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El lobo y nosotros: historia cultural de un enemigo inventado

The Aggression Sessions, de Eliran Kantor. lobo
The Aggression Sessions, de Eliran Kantor.

Durante miles de años, mucho antes de que los humanos empezaran a explicar el mundo mediante tratados morales, magazines culturales o tertulias televisivas sobre la identidad del campo español, hubo un par de especies que recorrían los mismos territorios, seguían las mismas migraciones de herbívoros y se organizaban en grupos cooperativos cuya eficacia dependía de una combinación de disciplina, paciencia, violencia colectiva, vínculos familiares, altruismo y ayuda mutua. Una de esas especies acabaría inventando los grandes tenedores de vivienda, el doomscrolling, el trabajo asalariado bajo condiciones de mercado y las casas rurales con desayuno pijo incluido. La otra seguiría recorriendo bosques, tundras y montañas con obstinación gloriosa sin ejercer la depredación total de la naturaleza.

El lobo ocupaba en ese mundo antiguo una posición incómoda, porque no era una criatura incomprensible ni un monstruo salido de las profundidades del imaginario humano sino algo mucho más perturbador. Una sociedad paralela de cazadores capaces de hacer prácticamente lo mismo que hacían los humanos, con la única diferencia de que ellos lo llevaban haciendo desde mucho antes y sin necesidad de explicarse a sí mismos con narrativas. Cazaban en grupo, conocían el territorio, sabían rodear a una presa durante horas y esperar el momento en que el animal exhausto dejaba de poder huir. Ese parentesco ecológico explica que durante milenios el lobo apareciera en los mitos humanos con una ambivalencia más sofisticada que la caricatura posterior del monstruo de los cuentos infantiles. Inspiraba temor, claro, pero también respeto, y en bastantes culturas admiración. El lobo podía ser maestro de caza, espíritu del bosque, animal de guerra o compañero simbólico de ciertas hermandades guerreras que encontraban pedagogía en su ferocidad, y durante mucho tiempo a nadie se le pasó por la cabeza convertirlo en el malo de la historia. Aquella transformación vendría después, cuando la imaginación humana empezó a necesitar enemigos mucho más claros que un depredador con demasiadas similitudes. Si revisamos las mitologías antiguas descubrimos que el lobo tuvo durante mucho tiempo una reputación más compleja que la que acabaría adquiriendo en los cuentos infantiles europeos, donde terminó reducido a una mezcla de psicópata forestal y metáfora moral de «cuidadito con los señores viriles de mirada depredadora, que te pueden hacer pecar». En los imaginarios más antiguos el animal aparecía asociado a fuerzas ambiguas, poderosas y a menudo inquietantes, aunque cargadas de molonidad simbólica. No se trataba de una criatura simpática y tampoco de un simple enemigo. El lobo ocupaba ese espacio liminal que muchas culturas reservaban a los animales capaces de moverse entre órdenes distintos del mundo.

En la mitología nórdica, por ejemplo, Fenrir (une de les muches hijes de Loki, y no me vengan a tocar los cojones aquí los reaccionarios inquisidores de la identidad camuflados como puristas de la lengua porque no hay nada más intersexual y fluide que la descendencia de Loki y el propio Loki) crece hasta convertirse en una criatura tan poderosa que ni siquiera los propios dioses logran mantenerlo bajo control, lo que los obliga a recurrir a una de esas soluciones típicamente mitológicas en las que la imaginación intenta compensar la impotencia. La cadena con la que finalmente lo atan se fabrica con materiales imposibles, entre ellos el sonido de los pasos de un gato y las raíces de una montaña, una enumeración absurda de movidas que recuerda hasta qué punto el relato sabe que está tratando de domesticar una fuerza que en realidad no pertenece al orden humano. Fenrir terminará devorando a Odín cuando llegue el Ragnarök, lo que no convierte al lobo en el mal absoluto sino en una de las potencias inevitables que participan en el ciclo cósmico de destrucción necesaria para la creación y vuelta a empezar.

También aparece el lobo en el más aburrido y ordenado mundo clásico. Roma situó en el origen mismo de su mito fundacional a una loba que amamanta a Rómulo y Remo con naturalidad, y así el imperio más organizado y militarizado de la Antigüedad se permitía reconocer en un depredador salvaje una figura maternal perfectamente válida para explicar su nacimiento colectivo. Cada mes de febrero, durante las Lupercalia, jóvenes semidesnudos corrían por las calles golpeando a las mujeres con tiras de piel de cabra en un ritual que mezclaba fertilidad, purificación y un entusiasmo físico que la moral posterior intentaría suavizar, cristianizar y sobre todo mercantilizar con bastante torpeza con la creación del día de san Valentín, porque siempre es mejor llamarlo capitalismo romántico cuando querías decir sexo sucio.

Las tradiciones celtas, por su parte, desarrollaron una relación especialmente intensa con el imaginario del lobo, en gran parte porque las sociedades guerreras de la Europa antigua tendían a proyectar en ciertos animales las cualidades que admiraban en sus combatientes. El bosque, esa dimensión donde el orden humano se volvía inútil, aparecía poblado por figuras liminales que combinaban ferocidad, resistencia y una capacidad mágica para moverse en grupo. De forma similar a las culturas nórdicas, guerreros que entraban en determinadas hermandades adoptaban simbólicamente atributos del lobo, lo que permitía pensar la violencia organizada como una forma de transformación ritual más que como un simple estallido de brutalidad, entroncando con la figura de Cú Chulainn, el gran héroe guerrero del ciclo del Úlster, cuya furia de combate y cuya capacidad de transformación corporal lo acercan a ese imaginario animalizado de la guerra donde la frontera entre humano y bestia se vuelve porosa.

Al otro lado de un océano, en muchas culturas indígenas de América del Norte el lobo ocupa con frecuencia el papel de maestro de caza, modelo de organización social y, en ciertos casos, ancestro espiritual de determinados clanes. La observación del animal había permitido reconocer en él un conjunto de habilidades que resultaban útiles para la supervivencia humana como esa inteligencia colectiva que permite rodear a un animal mucho más grande que cada individuo por separado, otorgando una cierta educación espiritual y ecológica muy profunda. El lobo enseñaba el camino.

Ese prestigio simbólico aparece repetido en geografías muy distintas y eso sugiere que el animal ocupó durante mucho tiempo un lugar estable dentro de la imaginación humana. El lobo podía representar poder, ferocidad, virilidad y maternidad, sabiduría práctica o una forma de libertad inquietante que ninguna sociedad agrícola observaba sin una mixtura de admiración y recelo. Todavía no había empezado la ingeniería sociocultural que terminaría convirtiéndolo en el enemigo oficial del orden humano. Cuando finalmente ocurrió, el viejo peludo del bosque ya había pasado por varias transformaciones simbólicas que decían bastante más sobre las sociedades humanas que sobre el propio animal.

En algún momento de esta larga conversación simbólica entre humanos y lobos apareció una figura reveladora para entender hasta qué punto el animal funcionó durante siglos como espejo incómodo de ciertas obsesiones humanas. El hombre lobo, claro. Hoy sobrevive en un ecosistema cultural que va desde el folclore europeo y nativo americano hasta el cine, la literatura, los juegos de rol y toda esa mitología popular donde el monstruo aparece una y otra vez porque sigue tocando un nervio muy concreto de nuestro imaginario. Hay algo que sigue siendo fascinante en la idea de un tipo que llegado cierto momento de la noche deja de comportarse como un ciudadano respetable, se arranca la ropa, empieza a aullar y sale a correr por el bosque guiado por una mezcla elemental de hambre, violencia y deseo. La metáfora nunca ha sido sutil porque va mucho de matar, devorar y follar, pero tampoco ha necesitado serlo para seguir funcionando porque lo cierto es que a mí por lo menos me suena muy bien. Pido perdón por ser como soy pero es que me dibujaron así.

Las historias de transformación aparecen en tantas culturas que sugiere que el asunto tocaba alguna fibra profunda del imaginario colectivo. En muchas tradiciones antiguas la metamorfosis no funcionaba como castigo moral sino como un cruce deliberado de fronteras simbólicas entre el mundo domesticado de la comunidad y ese territorio salvaje donde la violencia se practicaba con una satisfacción y alegría que la vida civilizada prefería mantener bajo control. Si recordamos lo que os decía un poco más arriba de esta turra, aquellas hermandades guerreras que adoptaban atributos del lobo no estaban jugando a disfrazarse para Halloween, estaban construyendo una identidad combativa que mezclaba colectividad, ferocidad y una cierta pedagogía de la destrucción. En ese contexto el hombre lobo era casi una exageración folcrórica de ese mismo impulso, la fantasía de un guerrero que ya no se limita a imitar al animal sino que atraviesa la frontera y se convierte en él. Hay además un componente corporal en todo este imaginario que suele desaparecer cuando las versiones modernas intentan domesticar la historia. El hombre lobo pertenece a una tradición simbólica donde la transformación animal aparece vinculada a una explosión de fuerza física, agresividad y una depravación sexual que la cultura europea ha preferido durante siglos atribuir a los animales antes que reconocerla en nosotres. No hace falta ser un psicoanalista vendedor de humos para sospechar que el mito de un tipo que se pone en porreta, desarrolla una musculatura desproporcionada, aúlla a la luna y sale a recorrer el bosque impulsado por una mezcla de hambre y deseo contiene alguna metáfora transparente sobre las fantasías masculina. El lobo muerde y también se aparea a lo bruto y las dos cosas pertenecen al mismo paquete simbólico. Perdón otra vez. El hombre lobo representa una posibilidad inquietante para cualquier sociedad que se pretenda ordenada, la de que bajo la piel civilizada siga latiendo una criatura perfectamente capaz de disfrutar de la caza, de la lucha y de un tipo de deseo que no pasa por el filtro de la moral judeocristiana y la moral en general.

Con el paso del tiempo, y sobre todo cuando el cristianismo comenzó a organizar el paisaje moral europeo, esa figura liminal empezó a volverse sospechosa. El hombre lobo dejó de ser una imagen exagerada de la ferocidad guerrera para convertirse en una prueba de corrupción espiritual, una señal de que la frontera entre lo humano y lo monstruoso podía romperse cuando el individuo se alejaba del camino correcto del rebaño humano. Las historias de licantropía empezaron a circular junto a relatos de brujería, posesiones demoníacas y otras desviaciones que la imaginación religiosa interpretaba como síntomas de un desorden moral profundo. Ese desplazamiento dice bastante sobre la relación cambiante entre humanos y lobos. Durante un tiempo la bestia había servido como modelo incómodo para pensar la violencia colectiva, el deseo y la identidad guerrera. En cuanto el orden moral empezó a exigir fronteras mucho más rígidas, el mismo símbolo pasó a representar todo aquello que debía mantenerse fuera de la comunidad. El lobo seguía siendo el mismo animal que corría por los bosques y lo que había cambiado era la ansiedad humana al mirarlo.

La transformación decisiva en la reputación cultural del lobo no ocurrió de golpe ni fue resultado de una simple evolución del folclore. Fue un proceso lento mediante el que la imaginación cristiana empezó a reorganizar el mundo natural, y en ese sistema el universo ya no era un espacio ambiguo poblado de fuerzas poderosas y contradictorias, como ocurría en las mitologías anteriores, sino un escenario donde cada elemento debía ocupar un lugar claro dentro del gran drama teológico del bien y el mal. Y cuando se necesitó un animal que representara la amenaza que acecha al rebaño humano, el lobo estaba allí disponible para el papel. La metáfora sale sola porque el lobo acecha a los corderos, los corderos representan a los fieles y el pastor representa a la autoridad espiritual que vigila el rebaño, ojo ahí. Podemos imaginar sermones medievales llenos de advertencias sobre lobos que se acercan al redil, de herejes que se disfrazan con piel de cordero y de almas ingenuas que terminan devoradas por las fuerzas del error doctrinal. El animal real que recorría los bosques se convirtió así en una herramienta retórica para explicar los peligros del desorden moral y la teología descubrió que un buen depredador siempre ayuda a ilustrar un argumento. También es verdad que ese proceso no significó que la gente dejara de conocer al lobo como animal real pues los campesinos que perdían ganado sabían perfectamente qué tipo de criatura había entrado en sus corrales durante la noche. Lo que cambió fue el marco simbólico que permitía interpretar ese encuentro. El depredador dejó de ser una presencia ambivalente dentro del paisaje natural para convertirse en una figura que condensaba la idea misma de amenaza física y espiritual. En un mundo donde la salvación dependía de mantener intacta la frontera entre lo correcto y lo corrupto, el lobo ofrecía una imagen perfecta de lo que ocurre cuando algo salvaje se introduce en el orden del rebaño.

Perdonad que vuelva a lo del deseo, pero en algún momento de todo esto la imaginación europea redescubrió que el animal también podía resultar muy útil para hablar de otra obsesión colectiva como es el sexo. Uno de los lugares donde esto adquirió forma fue en un cuento que hoy aparece en versiones infantiles con ilustraciones tranquilizadoras y moralejas discretas, aunque durante siglos circuló en relatos mucho más ambiguos y menos inocentes. Caperucita Roja pertenece a esa clase de relatos populares que durante siglos funcionaron como manuales de advertencia moral disfrazados de cuento, esa pedagogía del miedo que las sociedades tradicionales practicaban con la misma naturalidad que hoy. Las versiones más antiguas del relato, transmitidas oralmente mucho antes de que Perrault o los hermanos Grimm decidieran domesticarlas para la imprenta, eran bastante menos limpitas que las que hoy aparecen en los álbumes ilustrados. En ellas el lobo devora a la abuela, invita luego a la niña a una cena donde en algunas variantes circulan trozos del cadáver de la anciana y finalmente la mete en la cama en una escena cargada de una ambigüedad sexual que cualquier lector adulto reconoce al instante. Ojo, que el cuento se mueve en una zona simbólica donde varias interpretaciones conviven al mismo tiempo. Por un lado aparece el viejo miedo cultural a la virilidad desatada que pocos hombres pueden alcanzar y al mismo tiempo al deseo femenino, esa energía corporal que las sociedades tradicionales han intentado vigilar con obsesión patológica. El bosque funciona como territorio de tentación, la desviación del camino como gesto de curiosidad peligrosa y el encuentro con el lobo como una metáfora transparente de un deseo que la moral dominante prefería mantener bajo control. Al mismo tiempo el relato contiene otra advertencia más evidente y en cierta manera se enfrenta a la anterior, porque el lobo encarna también la figura del depredador sexual real, el adulto que utiliza engaño y violencia para aprovecharse de la vulnerabilidad de una niña. Esa dimensión del cuento es crilstiana en muchas variantes, donde el animal manipula a Caperucita, la persuade para que se acerque a la cama y convierte el espacio doméstico en escenario de un peligro que las comunidades rurales conocían demasiado bien. El cuento funcionaba entonces como una advertencia transmitida de generación en generación en una época donde la protección institucional contra ese tipo de violencia era prácticamente inexistente. 

Esa ambigüedad explica la persistencia del mito. Caperucita Roja no es solo una historia sobre una niña ingenua que se aleja del camino correcto, es un relato atravesado por tensiones contradictorias donde conviven el deseo, el miedo, la violencia y la necesidad de establecer normas de comportamiento. Durante siglos el cuento sirvió para advertir a las niñas sobre los peligros de ciertos hombres, aunque también contribuyó a construir una narrativa cultural donde el cuerpo femenino aparece permanentemente rodeado de amenaza. El resultado de esa pedagogía es un fenómeno extendido en el tiempo que hoy reconocemos en el terror sexual, ese conjunto de discursos, relatos y representaciones que utilizan el miedo a la violencia para regular el comportamiento de las mujeres, mecanismos de domesticación social que inducen a las mujeres a vigilar constantemente su propio comportamiento. Los cuentos tradicionales, las advertencias familiares y más tarde los medios de comunicación modernos han repetido esa estructura narrativa de manera obsesiva. El mundo exterior aparece poblado de lobos potenciales y la responsabilidad de evitar el encuentro recae siempre sobre la niña que camina por el bosque. Total, que el animal que durante siglos había representado fuerzas salvajes del mundo natural empezó a encarnar también los peligros del deseo y de la violencia sexual. La ambigüedad del mito revela hasta qué punto esas dos dimensiones han convivido durante mucho tiempo, pues el lobo podía representar al mismo tiempo la vitalidad corporal que la moral dominante intentaba controlar y la amenaza real que esa misma sociedad nunca consiguió eliminar del todo. Si me veis la peli En compañía de lobos, de Neil Jordan, por ejemplo, obtendréis más provecho que de esta chapa.

Pero la vida da muchas vueltas y la historia y el mundo más, así que a partir de cierto momento el lobo dejó de ser sobre todo una figura del imaginario moral para convertirse en un problema mucho más prosaico, el tipo de problema que se gestiona con decretos, recompensas y un número bastante elevado de cadáveres de animales colgados en las plazas de los pueblos como prueba de eficacia administrativa. Os suena de algo esto porque está pasando, aquí y ahora, en España, otra vez. Durante siglos el continente había convivido con el depredador dentro de un equilibrio imperfecto que mezclaba temor, respeto y ocasionales pérdidas de ganado. Ese equilibrio empezó a romperse cuando el paisaje se transformó en algo mucho más intensamente domesticado, parcelado y vigilado.

El avance de la agricultura, la expansión constante de los asentamientos humanos y la lenta pero implacable maquinaria de los Estados modernos terminaron por alterar la forma en que las sociedades occidentales entendían su relación con el paisaje. Los bosques retrocedieron, el territorio empezó a dibujarse en mapas cada vez más cuadriculados y el mundo rural fue entrando en una lógica productiva donde cada criatura debía justificar su presencia con un argumento bastante simple y muy moderno: servir para algo o estorbar. En ese nuevo orden mental los animales dejaron de ser habitantes del paisaje para convertirse en piezas de economía agraria. El lobo, como era previsible, encajaba bastante mal en ese balance.

En ese nuevo marco mental el animal empezó a aparecer cada vez más como un coste para los ganaderos que perdían ovejas o cabras o reses. La larga demonización simbólica que había construido el cristianismo medieval ofrecía además un lenguaje cultural perfectamente preparado para justificar su eliminación pues el depredador del bosque ya había sido presentado durante siglos como enemigo del rebaño humano. Convertirlo ahora en enemigo del rebaño económico resultó sencillo y el proceso tenía además algo de ritual político. Eliminar al depredador significaba demostrar que el paisaje había pasado definitivamente a manos humanas.

Este cambio también revela una mutación profunda en la manera de pensar la naturaleza. Durante siglos el lobo había sido interpretado como una figura cargada de significados morales, religiosos o sexuales y a partir de la modernidad rural empezó a convertirse en algo mucho más aburrido desde el punto de vista simbólico, ahora era un problema económico. El depredador que durante siglos había servido para hablar del mal, del deseo o de la violencia empezó a ser percibido sobre todo como una interferencia en el funcionamiento eficiente de un paisaje que las sociedades humanas pretendían gestionar con la misma lógica con la que se administra una empresa. El mito había preparado el terreno y la política terminó el trabajo.

Durante buena parte del siglo XX el lobo desapareció de extensas zonas de Europa occidental porque lo visto el progreso consistía en convertir el territorio en un espacio cuadriculadamente previsible donde cada criatura supiera exactamente cuál era su función dentro del sistema productivo. Nuestra hermosa criatura de los bosques parecía haberse retirado definitivamente del escenario convertido en recuerdo folclórico, ilustración de cuento infantil o animal romántico de documental televisivo narrado con voz grave por un naturalista británico. Pero por suerte la historia no terminó ahí, ya que en las últimas décadas el lobo ha empezado a reaparecer en varios territorios de Europa aprovechando transformaciones como el abandono de ciertas zonas rurales, la recuperación parcial de algunos ecosistemas forestales y políticas de protección de la fauna salvaje que han abierto de nuevo espacios donde el animal había sido exterminado generaciones atrás. 

Ese regreso ha producido un choque revelador entre dos formas de entender la naturaleza. Por un lado aparece la mirada ecológica contemporánea, que observa al lobo como un depredador clave dentro del funcionamiento de determinados ecosistemas pues la presencia de la especie contribuye a regular poblaciones de herbívoros, modifica los comportamientos de otras especies y desencadena una serie de efectos en cadena que terminan afectando solo para bien a la vegetación, a los cursos de agua y a la biodiversidad general del territorio. En términos ecológicos el animal cumple una función clara dentro de su nicho. Y además es un animal hermoso porque sí, qué cojones, con el mismo derecho a no ser exterminado que cualquier otro. Frente a esa mirada aparece otra mucho más prosaica que sigue siendo muy influyente en ciertos sectores del mundo rural contemporáneo, y es ese marco mental en el que la naturaleza se evalúa con una lógica simple y brutal que mide el valor de cada elemento según su utilidad económica inmediata. Los animales que producen carne, leche o lana tienen un lugar evidente dentro de esa ecuación. Los depredadores que «matan ganado» (las comillas son importantes y no como cita en este caso) aparecen como pérdidas y el lobo entra en el balance como un número rojo.

Ese conflicto real ha sido además utilísimo para los discursos políticos reaccionarios que han descubierto en el lobo una herramienta perfecta para fabricar una de sus narrativas favoritas. De pronto el animal sirve para escenificar una supuesta guerra entre el campo y la ciudad, entre la gente «que produce» y unas élites urbanas que, según esa fantasía de corral ideológico, prefieren proteger a un depredador antes que a quienes viven del ganado. Y así la caza del lobo se vende como si fuera un gesto de resistencia cultural, cuando en realidad suele ser algo bastante más triste y mucho más cutre como demagogia, oportunismo y una concepción del paisaje tan mezquina que solo tolera aquello que se deja traducir de inmediato en rendimiento. La propia Comisión Europea reconoce que los daños al ganado son pequeños a escala de la Unión y globalmente tolerables a escala estatal, y la estrategia española insiste en la prevención, la coexistencia y las medidas de protección, no en la escopeta como reflejo pavloviano del ganadero o del consejero autonómico con ganas de parecer muy pegado a la tierra mientras firma disposiciones vergonzosas desde un despacho. No hay excusa decente para que administraciones autonómicas españolas vuelvan a legislar a favor de matar lobos, o de facilitar su muerte con ese lenguaje administrativo que siempre intenta desodorizar la sangre llamándola «extracción», «control» o «gestión». 

El lobo había quedado protegido en todo el Estado con una decisión suficientemente motivada, con base científica sólida y amparada por el principio de precaución. El año pasado parte de esa protección se retorció por la puerta de atrás y la maniobra fue lo bastante grave como para que el defensor del pueblo la recurriera y el Tribunal Constitucional admitiera a trámite el recurso. Todo eso, además, cuando el nuevo censo nacional habla de unas trescientas manadas, una cifra todavía lejana de las quinientas que se consideran necesarias para asegurar la viabilidad genética de la especie a largo plazo. El lobo ibérico no es una bestia desbocada, sobrada y blindada hasta el ridículo, como repite la propaganda del lado oscuro del ruralismo, sino ante una población que sigue lejos de una situación holgada y a la que varias comunidades han decidido volver a tratar como si fuera una plaga medieval. Más aún, la matraca de la «eliminación selectiva» de unos cuantos ejemplares para reducir ataques desean que cuele como algo responsable y casi quirúrgico, como si en cada escopeta viniera grapada una revisión por pares, cuando en realidad la muerte de determinados ejemplares de la manada puede ser particularmente perjudicial. Para una especie social como el lobo la muerte de miembros del grupo puede alterar la estructura de la manada, provocar su disolución y reducir la reproducción. No hay una base científica limpia para vender la matanza como remedio general, la evidencia, más bien, insiste en cosas mucho menos testosterónicas y bastante menos fotogénicas para el populismo: mastines, cercados, manejo, vigilancia, prevención. Eso exige trabajo, planificación y una relación un poco menos infantil con el medio. Matar lobos permite posar de hombre práctico para luego colgar los cadáveres delante del ayuntamiento entre grandes risotadas.

Por fin, el lobo no es solo un animal hermoso que merece vivir ya solo por lo que representa, sino que es un gran carnívoro situado en la cima de la pirámide trófica y cumple un papel crucial en el equilibrio general de los ecosistemas. Produce tanta irritación en ciertas cabezas porque representa el límite de una fantasía muy arraigada, la de que todo cuanto existe en el campo debe justificar su presencia por su rentabilidad inmediata ante el el cuñado montaraz que se cree heredero de una virilidad ancestral porque ha visto dos mastines, tres boñigas y un todoterreno aparcado en diagonal. Los ataques al ganado existen, pero convertir un fenómeno comparativamente minoritario y gestionable en excusa general para legitimar la persecución de un depredador nativo es una maniobra ideológica y una operación sentimental de mala fe y un prejuicio al que la ignorancia de los datos ya no puede servir como coartada. Yo, que soy más de campo que las amapolas, sé cómo va la movida y me aventuro a señalar algo que rara vez aparece en el discurso épico sobre el mundo rural. Que hay gente que va de apologetas de lo sacrificado del trabajo en el campo y la durísima vida rural, pero en realidad entiende la ganadería como básicamente soltar a sus animales en el monte y tocarse los cojones sin invertir esfuerzo ni medios en vigilancia y cuidado. Después, cuando aparece un depredador que lleva miles de años haciendo exactamente lo mismo que hace un depredador, el problema se convierte mágicamente en una conspiración ecológica urbanita contra la vida rural. Me arriesgo a que si esto lo lee el concejal de Vox me pase por encima con un tractor la próxima vez que me vea por mi pueblo, pero por suerte su alfabetización no le habrá permitido llegar hasta aquí. El conflicto existe, nadie que haya pisado una mierda en un prado necesita que se lo expliquen desde un despacho, pero el campo real no se parece mucho a esa Arcadia heroica que algunas sensibilidades políticas venden ni tampoco a la postal romántica que cierta sensibilidad urbana proyecta sobre él cuando habla de tradiciones, raíces y autenticidad. Es un territorio donde hay gente que trabaja con responsabilidad, gente que convive con el lobo tomando medidas y gente que preferiría ver al animal colgado en la plaza antes que revisar una sola práctica propia. 

Pero el lobo no es el enemigo existencial que los discursos del populismo neofascista necesita fabricar, no es más que un depredador que vuelve a ocupar un lugar dentro de un ecosistema donde siempre estuvo. En ese punto reside la moraleja (jé) de esta historia: el animal ha cambiado muy poco durante miles de años, lo que no ha dejado de transformarse es la manera en que los humanos decidimos contar qué significa su presencia. El lobo sigue afortunadamente corriendo por el bosque y los humanos seguimos discutiendo qué historia queremos ver cuando lo miramos.

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24 comentarios

  1. Angel Fernández

    Nada hay como escuchar aullar a los lobos una noche de invierno con luna llena, en la Sierra de la Culebra, mejor aún solo y a pie para comprender que el temor al lobo no es solo cultural; está en nuestro ADN.
    Enhorabuena por el artículo.

  2. devilinside

    Buen artículo, aunque echo de menos alguna referencia en el tema cultural a En compañía de lobos, de Ángela Carter (posteriormente hecha película)

  3. Jobar, si es que cuando se tiene razón se tiene, excelente viaje alrededor de lo que proyectamos y hemos proyectado en un animal que no es ni bueno ni malo, ES, simplemente
    En la proxima charla cuñadil con gente que vive en el campo podré soltar más argumentos
    Gracias

  4. Lo de la alfabetización del concejal de Vox del penúltimo párrafo sobra totalmente y desentona. Hay personas de derechas que leemos estos artículos con ganas e interés. Saludos, Ricardo.

    • Rojo rojísimo

      Pues a ver si cunde su ejemplo de interés por estos temas en la derecha y dejan de hacer políticas contra la naturaleza.

      • Pregunte en Alemania si los verdes de hoy son más de derechas o de izquierdas.
        Y recuerde el Mar de Aral y la US.
        Así que no apedree a la derecha sin ton ni son en plan complejo de superioridad moral.

        • Rojo rojísimo

          Pregunto en España que es mi país, con un Vox que niega el cambio climático y el ciclo de los ríos, que se opone a la protección de la biodiversidad, a las políticas verdes y promueve la caza y los toros. Y a un PP que por tocar poder para sus corruptelas pactaría con lo que fuera.

          • Debes ser de los pocos rojos rojísimos que dicen España y dicen que es su país. Me quito el sombrero.
            Y acepto la enmienda, salvo el rechazo de la caza y los toros.

    • No creo en la política

      Reconocerá que es usted una excepción don Eduardo… Gracias por leer y suerte

  5. Gran texto Ricardo, para enmarcar. Jamás entenderé esa manía de controlarlo y destruirlo todo. Lo salvaje con suerte, lo convertimos en parque natural, lo cercamos, acosamos y lo transformamos en destino turístico. La tierra la permutamos en urbanizaciones, el mar en una fabrica y el aire en contaminación. Cambiamos los fines por los medios y los medios por los fines. Larga vida al lobo y lo que representa, y que nos sobreviva.

  6. El Lobo… ¡¡Qué gran turrón, qué gran turrón!!

  7. Gavrilo Princip

    Un texto fantástico y sobresaliente, muchas gracias. Me guardo algunos apuntes y reflexiones, además de munición para discutir (que jamás me ha servido de nada, pero sigo haciendo con obstinación) con diversos gañanes. Mi debilidad por el lobo, y por la naturaleza vienen desde pequeño. Practico desde hace tiempo el fototrampeo, con la máxima ética y respeto, y nunca en época de cría, pero aún no he visto al lobo. Sigo esperando ese momentazo íntimo y glorioso y emocionante. Y para parar, que me enrollo, en euskera febrero es otsaila, que literalmente significa el mes del lobo (otso). No sabía que los romanos paganos celebrasen las lupercales (Luperca era la loba que amamantó a Rómulo y Remo) también en febrero. Gracias de nuevo al autor.

  8. Hay alguno incluso que anda metiendo miedo a la gente diciendo que la proliferación de manadas acabará con ataques a humanos. Uno, que ya peina canas y lleva andando por el monte muchos años, ha visto muchos bichos. Nunca un lobo. Y me apuesto lo que sea a que jamás veré uno.
    La frase de los «ganaderos» de bar de pueblo y netflix es tal cual. Y podemos hablar de los que compran jamelgos al peso para soltarlos en el monte y cobrar las indemnizaciones, y de paso joder a los que curran de verdad.

    • En efecto. Los lobos tiene un olfato capaz de identificar cualquier cosa en un radio de entre dos y cuatro kilómetros, y el caso del oído es todavía más fino: radios de más de diez kilómetros. Y a nosotros nos identifican como un peligro, el único peligro para ellos como depredadores apex que son, de hecho. Cuando pasas por un sitio en el que estuvo un lobo este ya se fue, llegó a su casa, se puedo tres capítulos de algo y se echó a dormir. No hay ni habrá ataques a humanos pero es que ni por encuentros fortuitos, porque no son posibles. Y en cuento a supuestos ataques a ganado, habría que ver cuántos de los muy escasos son provocados por perros asilvestrados (mucho más probable) o incluso por perros amaestrados para tal fin por los propios supuestos damnificados, pero es un jardín en el que ya no me apetecía meterme.

  9. Desconcertado

    Es interesante y curioso el recorrido que se hace sobre lo que ha supuesto la figura del lobo en la mitología y en la simbología humanas. La lectura que se hace de algunos aspectos de ellas podría ser discutida, pero no está exenta de argumentos de peso.

    El lobo siempre fue temido y combatido por quién más de cerca podía convivir con él, con quién más podía verse perjudicado en su día a día por este cánido: el ganadero. No es algo reciente, ni de este siglo ni del anterior. El que vivía de sus ovejas, cabras o vacas siempre ha perseguido al lobo, porque le causaba daños.

    ¿Que la figura del lobo causa beneficios en el equilibrio de los ecosistemas? Sin duda viene a la mente el ejemplo de Yellowstone, tantas veces estudiado. Sin embargo, los propios científicos estadounidenses han comentado en ocasiones que les sorprendía la cercanía de los lobos con los núcleos habitados en Europa. Por eso ese ejemplo de su parque nacional no era fácilmente trasladable a España. En su continente, con las poblaciones humanas separadas por kilómetros y kilómetros el contacto con el lobo es más difícil y la posibilidad de que sufrir sus daños es menor. El lobo ataca alces en Yellowstone porque el ganado no está tan a mano en esa zona.

    Soy conocedor de que al menos en Castilla la comodidad que los ganaderos tenían hace apenas 30 años ha saltado por los aires. La modalidad extensiva que se practicaba se limitaba a soltar las vacas en el monte (sin visitarlas a veces durante muchos días). Y en cuanto a las ovejas, bastaba con cerrarlas por la noche en corrales que simplemente evitaran que se escaparan.
    La aparición de nuevo del lobo en el campo ha trastocado todo eso: se necesitan perros, pastores eléctricos, naves valladas y control diario para evitar daños. Y eso es un coste y un trabajo que antes no había que realizar, y a los ganaderos les duele.
    También les duele, y hay que decirlo, la dificultad para cobrar indemnizaciones por ataques a sus reses: son de escasa cuantía, de difícil prueba… y no hablamos si encima la vaca simplemente desaparece por el monte y no se logra dar con ella. Y ojo, que los que conocemos el campo hemos visto más perros asilvestrados en grupo que lobos.

    Coincido, por otro lado, con la observación ya hecho por otro lector, de que la superioridad cultural y moral que el autor se autoadjudica sobre el concejal de Vox de su pueblo chirría y es, cuanto menos, innecesaria.

  10. Manuel Queimaliños Rivera

    Algunos de los que aquí escriben están preocupados por el concejal de Vox. Pobrecito él, tan desamparado. Vox en desamparo. Lo que hay que oír o leer.

    • Desconcertado

      Por alusiones… No me preocupa, a mí al menos, el concejal. Lo que me preocupa es que se hable con desdén del que no piensa igual, tratándole de tarugo. Sea de Vox, de Podemos o del partido Regionalista de la Sierra de Guadarrama.

      • No se habla con desdén del que no piensa igual: se habla con desdén de un político que, por convencimiento o interés, apoya «políticas» (por llamarlo de alguna manera) cortoplacistas destructivas, de farolillos y caspa, y se la refanfinfla el verdadero interés patriótico en cuidar su legado. Esos personajes siniestros deben ser expulsados del discurso común, donde han penetrado demasiado: como bien dice Popper; «para mantener una sociedad tolerante, la sociedad debe ser intolerante con la intolerancia».

        Por otra parte, si abandona la demagogia y se para a leer bien todas las partes (y son unas cuantas) del texto donde refleja una visión que no comparte, no encontrará desdén sino argumentación. El desprecio lo guarda para, en mi opinión, el sujeto que lo merece.

        • Desconcertado

          ¡Ya salió Popper! Pues nada, vamos a ponernos a decidir quién es el intolerante que debe ser alejado de la sociedad. El problema es quién lo determina, quién es el que puede tachar al otro de intolerante y aniquilarlo socialmente. ¿Yo? ¿Usted? ¿Un simpatizante de Vox? ¿Uno de Podemos? ¿Buscamos un consenso? Y lo más importante ¿muestra usted tolerancia en sus palabras?

          Por otro lado, si lee bien lo que escribí más arriba verá que lo que me chirrió más del artículo era ese comentario, a mi juicio extemporáneo, sobre la incultura de una persona con la que el autor del no parece compartir simpatías políticas. Eso es todo. Con el resto del texto, del que he leído todas las partes («y son muchas») estoy más de acuerdo que en desacuerdo.

          Insisto en que el problema es que si las políticas de alguien las puedo calificar como «de farolillos y caspa» no podré molestarme luego si las mías las describen como «de arco iris y humo».

          • Bueno, si no le gusta Popper siéntase libre para encontrar un principio más acertado. Pero creo que no ha entendido la cita si pregunta si mis palabras son tolerantes.

            En cuanto a quién determina qué es intolerante, es una pregunta válida en abstracto, pero en absoluto en este caso: la inmensa mayoría de las políticas defendidas por Vox, por cierto sin ningún tipo de coherencia moral, lo son al excluir de manera agresiva, explícita y pretendidamente irrevocable uno de los objetos de la misma, sean animales o elementos del medio natural (como en este caso), que personas o colectivos declarados no gratos. Pocas, por no decir ninguna, de las medidas que proponen buscan un equilibrio, una armonía o simplemente una convivencia sin exclusión. Y bueno, sin irnos a tantas disquisiciones abstractas, hay precedentes a punta pala de qué va lo que defienden. Hoy día, y con la que está cayendo internacionalmente desde hace una década, está bien claro (a grandes rasgos, claro, siempre hay un lobo manso o una iniciativa voxera no totalmente descarriada) adónde, y beneficio de quién, apuntan.

            La persona a la que se refiere el texto, por concluir, defiende una visión ignorante y superada (en el mejor de los casos), dañina a sabiendas hacia esa patria que pretende que nos creamos que pone por delante de todo; o impulsa acciones directamente interesadas en crear un conflicto entre humanos, como se describe en el texto, aprovechándose de la destrucción de la Naturaleza para ello (en la hipótesis más realista). Por lo tanto, es incluso caritativo asumir que su alfabetización es deficiente, porque la alternativa sería la maldad sin adulterar.

            • Desconcertado

              Aclarado me queda. Ya sabemos quienes son los malos y quienes los buenos, por decirlo sin «disquisiciones abstractas». Quienes tienen una «visión ignorante» de la realidad y una «alfabetización deficiente» y quienes deben guiarnos. Sin matices.

              Muchas gracias por iluminar el camino a todos.

              • Me alegro. Está bien tener amplias miras y respetar a todo el mundo; pero comulgar con ruedas de molino y tolerar al que explicitamente se enorgullece de ser intolerante, queriendo extender dicha intolerancia a golpe de ignorancia, como que no. Lo sintetiza bien el dicho «ten las ideas abiertas, pero que no se te caiga el cerebro al suelo». Pero bueno, si no le gusta Popper tampoco le van a convencer dichos populares…

                Los fascistas (en sus múltiples declinaciones y apologías cobardes) son «los malos», los que tienen una «visión ignorante de la realidad» y, si tuvieron la suerte de contar con una alfabetización adecuada, los que la ignoran y actúan como si hubiera sido muy deficiente. No hay doblez, no hay asterisco al final de la página. Todo esto lo demostraron perfectamente hace menos de un siglo, y está hasta escrito en constituciones de los países donde más influencia tuvieron. No hay matiz, no cabe relativismo, nadie se la cogía con papel de fumar si Italia se constituía, desde hace 80 años, como «ANTIfascista» en su propia Carta Magna, con todas sus letras, incluso teniendo una larga tradición de gestación, desarrollo e implantación durante décadas del movimiento que inventaron.

  11. Enhorabuena, es muy interesante. Más que un artículo sobre el lobo, parece una pequeña historia de la humanidad: cómo necesita construir “enemigos simbólicos” y cómo acaba viéndose reflejada en ellos.

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