Sociedad

Ya no hay vagos

Imagen promocional de Shameless, 2010

Ya no hay vagos. Tampoco hay tímidos, ni torpes, ni cobardes, ni gente que simplemente no quiere hacer algo. Hay una salida de emergencia para cada cosa que alguien hace mal o de la que prefiere no responder. A veces se llaman «altas capacidades insuficientemente estimuladas». Otras veces, «TDAH adulto sin diagnosticar». Otras, «alta sensibilidad» o «espectro leve». Muchas, «trauma con minúscula». Sí, hay muchas personas que sufren estas condiciones, pero muchísimas que no y corren rápido a colgarse estas etiquetas… o que se las cuelgue un supuesto profesional. Cualquier defecto de carácter tiene hoy su ficha clínica disponible. Molesta, sin matices, la facilidad con la que cualquiera se cuelga hoy un diagnóstico como quien se pone una medalla, y la rapidez con que el resto aplaude en vez de preguntar. Susan Sontag escribió que toda enfermedad acaba convertida en metáfora moral. Era un relato terrible sobre quién la merece y por qué. Hablaba del cáncer, de la tuberculosis. Hoy el mecanismo se ha invertido y es peor. Hoy toda metáfora moral acaba convertida en enfermedad. La pereza. La cobardía. El desamor que tarda en sanar. Nada de eso exige ya carácter. Todo eso exige, como mucho, un test online de cinco minutos.

Esto tiene nombre académico, no es un cabreo personal disfrazado de tesis: concept creep, lo llamó el psicólogo Nick Haslam. Los conceptos de daño psicológico se han ido ensanchando hasta tragarse fenómenos cada vez más leves, cada vez más parecidos a lo que uno puede sentir un martes cualquiera sin que eso signifique absolutamente nada. Un estudio de su equipo, de 2024, lo confirmó de forma incómoda. En particular, encontraron que cuando a alguien con problemas leves se le pone una etiqueta diagnóstica, todos los demás dan por hecho que necesita tratamiento profesional, aunque su comportamiento no roce ni de lejos lo patológico. La etiqueta no se limita a describir. Empuja, y empuja en una sola dirección. Es una irresponsabilidad con coartada científica.

Es también una trampa estadística que casi nadie quiere mirar de frente. En cualquier prueba diagnóstica hay dos formas de equivocarse. El error de tipo I es ver algo donde no hay nada: declarar enfermo a quien está sano. El error de tipo II es el contrario: declarar sano a quien está enfermo. Durante décadas la psicología clínica luchó contra el segundo, con razón. Ahí estaba la mujer con TDAH que pasó cuarenta años pensando que simplemente era torpe. También el niño con altas capacidades al que llamaron raro en vez de mirarlo. Esa batalla, justa, se ganó. Pero las herramientas que se afinaron para no dejar fuera a nadie ahora dejan entrar a cualquiera. Hoy, si alguien quiere encontrar una etiqueta que justifique su comportamiento, la encuentra. Siempre. Eso no es generosidad clínica. Es una puerta sin cerradura.

Un escáner no sabe que lo están mirando. Una persona, sí. Quien se cree, por una lista de síntomas vista en un teléfono, portador de una condición, empieza a vivir dentro de ese filtro, y el filtro fabrica lo que promete encontrar. Tiene nombre clínico: efecto nocebo, el hermano oscuro del placebo. La expectativa del mal produce sus síntomas reales sin que medie ningún mecanismo biológico previo. Un experimento reciente lo demuestra con crueldad: cogieron a un grupo de jóvenes adultos con muy pocos síntomas de déficit de atención —se descartó deliberadamente a cualquiera con sospecha mínima de tenerlo realmente— y les pasaron un taller divulgativo sobre TDAH, con ejemplos y testimonios, la parafernalia habitual de la concienciación bienintencionada. No cambiaron sus síntomas. Cambió su creencia. Empezaron a leer lo de siempre —la mente que se va, el cajón sin ordenar— como prueba clínica de algo que veinte minutos antes ni se planteaban. Así de barato sale fabricar un paciente, con una charla y una sospecha previa.

Ese es el mecanismo que de verdad me indigna. Alguien busca un diagnóstico que no le corresponde —un falso positivo, puro y simple— y el acto de creérselo, de organizar la vida entera alrededor de la etiqueta, acaba produciendo los síntomas que la etiqueta exigía. Lo que empezó siendo un capricho termina pareciendo, con el tiempo, una condición legítima. Y entonces ya no hay manera de separar el síntoma real del síntoma comprado. El diagnóstico dejó de describir el mundo. Empezó a fabricarlo, como esos mapas de Borges que crecían hasta el tamaño exacto del territorio y dejaban de ser mapas de nada. En realidad, eran el territorio mismo, sustituido, falsificado a fuerza de detalle.

La inteligencia artificial no inventa este negocio. Lo industrializa a velocidades inquietantes. Un estudio sobre contenido de TDAH en TikTok —casi quinientos millones de visualizaciones en los cien vídeos más vistos— encontró que menos de la mitad de las afirmaciones sobre síntomas se ajustaban a ningún criterio clínico reconocido. Pura invención con aspecto de divulgación. Otro trabajo documentó que uno de cada cuatro adultos jóvenes sospecha tener TDAH, cuando la prevalencia real ronda el seis por ciento. Estamos ante una epidemia de autocompasión disfrazada de conciencia clínica. Y quienes ya se habían autodiagnosticado puntuaban mejor, sistemáticamente, los vídeos menos rigurosos. No buscaban exactitud. Buscaban que les dieran la razón, y siempre hay alguien dispuesto a dársela por dinero. Pedirle ahora lo mismo a un modelo de lenguaje no corrige nada. Lo acelera, porque devuelve una respuesta articulada y a medida sin la fricción incómoda de un profesional capaz de decir que no, que eso no es lo que tienes, que a lo mejor es solo que te cuesta hacer las cosas.

El caso de las altas capacidades en España es de manual indignante. No hay criterio único. Según la fuente, la prevalencia estimada va del uno al quince por ciento de la población. Eso no es un margen de error razonable. Hay asociaciones del sector que defienden, sin pudor, bajar el corte de cociente intelectual de 130 a 120, lo que multiplicaría por varias veces el número de niños etiquetados como excepcionales. No hace falta imaginar mala fe en cada caso particular. Basta notar el patrón, y el patrón apesta porque cuanto más se ensancha una categoría, más caben dentro, y el negocio —porque hay negocio, clínicas, evaluaciones, talleres a doscientos euros la sesión— prospera exactamente con la misma elasticidad que el diagnóstico.

Las condiciones reales existen, son graves, y durante mucho tiempo no se nombraron cuando debía hacerse. Eso sigue siendo verdad por mucho que lo que viene a continuación incomode. El infradiagnóstico de ayer no se cura ensanchando el concepto hasta vaciarlo de sentido. Se cura afinándolo, no inflándolo. Confundir las dos cosas es la trampa retórica más cómoda y más cobarde de este debate, y la oigo constantemente, incluso en boca de gente que debería saber distinguirlas y prefiere no hacerlo porque distinguir incomoda a su público.

Lo que más indigna no es solo el error estadístico. Es que hemos dejado de tener un sitio donde guardar el fracaso ordinario sin pedir perdón por ello ni necesitar un certificado para sostenerlo. Pessoa habitaba esa zona templada con destreza. Escribía que no era nada, que nunca sería nada, sin necesitar ningún manual que lo certificara, sin pedirle a nadie que lo comprendiera. Solo la melancolía desnuda, sin etiqueta, sostenida por sus propias fuerzas, sin pedir nada a cambio. La pereza, la dificultad para concentrarse un lunes, la torpeza social, el desamor que no se cura a la velocidad que el calendario exige. Todo eso ha emigrado al territorio con prestigio clínico.

Decir «soy vago» es una afirmación sobre el carácter. Es modificable, incómoda, sometida a juicio, y por eso mismo insoportable de sostener mucho tiempo sin hacer nada al respecto. Decir «tengo TDAH» es una afirmación sobre la biología, que no se discute por decreto de voluntad, y que exime —razonablemente en los casos reales, sin ninguna razón en los inventados— de buena parte de la responsabilidad sobre el resultado. La diferencia entre las dos es moral, y quien la usa lo sabe, aunque después diga que no lo sabía.

No añoro la vieja moral del esfuerzo, la que confundía disciplina con virtud y no sabía distinguir el sufrimiento evitable del necesario, esa moral mezquina que también hizo mucho daño. Pero hay una pérdida real, y nadie la está llorando. Ese lugar donde algo no es ni patología ni virtud, sino simplemente carácter, hábito, elección, lo que se puede trabajar precisamente porque nadie lo ha blindado todavía con un diagnóstico. Los estoicos tenían una palabra exacta para ese territorio: prohairesis, la facultad de elegir incluso entre lo que no se ha elegido. El pequeño margen de gobierno sobre uno mismo que ni la enfermedad ni la mala suerte podían arrebatar del todo. No era ingenuidad ni privilegio. Epicteto fue esclavo, y supo de sobra lo que el cuerpo y la circunstancia imponen sin pedir permiso. Pero distinguía, con una nitidez que hoy parece casi una provocación, entre lo que depende de nosotros y lo que no, y reservaba para lo primero una responsabilidad emocionante.

El diagnóstico contemporáneo, en su versión inflada, hace exactamente lo contrario. Traslada al territorio de lo que no depende de nosotros decisiones que durante siglos pertenecieron a la voluntad. La voluntad no explica todo, pero deja sitio para intentarlo. Cuando todo defecto pasa a llamarse condición, desaparece la libertad de fallar y aprender.

En ningún sitio se nota tanto esta deriva como en el amor, que es donde la palabra clínica hace su trabajo más sucio porque ha colonizado un territorio que antes se gobernaba con un vocabulario mucho más pobre y honesto. Me hizo daño se ha convertido en algo narcisista. No me quiso se convierte, casi automáticamente, en tenía un trastorno de personalidad. Hilary Mantel decía que la memoria es una novelista, no una historiadora, y nunca lo he sentido tan cierto como en las historias de amor que se reescriben después con un manual diagnóstico en la mano. La memoria, asustada de su propia ambigüedad, busca un género más cómodo que la tragedia. Lo encuentra en la patología, que no necesita villano. Nadie tiene que responder por nada.

Hay además un recorrido típico, casi una dramaturgia, y conozco bien sus tres actos porque los he visto representarse, en mí y en otros. Primero se disculpa al otro: está enfermo, no puede evitarlo, hay que tener paciencia con quien sufre. Es un gesto generoso, a veces verdadero, y durante un tiempo sostiene la relación con una dignidad que no tiene nada de ingenua. Después llega la segunda fase, más amarga: la sospecha lenta, resistida, de que detrás de la enfermedad no había solo enfermedad, de que también había, simplemente, alguien que no quería como se esperaba que quisiera, con enfermedad o sin ella. Y por último llega la tercera fase, la más cobarde. Es el diagnóstico final, más severo, el que ya no disculpa sino que condena con vocabulario clínico, como si nombrar el trastorno con mayor precisión devolviera algo del tiempo perdido. No devuelve nada. Solo cierra la herida por fuera, dejándola intacta por dentro.

Ese tercer movimiento es el que más rabia da, porque llega justo cuando el dolor necesita una salida y la salida clínica es la que exige menos culpa a quien la pronuncia. Es cómodo. Es elegante. Y es, casi siempre, una mentira pequeña que sustituye a una verdad mayor y más difícil de tragar. El diagnóstico, en esa tercera fase, no busca entender al otro. Busca absolvernos a nosotros mismos de la lentitud con que entendimos, y eso, aunque consuele, no es justicia, es vanidad.

La pregunta que importa no es si la etiqueta es correcta. A veces lo es. La psicología no es una pseudociencia, y los trastornos que describe no son inventados, aunque a veces se inventen, con total impunidad, los casos a los que se aplican fuera de consulta. La pregunta es qué hacemos en el instante en que la pronunciamos sobre alguien que amamos. Si la usamos para seguir mirando con más precisión hacia lo que pasó, o si la usamos exactamente para lo contrario, para dejar de mirar. Tardar tanto en aceptar que a veces no hay diagnóstico que explique por qué alguien, simplemente, no nos quiso, y que ningún manual del mundo nos va a ahorrar el trabajo de digerirlo sin coartada.

 

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