
La última y reciente Vuelta a España nos regaló algo más que escapadas y siestas. También nos dejó la dignidad de quienes desplegaron banderas palestinas en el recorrido e hicieron lo posible por interrumpirlo, denunciando el genocidio en curso y recordando que el deporte tampoco puede ser neutral mientras en la competición participaba, como si fuera lo más normal del mundo y el horror no tuviera consecuencias, el equipo Israel–Premier Tech. Era previsible que llegaran las voces ofendidas de los moderaditos profesionales de la equidistancia y la repetición del mantra de que la política no debe mezclarse con el deporte. Como si el deporte (sobre todo el profesional de competición) hubiera sido alguna vez otra cosa que política. Como si la bandera en el podio, el himno atronando o la medalla colgada en nombre de una patria no fueran ya política, y en esos casos de la más burda.
En este tiempo es donde la lectura de La bandera en la cumbre, de Pablo Batalla Cueto, se revela no solo pertinente sino necesaria. Porque lo que Batalla ha hecho en este libro es recordarnos que el montañismo, como cualquier otra práctica humana, es un espejo de nuestras ideologías, un campo de batalla simbólico donde se inscriben banderas, himnos, proyectos sociales y hasta delirios mesiánicos. Y lo hace con un rigor que no empaña nunca el vuelo literario. Los que conocen su prosa saben que es bella, precisa cuando debe y enrevesada cuando puede, erudita sin ser turras, y siempre guiada por un afán de comprensión. Porque —y este es un punto crucial— Batalla se esfuerza por analizar cada ideología con un cuidado que honra a cualquier historiador serio. Esa honestidad, ese rigor que no se queda en la trinchera propia sino que mira de frente lo ajeno, es una de las grandes virtudes de este libro.
La bandera en la cumbre no es un ensayo más para el anaquel de «sociología ligera de deportes», ni un refrito de anécdotas de alpinistas con barbas y moco congelado. Es un libro de historiador y de escritor, y eso se nota en cada página. Pablo Batalla despliega una erudición que no pesa como plomo, sino que fluye como el agua de deshielo que corre entre pedreras, llevando en su caudal fechas, nombres y símbolos que iluminan la montaña como escenario ideológico. Ha leído a los cronistas, ha rastreado a los clubes excursionistas, ha buceado en archivos donde otros verían solo polvo, y nos lo devuelve en un mapa político de las cumbres donde cada pico es también una tribuna.
El dispositivo narrativo es sencillo y a la vez brillantísimo: dieciocho capítulos, cada uno consagrado a una virtud o valor político, donde la montaña aparece como reflejo y teatro de ideologías. De la libertad liberal al individualismo neoliberal, pasando por la patria nacionalista, la fraternidad socialdemócrata, la emancipación anarquista, el empoderamiento feminista, la igualdad comunista, o el amor LGTBIQ+. No es una lista arbitraria, es un catecismo laico donde cada apartado despliega ejemplos históricos, gestos simbólicos, expediciones y crónicas que encarnan esas doctrinas. Y lo hace con estilo literario, no con la aridez de un manual, sino con una prosa que acaricia y a la vez azuza, elegante y encabritada, culta y a ratos insolente, porque Batalla escribe con brío de montañero y no con tono de notario. Lo extraordinario es que, a pesar de que su pie político es claro, no se limita a cantar a los suyos ni a apedrear a los otros. En estas páginas, incluso cuando se habla del fascismo y sus camisas negras trepando montañas como si fueran gimnasios de muerte, hay un esfuerzo genuino por comprender qué atractivo tenía aquello para quienes se dejaron arrastrar. Y esa capacidad de comprensión, ese no caer en la caricatura fácil, engrandece el libro pues convierte cada capítulo en una pieza de historia viva, donde hasta los monstruos aparecen iluminados, no para justificarlos sino para entender cómo operan.
Batalla abre con el liberalismo, en el Mulhacén de 1879, donde Ibáñez de Ibero alza su teodolito como bandera. Ciencia y emancipación, sí, pero también dominio, porque medir cumbres era medir territorios. De ahí salta al nacionalismo, con Rawana Dakik en el Everest transformando un logro íntimo en símbolo estatal. Lo narra sin ditirambos ni eurocentrismos, recordando que toda cima es escenario de banderas. Luego llega el feminismo, con Elvira Shatáyeva y sus cordadas exigiendo derecho al riesgo sin tutela masculina. Batalla lo cuenta con respeto y sin paternalismos, sin dulcificar tragedias. En el fascismo desmonta la épica del sacrificio y muestra las montañas como gimnasios de virilidad de Mussolini, preguntándose qué arrastró a tantos a confundir alpinismo y muerte. En el antirracismo y el decolonialismo el foco se desplaza a los sherpas, proletariado invisible borrado por el racismo estructural. También asoman relámpagos como el animalismo, con el treparriscos y la ética multiespecie escondida entre plumas de chaqueta. Hay espacio para el movimiento LGTBIQ+, donde la cordada deviene metáfora de afecto frente a la homofobia machuna. Y el neoliberalismo, del heroísmo polaco de los ochenta al exhibicionismo de Instagram, con el alpinista reconvertido en start-up de goretex. En todo esto y mucho más late lo mismo: un historiador que escribe como narrador y recuerda, con pruebas y con belleza, que la montaña nunca fue neutra y que el deporte, claro, es política.
Y lo mejor de todo es que La bandera en la cumbre no es solo un libro sobre montañas, sino sobre nosotres. Sobre cómo cargamos en la mochila nuestras banderas, nuestros miedos, nuestros credos, y cómo en la cumbre no hay aire limpio ni neutro, sino la misma mezcla de sudor, sangre y símbolos que respiramos en la llanura. Pablo Batalla lo ha escrito con la precisión del historiador y la pasión del narrador, y el resultado es una obra necesaria, lúcida y hermosa, que demuestra que la montaña, como la vida, siempre fue política. Y si alguien todavía insiste en que el deporte nada tiene que ver con la política, que suba al Everest sin oxígeno, sin equipo, sin sherpas, sin extraer plusvalías a todos los trabajadores a su cargo con los que pagó el tremendo montante que cuesta semejante aventura y ya verá lo rápido que lo bajamos entre todes al valle de lo real.










Es de subnormales pensar que es un buen regalo destruir tantos años de conviviencia como lo es la vuelta ciclista a España. Solo demuestra la idiotez mental de nuestra sociedad, que no es capaz de luchar contra aquello que nos afecta y es capaz de romper con todo lo que nos hace mejores por luchar por mierdas irrelevantes para nuestro país.
No sé en qué porquería de país vives tú, un país que según tú considera irrelevante un genocidio. Afortunadamente en mi país no es así, miles de personas salieron a la calle, se expusieron a multas y a golpes para denunciar un crimen contra la humanidad, para desenmascarar a quienes lo blanquean, para presionar a los políticos y así proteger la vida de niños y civiles. Siento orgullo de esa gente que lucha por un mundo mejor, a quienes no le es indiferente la vida de los demás. Si no existieran este mundo sería inhabitable, quedaría arrasado por maníacos poderosos mientras los descerebrados callan.
Buah, en este país , cualquier palabra hiere. Descorazonador.
hay que joderse, disentir de lo que otro opina, queriendolo callar, si no estas conmigo, estas contra mi. Parece ser que Hamas, es un grupo de pobrecitos, que son atacados por el sionista estado, sin ton ni son, ¿por que no leemos un poco mas y nos informamos? Somos tan cenutrios!!
Menudo panfleto se marca el autor del artículo.
¿Esta gente progre urbanita («nosotres») cómo puede vivir en el día a día con tanta intensidad moral?
Ni más ni menos que un cura trabucaire.
Que el columnista vive con demasiada intensidad moral, le dice la sartén al cazo.. Se diría que eres tú quien se pone intenso y ofendidito porque una persona ha utilizado una letra «e». Sería de risa si no fuera patético. Este artículo no es ningún panfleto, habla de un libro que describe cómo la política se mezcla con el deporte. Evidentemente, a quien tiene el juicio trastornado porque el wasap le ha inculcado el miedo a los terribles progres, todo le va a parecer un panfleto que ataca sus sagrados, carpetovetónicos y sempiternos ideales de cuñado.
No había visto este comentario del rojipardo de guardia y la verdad es que me ha herido. ¿De verdad merezco esa ristra de insultos desde el anonimato cuando toda muestra de inclinación sociopolítica se reduce a una letra e, además solo de uso propio, ni siquiera una defensa de su uso? Pero lo que más me ha dolido es lo de urbanita. ¡A mí! Que soy más de campo que las amapolas. Me rindo, entrego mis es y las armas.
No había visto yo esta respuesta doliente de uno de los fundadores de Jotdown. Me has destrozado con lo de rojipardo, y además me haces luz de gas con mi descalificación de progre trabucaire, que es la auténtica chicha.
Lo del anonimato lo puedes solucionar preguntando a Ángel, si no es que tú mismo puedes comprobarlo.
Pues sí, lo de la «e» es una gran estupidez, lo hables o escribas tú o lo hable o escriba cualquiera. Y lo escribes para marcar terreno, está claro.
Lo de urbanita va por la ideología, pero como se encarna en ti, si no lo eres , me disculpo, lo retiro, me fustigo, lo que haga falta.
Ea, a ver si algún día podemos coincidir en algo los rojos rancios como yo y los rojos guays como tú. A seguir bien, compañero.
Se apellida Batalla, ¿y le pedimos equidistancia?
Alabo un comentario que habría suscrito Oscar Wilde sin dudarlo. ¿Tanto cuesta dar cancha al distinto?