado débiles para una empresa tan ambiciosa como era despertar al mundo. No conocían el poder depredador del sistema y Cobain, como tantos otros, lo sufrió en sus carnes.

Chris Cornell, otro de los iconos de la época, confesó que siempre había pensado que el rock era para personas que sienten que no poseen voz propia, o que tienen problemas de adaptación o para jóvenes pendientes de validación externa o con la necesidad de identificar sus propios sentimientos.

«Creo que el rock es un derecho y a la vez un privilegio, porque no se parece a ninguna otra cosa», dijo Cornell. «Es algo por lo que hay que luchar».

Volviendo al líder de los Smashing Pumpkins, lo que viene a decir en sus declaraciones no es que quisieran quitar la música grunge, o rock, de en medio, sino que lo que querían era ver desaparecer el rock como concepto, el rock como cultura. Conspiraciones aparte —el músico deja caer alguna en la entrevista completa—, las palabras de Corgan pueden tomarse como una especie de lucha en defensa del rock.

El rap fue su sucesor y hoy, según Corgan, es el pop quien domina los estándares del mercado. Los chavales que fuimos, como los de hoy, también nos vimos influenciados y encauzados por personas con intereses comerciales particulares.

La música, como toda creación artística, tiene una pulsión y una vida propia, pero siempre se necesita de un impulso externo para que se vuelva masiva y global —más aún hoy, en la época de la fragmentación—. Hay una decisión externa, llevada a cabo por personas con poder para determinar qué tipo de música suena y qué grupos copan las radios para que sirvan de escaparate, modelo de conducta y entretenimiento para la gran masa.

Aunque no lo parezca, en la casita de Bad Bunny también hay espacio para una forma de contracultura. Quizá porque el absurdo mundo en el que vivimos no requiere de mucha distancia para separarse de discursos tan burdos y simplones como los que lanza la extrema derecha y por ello en los mensajes de las letras de Bad Bunny algunos no logramos atisbar mucho de rebeldía. Pero para los estándares del mundo actual la hay y los jóvenes —y no tanto— la identifican.

Aparte de las críticas al Gobierno actual de los EE. UU. y su presidente, Donald Trump, el puertorriqueño introduce otras temáticas.

Sí, es un producto de los tiempos que corren y su transgresión forma parte del marketing. Su rebeldía es monetizable, lo que la hace perfectamente compatible con las multinacionales que se enriquecen con sus conciertos. Pero eso no la convierte en pura simulación. También es rebeldía: cuestiona la identidad, la masculinidad, la sexualidad y el colonialismo. Aunque, por el momento, no llegue a representar una amenaza real para el sistema que produce su música. No molesta tanto como molestaba el rock. Se tolera, como se tolera todo lo que es rentable.

El rock nos hizo sentir que personas como Cornell, Cobain o Vedder nos prestaban su voz y nos daban un espacio en un mundo en el que no encajábamos del todo. Quizá, para los jóvenes de hoy, la forma que tienen de indagar en su propio mundo es a través de lo que les hace sentir moverse al ritmo del trap de Bunny.

El rock molestaba porque pretendía cambiar la cultura. También apoyaba la solidaridad, el sentimiento de comunión global.

También era negocio, claro: MTV, las discográficas, las listas de ventas. Pero ese negocio convivía con una fricción real, la misma que llevaría a Cobain a la autodestrucción y que llevaría después a Pearl Jam y Nirvana a negarse a participar en el mercadeo de Ticketmaster.

En las décadas siguientes, el propio Cornell participó en campañas contra el bloqueo de Cuba, estuvo comprometido contra la pobreza global. Pearl Jam fundó en 2006 la fundación Vitalogy, para apoyar causas de medioambiente, personas sin hogar y derechos indígenas. Dave Grohl, el baterista de Nirvana, es constante en su apoyo filantrópico a los desfavorecidos.

La rebeldía está permitida siempre que pueda convertirse en tendencia comercial. El sistema no necesita destruir la contracultura, le basta con absorberla instantáneamente. Quizá el rock no fue intencionadamente destruido y es que solo dejó de ser rentable…

En otra entrevista, Billy Corgan asegura que el rock y los nuevos rockeros han vuelto a sus orígenes, que han vuelto a crear una conexión emocional con las personas, alejándose del juego de los números, de los seguidores y de las ventas comerciales. Si fuese así y Corgan ahí sí tuviese razón, demostraría que la fuerza del rock, su regreso, solo es posible precisamente porque dejó de ser negocio de masas. Y si es así, es posible que la rebeldía de Bad Bunny, mientras siga siendo rentable, nunca pueda llegar a ser la misma cosa.

No con el mismo impacto.

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