
Se ha visto en la televisión pública española. La Torre Eiffel de fondo, dos hombres aguardan el comienzo del Francia-Marruecos y entretienen la espera con una mujer muerta. «Un personajazo», celebra el presentador, que confiesa que la historia que trae el otro al plató le ha encantado y que no entiende «algunas polémicas», sin que a lo largo de la conversación llegue a formular una sola pregunta sobre ellas, que, digo yo, habría sido la manera de intentar entenderlas. No citaré al autor ni la biografía fabulada objeto de la conversación entre ambos; ya tiene suficientes escaparates y, además, esto no va de la «obra». Tampoco va, en rigor, contra Xabier Fortes, aunque su nombre encabece estas líneas. Va de los profesionales de la comunicación que se han pasado la última década explicándonos el machismo estructural con solemnidad eclesiástica, y que han recibido con complicidad y risitas un artefacto construido, desde la primera página a la última, sobre el arquetipo misógino más viejo del inventario.
Que conste en acta que Fortes no ha sido el primero en celebrar este pasquín categorizado como «narrativa basada en hechos reales» ante un micrófono o una cámara ni será el último; le precedieron otras tertulias, otros elogios jocosos entre colegas, otras tardes de radio que no merecen la molestia de ser nombradas para no aburrir al lector. Lo escojo a él porque encarna a quien se piensa como un periodista de servicio público orgulloso de ser exigente con el poder. Si el machismo atávico de la progresía fuera cosa de patanes carecería de interés, porque del patán ya lo esperábamos todo. Lo instructivo es verlo operar en un referente comunicativo que se autopercibe como el mejor de la clase sin que su superyó ilustrado registre la más leve turbulencia intelectual. Es tan sorprendente que en redes sociales, anticipando este artículo como una amenaza, anima a sus seguidores a ver el programa para demostrar su «buen hacer». Ese es el fenómeno que estas líneas quieren describir, sin acritud y con cierta melancolía.
Dicen que a cada cerdo le llega su San Martín y a cada progre su clase de deconstrucción. Así que manos a la obra. Empecemos por la lección primera, señor Fortes, la del machismo, ya que su programa se anuncia como espacio de análisis. El relato vital que usted celebra narra la historia de una mujer muerta, que no puede replicar, y lo hace exponiendo su pueblo, su familia, sus tragedias, su expediente psiquiátrico, sus diagnósticos, sus ingresos hospitalarios y hasta sus kilos en la camilla de la ambulancia. Frente a ella desfilan supuestos hombres adultos que sostuvieron con una desconocida algún tipo de relación emocional. A esos hombres, vivos y algunos poderosos, el relato les regala el anonimato. Un banquero, un articulista, un músico, un colaborador. Sin nombre, sin apellido, sin cargo. La contabilidad del artefacto es exacta y es la de siempre. La muerta paga con su cuerpo, su historia clínica y su intimidad; los vivos cobran en discreción. A eso, en los seminarios que ustedes tanto citan, se le llama doble vara, y cuando la vara se aplica sistemáticamente en función del sexo tiene otro nombre que usted conoce y que, si no, le recuerdo yo: machismo.
Sigamos con el arquetipo, porque el retrato no es neutro ni nuevo. Una mujer que asciende engañando a hombres mediante un rostro prestado. La sirena, el súcubo, la embaucadora, la femme fatale, Eva y la manzana. Quince siglos de literatura clerical resumidos en algo denominado «narrativa basada en hecho reales». Los hombres seducidos, en cambio, aparecen retratados con ternura de posguerra. Estaban solos, eran vanidosos, pobrecitos. Usted mismo remató la faena en directo al describir el ego del varón periodista como «la ecuación perfecta», entre carcajadas, sin advertir que acababa de firmar la absolución general del gremio. Ellos, víctimas de su vanidad. Ella, culpable de la vanidad de ellos. En su plató se comparó incluso a la élite periodística española con una señora sola estafada por un falso galán de internet. Fíjese en el detalle, porque es una preciosidad. Para explicar la credulidad de los hombres más poderosos del periodismo español hizo falta disfrazarlos de mujer mayor y sola. Ni en la metáfora exculpatoria supieron ustedes salir del estereotipo.
Y una capa más, que a la progresía debería quemarle en las manos. El pecado original de la protagonista, según el propio relato que usted aplaude, fue entrar sin pedigrí. Una mujer de un pueblo pesquero, sin estudios superiores, sin másteres, sin apellidos, logró dirigir durante años una parte del cotarro cultural de este país. Quince años después de aquello, y cuatro después de su muerte, la intrusión todavía exige castigo póstumo con autopsia pública incluida. Eso, señor Fortes, no es un personajazo. Es un escarmiento de clase con perspectiva de género, servido en papel de regalo, y usted promociona el linchamiento en la cadena que pagamos todos.
Lección segunda, la del oficio. Usted presentó el producto como el relato asombroso de un hecho real y lo despidió, dos veces, deseando suerte a «la novela». En una misma entrevista caben así las dos licencias, la de la verdad cuando conviene al morbo y la de la ficción cuando uno deja de ser «analista» para compadrear con sinceridad. El autor, en otras plazas, jura que no hay una sola línea inventada; usted, en la suya, lo llama novela y tan contento. Alguien que dirige un programa de análisis de actualidad debería haber sentido comezón profesional ante esa doble naturaleza. Debería haber preguntado cuántos de los episodios íntimos están documentados y cuántos reconstruidos, por qué esos pasajes carecen precisamente de toda atribución, qué pruebas sostienen lo que una muerta ya no puede desmentir, y qué protocolo deontológico ampara publicar la biografía fabulada de una persona que dedicó su vida entera a negarse a ser contada. No preguntó nada de eso. Y cuando su invitado reconoció espontáneamente que la familia consideró que el libro no debía hacerse, y añadió que el enfado «le viene muy bien» al producto, usted volvió a las risotadas y pasó a la siguiente anécdota. El duelo de una familia convertido en plan de marketing, ratificado en horario nocturno de la televisión pública con la Torre Eiffel de atrezo. Contrastar no es hostilidad hacia el entrevistado, señor Fortes. Es el oficio. El mismo que usted exige, con toda la razón, cuando el entrevistado es un político de derechas.
Le diré, para que no se sienta solo, que la única lección de periodismo emitida en todas las horas de radio y televisión que este libro lleva acumuladas la dio un extranjero. En una de esas tertulias amables, el anfitrión preguntó con sorna si Jot Down todavía existe. Mathieu de Taillac, corresponsal de Le Figaro, le respondió que la revista no solo existe, sino que es de lo poco que hoy merece la pena leerse. Podía afirmarlo porque había llamado antes a la redacción para contrastar1, y la redacción puede acreditarlo. Fue el único, entre todos los participantes de todos esos programas, que hizo esa llamada. Descolgar un teléfono, señor Fortes. La unidad mínima del oficio quedó ese día en manos de un corresponsal francés, y nadie en las mesas pareció reparar en la enseñanza.
Todo esto ocurre, además, sobre un paisaje muy concreto que ya denunciamos aquí. Basta repasar el mapa de los medios españoles para comprobar que ni uno solo de los diez diarios más leídos, ni las mañanas de las grandes cadenas de radio, ni los informativos de las principales televisiones tienen hoy casi ninguna mujer al mando. Una restauración silenciosa y eficaz, ejecutada sin columnas encendidas, sin manifiestos y sin protestas, con la progresía mirando hacia otra parte mientras las últimas mujeres que dirigieron un gran periódico o una gran mañana de radio salen por la puerta de atrás. Sobre ese panorama deben leerse tantos programas amables. La única mujer que en los últimos quince años logró fundar y dirigir un medio de referencia en este país, sin pedigrí, sin padrinos y sin salir de casa, recibe ahora su castigo póstumo en forma de fabulación biográfica que no le reconoce ningún mérito intelectual. Y quienes la celebran entre risas son, precisamente, hombres con micrófono propio en un ecosistema del que las mujeres han vuelto a desaparecer sin que ninguno de ellos le haya dedicado al asunto ni un minuto de su antena. La primera pregunta, la única que importaba —quién habla por la mujer que ya no puede hacerlo, y con qué derecho—, nunca se formuló en sus micrófonos, igual que nunca se ha formulado la otra, la de por qué ya no queda casi ninguna al mando y todos tan tranquilos.
1De los más de ochenta reportajes, podcast y artículos que llevamos recopilados solo tres periodistas nos han llamado para contrastar. El ya comentado Mathieu de Taillac, Arcadi Espada e Ignacio Vidal-Folch







Enhorabuena, por el fondo y por las formas.