Juegos de azar

Cuarenta y ocho maneras de perder el tiempo (y la hacienda)

jugadores de cartas de Sorolla
«Jugadores de cartas», Joaquín Sorolla (1897)

Pocas cosas tan españolas caben en un bolsillo. La baraja de oros, copas, espadas y bastos lleva más de seis siglos circulando por tabernas, cuarteles, sacristías y casinos de pueblo, y en ese trayecto ha dejado en el idioma más huellas que muchos clásicos de la literatura. Cuando decimos que alguien «tiene buena pinta» estamos hablando, sin saberlo, de naipes. La pinta es esa interrupción en la línea que enmarca cada carta y que permite saber el palo sin desplegar la mano entera. Ninguna raya para los oros, una para las copas, dos para las espadas, tres para los bastos. El jugador veterano reconoce el palo por el canto, por la pinta, y de ahí saltó la expresión al habla común. Lo mismo ocurre con «ser un as», «cantar las cuarenta», «dar la vuelta a la tortilla» según algunas etimologías tahúres, o ese «arrastrar» con el que en media España se anuncia que se sale de triunfo.

El propio nombre del invento ya es un enigma razonable. La palabra «naipe» aparece documentada en Cataluña a finales del siglo XIV, apenas unas décadas después de que las cartas llegaran a Europa, casi con toda seguridad desde el mundo mameluco a través de los puertos mediterráneos. Una hipótesis muy repetida la hace derivar del árabe nā’ib, el lugarteniente, que era una de las figuras de aquellas barajas egipcias. Otra, más doméstica, la atribuye a las iniciales de un supuesto fabricante. Sea como fuere, los naipes se propagaron con tal velocidad que Juan I de Castilla ya los prohibía en 1387, lo que constituye la mejor prueba posible de su éxito. Nadie prohíbe lo que nadie usa.

La baraja española tiene una peculiaridad que sorprende a cualquier extranjero que la mira con atención. No hay reinas. Del diez al doce desfilan la sota, el caballo y el rey, una corte rigurosamente masculina si aceptamos que la sota, ese paje de gesto chulesco, representa a un varón joven, cosa que no siempre estuvo clara y que algunos grabados antiguos desmienten con sotas de rasgos deliberadamente ambiguos. El caballo, además, es una rareza casi exclusiva nuestra y de la baraja italiana, su prima hermana. Donde franceses e ingleses pusieron una dama, nosotros preferimos un señor a lomos de un animal. Que cada cual extraiga sus conclusiones sociológicas.

Otra singularidad es su aritmética inestable. La baraja completa tiene cuarenta y ocho cartas, pero la mayoría de los juegos nacionales, con el tute y la brisca a la cabeza, se juegan con cuarenta, expulsando sin contemplaciones a ochos y nueves. Esas ocho cartas fantasma viven en un limbo curioso, impresas pero rara vez usadas, esperando a que alguien proponga una pocha, un cinquillo o, más insólito todavía, una partida de póker con baraja española, esa variante castiza que durante décadas se jugó en bares y trastiendas con oros y bastos en lugar de picas y corazones, y en la que uno podía cantar un full de reyes y sotas mientras apuraba un carajillo. El injerto funcionaba con naturalidad asombrosa, como si escaleras y parejas hubieran nacido en Vitoria y no en los barcos del Misisipi. El salto del siete a la sota, ese abismo entre el 7 y el 10, ha desconcertado a generaciones de niños que aprendían a jugar en verano con sus abuelos.

Durante siglos, fabricar naipes fue un negocio de Estado. La Corona convirtió las cartas en estanco, igual que el tabaco o la sal, y llegó a concentrar la producción destinada a América en un lugar improbable, el pueblecito malagueño de Macharaviaya, gracias al empeño de la familia de José de Gálvez, ministro de Indias con Carlos III. Durante décadas, buena parte de las cartas con las que se jugaba de México a Buenos Aires salieron de aquella aldea de la Axarquía que hoy apenas suma cuatrocientos habitantes. El monopolio explica también otra costumbre que ha llegado hasta nosotros, la de estampar el nombre del fabricante y el sello fiscal en cartas concretas, tradicionalmente el as de oros o el cuatro de copas, que funcionaban como una suerte de DNI de la baraja.

El diseño que hoy consideramos canónico, sin embargo, es sorprendentemente reciente. Se lo debemos a Heraclio Fournier, un impresor de origen francés afincado en Vitoria que en 1868 convocó un concurso para modernizar los naipes y acabó fijando, con la ayuda del pintor Emilio Soubrier y los retoques posteriores de Díaz de Olano, la iconografía que todos tenemos en la retina. Aquella baraja ganó medalla de oro en la Exposición Universal de París de 1889 y convirtió una imprenta alavesa en sinónimo mundial de naipe. Hoy Vitoria alberga en el palacio de Bendaña el Museo Fournier de Naipes, una de las colecciones de cartas más importantes del planeta, donde conviven barajas revolucionarias francesas sin reyes, naipes japoneses y rarezas taurinas del XIX.

Queda, para el final, la leyenda más entrañable del repertorio, la del soldado sorprendido jugando en misa que se defiende ante sus superiores explicando que la baraja es su devocionario. El as le recuerda que hay un solo Dios, el dos los testamentos, el tres la Trinidad, y así hasta convertir las cuarenta cartas en calendario, catecismo y libro de horas. La historia circula por medio mundo en romances, canciones y hasta grabaciones country americanas, y probablemente sea falsa de cabo a rabo, lo cual no le resta ni un gramo de encanto. Al contrario, confirma lo que cualquier jugador de guiñote sabe desde siempre: que la baraja española nunca ha sido solo un juego. Es un idioma, una liturgia laica y, bien mirada, uno de los objetos más perfectos que ha producido este país. Cuarenta y ocho cartas, ninguna reina y seis siglos de partidas. Que siga el arrastre.

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