
A la montaña se va a trabajar y a esconderse, en el más amplio de los sentidos. La montaña es un refugio y una cárcel, define nuestra forma de vida y nuestra clase social, y esa dicotomía es un continuo en nuestra relación con ella.
La montaña es una desconocida para los que vivimos en la ciudad. Es una extraña para un país de costa. Resulta difícil explicar la experiencia de montaña; resulta difícil describir la vida a dos mil, a tres mil metros, a alguien que nunca la ha vivido. La forma en la que vivimos la montaña es, como todo y siempre, política.
Trabajo
La montaña siempre fue trabajo. El medio rural del obrero, el trabajo manual y físico, y la ganadería, la saca del corcho, la minería, la piedra, el río, el prado.
Es el trabajo de la tierra en altura —el valle, la ladera y la roca— y, en el libro Quebrada, de Mariana Travacio —quebrada significa «paso entre dos montañas»—, la montaña también se relaciona con la agricultura y lo rural, pero, sobre todo, con un paraje seco del que hay que partir en busca de tierras más fértiles. Allá arriba, donde solo hay guijarros y escasea el agua, donde no consigue nacer ni un brote, se vive con más fuerza la dureza de la montaña y la imposibilidad de la vida en las altas cotas.
«Somos los viejos, acá, los que nos quedamos a mirar cómo se nos repiten los días. Si usted viera, madre, le daría llanto. Hemos quedado nosotros y las puras montañas, en estas tierras, sin agua ninguna. Ni los yuyos crecen como antes».
Desde abajo, contemplamos la belleza del macizo, pero, desde arriba, solo se vive la escasez.
Mientras que en Quebrada bajan de la montaña para vivir, en la película de animación No se admiten perros ni italianos suben para trabajar. Los Alpes resultan un buen campo de trabajo para los italianos que viven en la montaña a principios del siglo XX, donde van a explotar las canteras.
La familia Ughetto vive en la absoluta miseria, con pocas posesiones y muchas bocas que alimentar, pero, una vez más, recurre a la montaña como salvación laboral y cruza a trabajar a Francia y Suiza en busca de un sueldo y de comida para pasar el invierno. Allí ejercen de albañiles y obreros y se encuentran con el racismo de los franceses, que los tratan como mano de obra que obedece y no hace caso a la política, una clase social aparte, los italianos: peones baratos y «palurdos macarroni».
Ellos, que siempre han vivido de la montaña, cruzan definitivamente los Alpes y los dejan atrás para escapar del fascismo de Mussolini.
Refugio
Resulta político cómo nos vinculamos con la montaña, ya se emplee, como se ha hecho históricamente, para el trabajo y la faena o como vía de escape de regímenes opresores. Es la linde que nos lleva a otro lugar.
En un contexto más nacional, igual que los Alpes para los italianos, los Pirineos son la frontera en Canto yo y la montaña baila, de Irene Solà, el terreno escarpado donde esconderse o cruzar al otro lado.
La montaña pirenaica también tiene un significado de desafío y salvación para los republicanos que se exiliaron tras la victoria del bando franquista. Caminaban durante días para cruzar por los pasos de montaña del Empordà y, si tenían suerte, si no se cansaban ni los pillaban, llegaban a tierras francesas. Cruzar la montaña; a un lado, la dictadura; al otro, la libertad: «En la montaña no hay guerra, que las guerras se terminan pero la montaña no».
En contraposición al contexto político exterior, la montaña también puede servir como refugio político interior. En la película Hacia rutas salvajes (Into the Wild), el protagonista recurre a la montaña para alejarse de la sociedad del dinero, el ascenso social y la meritocracia, pero también como posición frente a su padre, para rechazar su autoritarismo y violencia. La montaña es el lugar al que recurren los que quieren desprenderse del modelo social. La vuelta a las raíces, a los principios, a la soledad; es la revolución pacífica. El neoliberalismo no torna hacia la montaña, torna hacia la ciudad, donde se encuentran la acumulación de capital, el lujo y la comodidad.
Descanso
Desde esta perspectiva contestataria, hay un cierto éxodo vacacional de la gente de ciudad que busca una desconexión del estrés, un respiro de la aceleración y del turbocapitalismo. Necesitan el descanso de lo urbano, de lo rápido, del cemento, el trabajo y el transporte. Es el anhelo de una vida más amable y respetuosa.
Siempre se me viene a la mente la tensísima conversación de As bestas. Hasta casi la mitad de la película, nos pintan a los locales gallegos como crueles, violentos y agresivos; le reprochan al foráneo francés que no quiera firmar para la instalación de un parque eólico por el que les pagarían mucho dinero. El francés es el que viene de la ciudad —extranjero, además—, que ha estudiado y ha decidido trasladarse al medio rural y montar una granja, pero ellos son los que llevan cuidando del ganado toda su vida.
«En tus “elucubrantes” planes urbanistas de la aldea, ¿tú no te das cuenta que te sobramos nosotros todos? ¿No ves que, cuando venga esa hipotética gente a vivir aquí llamados por tus lechugas ecológicas, el aire puro, la putísima madre naturaleza que los parió a todos, no ves que cuando vean la cara de monos que tenemos Loren y yo marchan cagando hostias a sus países de origen?».
Ahí, a mitad de la película, te dice: el malo eres tú. Y sí, somos nosotros, los de ciudad que vamos a caminar al campo, y también somos nosotros —o al menos la visión ficticia y estereotipada de nosotros— los que, a lo «todo para el pueblo, pero sin el pueblo», formamos parte del grupo que llega a enseñarles a los que siempre han vivido allí sobre políticas verdes, productos ecológicos y prácticas medioambientales. Esa superioridad moral que a veces tenemos los de ciudad porque sabemos más, porque tenemos estudios, nosotros, que ya estamos cansados de la ciudad y decidimos mudarnos al campo. La clave está en decidir, en poder hacerlo.
La misma crítica la encontramos en la novela Las ocho montañas, de Paolo Cognetti.
«Sois vosotros, los de la ciudad, los que la llamáis “naturaleza”. Es tan abstracta en vuestra cabeza que también el nombre es abstracto. Nosotros decimos “bosque”, “prado”, “torrente”, “roca”, cosas que uno puede señalar con el dedo. Cosas que pueden usarse. Si no pueden usarse, no las nombramos porque no sirven para nada».
La montaña es una desconocida para los que vivimos en la ciudad. No sabemos del agua fría que baja del río o del glaciar, de las lluvias y los quince grados del verano. Los que vivimos en plano no sabemos del subir y bajar de la montaña, porque en la montaña el agua escasea y las provisiones llegan por polea o por helicóptero.
En As bestas y Las ocho montañas se expone muy bien la contradicción de lo urbano hacia lo rural, una prepotencia de clase, que podría llamarse. Cómo desde la urbe se idealiza el campo con su slow life y es adonde la población va a guarecerse de la máquina de habitar que diseñó Le Corbusier, una vida programada y mecanizada, para al fin salir de la ciudad acelerada. Y descansar.
Salir de la máquina de habitar tiene que ver con lo urbano, pero también tiene que ver con el trabajo de nueve a cinco, pero en el campo a las seis se ordeña y a las cuatro es de noche. Salir de la máquina de habitar es salir de nuestra vida encauzada en el capitalismo y recargar las pilas para volver a la máquina. Es fácil idealizar cuando renuncias voluntariamente a las comodidades una o dos semanas al año.
Explotación y atracción turística
Y, escalando en las esferas, la montaña también se convierte en un fin turístico: se pretende domesticarla como un servicio más, transformarla en un producto para su uso y disfrute, como todo lo que hace el capitalismo, para sacarle la máxima rentabilidad. Es fácil querer a la montaña desde el privilegio de disfrutarla. Es fácil idealizarla desde el valle. Las élites solo tornan a la montaña para servírsela con una aceituna.
La montaña turistificada sufre de hileras para subir al Everest, atascos en los valles de las Dolomitas, casitas por temporadas, resorts de montaña, equipos de ferrata, esquíes en invierno. La montaña se ha convertido en un sector servicios: hoteles, hostales, refugios, restaurantes, estaciones de esquí… Y lo que lo mantiene vuelve a ser la mano de obra. Se cede incluso el uso de la montaña, se concede su explotación a empresas, como pasó en la montaña Llevata, en Cataluña, para un complejo invernal y una estación de esquí.
«Putos excursionistas. […] Nunca han visto a un lobo destripar una oveja» (Drifting Laurent).
Ver a un lobo destripar una oveja, así, como concepto, se convierte en una experiencia de consumo, un paquete pagado para ver la naturaleza en todo su esplendor, en un punto tachado de la lista, en un video de Instagram. Nunca piensan que el lobo pueda atacarlos a ellos. La montaña para los ricos es la conquista de la naturaleza, la subyugación del lobo o del león o de la montaña misma, poner una bandera en la cumbre, tomar un chocolate en la nieve. Mirarla desde arriba, pero nunca desde abajo.
El filósofo Paolo Pecere, en una entrevista para elDiario.es, afirmaba: «Yo he estado en una de esas islas [remotas y aisladas], debido a una desafortunada coincidencia, con una familia rica y he visto que su aproximación al ecosistema está inspirada en el consumismo, no en el amor por la naturaleza. Fue en las Galápagos y exigieron —que no pidieron— bañarse con ballenas cuando es algo que debería estar totalmente prohibido».
Esa exigencia basada en el dinero que les permite todas las experiencias, que los exime de toda responsabilidad. Esa conquista natural por verse en la cima de la pirámide, que casi grita inmortalidad.
Es necesario plantearnos, en cualquiera de las escalas, desde dónde queremos vivir la montaña, qué impacto queremos tener en ella. Si utilizarla o conservarla. Es la pregunta que deberíamos hacernos siempre con todo. ¿Somos respetuosos en nuestro acercamiento o explotamos para nuestro beneficio?
El trabajo y el descanso son patas de una misma mesa y podríamos rascar mucho en ese debate, pero siempre tendremos la opción de decidir cómo hacerlo: cómo trabajar y cómo descansar. Y disfrutar y descansar en la montaña debería fundamentarse en el principio del respeto.
Puede que ese respeto solo se aprenda cuando se va a la montaña, cuando te sientes más vivo y te haces resiliente, cuando sales de la productividad y de la gratificación inmediata de las redes sociales, cuando caminas y caminas porque no hay vehículo que pueda transportarte. Y ahí entender el respeto a su indomabilidad. Quizás todo el mundo deba caminar de vez en cuando por la montaña para entenderla, sabiendo de su ferocidad, por su supervivencia. Y saber que, de la montaña, solo se sale por tu propio pie.






