Humor snob

Del humo gris al vaho de mango-maracuyá: elegía de la decadencia inhalatoria de Occidente

arch of triumph 4kLebj
Imagen promocional de Arco de triunfo, 1948

Si hay que buscar una imagen del decadentismo de la humanidad manifiestamente clara, no cabe duda de que la representación visual sería un tipo de cuarenta años chupando un powerbank de color azul metálico. Y es que no hay nada más antiestético que el vapeo. Fumar, al menos, tuvo la cortesía histórica de construirse una iconografía estética, aunque fuese un destructor de pulmones.

Cruella de Vil podía blandir una boquilla de medio metro como si estuviera dirigiendo la Filarmónica de Viena mientras maquinaba cómo hacerse un abrigo de piel de dálmata; Audrey Hepburn sostenía el cigarrillo con una distancia aristocrática que fascina a quien la observa; Ingrid Bergman conseguía que una voluta de humo pareciese una decisión moral complicada tomada en un café de Casablanca. El cigarrillo largo tenía algo de accesorio teatral, de personalización del gesto, incluso de arma blanca para conversaciones mundanas. Uno podía imaginar detrás una copa de champán, un adulterio en Biarritz y una ruleta a punto de detenerse en el 17 negro.

El vapeador, en cambio, carece de toda posibilidad narrativa. Nadie ha entrado jamás de manera memorable en un salón aspirando con gravedad un cilindro fosforescente del tamaño de un kiwi que huele a «mango tropical con coco». No existe el film noir del vapeo. Bogart habría perdido Casablanca en la primera escena si, en lugar de encender un cigarrillo, hubiese sacado del bolsillo una morcilla metálica para chuparla con fruición.

El humo, queridos lectores, era sintaxis, y quien encendía un pitillo en 1950 no consumía nicotina, expresaba lo que no se podía nombrar. Decía «tengo un pasado», decía «no me esperes despierta», decía «la vida es corta y yo lo sé mejor que tú». El cigarrillo funcionaba como signo de puntuación del rostro —una coma sostenida entre los dedos, unos puntos suspensivos ascendiendo hacia el techo de un club donde alguien estaba a punto de traicionar a alguien—, mientras que el vapeador solo articula el lenguaje de los electrodomésticos: parpadea, se agota, pide puerto. Donde antes la brasa convertía el tabaco en ceniza, ahora titila un led azul cobalto, exactamente el mismo led que anuncia que la freidora de aire ha terminado su ciclo. Si el cigarrillo era desdén, el vapeador es un mando de garaje con pretensiones; si el humo era la niebla del muelle donde nadie llegó a tiempo, el vaho del vapeo es el granizado gaseoso de un chiringuito de agosto.

Y luego está el aroma, que es donde la civilización se extingue definitivamente. El tabaco olía mal, de acuerdo, olía a cenicero, a resaca, a taxi de los ochenta; su hedor tenía al menos la dignidad de lo trágico, la coherencia olfativa del que ha elegido morir despacio y no pide perdón por ello. El vapeador exhala en cambio nubarrones de chicle de fresa ácida, de sandía escarchada, de «hielo polar de arándanos», sintagmas que parecen redactados por un becario de refrescos con acceso ilimitado al libro de Mr. Wonderful. Uno atraviesa un corrillo de vapeadores y no cruza una atmósfera de novela de Raymond Chandler: cruza la sección de ambientadores de una gasolinera, el pasillo de los suavizantes, la estela empalagosa de un unicornio con problemas digestivos. Han sustituido el azufre por la sacarina, que es como sustituir a Mefistófeles por la gallina del Popeyes.

La gestualidad también es digna de comparación. Mientras fumar era una coreografía de movimientos mínimos y exactos: el golpe seco del paquete contra la palma, el chasquido del Zippo —ese clac metálico que era el aplauso privado del vicio—, la ceniza sacudida con un golpecito de índice tan preciso como el pizzicato de un violinista. El vapeador ejecuta una pantomima de fontanero cósmico: aprieta un botón, aspira con el carrillo hinchado como quien apura un batido con la pajita atascada y desaloja después una nube tan descomunal, tan wagneriana en lo cuantitativo y tan nula en lo cualitativo, que uno espera ver salir de ella al genio de la lámpara con uniforme de McDonald’s.

Ahí reside la clave de bóveda de toda esta ruina estética: el cigarrillo era análogo y mortal, como el amor; el vapeador es digital y recargable, como una suscripción. Bogart apuraba el pitillo hasta quemarse los dedos porque sabía que todo lo importante se acaba; el vapeador moderno enchufa su cacharro junto al cepillo eléctrico y la báscula inteligente, integrando el vicio en la domótica, convirtiendo la perdición en un accesorio más del hogar conectado. Antes se moría uno de fumar con la elegancia sombría del que firma un pacto; ahora se actualiza el firmware del pecado.

Se me dirá que el vapeo mata menos, y probablemente sea cierto, y me parece estupendo para las estadísticas sanitarias. Lo que discuto no es la toxicología sino la iconografía: se podrá sobrevivir más años vapeando, lo difícil será encontrar un solo fotograma memorable de esa longevidad. Sara Montiel, que convirtió Fumando espero en un manifiesto de terciopelo, esperaba fumando al hombre que quería; el vapeador de hoy no solo no espera a nadie, sino que espanta al más pintado. El siglo XX se despidió entre humo gris y tos irritativa; el XXI nos recibe entre vapores digitales y olores de bubblegum.

SUSCRIPCIÓN MENSUAL

5mes
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL

35año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL + FILMIN

105año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
1 AÑO DE FILMIN
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*