En 1604, en una librería de Alcalá de Henares, un toledano llamado Juan Pérez compró las Epístolas familiares y el Relox de príncipes de fray Antonio de Guevara y la Historia imperial y cesárea de Pedro Mexía, mientras a su lado un librero socarrón y un estudiante se burlaban de un lector empedernido de novelas de caballerías, «otro don Quijote», dijeron, en lo que constituye una de las primeras menciones conocidas del personaje de Cervantes —tan temprana, de hecho, que llevó al arabista Jaime Oliver Asín a defender la existencia de una discutida edición del Quijote anterior a la de 1605—. Aquel comprador de libros era un hombre culto, integrado, lector voraz en castellano. También era morisco. Cuando Felipe III decretó la expulsión, entre 1609 y 1612, Juan Pérez cruzó el Mediterráneo, se instaló en Testur —la ciudad tunecina que los expulsados reedificaron en la vega del Meyerda— y pasó a llamarse Ibrahim Taybilí. Y siguió escribiendo hasta su muerte, hacia 1650, en la lengua del país que lo había echado: tratados, versos, romances memorizados antes del exilio, citas de Lope y de Garcilaso desperdigadas por unas páginas escritas a cientos de kilómetros de los corrales de comedias donde las había escuchado. La literatura española tiene pocas metáforas tan exactas de sí misma: un desterrado que carga con el idioma como único equipaje.
De ese escritor con dos nombres toma el suyo el Premio Pérez-Taybilí de Relato, que convoca desde Toledo el proyecto Medina Cultura y que este año alcanza su octava edición con el plazo de presentación ampliado —atención, porque las bases originales decían otra cosa— hasta el 30 de septiembre de 2026. La elección del patrón no es un adorno erudito: Medina Cultura es el proyecto cultural de los baños árabes Medina Mudéjar, articulado a través de la Fundación Nexo Empleo, y hay una coherencia hermosa en que un hammam contemporáneo levantado en la ciudad de las tres culturas dedique su certamen literario al morisco toledano más leído de cuantos acabaron en Túnez. Donde otros premios llevan el nombre de un banco o de una diputación, este lleva el de un expulsado que se negó a soltar el castellano. Uno escribe para el premio y, sin quererlo, escribe también un poco para él.
Las condiciones son de una sencillez que se agradece en un panorama de bases kilométricas: pueden participar escritores mayores de dieciocho años, de cualquier nacionalidad, residentes en España, que no hayan sido premiados en ediciones anteriores —detalle que habla de la voluntad de repartir juego y no coronar siempre a los mismos—. La temática es completamente libre y cada autor puede presentar un único relato en castellano, original e inédito, no premiado ni pendiente de fallo en otro concurso, de modo que la apuesta obliga a elegir bien: un solo cartucho, la mejor bala. El formato pide entre cuatro y seis páginas en Times New Roman de doce puntos con interlineado de 1,5, páginas numeradas, título en la primera, sin imágenes y sin rastro alguno de autoría, porque el envío es anónimo: la obra viaja en un PDF y los datos personales en otro documento aparte llamado plica —nombre y apellidos, fecha de nacimiento, dirección, teléfono, email y DNI o pasaporte, nada de biografías literarias—, ambos remitidos a [email protected] con el asunto «VIII Premio de relato Pérez-Taybilí». El jurado, compuesto por personalidades del mundo de las letras, juzgará el texto y solo el texto, que es como deberían juzgarse todos los textos. Un aviso para navegantes descuidados: las bases contemplan expresamente el descarte de los relatos con faltas de ortografía o redacción incorrecta, así que conviene releer una vez más de lo que dicte la impaciencia.
Los premios tienen algo de declaración de principios. El primero, dos mil euros, cifra que sitúa al certamen en la parte alta de la tabla de los concursos de narrativa breve en España, donde no abundan los que superan los tres ceros por unas pocas páginas. Los siguientes se pagan en una moneda más antigua: el segundo es una escapada al Riad Medina Mudéjar de Sancti Petri con baño árabe, masaje y cena; el tercero, comida degustación y noche en una casita rural de Quinta de Cavia; el accésit, sesión de baños árabes con masaje para dos en Toledo o Cádiz. Hay quien preferirá el dinero, como es natural, y sin embargo resulta difícil no ver el guiño: premiar relatos con agua caliente, vapor y arquitectura mudéjar es devolver la literatura al lugar del que salió el nombre del premio. El jurado elegirá tres finalistas que serán invitados a la entrega, prevista para octubre de 2026 en Toledo, y solo entonces se conocerá el fallo, con la obligación de asistir o delegar en un representante; los relatos premiados se publicarán en la web y redes de Medina Cultura y Medina Mudéjar —sus derechos de explotación quedarán en propiedad de esta última— y podrán formar parte de la antología prevista para el décimo aniversario.
Quedan semanas por delante, que es tiempo de sobra para escribir, dejar reposar y corregir cuatro o seis páginas. Taybilí versificó un tratado entero en Testur acordándose de una librería de Alcalá; a nadie que escriba en esta lengua debería faltarle una historia que quepa en seis folios. Las bases completas están en la web de Medina Cultura. Lo demás —el oficio, el talento, la suerte— corre de cuenta de cada cual.






