
Aunque el tenis es, junto con el audiovisual, una parte muy importante de mi vida, no me gusta juntarlos, básicamente porque los documentales sobre el tema son malísimos y rebajan la dignidad de ambas disciplinas: la reciente serie Break Point o el panegírico sobre Carlos Alcaraz, Carlos Alcaraz: A mi manera, son horribles. Y ya no te digo las ficciones, biopics laudatorios al estilo de El método Williams o la floja Borg McEnroe. La película. Deporte y cine nunca se han llevado bien. Y quienes les ponen los títulos no se llevan bien con el mundo en general.
Así que me he resistido el mayor tiempo posible a los cantos de sirena, acostumbrado como ¿buen? crítico de cine al «este sí, Ignacio, de verdad», para perder cuatro horas de mi tiempo y tragarme otro ditirambo, dedicado esta vez al enorme don Rafael Nadal y llamado, crípticamente, Rafa.
Al final, claro, he caído porque mi hijo, tenista en ciernes, me ha pedido que lo vea con él. Y ese winner no hay quien lo devuelva. Y también, por deformación profesional, porque han nominado este documental a los premios Emmy en la categoría de mejor serie documental o de no ficción. Por si acaso, algún loco del tenis ya me había puesto sobre aviso acerca de la postura narrativa del producto y de que, precisamente, de risa no era.
Y tengo que reconocer que los tres primeros episodios me cabrearon bastante. Una cosa es que se valore la cultura del esfuerzo, del sufrimiento y de la resiliencia, ese mantra tantas veces repetido por Rafa Nadal y todo su entorno como tesis fundacional, y otra que parezca que estás asistiendo a un oficio calvinista, con la escenografía de Carl Theodor Dreyer, en el que el jefe de todo esto, el tenis, apenas aparece bosquejado.
A lo largo de cuatro entregas, mediante saltos temporales bastante efectivos narrativamente y que juegan con el paralelismo entre el ayer y el ahora, se van desgranando los esfuerzos, los sufrimientos, la química —literal— y toda la poesía que conlleva la carrera tenística de Rafael Nadal. Poesía romántica, en este caso, que convierte a Bécquer en un naíf al que le chorrea el agua bautismal: no encontrarás por aquí ningún verso festivo; todo es una rima oscura, declamada por pieles aceitunadas bendecidas por el Mediterráneo, pero convertida en toda una oda al pesar, una letanía que te consume y que parece parafrasear al luminoso André Agassi y su «Odio el tenis, lo detesto con una oscura y secreta pasión», frase lapa de su magistral autobiografía, Open. Con Rafa te dan ganas de dejar la raqueta y comprarte una de pickleball. O, peor aún, de pádel.
La manera de estar en el mundo de Rafa Nadal jubilosa no es. El problema es que parece haber contagiado a los creadores y a su mirada fílmica, no solo a través de Rafa, sino también de su padre, Sebastián, sombra en forma y fondo, y de quien lo mejor que dicen es que «no acepta un no por respuesta», como si eso fuera un halago. Y, cuando aparece su tío Toni en el segundo capítulo, cuya relación profesional con Rafa no acabó nada bien, y se hace carne la toxicidad de unas relaciones basadas en el ego camuflado tras la competición, la sombra se transforma en tenebrismo. Tragedia familiar en cuatro actos. Luke y Darth; Michael y Fredo. Lo dice su propia madre, Ana María: esto va de «saber sufrir con el deporte».
Ver la primera mitad de Rafa es como visitar por Navidad a esa tía abuela que vive junto a una mesa camilla forrada de espumillón, con las persianas bajadas, y que te pregunte:
—¿Te acuerdas de Fernandito?
—Sí, claro, tía.
—Pues se ha muerto.
Y eso que, desde el punto de vista técnico, Rafa es un excelente artefacto: está bien rodado, fotografiado y etalonado —hay muchísimo material procedente de distintos formatos televisivos, de aquí y de allá, pero mantiene una admirable unidad cromática—. Y, en cuanto a la narrativa, es impecable, con recursos de documentación casi infinitos, hábilmente insertados para saltar en el tiempo a través de un montaje paralelo, quizá demasiado repetitivo, pero muy efectivo, del Nadal primerizo al Nadal actual, en un ingente ejercicio de archivo.
En lo emocional, se mete de lleno en el muro familiar del tenista y en el ejército —no exactamente de aduladores— que lo acompaña. El guion es coherente y sin fisuras y no peca de ese fatal localismo tan típico de la crónica periodística del deporte español: la producción —Skydance Sports—, el director, los productores ejecutivos y todo lo demás rezuman prestigio internacional y cuentan con el músculo necesario para realizar el trabajo con la calidad que merece Nadal. Pero se echa de menos cierta luz humanística; chorros, más bien; océanos de fulgor, divinales pontos resplandecientes.
Pero no. La propia producción, la fanfarria triste y maximalista de la banda sonora, las declaraciones de cada miembro de su equipo… Todo remite a la casa de tu tía, con olor a alpiste de pájaro y a velatorio de Tarkovski.
Rafa Nadal, persona y tenista —que la misma cosa parecen ser—, tiene todos los atavismos oficialistas que esta sociedad se ha encargado de prescribir para ser el perfecto triunfador: dinerísimo, un núcleo familiar y profesional cercano que lo quiere en la salud y en la enfermedad de Müller-Weiss y, lo que es más importante, que lo sitúa en el centro de sus vidas. Y todo un país y un universo, el del tenis, que lo adoran cual becerro de oro.
Y, sin embargo, después de ver el documental, la sensación que queda es que nadie querría ser Rafa Nadal y que este no aparece en el relato aspiracional propio de las estrellas del deporte. De hecho, durante las casi cuatro horas de metraje apenas se habla de tenis. Algo se alude tangencialmente desde un punto de vista puramente táctico en su segundo capítulo, «Una bola más», centrado en la histórica rivalidad con Roger Federer, apuntalada en estrategias técnicas y no emocionales.
Hay un momento especialmente revelador del tono de la serie. Al final del tercer episodio, «El cazador cazado», un plano rodado con Steadicam sigue a Rafa por las alturas del Abierto de Roma, aclamado por una masa enfervorecida, como si él fuera uno de esos dioses esculpidos en mármol de Carrara que coronan el fabuloso Foro Itálico. Pero, inmediatamente después, vemos a Nadal tumbado en una camilla con el doctor Cotorro y el resto de su equipo, examinando una ecografía ante un posible desgarro muscular, homenaje apócrifo a La lección de anatomía del doctor Tulp, de Rembrandt.
«El jugador más agujereado de la historia de este deporte», dice Rafa de sí mismo, con esa severidad que lo caracteriza. Cualquiera que haya practicado el tenis desde la infancia sabe que este es un deporte terrible y solitario, durísimo y mentalmente devastador. El cuerpo humano no está diseñado para jugar al tenis. Pero, hombre, no hace falta percutir una y otra vez sobre ello y sus circunstancias.
Todos sabemos que la materia prima del arte es la emoción y el drama, y que algunos de sus hijos son el esfuerzo, el sufrimiento y la superación, pero es que Rafa está instalado de lleno en el terreno del melodrama fassbinderiano: incluso cuando habla de su infancia hay una nube oscura encima de todos ellos. Supongo que Nadal será así y que el director, Zach Heinzerling, ha tratado de plasmarlo con los pinceles del cine en esta rebotica, donde escuchamos muchas más veces las palabras Voltaren, inyecciones, ligamento, intestino perforado, enfermedad, sufrimiento o dolor que volea, derecha cruzada, willy, dejada, revés paralelo o ace. Ni una vez se oye aquel famoso banana shot.
Pero llega el cuarto y último capítulo, «Sin miedo», y todo cambia. Lo resume su esposa, María Francisca, en una sentencia demoledora: «La frase no es “me voy a retirar”, sino “me tengo que retirar”». Y ahí caí en la cuenta de aquello de lo que realmente nos quiere hablar Rafa —persona y documental, que lo mismo da—, ya sea el tenis, el deporte o la vida. Lo verdaderamente trágico es el paso del tiempo.
Y, a partir de aquí, nos liberamos de la linterna luterana y aparece el John Ford más humanista: este epílogo es una auténtica joya que equilibra épica, personalísima locura intransferible, sentido del deber y una manera magistral de estar en el mundo. Quiero creer, como cuando le pegas a la bola con el marco y te sale una dejada, que este precioso final no es involuntario y que dialoga con el otro gran habitante de esta piel curtida que es España, Alonso Quijano, cuyas aventuras, cosidas a las de Rafa, terminan exactamente igual: 381 104 palabras de Don Quijote de la Mancha y 194 119 puntos disputados como profesional después, ambas historias se cierran con la última palabra de nuestra lengua.
Con eso me «vale».





